Todo bajo control, menos tú Capítulo 34
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Capítulo 34

Cuando entro en el hospital, veo a Roberto de inmediato. Me espera.

Angustiada, corro hacia él.

—¿Qué ha pasado? —pregunto.

—Tranquila. Están bien. Lucas está bien.

Con los nervios a flor de piel, tomo aire y asiento. Cuando recibí su llamada para decirme que Lucas estaba en el hospital, no me paré a pensar. Me vestí a toda mecha y salí pitando.

—¿Pero qué ha pasado? —quiero saber.

—Al parecer, él y Josué salían de un centro comercial y unos chicos se liaron a golpes con ellos. Y es verdad, porque distintos testigos así lo han confirmado.

—Joder...

—Están bien, pero a Josué le han tenido que dar seis puntos en la cabeza y a Lucas le están enyesando el brazo porque al parecer tiene una fisura que casi ha rozado la rotura.

Apurada, voy con mi compañero hasta la sala de espera y al entrar me encuentro con Josué. Este tiene un apósito en la cabeza.

—¿Cómo estás, campeón? —Me acerco a él.

Josué mueve los hombros e indica:

—Enfadado, Yuls, muy enfadado.

Hago un gesto afirmativo. Lo entiendo perfectamente.

—¿Qué ha pasado? —le pido que me lo cuente, aunque ya lo sé por Roberto.

—Lucas y yo salíamos de un centro comercial cuando nos encontramos con el pijo de Adrián y cinco de sus colegas y nos empezaron a vacilar. Intentamos pasar de ellos, pero fue imposible, nos acorralaron y, cuando nos comenzaron a pegar, tuvimos que liarnos a puñetazos.

—¿Cuántas veces os hemos dicho que antes de actuar hay que pensar?

—¿Y qué querías que pensáramos si nos estaban machacando?

—Suspiro. Me pongo en su situación y creo que hubiera reaccionado igual—.

Lucas te había comprado unos auriculares rosas como los que Adrián le quitó —añade Josué—, y ¡joder, Yuls!

, eran seis contra dos y, al final, el gilipollas de Adrián se llevó los auriculares recién comprados.

Se me encoge el corazón. ¿Cómo que Lucas me había comprado unos auriculares? ¿De dónde ha sacado el dinero?

¡Y también me cago en el Adrián de las narices!

Por mi boca están a punto de salir sapos y culebras, de esos que a Oliver le horrorizarían, pero me contengo. Sé que he de hacerlo.

La puerta de la pequeña salita se abre y aparece Lucas con el brazo enyesado. Al verme me mira, pero no se sorprende. Él sabía que yo estaría aquí.

—¿Qué haces aquí? —pregunta con chulería.

Con la mirada le hago saber a Roberto que necesito hablar con él.

—Os esperamos en la recepción —me dice, y agarra a Josué y se va con él.

—Por favor, Lucas, siéntate —le pido cuando nos quedamos solos.

Lo hace con chulería. Sé que está enfadado.

—Es tu día libre. No sé qué haces aquí, ahora que tienes un marido —gruñe. Tiene razón. Hoy es mi día libre. Lo del marido me da igual. Pero, conmovida por lo que Josué me ha contado, estoy a punto de hablar cuando suelta—: El rancio pensará que soy un delincuente.

—Se llama Oliver. Y no piensa eso de ti.

Nos miramos. Desde que sabe que me he casado está algo distante.

—Lo que hiciste es una cagada —me recrimina.

—Lucas...

—Las personas se casan por amor, mamá, no por un trato.

—Lo sé, cariño. Pero, en ocasiones, las circunstancias te...

—Mamá... ese tío y tú no pegáis ni con Loctite.

—A ver...

—Que haya enviado la tele y los ordenadores al centro es un bonito detalle. Pero mi opinión sobre él no ha cambiado. Sigue siendo un pijo adinerado como el gilipollas de Adrián.

Resoplo. Está claro lo que le ocurre: el odio que le tiene a Adrián lo está volcando en Oliver.

—Si no te gusta que te prejuzguen a ti, deja de prejuzgar a los demás —contraataco. Lucas me mira—. Que Oliver tenga dinero y la familia de Adrián también no quiere decir que tengan que ser iguales como personas. Por lo tanto, reflexiona y no juzgues antes de tiempo, porque te equivocarás.

—Mira, mamá. ¡Paso!

Está a la defensiva.

—Lucas. Te guste a ti o no, Oliver es una buena persona que nada tiene que ver con Adrián.

—Si tú lo dices.

—¡Lucas, ¿pero de qué vas?!

—¿Te gusta ese estirado?

—Sí. Me gusta mucho.

Uissss, ¿qué he hecho? He respondido sin pensar en las consecuencias.

