Todo bajo control, menos tú Capítulo 30
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Capítulo 30

Cuando cierro el grifo de la ducha sonrío.

Es la primera vez en mi vida que me he dejado llevar por un juego desde que era niño, y ¡joder!, cómo he disfrutado.

Mientras veo cómo el agua se lleva el azul, me seco el pelo con la toalla sin poder dejar de sonreír. ¡Ha sido muy divertido!

Al final terminamos de pintar la habitación. Eso sí. Embadurnados totalmente.

A las ocho y veinte, cuando bajo al salón, mi abuela musita al verme:

—Ni te imaginas la vida que me has dado y la felicidad que tengo.

—¿Y eso?

—Por verte tan feliz y enamorado.

—Abuelaaaaaa...

—¿Pero no ves la sonrisa que luces en la cara, mi vida?

Llevaba años sin verte sonreír así. Y eso es todo gracias a Yuls y al amor que sentís.

—Sorprendido por aquello no sé qué decir.

Ella añade—: Siempre he pensado que todos tenemos a alguien destinado a cruzarse en nuestro camino, para enriquecernos, multiplicar las alegrías y aportar más luz que sombras. Y ese alguien especial para ti es Yuls.

En ese momento, aparece ella por la puerta. Está recién duchada como yo. Lleva el cabello mojado y peinado para atrás. Viste un vaquero y una simple camiseta, y la verdad, está preciosa.

Al entrar, y ver cómo mi abuela la mira, Yuls viene directa a mí. Encantado, abro sin ningún esfuerzo los brazos para recibirla, y tras darme un beso en los labios murmura:

—Gracias por tu ayuda, patatita. Ha sido muy divertido.

La agarro por la cintura. Con gusto le devuelvo el beso; entonces oigo a mi abuela sorber y, alarmado, suelto a Yuls.

—¿Te encuentras bien? —le pregunto.

—Aisss, hijo...

—¿Tienes fatiguita? —insisto.

Ella niega con la cabeza.

—Ser testigo de vuestro amor hace que me encuentre mejor que en toda mi vida —responde, secándose los ojos.

En ese instante suena un teléfono. Sé que es el mío, porque lo tengo conectado con el reloj que llevo.

Lo saco de mi bolsillo. Le echo una ojeada y, al ver que es Vanessa, lo vuelvo a guardar.

Al mirar a Yuls, que está a mi lado, veo que sonríe.

Con lo perspicaz que es, intuyo que ha visto quién me ha escrito, pero sigue sonriendo. No deja de hacerlo.

Durante un rato los tres charlamos distendidamente en el salón.

—Bendito sea Dios, Yuls, ¡esto es inaudito! —exclama mi abuela.

La miro, extrañado. No sé de qué habla.

—¡Son las nueve y veinte y mi nieto no se ha quejado porque se nos ha pasado la hora de la cena! —aclara con picardía.

—Uisss, cariño, ¡esto es para denunciarte!

Las palabras de Yuls me arrancan una sonrisa. Tiene salidas para todo.

—Abuela, ¡tenías que haberlo dicho antes! —protesto, porque sé que la abuela necesita unos horarios.

—¡Ni loca! Con lo divertido que está siendo el día de hoy.

—¿Os apetece cenar pizza y vinito? —propone Yuls.

Mi abuela asiente.

—No creo que sea muy sano comer eso por las noches y... —me rebelo yo.

—Aiss, patatita —me corta—. La abuela está mejor, no seas rancio. Vive el momento. Hoy es día de pizza y vinito del rico, ¿no lo ves?

Verlo, verlo... yo no lo veo. ¡Y ya estamos con lo de «rancio»!

Intento quitarles la idea de la cabeza, pero es imposible, y al final claudico. Yuls pide desde su teléfono móvil unas pizzas y, cuando le digo que pago yo, ella me hace saber que no. Que paga ella.

Una hora después, la abuela, Yuls y yo estamos sentados en el sofá comiendo una grasienta pizza, viendo una película y bebiendo un excelente vino que he abierto solo para Yuls y para mí. La abuela aún no debe beber vino y se contenta con el agua.

