Capítulo 33
—Vamos, parejita, ¡despertad! Son las doce de la mañana.
Tan pronto oigo la voz de mi abuela, unida a los golpes en la puerta, doy un salto en la cama y por consiguiente lo da Yuls.
¿Las doce de la mañana?
Confundidos y desnudos, nos miramos. La última vez que miré el reloj eran las seis y veinte de la mañana y, después de mirarlo, hicimos el amor por cuarta vez.
Esto no tenía que haber ocurrido y, cuando voy a hablar, ella, poniéndose su camiseta, que está sobre la cama, observa:
—Lo sé. Hemos incumplido la cláusula uno, punto tres, que decía eso de nada de sexo. Por lo tanto, a mí no me mires así.
—¿Y cómo pretendes que te mire?
—Me miras como si yo tuviera la culpa de lo ocurrido.
—¿Acaso no la tienes?
Veo cómo ella abre la boca. Sé que estoy metiendo la pata. Que no es verdad lo que acabo de dar a entender, pero prosigo entre cuchicheos, para que mi abuela no nos oiga:
—¿Quién se ha metido en mi cama?
—Serás gilipollas.
—Esa boca, señorita Pérez.
—Pero si me metiste tú en tu cama —insiste.
Tiene razón y soy un gilipollas.
—Lo prometiste. Prometiste que nada pasaría —me recrimina—. ¿Ves como no hay que prometer porque nunca se sabe lo que va a pasar? —Viéndolo desde su punto de vista, tiene razón—. Te dije que no era buena idea. Te dije que tú tampoco eras mi tipo, pero...
—¿Por qué no lo paraste? —pregunto, molesto al saber que no soy su tipo.
—¿Y por qué no lo paraste tú? —se revuelve ella, acercándose a mí.
Acto seguido, se levanta de la cama y desaparece dentro de mi baño mientras me quedo solo en la cama y con cara de tonto.
¿Qué tontería acabo de decir? ¿Por qué no estoy cargando con mi parte de culpa?
Busco mi pantalón por la cama. No lo encuentro, pero sí me tropiezo con las bragas de Yuls, que son blancas con corazoncitos rojos.
Nada que ver con las sensuales bragas de seda que suele usar Vanessa o cualquiera de las mujeres con las que me acuesto.
También me encuentro con el zeñor Ozito. ¡Vaya tela!
Dejo las bragas y el viejo oso sobre la cama, y me levanto y descubro mi pantalón en el suelo. Me lo pongo y me acerco a la puerta.
—Abuela, ahora bajamos. —Alzo un poco la voz.
Miro la maleta, que está ante la puerta. Después miro la luz que sigue encendida junto a mi vestidor y, cuando estoy intentando entender qué ha ocurrido, aparece Yuls.
—¿Qué hemos hecho? —murmura, con gesto de horror.
—¿Puedes dejar de pisar la alfombra persa?
Yuls mira sus pies. Se quita de encima de la alfombra.
—No vuelvas a decir que he sido yo sola, porque te juro que te tragas los dientes —me amenaza.
—Oye, ¡no te pases!
—No te pases tú.
Su gesto. Su voz. Me gusta la manera en la que me mira y me reta, hace que me sienta más vivo.
—Hemos hecho lo que no debíamos —admito.
—¡Lo sé! Yo estaba también aquí. Y encima hemos hecho algo ¡denunciable! —exclama ella con la mano en la frente.
Su comentario me hace gracia. Lo último que yo haría sería denunciarla tras la excelente noche que hemos pasado.
—¿Me vas a denunciar por incumplimiento de contrato? —pregunto.
Me mira. Dios, cómo me mira. Sonríe. Niega con la cabeza.
—¿Y tú a mí? —quiere saber.
Incapaz de no sonreír, también niego y, cuando veo que me estoy poniendo excesivamente tonto, me recompongo.
—A ver, Yuls. Somos adultos como para entender que esto ha sido sexo.