—Mamá, ¡por favor! ¿Cómo te puede gustar ese tipo? —protesta.

No respondo. Sigo sorprendida por lo que he afirmado.

—Creo que es mejor que dejemos el tema Oliver a un lado —consigo articular—, porque no me apetece ni hablarlo ni discutirlo ahora mismo aquí contigo. Hablemos de lo que me ha traído aquí. ¿Qué ha pasado?

Él se sienta. Tarda un poco en responder.

—Que salíamos de un centro comercial y Adrián, ese niñato pijo, tenía ganas de jarana.

—¿Y porque él tenga ganas de jarana habéis de tenerla vosotros?

—Mamá, entiendo lo que dices, pero a veces...

—A veces hay que contar hasta veinte, Lucas. No hasta diez.

Lucas se levanta. Enfadado, se mueve por la sala y finalmente me clava esa mirada de dolor que tan bien conozco.

—Sí, pero no cuando te están friendo a hostias —escupe.

Vale. Ahí no le puedo quitar la razón—. Ese pijo de Adrián me quitó tus auriculares hace tiempo.

Y sí. No te lo dije. Te lo tenía que haber dicho, pero no quise.

Y, bueno, aunque en un principio intenté recuperarlos de buenos modos, fue imposible.

Ese niñato me la tiene jurada. La siguiente vez que lo vi, reconozco que fui yo el que fue a por él, y por eso tuvisteis que ir a la comisaría a sacarnos.

Pero, ¡joder!, mamá. Él puede tener los auriculares que quiera.

Sus papaítos se los pueden comprar. ¿Por qué me tiene que quitar a mí los míos?

—Pongo gesto de sorpresa. No le hago saber que ya estaba enterada de lo de los auriculares, cuando añade—: Llevo semanas repartiendo pizzas por las tardes para poder comprarte unos auriculares nuevos.

—¿Pero qué dices...?

—Quería reponértelos. Y cuando por fin reúno el dinero necesario para ello, ese gilipollas me los vuelve a quitar. ¿Qué hago, mamá? ¿Lo mato?

Conmovida, lo abrazo. Saber que ha hecho aquello para conseguir comprarme los auriculares sin que yo me enterara me llega al corazón. Veo que el teléfono me suena y es «Patatita gruñona», pero no se lo cojo.

—Lucas, por supuesto que no lo matas. Y por supuesto que no hacía falta que los compraras.

—Sí, mamá, sí que hacía falta. Tú me los dejaste. Confiaste en mí y te prometí que los protegería con mi vida.

Sus palabras me enternecen. Mi teléfono vuelve a sonar. Vuelve a ser Oliver. Pero lo que estoy hablando con Lucas es importante para nosotros, así que le quito el sonido.

—¿Quieres que al salir vayamos a la comisaría a poner una denuncia?

Lucas me mira.

—¿Para qué? Si no va a servir de nada —responde con desgana.

—Piénsatelo y hacemos lo que me digas. —No puedo evitar sentir pena.

—Estoy harto de que idiotas como Adrián se crean mejores que yo porque tuvieron la suerte de nacer en una familia con dinero, con la que comer los domingos o ver un partido en la tele.

Estoy cansado de que, por el simple hecho de que mis padres fueran toxicómanos, me hagan sentir como una escoria y...

—No los escuches, Lucas.

—Es imposible no escucharlos cuando te lo recuerdan todos los días, y tú lo sabes tan bien como yo.

Lo vuelvo a abrazar. ¡Joder, qué bien lo comprendo!

Solo tiene catorce años, odio que se sienta así, pero más odio a la gente que es capaz de hacerle sentir así. Joder, es un niño. Es un muchacho. ¿Qué culpa tiene de la vida que eligieron sus padres?

Por desgracia, la sociedad prejuzga. De padre ladrón, hijo o hija ladrones.

De madre asesina, hijo o hija asesinos. Pero no.

Esto no es así. Durante un tiempo yo cargué con el sambenito de lo que mi padre hizo.

Fui la hija del pirómano asesino. La gente me miraba mal y sufrí en mis propias carnes cómo me convertía en apestada y se apartaban de mí.

¿Acaso yo había hecho algo? ¿O fue Vicente quien nos intentó quemar vivos y mató a mi hermano?

Pero vamos a ver, ¿cuándo la sociedad se va a dar cuenta de que los errores de uno no tienen por qué heredarlos otros?

Durante unos segundos permanecemos abrazados. Siento que Lucas lo necesita. La conexión que siempre hay entre nosotros es especial. Es de verdad. Y cuando nos separamos, con todo el cariño que Lucas se merece, digo:

—Yo veo en ti a un chico fuerte, guapo, maravilloso y encantador.

Y bueno, algo chulito también. —Sonríe—.

