Todo bajo control, menos tú Capítulo 35
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Capítulo 35

Estoy inquieto. Incómodo. Hace horas que Yuls se fue y no sé dónde está.

Al final, la he llamado por teléfono saltándome la cláusula uno, punto cinco, pero ella no me lo ha cogido. Incluso le he mandado un wasap, que ella no me ha contestado. Eso me inquieta más. ¿No tendrá cobertura? ¿Se habrá quedado sin batería? ¿O simplemente ha pasado de mí?

Pienso en lo ocurrido la noche anterior.

En el incumplimiento de la cláusula uno, punto tres, y mi mente no para de recordar su sonrisa, su mirada, sus besos o sus jadeos mientras hacíamos el amor.

Todo aquello lo tengo tan grabado en mi cerebro de tal manera que el corazón me va a mil y no me puedo concentrar.

Intranquilo, a las once de la noche, cuando imagino que la abuela se ha dormido, subo a mi habitación. Y, aunque Mónica la ha arreglado, el olor y la presencia de Yuls están allí.

Con el pulso acelerado, me quedo mirando la puerta de lo que anteriormente fue mi gimnasio y que ahora es su habitación.

Me acerco, la abro y enciendo la luz. Todo allí es un caos.

Hay pintura, plásticos, brochas, papeles y cajas con los muebles que Yuls me ha dicho que tiene que montar.

Resoplo. Yo no tengo paciencia para hacer esas cosas.

La ventana está abierta. El olor a pintura ya no es tan intenso como el del día anterior, pero aún huele. Miro las paredes azul claro y me siento orgulloso por haber sido partícipe de aquel trabajo. ¡Nos ha quedado muy bien!

Curioso, paseo por la habitación mirando las cajas que Yuls compró. Me fijo en las fotos de los productos que hay dentro y veo que son muebles decapados en blanco.

Cotilleo sus libros. Me gusta saber qué le gusta leer y miro la fotografía que tiene con Lucas. En ella se los ve a los dos sonriendo, y sin saber por qué sonrío también.

Me acerco al dibujo enmarcado que descansa sobre la mesilla.

El dibujo que ella me comentó que le hizo su hermano.

Es un dibujo infantil realizado con trazos inseguros y con diferentes colores.

En él aparecen tres monigotes bajo un cielo repleto de estrellas.

Por el tamaño de los monigotes y otros detalles puedo identificar a una madre, una niña y un niño sonrientes y cogidos de la mano mirando las estrellas.

¿Dónde está el padre? ¿Dónde viven el hermano y la madre de Yuls?

Al ver aquel dibujo, me surgen infinidad de preguntas para las que no tengo respuesta mientras leo en una caligrafía torpe e infantil «Felicidades, Yuls. Sonríe. Te quiero, Andy». Desde luego, su hermano es un niño todavía.

Dejo el marco donde estaba y me fijo en los libros que tiene en un lateral. Está claro que le gusta la novela romántica, y entonces me fijo en el oso costroso que está tirado sobre la cama. Es horrible, viejo, feo y está como cosido por un lateral. ¿Tanto cariño puede tenerle a aquello?

La maleta amarilla está junto a la cama. ¿Por qué no la guardará en el armario? Pues lo haré yo; agarro la maleta, que, por cierto, pesa, y abro el armario. Al hacerlo, me quedo parado. Está vacío. Lo único que hay en una balda es la tarjeta de crédito que yo le entregué a Yuls.

¿Pero cómo puede ser? ¿Por qué no ha guardado nada en el armario?

Luego miro en el baño. Allí están las toallas y los jabones, pero al fijarme en la encimera veo que tampoco está el cepillo de dientes de Yuls ni ningún cepillo para el pelo. Pero ¿dónde están sus cosas personales?

Sin pensármelo, pongo la pesada maleta sobre la cama para abrirla, pero no soy capaz.

El sistema de seguridad no lo permite y no sé la contraseña.

Sintiéndome fatal por el arranque que he tenido, la vuelvo a dejar donde estaba.

¿Pero qué estoy haciendo? Apago la luz y, de pronto, algo en el techo llama mi atención.

Al levantar la vista, me encuentro con un montón de estrellitas fluorescentes.

El vello de todo el cuerpo se me eriza al contemplarlas.

Está claro que su amor por las estrellas la ha llevado a crear su propio universo en la habitación y no sé por qué me emociona.

Pasados unos segundos, cierro la puerta y salgo, conmovido.

Cuando regreso a mi despacho, abro el ordenador para mirar los movimientos que tiene la tarjeta que le di a Yuls, y no puedo evitar asombrarme al ver que no hay ni uno solo.

Desde el día que se la di no la ha utilizado absolutamente para nada, y eso me sorprende.

¿Por qué ha comprado todo lo que hay en su habitación con su dinero?

A las doce de la noche estoy en la terraza sentado leyendo, Zorba y Drako, que están tumbados a mi lado, levantan sus cabezas y estiran sus orejas. Eso me hace saber que la verja de la finca se ha abierto, y no puede ser otra que Yuls. ¡Por fin!

Con disimulo y sin moverme de donde estoy, observo que lleva su coche hasta el garaje. Cuando se detiene y se baja, mis perros se lanzan a ella para dar y recibir cariño. Segundos después, veo que saca una bolsa, la abre y les da algo. Eso me encabrona. ¿Qué les está dando? ¿Los está malcriando?

Incapaz de permanecer un segundo más donde estoy, por el interior de la casa, voy hasta la puerta que da al garaje y la abro.

—¿Qué les estás dando a los perros? —pregunto.