—Amores míos —dice la abuela al acabar la película—, vuestra compañía me es muy grata, pero son las doce y media de la noche y mis huesos me dicen que tengo que ir a descansar.

Me levanto a toda prisa y, cuando voy a coger a mi abuela por el brazo, ella me rechaza con un gesto.

—Oliver, hijo, ¡que puedo yo sola!

Oír eso me alegra mucho. Hasta hace nada, la tenía que acompañar para todo por su debilidad y, tras darnos dos besos a Yuls y a mí, se marcha.

Sin que me vea, observo cómo sube las escaleras.

Lo hace con agilidad. Como lo hacía antes de ponerse tan enferma y, cuando desaparece, miro a Yuls, que sigue sentada en el sofá.

—Es increíble cómo ha mejorado la abuela, ¿verdad? —digo.

—¡Superincreíble! —afirma sonriendo.

Estoy contento. Que mi abuela se recupere es lo mejor que me puede pasar.

—Voy a salir para fumarme un cigarro —dice Yuls, levantándose y encaminándose al pasillo.

—¿Adónde vas a ir?

—Para que no me denuncies por incumplimiento de la cláusula uno, punto ocho, ¿qué te parece si cojo el coche y me voy a la entrada de la urbanización?

Aquello me hace gracia. Inventiva tiene toda la del mundo y, entendiendo que soy, en ocasiones, un poco exagerado o, como diría ella, rancio, le digo:

—Fuma en la terraza. El resto de la casa respétala, para que siga siendo libre de humos.

Ella se acerca a mí. Pone su mano en mi frente y murmura:

—Uissss, tengo que llamar al Samur. ¡Estás fatal! —Divertido, sonrío, ella insiste—: ¿Estás seguro?

—Segurísimo.

Veo cómo se encamina hacia el salón principal. Abre la puerta del ventanal y, tras salir a la enorme terraza donde el aire golpea, va hasta la balaustrada y allí se lo enciende.

Curioso, la sigo. Me apoyo junto a ella en la balaustrada.

—¿Fumas desde hace mucho? —quiero saber.

Me mira. Acabo de hacerle una pregunta personal.

—Desde que tengo dieciséis años —responde.

—¿Y por qué?

Yuls da una calada y eleva la mirada a las estrellas.

—La vida.

Guardamos silencio. Sus respuestas llaman mi atención. Siempre son esquivas. Nunca profundiza en ellas. Miro la cicatriz que tiene en su mano derecha.

—¿Eso cómo te lo hiciste? —indago.

Ella mira su mano. Después da una calada a su cigarrillo.

—Soy muy torpe. —Es su lacónica respuesta.

Vuelve a ser esquiva. De nuevo echa balones fuera. Y cuando voy a volver a preguntar, mi móvil, que no ha parado de sonar en toda la noche, vuelve a hacerlo.

—Vete si lo deseas —dice Yuls. Yo la miro, y ella vuelve a hablar—: Es Vanessa, ¿verdad?

—Sí.

Volvemos a quedarnos en silencio durante unos segundos, que rompe ella, en voz muy baja:

—A ver, Oliver. No soy nadie para decirte esto, pues no soy tu amiga y apenas te conozco, aunque esté casada contigo. Pero si crees que lo vuestro todavía no ha terminado, ve y habla con ella.

La miro embobado. Voy descubriendo cosas de Yuls que me agradan.

—Vanessa es una mujer que siempre me ha gustado mucho —admito—, pero cada día dudo más si es lo que quiero en la vida.

Ella sonríe y luego da otra calada a su cigarrillo.

—Pues tienes poco más de tres meses para descubrirlo —sentencia.

—¿Y eso?

—El divorcio está programado para el 28 de agosto y estamos a 25 de mayo, ¿lo has olvidado? —Niego con la cabeza, pero sí, lo había olvidado. Ella prosigue—: A partir de ahí, tenéis vía libre para casaros, si es lo que queréis.

Tiene razón. Pero hoy no quiero seguir con este tema.

—Hablaré con ella otro día. Hoy no.

—¿Por qué hoy no?

