Todo bajo control, menos tú Capítulo 32
51%

Capítulo 32

Miro el reloj que llevo en mi muñeca. Las tres y diez de la madrugada.

No puedo dormir. Tengo a Oliver a menos de cincuenta centímetros de mí, y eso me tiene alterada. ¿Por qué su olor me altera? ¿Pero qué hago metida en su cama?

¿Debo apuntar esto en mi cuaderno de sucesos?

Abrazada al zeñor Ozito intento relajarme. Dormirme y desconectar, aunque la canción de mi Alejandro me ronda la cabeza y no puedo dejar de tararear eso de «hicimos un trato... no sé si te acuerdas...».

El día que hemos pasado juntos me ha hecho ver en él algo que hasta hoy no había podido apreciar, y la verdad, me gusta. Cuando se suelta, no es el ser serio y recto que aparenta. Cuando se suelta, simplemente es un hombre que sonríe y disfruta.

Me pongo boca arriba. Qué sosería de techo. No hay nada. Con lo monas que quedan las estrellitas que tengo puestas en mi casa y que he comprado para poner en la nueva habitación. Segundos después, me pongo de lado. No puedo parar de moverme. Me pica todo.

—¿Sigues despierta? —oigo.

—Sí.

Dándome la vuelta, vuelvo a mirar hacia el interior de la cama, y noto que él hace lo mismo. Como no hay oscuridad total y nuestros ojos están acostumbrados a ella, nos vemos perfectamente.

—Si quieres, me voy al salón a dormir —cuchicheo.

—Ni se te ocurra.

Suspiro. Cierro los ojos, pero observo a través de mis pestañas. Oliver me mira. Me observa y, cuando abro los ojos, veo que él los cierra. Durante varios minutos parecemos jugar un partido de a ver quién cierra los ojos cuando el otro los abre.

—¿Siempre te ha gustado tenerlo todo controlado? —pregunto.

—Sí —afirma sin abrir los ojos—. Creo que la vida con cierto control se vive mejor.

—Nunca lo he visto así... —me mofo sonriendo. En silencio estamos unos instantes cuando yo vuelvo a preguntar—: ¿Por qué no te duermes?

Oliver abre los ojos.

—Está claro que es porque tú estás aquí —contesta.

—¿Tan irresistible soy?

—No eres el tipo de mujer que me gusta.

Se me corta la risa. No sé por qué me molesta saber eso.

—Por suerte, ninguno es del tipo del otro —añado con cierto retintín.

—¿Desde cuándo duermes con ese oso?

—Que yo recuerde toda la vida. Aunque durante unos años lo tuvo mi hermano, pero luego regresó a mí.

Percibo que siente interés por lo que le cuento.

—¿Puedo preguntarte otra cosa?

—Inténtalo.

Y, acercando su mano a mi frente, me aparta el pelo con delicadeza.

—¿Cómo te hiciste esta cicatriz?

Vale. Aunque intento llevar flequillo para que no se vea, está claro que a veces se aprecia. Pensar en ella no me gusta, porque me hace recordar a quien me la hizo.

—Como te dije antes, soy muy torpe. —Oliver me mira. Lo voy conociendo y sé que cuando mira así es porque está analizando la situación así que trato de zanjar la conversación—: Hay cosas de las que no me gusta hablar.

Veo que asiente. Le guste o no, le acabo de cortar sus preguntas.

Su dedo entonces baja lentamente de mi frente a mi nariz. De ahí a mi boca. Perfila mis labios y yo para pararlo le agarro la mano. Al hacerlo nos miramos en silencio. ¡Uisss, cómo nos miramos! El calor que desprenden nuestras manos nos está poniendo a mil.

¿Pero qué hacemos? ¿A qué estamos jugando? ¿Por qué no nos separamos?

Sé que su mirada es como la mía. Intensa. Caliente. Provocadora. Y, consciente de que piensa lo mismo que yo, murmuro dejando al zeñor Ozito a un lado.

—No deberíamos.

—Estoy contigo. No deberíamos.

Nos movemos para quedar más cerca. Mucho más.

Uisss, que la vamos a liar.

Uisss, que yo me conozcooooo.

Y, cuando nuestros labios están a punto de rozarse, susurro:

—Esto es incumplimiento de contrato.

—Denúnciame —afirma.

¿Que lo denuncie yo? ¡Pero si me tiene que denunciar él a mí!

Y, queramos o no, nuestros cuerpos, ganitas y deseo han tomado las riendas de la situación, y nos besamos con auténtica pasión.

¡Maaadre mía, qué fogosidaddddd!

Oliver se mueve y yo me muevo con él. Creo que el tema denuncia a ambos nos importa menos que tres pepinos mientras nos vamos desnudando a una velocidad vertiginosa, y nos tocamos y besamos como si el fin del mundo fuera a llegar.

Desnudos sobre la cama disfrutamos de ese momento placentero de reconocer nuestros cuerpos. Nos tocamos. Nos mordemos. Nos chupamos. Siento su dura erección entre mis piernas y, muerta de la curiosidad, miro.

Uissss, ¡pero qué barbaridadddddd!

Lo que veo hace que me ahogue de deseo y, sabiendo que ya nada ni nadie me va a parar y que en ese momento mi mala suerte es buena suerte, exijo:

—Ponte un preservativo.

Oliver asiente. No lo duda. Se mueve. Abre su mesilla. De ella saca un preservativo. Lo abre. Se lo coloca. Y cuando me va a abrazar, lo empujo. Lo tumbo, y como una diosa porno del sexo, me siento a horcajadas sobre él y susurro:

—Señor Dávila, ahora aquí la que controla el momento soy yo. Usted se lo ha buscado.

Sonríe. Sonrío. Y sin perder un segundo coloco su duro pene en la entrada de mi húmeda vagina, y poco a poco, mientras me muevo, me voy empalando en él, consciente de cómo su boca y la mía sueltan jadeos de placer.

Sentada sobre él, me muevo oscilantemente mientras siento cómo sus manos aprietan mi cintura.

Me gusta lo que hace. Le gusta lo que hago.

Ambos disfrutamos de aquel caliente e inesperado momento.

Sorprendiéndome, se mueve, hace que mi espalda dé en el colchón y, acercando su boca a la mía, murmura en un tono de purito deseo:

—Señorita Pérez, esto se lo ha buscado usted también.

Y, con una maestría que ni Manolete cuando toreaba, Oliver mueve sus caderas una y otra vez para profundizar en mí, y yo simplemente me dejo llevar mientras lo miro a los ojos y en ellos veo calientes constelaciones y lujuriosas estrellitas.

Jadeo. Jadea. Nos miramos a los ojos. En nuestras miradas está dibujada la locura del momento y cuando, minutos después, el clímax nos toma a los dos y nuestros cuerpos tiemblan de placer, me abraza y nos quedamos en silencio.

Miro al techo. Aunque sigue siendo soso, reconozco que ahora lo contemplo con otros ojos.

El momento ha sido perfecto. Maravilloso. Ha pasado algo que nunca imaginé, y mejor no ha podido ser. Y cuando, segundos después, Oliver se deja caer a un lado de la cama para no aplastarme, sin esperarlo, los dos murmuramos al unísono:

—Madre mía.

Entonces nos miramos, ¿en serio?

Y con una complicidad que en la vida esperé tener con él comenzamos a reír, conscientes de que nos acabamos de saltar la cláusula uno, punto tres, en la que decía «Nada de sexo». Y, oye, por cómo nos volvemos a mirar, sé que nos la vamos a volver a saltar.