Capítulo 35 #2
—Qué gran verdad acabas de decir con eso del futuro. —Yuls sigue comiendo. Yo quiero saber más—: ¿Pero qué le ha pasado?
—Le han dado una paliza.
—¡¿Qué?!
—Le dejé mis auriculares. Un niño pijo del barrio llamado Adrián se los quitó y aunque él intentó recuperarlos no lo consiguió.
Sin decirme nada, ha estado repartiendo pizzas por las tardes para comprarme otros auriculares y, cuando acababa de hacerlo, ese niñato, que puede comprarse todos los auriculares que quiera, se los ha vuelto a quitar.
Se han peleado y Lucas ha terminado con magulladuras y moratones, además de una feísima fisura en el brazo que espero que no termine en operación, pero, de momento, se lo han escayolado.
—¿Tienes la dirección del tal Adrián?
—¿Para qué? —se sorprende Yuls.
—Pues para ir a hablar con él y sus padres. Eso que ha hecho es algo por lo que merece un castigo y...
—Olvídalo. Si hacemos eso, la cosa empeorará.
—¿Cómo que empeorará? Yuls... hay que hacer algo. Hay que denunciar.
—Oliver —me corta—. La lucha entre un chaval de un centro de menores y un niño adinerado nunca es justa.
—Pero...
—Oliver, sé de lo que hablo —le corto.
—¿Pero Lucas está bien? —insisto, alarmado.
—Sí. Tranquilo.
Nos quedamos en silencio un momento. Saber aquello me joroba. Creo que Lucas es un buen chaval, aunque no le caiga bien. Y no me parece justo que la cosa se tenga que quedar así.
Entonces veo que unas migas de lo que come caen al suelo.
—¿No comerías mejor el bizcocho con un tenedor? —digo. Soy un tiquismiquis.
—No.
—¿Por qué no?
Yuls me mira.
—Porque sabe mejor cuando se come como no se debe —replica, y en sus ojos de nuevo aparece ese brillo retador.
Su respuesta y su sonrisa me callan. Esta mujer me cierra la boca continuamente.
Deja el plato sobre la mesa y continúa—: Y con respecto a lo que pasó anoche, fue una mala idea patrocinada por las hormonas y el vinito que nos tomamos.
Una ida de olla por parte de los dos que no se puede repetir.
—Estoy de acuerdo contigo —asiento como un gilipollas.
—Por lo tanto, como adultos que somos, cerremos oficialmente el caso. Olvidemos lo ocurrido y todos tan contentos.
Yo hago un gesto solemne como si acabara de escuchar el informe oficial de una comisión de investigación.
—Me parece una excelente opción —me muestro de acuerdo.
Yuls sonríe. Y, bajándose de la mesa de un salto, termina el bizcocho y mete el plato vacío en el lavavajillas.
—Esta noche dormiré en mi habitación. Ya no olerá tanto a pintura.
—Sigue oliendo.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque subí y abrí la puerta para comprobar que la ventana estaba abierta.
—Uisss, patatita, ¡qué monooooo eres cuando quieressss!
Mi cuerpo reacciona a sus palabras. Como dijo en otro momento, está claro que en mi cerebro no está operando toda la plantilla.
—Ya he visto que has puesto en el techo estrellitas fluorescentes.
Yuls me mira.
—Tranquilo. Cuando me vaya las quitaré —replica con rapidez.
Oír eso me incomoda. Lo último que pienso ahora es en que se vaya, pero no quiero mencionarlo.
—Dormirás de nuevo en mi habitación —propongo.
—No hace falta.
—Sí hace falta. No quiero que te intoxiques.
—Pero...
—No hay «peros», señorita Pérez. Te prometo que... —Ella me mira. Me callo. Levanta las cejas con guasa y yo insisto, obviando eso de «prometer»—: Esta noche no habrá incumplimiento de contrato. Te lo aseguro.
Sonríe.
Por favor, que deje de sonreír así o comenzaré a incumplir cláusulas.
—Esta semana tengo turno de noche —me informa.
—¿Y eso significa...? —pregunto.
—Significa que, para nuestra suerte, no nos vamos a ver.
Y el raro momento que estamos viviendo en estos instantes por haber tenido sexo nos lo vamos a saltar.
—Oír que no dormirá en casa me molesta. Pero más me molesta que me moleste.
Ella añade—: Comienzan los turnos de doce horas, por lo que entro a las nueve de la noche y salgo a las nueve de la mañana.
Eso hace que trabaje cuatro de siete días. Y el viernes, sábado y domingo libraré.
—El sábado tenemos la exposición y posteriormente una cena. Y...
—Lo sé —me interrumpe con gesto contrariado. En silencio nos miramos. Me gustaría saber qué piensa. De pronto, se recoge con las manos ese pelo tan sedoso que tiene y dice—: Por cierto. Por si se me olvida comentárselo a la abuela, dile que esta semana regresaré sobre las dos de la tarde.
—¿Pero no has dicho que sales a las nueve de la mañana?
—Sí.
—¡¿Entonces?!
—Tengo cosas que hacer. —Vale. Ya estamos con eso. Y cuando voy a preguntar, como si me leyera el pensamiento, recita—: Cláusula uno, punto cuatro. Nada de preguntas personales.
Ahora el que asiente soy yo. Tiene razón. Pero qué hago preguntando lo que no debo. ¿Qué me importa a mí lo que haga cuando salga de trabajar?
—¿Te apetece que nos vayamos ya a la cama? —pregunta.
Como un idiota digo que sí.
¿Pero por qué digo que sí cuando me tengo que alejar de ella?
Juntos subimos las escaleras, entramos en la habitación y sin mirarnos repetimos lo de la noche anterior incluidos lucecita, zeñor Ozito y maleta. Esta vez no hace falta que le diga que entre en mi baño, porque lo hace, ni hace falta que la acueste en mi cama, porque lo hace ella.
Minutos después, tras dar mil vueltas en mi baño repitiéndome que no he de hacer lo que estoy deseando, salgo de él y sin mirarla me acuesto.
—Pondré el reloj a las siete. Tengo cosas que hacer —dice.
¿Qué cosas? Quisiera saber qué tiene que hacer, pero me muerdo la lengua.
—Yo lo pondré a las seis y media —matizo.
—Buenas noches, Oliver.
—Buenas noches, Yuls.
En sintonía los dos nos tumbamos. Veo que cada uno se da la vuelta para mirar en otra dirección, y apago la luz. La oscuridad nos rodea junto con el silencio más absoluto, hasta que poco a poco la lucecita que ha colocado en el enchufe hace que la habitación se ilumine tenuemente.
Con todos mis instintos alerta, en silencio escucho su respiración y soy consciente de sus movimientos. Tarda en dormirse. Pero ni me habla ni le hablo. Lo mejor es intentar pasar la noche lo mejor que podamos, y mañana será otro día.