Todo bajo control, menos tú Capítulo 36
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Capítulo 36

—¿Cómo que has tenido sexo con él?

—Lo que oyes.

—¿Cuándo?

—Hace unos días. —Kaory me mira. Es jueves y ella hoy tiene turno de noche conmigo.

Y, con la vista puesta en los pequeños que terminan de cenar, respondo—: Fue un exceso de entusiasmo momentáneo, que no sé si apuntarlo en mi cuaderno de sucesos como algo ¡extraordinario! —Kaory se ríe—: Se me fue la cabeza.

—La cabeza y lo que no es la cabeza.

—No sé qué pasó, pero el caso es que era irresistible.

—¿Y bien?

Uisss, pensar en cómo me besaba, tocaba, miraba, me pone a mil.

—Aprobó la auditoría con matrícula de honor —reconozco con una sonrisa pícara.

Mi amiga sonríe como lo hago yo. Me siento a su lado, y cuchicheo—: Cuando Oliver se baja del pedestal es peligrosamente encantador.

El sábado fue uno de esos días que te tiran por tierra todas las teorías, porque, de repente, se podía hablar, bromear, jugar a embadurnarnos de pintura, y ¡Dios!

, por la noche, cuando nos miramos de aquella manera y me apartó el pelo del rostro, supe que la cláusula uno, punto tres, tenía los segundos contados.

Y vaya si los tenía. ¡Descanse en paz! —Nos miramos con complicidad, y yo exclamo—: ¡Ni te imaginas!

—Vaya...

—Y ya ni te cuento el morbazo que tiene cuando...

—¿Es mejor que Jeremías?

Sin dudarlo, asiento.

Jeremías es un ex con el que salí un tiempo, y la verdad, el chico era un espectáculo en la cama. Pero, después de lo vivido con Oliver, creo que yo tenía las expectativas muy bajas.

—Jeremías se queda tan corto comparado con Oliver que, si esto fuera una encuesta, perdería hasta el voto de su madre. —Kaory se ríe. Yo también. Y prosigo—: El domingo, cuando regresé tras lo de Lucas, hicimos un corto análisis de los hechos y llegamos a la conclusión de que la culpa fue del vino.

—¿Ahora la culpa se le echa al vino?

Con guasa asiento.

—El caso quedó oficialmente cerrado. Ambos reconocimos el error y levantamos acta. —Me río. Sé que es ridículo culpabilizar al vino, pero concluyo—: No volverá a ocurrir.

—Eso no se sabe.

—Yo lo sé. Pero como siempre digo, error cometido, lección aprendida. Además, a él le sigue gustando la presentadora. Y es normal, ¡es tannnn guapa! Pero tannnnn tontaaaa. Creo que en vez de cerebro tiene una jaula de grillos. Por cierto, ¿te conté lo que me pasó con ella el día del fútbol?

Kaory asiente.

—Si eso me pasa a mí, dudo que hubiera sido tan elegante —admite, y luego se mete un trozo de pan en la boca—. Conociéndome, la habría llamado de todo menos bonita.

Sonrío. Recordar su cara cuando le di semejante corte es uno de esos momentos para señalar en rojo en el calendario.

—¿A ti te molesta que a Oliver le pueda gustar ella? —quiere saber mi amiga.

—Nooooo.

—No te creo.

La miro. Kaory me conoce. Decir que Oliver no me acelera el corazón ya es una mentira que no me creo ni yo.

—De acuerdo. Lo confieso. Me molesta —reconozco.

—Lo sabía.

—Me encabrona saber que le regaló la jodida vela aromática francesa y que piensa en ella. Pero, con la mala suerte que tengo en la vida, imaginar que a mí me pueda pasar algo bonito, o que mi vida amorosa pueda tener ese final de película que todos deseamos, pues como que no.

—Dijo lady Nubarrón...

—¡Ea! Ya lo he dicho —insisto—. Pero como ni yo soy para él ni él es para mí, voy a seguir afirmando que no me gusta.

Por lo que, por favor, cuando diga que no me gusta, tú asiente no por sinceridad, sino por solidaridad.

Con un poco de suerte, me lo terminaré creyendo y, cuando me divorcie en apenas tres meses, simplemente esto habrá sido una experiencia más.

—¿Lo echarás de menos cuando te divorcies?

Hago un gesto afirmativo. Lo tengo clarísimo.

—Esto es lo que es y va a durar lo que tiene que durar —me resigno—. Y si ya la suerte está de mi lado y Vicente no aparece, ¡será de subidón! Porque, sinceramente, odiaría que apareciera y que, por mi imprudencia de no ser sincera con Oliver, pudiera meterlo a él y a su negocio en problemas.

Mi amiga me mira con gesto diría yo que apenado.

—La verdad es que en el centro siempre le agradeceremos a Oliver el detallazo que tuvo con nosotros —admite—. La tele y los ordenadores son algo importante para los niños.