Eres mi persona favorita en el mundo, junto con mamá, y alguien increíble que, por circunstancias de la vida, ha tenido que enfrentarse a cosas que muchos no imaginan y que otros no serían capaces de sobrellevar como lo sobrellevas tú.

Él se encoge de hombros. Mi teléfono vuelve a sonar. Esta vez veo que es un wasap de Oliver que dice «Perdón. No era importante». Vale. Pues si no era importante, ¿para qué llama? Me vuelvo a centrar en quien tengo delante.

—Lucas, te entiendo muy bien y lo sabes —continúo—.

Sabes que yo me crie en un hogar complicado.

Y cuando pasó lo que pasó, viví durante años, junto con mamá, en casas de acogida.

Simplemente por eso, niñas o personas que tenían un hogar, como tú dices, donde comer los domingos y ver el partido en la tele era normal, me menospreciaban.

Me rechazaban. Parecía que yo podía pegarles algo si estaban a mi lado.

Y ya ni te cuento cuando se enteraban de lo que hizo el desgraciado de Vicente —musito con rabia—.

Pero, como te he dicho en otras ocasiones, aunque me hacía daño lo que comentaran o pensaran de mí, yo les hacía ver que no me importaba.

Porque me negaba a darles pena y me negaba a que me vieran llorar.

—Pero por eso, aunque eres una mujer positiva, sigues viendo ese nubarrón negro sobre tu cabeza y en ocasiones dices que a ti no te pueden pasar cosas bonitas, ¿o no?

Suspiro y asiento. Soy humana.

—A ver, Lucas..., momentos tontos los tenemos todos.

Sonríe.

—Menos mal que te tengo a ti, mamá.

Oír eso me encoge el corazón. Amo a este niño con todo mi ser, y lo último que quiero es decepcionarlo o dañarlo.

—Y yo menos mal que te tengo a ti, cariño.

Pero quiero que sepas que nosotros somos de los que, aun con nubarrón negro sobre nuestras cabezas, luchan para salir adelante porque llevamos fuerza y determinación en nuestros genes.

Conoces mi historia. Yo te la he contado.

Y mi historia, a pesar de los pesares, no se acabó en aquel momento, como en este momento no se acaba la tuya.

Te queda mucho por vivir, por conocer, por disfrutar.

Y espero que llegue el día en el que mires atrás y te des cuenta de tu fuerza y del camino recorrido.

¿Y sabes? Yo estaré a tu lado para decirte «¡Te lo dije, Lucas, te lo dije! ».

—Claro que estarás, mamá —afirma.

—Escucha, bichito, siempre he tenido claro que la vida a unos les regala las cosas y a otros, como a ti o a mí, nos hace luchar.

Y por eso, a nosotros, a los que aprendemos a no rendirnos, a resistir y a seguir adelante, la vida al final nos regala una cosa llamada fortaleza.

—El crío sonríe, le gusta que lo llame «bichito», por lo que significa para mí—.

Hay un dicho que mamá, antes de enfermar, decía y es «No hay mejor desprecio que no hacer aprecio».

No escuches a los que no merecen ser escuchados, como ese Adrián, y mira hacia el futuro.

Te digo lo mismo que tú le dijiste a Javi con respecto a su padre.

No te quedes en lo que no tienes hoy y piensa en todo lo que con tu trabajo y fortaleza tendrás mañana.

—Lucas asiente. No es la primera vez que tenemos esa conversación—.

Eres lo suficientemente listo como para no permitir que otros te digan quién eres, porque eso solo lo decides tú —concluyo.

Sé que me entiende. Sé cuánto lleva vivido y sufrido y cuánto ha aprendido de la vida.

—Siento lo de los auriculares.

—Lo sé. Pero me importas tú. No los auriculares.

—Pero...

—Sin «peros», Lucas. Sin «peros».

Sonriendo, saco un rotulador permanente de mi bolso y asiendo su brazo escayolado escribo algo en él.

—«Lo mejor está por venir» —lee él.

Me mira. Le doy un cariñoso beso en la mejilla.

—Así es y así será —afirmo.

Nos levantamos de la silla. Hemos tenido una buena charla.

—Sigo molesto por lo del rancio —vuelve a la carga Lucas antes de que salgamos de la sala—. ¿Cómo te puede gustar?

—Lucasss.

Me río.

—Mamá, algún día te daré tanto como tú me das a mí. —Y agarra mi mano con fuerza.

Emocionada, sonrío. Lucas ya me lo da, pero para hacerle sonreír le digo:

—Oye... una casita frente a la playa en Ibiza, ¡me encantaría!

Salgo aferrada a su mano sana, y entre carcajadas nos encontramos con Roberto y Josué. Los llevo al centro en mi coche; allí los espera la directora para echarles la bronca y castigarlos sin salidas durante quince días.