Capítulo 31
Yuls y yo entramos en su habitación sin rozarnos. El pestazo a pintura es tremendo. Allí no va a dormir. Coge el cepillo de dientes, una camiseta con algo que no acierto a distinguir y veo que oculta algo en su mano.
—Tengo que decirte algo —dice cuando salimos de su habitación.
—Dime.
—No me prejuzgues —sonríe. Su sonrisa pícara me hace gracia, y entonces me enseña un viejo peluche que sale de la camiseta y que, sin duda, ha vivido tiempos mejores —.
El zeñor Ozito duerme siempre conmigo —aclara.
Boquiabierto, no sé qué decir. Aquel viejo oso me parece una cosa horrible y luego me muestra lo que ocultaba en su mano y dice—: Y bueno.
No puedo dormir en absoluta oscuridad. Por eso, si no te importa, pondré esta lucecita tenue en algún enchufe y...
—¿Eres miedosa?
—No.
Recuerdo haber puesto luces como aquella por la casa cuando mi sobrino Javier era pequeño.
—¿Acaso tienes miedo al coco? —pregunto con cierta mofa. Al oírme su gesto cambia. ¿Qué he dicho? Y, sintiéndome culpable por lo que veo en sus ojos, susurro—: ¿Qué pasa?
Yuls toma aire. Cierra los ojos. Los abre y murmura:
—Nada. No pasa nada.
Un silencio extraño me grita que miente, pero no quiero indagar más.
—Pon esa luz donde quieras. No hay problema —le digo.
Ella se mueve. Va hasta la puerta de mi vestidor, donde hay un enchufe.
—Aquí te aseguro que no te molestará. —Y lo pone allí.
Nunca me ha gustado dormir con luz. Pero por una noche aguantaré. Luego se dirige a la puerta.
—Iré a mi baño para lavarme los dientes y cambiarme.
La agarro del brazo antes de que avance. Ella me mira.
—Pasa a mi baño —le pido. Ella niega con la cabeza. Sé por qué no quiere entrar, e insisto—: Por favor, Yuls, pasa a mi baño.
—Sabes que si lo hago incumplo una de tus cláusulas.
—Te aseguro que no te denunciaré.
Cuando desaparece en mi baño personal miro la cama y veo el peluche. ¿«Señor Ozito» ha dicho? Pero sin querer centrarme en aquello vuelvo a mirar la cama. ¿Cómo lo vamos a hacer? Y, sobre todo, ¿por qué sonrío como un idiota?
Minutos después, ella sale del baño vestida con una camiseta de manga corta que le llega por la mitad de los muslos. Sin mirarme va a su habitación. De ella saca la maleta amarilla y la pone ante la puerta. Sorprendido por aquello voy a preguntar.
—Necesito ponerla aquí —se adelanta ella.
—¿Por qué?
—No preguntes. Solo permítelo.
En silencio la miro. Estoy a punto de preguntarle que si para dormir con ella hay que aprenderse un manual de instrucciones.
—La puerta tiene pestillo —señalo.
Yuls asiente y, con un gesto que me conmueve, musita:
—Sé que lo de la luz, la maleta y el zeñor Ozito te hacen pensar que estoy fatal de la cabeza, pero, por favor, por favor, no me prejuzgues.
Me siento conmovido por su petición. No entiendo por qué quiere aquello, como no entiendo lo de la luz, pero con saber que es importante para ella me basta.
—Tranquila. No te prejuzgo. Pero me gustaría que algún día me contaras el significado de cada cosa.
Me mira. No sé qué piensa, y sin contestar se encoge de hombros.
Y entonces me da un abrazo, y yo, al sentir su piel contra la mía, la aparto con urgencia y entro en el baño. Necesito lavarme los dientes, serenarme y cambiarme de ropa.
Cuando salgo minutos después vestido con una camiseta de tirantes blanca y el pantalón, al ver que está tumbada en un lateral de la habitación sobre unas mantas, me acerco a ella, echando a un lado la alfombra persa.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Voy a dormir aquí si no te importa —responde, mirándome desde el suelo.
Incrédulo, me quito las gafas. ¿Cómo que vas a dormir ahí?
—Estoy muy cómoda. No te preocupes —insiste, con el oso entre las manos.
Me muevo. Voy hasta la mesilla. Dejo mis gafas sobre ella e incapaz de permitir aquello regreso a su lado.
—Levanta —le pido, tendiéndole la mano—. Dormirás en la cama.
—Ni hablar. En la cama dormirás tú.
—¡Que levantes! —casi le ordeno.
Pero ella no se mueve, y entonces sin pensarlo me agacho y la cojo en brazos.
—Pero ¿qué haces? —oigo que protesta.
—Llevarte a la cama.
—Oye, que he dicho que noooooo.
—Shhh, calla o mi abuela nos oirá.
A continuación, la tumbo en la cama. Al hacerlo, la camiseta se le sube y mis ojos van derechos hasta un pequeño tatuaje que tiene sobre el hueso de la cadera derecha en forma de corazón, con algo escrito dentro que no puedo ver porque ella se tapa con rapidez.
Instintivamente, dejo de mirar donde no debo y me concentro en su cara.
—La cama es una queen size . Lo suficientemente grande como para que podamos dormir tú, yo y el zeñor Ozito sin rozarnos.
—Pero...
—Yuls —le corto—. Ni yo te gusto a ti ni tú me gustas. Por lo tanto, tranquila. Te prometo que no pasará nada. Somos adultos y ambos sabemos comportarnos.
No dice nada. Solo se arropa con el edredón y yo, divertido por ver su gesto, rodeo la cama y me acuesto por mi lado. Segundos después, apago la luz.
—Buenas noches, Yuls —murmuro.
—Buenas noches, Oliver.
Segundos después, la oscuridad se aclara poco a poco y sé que es por la lucecita que ella ha puesto.