Asiento. Oliver no es el hombre distante que aparenta ser, sino que me ha demostrado que tiene mucha empatía y un bonito corazón.

Cuando la directora del centro recibió aquello de parte del señor Oliver Dávila y su mujer, no se lo podía creer.

Yo no dije en ningún momento que la mujer soy yo.

Si tienen que enterarse, ya lo harán. Eso sí, cuando vieron aquello, los niños se volvieron locos.

Estoy pensando en ello cuando, de improviso, oigo gritos. Al mirar, vemos a Marina empapada mientras con las manos intenta parar un chorro de agua.

Kaory y yo nos levantamos a toda velocidad mientras los críos que hay en el comedor gritan alarmados al ver el chorro del agua salir del fregadero. Nos dirigimos hacia Marina a toda prisa.

—Cerraré la llave de paso del agua de la cocina —digo.

Pero es imposible. Debe de estar atascada con algo porque no se mueve ni un milímetro.

—Voy a cerrar la llave principal del agua —grita Kaory, y sale corriendo.

Segundos después, el agua deja de salir en modalidad fuente.

—No podemos estar sin agua en el centro —murmura Marina, empapada. Tiene razón. No tener agua es un tremendo desastre en un centro lleno de niños, y Marina insiste—: Habrá que llamar al seguro.

En cuanto oigo eso, los pelos se me ponen como escarpias. Llamar al seguro no debería ocasionar terror, pero, para mí, por mis experiencias, esa llamada entra directamente en la categoría de Expediente X.

Aun así, buscamos el número. Para eso se tiene un seguro, ¿no? Mis compañeras, las muy cachondas, deciden que hable yo.

Con toda la paciencia del mundo, escuchamos la musiquita correspondiente, luego una máquina nos pide que tecleemos ciertos datos. Después, otra vez la musiquita. De nuevo la máquina nos pide más datos, hasta que, al cabo de un rato, la voz de una persona nos saluda. ¡Aleluyaaaa!

Tras comprobar de nuevo los datos que ya la maquinita nos solicitó, le explico lo que ocurre y me dice dos cosas. La primera: que cierre la llave de paso del agua. Algo que ya hice. La segunda: que en unas cuarenta y ocho horas acudirá el especialista.

¡¿Cómo que cuarenta y ocho horas?!

No podemos esperar tanto tiempo.

Y cuando la paciencia por ambas partes agota todos los argumentos y las reservas estratégicas de buena voluntad, llegamos a la conclusión de que seguir hablando no nos acercará a un acuerdo, pero sí probablemente a un homicidio. Por lo tanto, damos por finalizada la conversación.

Horrorizadas, las tres nos miramos.

—¿Conocéis a algún fontanero de guardia que venga a estas horas? —pregunta Marina.

Kaory y yo negamos con la cabeza y, viendo el escándalo que tienen los niños en el comedor, que continúa empapado de agua, tomamos varias decisiones. La primera, irnos a cambiar de ropa. La segunda, acostar a los niños. Y la tercera, secar aquel estropicio y buscar un fontanero.

Lucas, Fernando y un par de chicas, tan pronto nos llevamos a los pequeños, nos ayudan a secar el agua del suelo.

Aun con escayola, Lucas intenta ayudar hasta que todo está medianamente controlado y luego los enviamos para la cama.

Antes de irse, Lucas me mira. Hasta que tenía diez años, siempre que yo estaba en el centro, me daba un beso de buenas noches, pero ya en la adolescencia lo cambió por un guiño de ojo que yo le devuelvo.

—Como te quiere ese niño, Yuls —murmura Marina.

Lo sé y me gusta oírlo.

—Me quiere tanto como yo lo quiero a él —apostillo.

—Es un encanto de crío —admite Kaory—. Chulito cuando se lo propone, pero es un amorcito «acurrucoso».

Sonrío. Sé que su chulería es un mecanismo de defensa. Entre las tres terminamos de secar el suelo y nos sentamos a pensar cómo encontrar una solución a nuestro problema.

—¿Cómo se van a lavar los niños cuando se levanten para irse al colegio? —pregunta Marina.

—Y no solo eso —insiste Kaory—. Hay que decirles que no se les ocurra hacer «popó», porque si lo hacen... ¡madre mía!

Me agobio. Conociendo a los niños, basta que les digamos que no pueden hacerlo para que todos tengan una necesidad imperiosa de hacer «popó». Miro el reloj. Entre pitos y flautas, son las once de la noche. Entonces, mi teléfono suena y boquiabierta veo que pone «Patatita gruñona».

Rápidamente se lo enseño a Kaory. Esta levanta las cejas, y yo me alejo de Marina y ella para contestar.

—Hola, patatita gruñona, ¿qué pasa?

Durante unos segundos oigo un silencio gruñón. Sonrío. Reconozco que me encanta desconcertarlo.

—Disculpa la llamada.

—No pasa nada. Dime —respondo, acercándome a una ventana.

—Te llamo para recordarte que el sábado por la tarde-noche tenemos la exposición y después la cena.