—Yo más bien diría que fue un fallo temporal del departamento de juicio y decisiones porque en ese momento no estaba operando toda la plantilla.
No puedo evitar reírme. Su manera de responder es tan diferente a lo que acostumbro que reconozco que me encanta, porque me desconcierta, pero no quiero ponerme tontorrón otra vez.
—Vistámonos y luego hablemos de lo ocurrido —le pido.
Ella asiente. En su rostro veo el mismo desconcierto que ella debe de ver en el mío. Quita la lucecita, coge el oso, se acerca hasta la maleta y tira de ella.
—Voy a mi habitación a vestirme —dice.
La sigo con la mirada. Lleva la camiseta arrugada por detrás y le veo su bonito trasero. Pero no digo nada. No quiero que se incomode más de lo que está. Eso sí, recoloco la alfombra persa, que se ha movido al pasar con la maleta.
Luego entro en mi baño y me quedo mirando el cepillo de dientes que hay junto al mío. Es la primera vez que en mi cuarto de baño veo algo así, y eso me tensa. ¿Cómo se le ocurre dejarlo ahí? Lo cojo, voy a su puerta, llamo y, cuando abre, le tiendo el cepillo.
—Tu cepillo de dientes —le digo en un tono nada conciliador.
Ella lo coge. Me arrepiento de lo que acabo de hacer y más cuando ella suelta en otro tono nada conciliador:
—Perdón. Se me olvidó.
A continuación, me cierra la puerta en las narices y yo me voy a la ducha mientras oigo que le suena su teléfono.
Mientras me ducho y el agua corre por mi cuerpo, imágenes de lo vivido la noche anterior pasean por mi mente inevitablemente, y me excito. Pensar en cómo me besaba o en cómo yo la poseía mirándonos a los ojos me pone a mil. Y no. No estoy yo ahora como para subir de revoluciones.
Nada más salir de la ducha, cuando me estoy secando, suena mi móvil. Lo cojo y veo varios mensajes de Vanessa. No para. Es incansable, ¿por qué ahora está tan pesada?
Salgo de la habitación. No sé si Yuls ha salido ya de la suya y, cuando llego al salón, mi abuela me recibe con una gran sonrisa.
—¡Menuda nochecita, mi amollll ! —se mofa.
—Abuelaaaaaaa —protesto.
—Con decirte que me he cambiado de habitación.
—Abuelaaaa... Pero ¿qué dices?
Sonríe. Yo no.
—Yuls se ha ido —dice cuando ve que miro a mi alrededor.
—¡¿Qué?!
—Que se ha ido.
—¿Adónde se ha ido?
Ella se encoge de hombros.
—No lo sé, mi vida. Pero desde luego llevaba prisa y me ha dicho que no vendrá a comer.
De pronto, saber que se ha ido me molesta. ¿Por qué?
Miro mi teléfono. Estoy a punto de llamarla, pero me contengo. En la cláusula uno, punto cinco, incluí no llamar por teléfono a no ser que sea algo urgente. Y esto no es urgente.
Paso el día en casa con la abuela. Mónica regresa emocionada.
Su hija ha tenido una niña, y está feliz.
Mi abuela y yo intentamos que se vuelva a ir al hospital con su hija, pero no quiere.
Su yerno ahora se ocupa de ella. Nos prepara de comer un guiso de los suyos y la abuela y yo damos buena cuenta de él.
Por la tarde hablo con Rafa. No le cuento lo ocurrido con Yuls porque sé que ha sido un calentón.
Una locura momentánea. Pero solucionamos temas pendientes que teníamos de trabajo.
A las ocho de la tarde, mientras escucho música, suena mi móvil y leo:
Yuls No llegaré a la cena. Cenad.
Eso me molesta. ¿Dónde está y con quién? Y respondo.
Yo ¿Puedo saber qué ocurre?
Miro mi móvil. Ella está en línea. Escribe y leo.
Yuls Es un tema personal.
Eso me encabrona. ¿Qué tema personal es?