El susto hace que se le caigan de las manos una bolsa y su teléfono móvil. Ella recoge la bolsa. Yo recojo el móvil, que dejo sobre el capó del coche.

—¿Pretendes quedarte viudo matándome de un susto? —replica.

Ver su gesto desafiante hace que el mío se ponga a la altura. Pero su pregunta, aunque no sonrío, ya me ha hecho gracia. Entonces saco mi teléfono del bolsillo y marco su número.

—OK. Veo que sí funciona —gruño cuando este comienza a sonar. Ella asiente y entonces miro hacia el teléfono que he dejado sobre el capó—. ¿Me tienes guardado como «Patatita gruñona»? —Estoy boquiabierto.

—Sí.

—¡¿Patatita gruñona?! —repito.

—Que sííí...

—¿Por qué?

—Porque yo controlo mi agenda. Siéntete afortunado de que no te llame «no contestar».

Incrédulo, parpadeo. Será...

Acto seguido, coge su teléfono y corta la comunicación. Y yo, indignado por su respuesta y por haber descubierto el ridículo nombre por el que me tiene en su agenda, voy a protestar cuando ella dice:

—Si no te cogí antes el teléfono fue porque estaba ocupada.

¿Ocupada? ¿Cómo que ocupada? ¿Con quién y dónde?

Me muerdo la lengua. Por contrato no puedo preguntarle. Me fijo entonces en la bolsa que tiene en sus manos.

—¿Qué narices les estás dando a mis perros?

—Chuches ecológicas altamente saludables.

—Acaso no sabes que yo no les doy nada de eso.

—Lo sé. Eres un rancio con ellos. Pero yo no soy tú y me permito el lujo de dárselas.

—¿Me puedes decir por qué siempre me llamas «rancio»? —gruño.

—Porque es una palabra que he visto que te molesta.

Resoplo. Su desfachatez es tremenda.

A continuación, guarda la bolsa de chuches en su vehículo.

—Mira, rey, si tienes ganas de discutir, hazlo con aquel árbol —suelta—. Tiene mucha paciencia y, además, no contesta. Porque te aseguro que, como me sigas tocando las palmas, al final, ¡vamos a bailar!

¡¿Qué?!

¡Será chulita!

Y se marcha dejándome con la palabra en la boca seguida por mis perros. ¿En serio esos sinvergüenzas la prefieren a ella?

Recorro el camino inverso al que hice para llegar allí por dentro de la casa y, cuando ella entra, ya estoy en el recibidor. Mi idea es cantarle las cuarenta, pero aparece mi abuela en lo alto de la escalera, y yo la agarro y la beso.

Mi intención era darle un simple beso en los labios, pero mi cuerpo y mis brazos, como si tuvieran vida propia, la aprietan contra mí. ¿Pero qué estoy haciendo? Y cuando finalizo el apasionado beso, y Yuls me mira boquiabierta, mi abuela se ríe desde lo alto de la escalera.

—Ais, mi niña, lo mucho que te ha añorado tu patatita —le dice—. Nunca lo he visto tan nervioso y desesperado esperando a nadie.

—Abuelaaaaa —gruño, molesto.

Yuls se separa de mí.

—¿Estás bien, abuela? ¿Has tenido un buen día? —le pregunta, ignorándome.

—Sí, mi vida. Pero ahora que ya estás en casa, estoy mejor. Buenas noches y descansad. Que anoche no descansasteis mucho.

—Abuelaaaa —vuelvo a gruñir.

Yuls camina hacia la cocina sonriendo, y voy tras ella. Al entrar la veo sacar un plato de la alacena.

—¿Has cenado? —pregunto.

—Sí. —Saca de una bolsa algo que parece un bizcocho y dice con total tranquilidad—: Está muy bueno. Es de limón. ¿Te apetece?

Niego con la cabeza. No son horas de comer, y ella, encogiéndose de hombros, se parte un trozo y se lo pone en un plato. Seguidamente, se lava las manos. Luego se sienta sobre la mesa de la cocina y con la mano se come el bizcocho.

No sé qué hago parado en la puerta observándola, pero aquí estoy, como un idiota.

—¿Qué sabes de José Luis? —se interesa.

—Está mucho mejor y al final no lo tienen que operar.

—¡Genial!

—He quedado en llevarlo al aeropuerto el día que me llame. Quiere ir a visitar a su familia en Mallorca.

—Uisss, pues dime cuándo se va, para escribirle y pedirle que me traiga una ensaimada. ¡Las de Mallorca son flipantes!

No digo nada. Solo la observo. Lo que come le tiene que gustar mucho, pues veo que lo degusta con placer.

—Querías hablar sobre lo que pasó anoche, ¿verdad? —dice.

Asiento. Me muero por hablar de ello.

—¿Dónde has estado todo el día? —Necesito saberlo.

—En el centro donde trabajo y luego hice una visita.

¿Visita a quién? ¿A su madre? ¿A su hermano? ¿A su padre? Miro el planning que hay en la cocina.

—Hoy era tu día libre —observo.

Yuls asiente. Traga el bizcocho que gustosamente se está comiendo.

—Hubo un problema en el centro y me llamaron.

—¿Qué problema?

—Lucas —responde, al tiempo que parte un pedazo de bizcocho.

—¿Qué le ha pasado a Lucas? —pregunto, alertado.

—Necesitaba que hoy le dijera que lo quiero y le recordara que él no es menos que nadie por no haber nacido en una familia que tuviera casa y le pudiera ofrecer una habitación propia.

Y ya, de paso, le recordé que el futuro solo es para quienes creemos en él y nos lo trabajamos para hacerlo realidad.