Cierro los ojos. Lo recordaba, aunque tenía la esperanza de que se olvidara de mí. Pero ya veo que es imposible.

—Tranquilo —digo—. Lo recordaba. No te preocupes.

—De acuerdo.

Un silencio extraño se origina. Llevamos sin vernos desde el domingo. Nuestros turnos de trabajo nos separan y nosotros tampoco hacemos nada por coincidir.

—¿Cómo está yendo tu semana? —pregunto. Estoy deseosa de hablar con él.

—Bien.

—¿Qué tal Diana? —insisto.

—Según me ha dicho, bien. Su exmarido no ha vuelto a aparecer tras la orden de alejamiento y, de momento, todo está controlado. —Me gusta oír eso. Sé la paz que debe de sentir aquella mujer ahora. Luego oigo—: ¿Y tu semana qué tal?

—La verdad es que bien hasta ahora.

—¿Por qué hasta ahora?

Miro hacia el fondo del comedor. En la gran mesa de la cocina veo a Marina y Kaory hablando.

—¿No conocerás a un fontanero económico que pudiera venir ahora mismo al centro?

—¿Qué ocurre?

—Pues que se nos ha reventado un grifo de la cocina y, como no hemos podido cerrar la llave de paso del fregadero, porque debe de estar atascada, hemos tenido que cerrar la llave general.

Y ahora tenemos a sesenta niños sin agua y, aunque hemos llamado al seguro, nos dicen que el aviso ya está dado y que en las próximas cuarenta y ocho horas aparecerá alguien.

¿Pero cómo vamos a tener a tantos niños cuarenta y ocho horas sin agua?

No veo lo que hace mi guaperas. No lo tengo enfrente. Seguramente estará pensando que ese es mi problema.

—Dame unos minutos, que hago un par de llamadas —dice. No puedo evitar sorprenderme. Me gusta que quiera ayudarme. Y, pasados un par de minutos, asegura—: En una hora tenéis un fontanero ahí.

Parpadeo, sin creérmelo.

—¿Cómo lo has conseguido?

—Llamé a Antonio, la persona que se encarga del mantenimiento de las galerías. Él tiene un buen equipo de trabajo y me ha dicho que mandará a un tal Alfonso. Y, por cierto, ya le he dicho que me pase la factura a mí. No al centro.

—De verdad, Oliver, gracias, gracias, gracias —murmuro, encantada y feliz por la efectividad de mi caballero andante—. Si te tuviera delante, te comía a besos. Si no es por ti, no sé qué hubiéramos hecho.

—Yuls, llámame siempre que lo necesites.

—No quiero molestar.

—No molestas. —Oír eso me pone tonta. Aquello se me comienza a ir de las manos. Él cambia de tema—: ¿Tienes ya pensado qué ponerte para el evento del sábado?

La tontería se me quita de sopetón. Está claro que quiere controlar que tenga el atuendo adecuado.

—Depende.

—¿Depende de qué?

—Pues de si hay que ir muy de boda.

En ese instante oigo que sonríe. ¡Qué monooo!

—Yo iré con traje oscuro, camisa gris y corbata. Por lo que te espero bonita y elegante.

Ahí la hemos cagado. No tengo nada que me haga bonita y elegante, pero suelto:

—Perfecto, ¡lo tengo!

¡¿Que lo tengo?!

Mentira y gorda. No tengo nada que ponerme.

Bonita y elegante podría estarlo si tuviera la ropa adecuada. Porque la realidad es que tengo pantalones vaqueros y ropa para estar cómoda. Otra para estar muyyyy cómoda y otra para no parecer que voy en pijama.

—Muy bien —indica Oliver—. Nos vemos el sábado a las siete en la galería que tenemos en la calle Alcalá.

—Vale —consigo balbucear. El silencio de nuevo toma el teléfono y, para cortar aquello, murmuro—: Que tengas buena noche, Oliver.

—Tú también, Yuls.

Al terminar la conversación, resoplo. ¿Qué narices me voy a poner?

Durante un par de segundos pienso en posibilidades y finalmente sé que tengo que ir de compras. Si quiero estar a la altura de lo que Oliver espera, no me queda otra.

Obviando momentáneamente el tema «ropa evento», vuelvo con Marina y Kaory y les doy la buena noticia de que ¡tenemos fontanero! Lo celebramos tanto que cualquiera que nos viera se preguntaría si nos ha tocado la lotería. Una hora después, aparece el fontanero.

Lo bueno es que Alfonso nos soluciona la papeleta. Volvemos a tener agua. Lo malo es que nos indica que aquella instalación necesita renovarse o volverá a pasar lo mismo.

Esa noche, cuando los niños duermen y Marina también, Kaory y yo miramos ropa por internet y encontramos un par de vestidos que me gustan y no son excesivamente caros.

Cuando salimos a las nueve, nos tomamos un cafetito con churros y nos vamos de compras.

El sábado quiero parecerle a Oliver bonita y elegante.