—Porque hoy estoy contigo. —Eso hace que los dos nos miremos.

Reconozco que su sonrisa con ese hoyuelo cada vez me gusta más y, confundido, murmuro—: Quiero que sepas que te estoy muy agradecido por lo feliz que haces a mi abuela.

—Veo que sonríe, entonces yo recuerdo una cosa—: Aunque lo leí en el cuaderno, me dijo la abuela que me gusta mucho bailar contigo el bolero Dos extraños .

Yuls deja de sonreír.

—Lo confieso. Adorné lo que le conté para que le resultara más atractivo —admite algo apurada—. Pero me preguntó si te gustaba bailar conmigo y le dije que sí.

Asiento. Ver su apuro me hace gracia.

—No lo conocía, pero es agradable.

—¿Lo has escuchado?

Hago un gesto afirmativo.

—Es un bonito bolero, aunque algo triste, porque del amor que habla no tiene solución.

Veo que Yuls sonríe. Eso dice la letra.

—Realmente los boleros hablan de amores apasionados —me ilustra—, pérdidas dolorosas, amores imposibles.

En fin. Muy alegres no son. Pero a los humanos nos encanta que nos toquen la fibrita y el corazón.

—Nos reímos—. Ágata me habló de que su canción con tu abuelo era la de Júrame y me preguntó qué canción era la nuestra.

Y la verdad, la que dije fue la primera que me vino a la cabeza.

—¿Y puedo saber por qué fue la primera que te vino a la cabeza? —pregunto, interesado.

Ahora sonríe. El apuro se borra de su rostro.

—Porque tú y yo hicimos un trato que nos llevó a un contrato —contesta.

Me río. Se ríe. Lo del trato y el contrato llamó mi atención cuando la escuché.

—Desde luego, escogiste una canción poco romántica.

—Pero qué dices, ¡si es preciosa!

—No lo niego. Pero romántica... romántica...

Nos reímos, y yo trato de desviar el tema, ya que el del romanticismo me da un poco de alergia.

—Quiero darte las gracias por varias cosas —empiezo—. La primera, por tu ayuda el otro día para encontrar a Javier.

—Anda ya, Oliver.

—Y la segunda, porque gran parte de la recuperación de la abuela es gracias a ti.

—Uisss, no creas.

—Lo creo —afirmo al ver su gesto de mofa—. Claro que lo creo. Y aunque sigue estando convaleciente, y todo hemos de tratarlo poco a poco por su bien, verla esta mañana bailar y cantar contigo la canción de Bus Bony, como dice ella, me hace inmensamente feliz.

Yuls suelta una carcajada. Tiene una risa escandalosa y peculiar.

—Ha sido un momentazo —admite.

—Y tanto, ¡mi amol ! —afirmo divertido.

En cuanto digo eso me mira y, con exagerado asombro, exclama:

—Míralooooo, ¡pero si sabe bromear y todooooo!

Ahora el que se ríe a carcajadas soy yo. Esta mujer, sorprendentemente y contra todo pronóstico, tiene este efecto en mí.

—Ágata es una mujer buena y encantadora con infinidad de cualidades y virtudes que nunca debes olvidar —me recomienda—.

Y si alguna vez ella hace algo que te enfade, recuerda poner en la balanza todo lo bueno que tiene, enfadarte con ella lo justo y encontrar motivos para entenderla y perdonarla.

—Me sorprendo. ¿Por qué me debería yo enfadar con mi abuela?

Ella continúa—: Sois afortunados. El destino unió vuestras vidas haciéndoos familia.

—¿Soy afortunado por Lara también?

—Por supuesto, gordiiii —se ríe y me contagia su risa—.

Lara es una mujer increíble, y una madraza, con un punto de locura maravilloso que la hace única y especial.

Y sí, es algo dramática, pero es maravillosa.

Y, como consejo personal, te diría que bajaras tus expectativas en cuanto a controlar su vida, porque me parece a mí que vas a fracasar.

Y, antes de que me repliques, quiero que sepas que Ágata me comentó que Lara era como tu madre, y tú como tu padre.

Sonrío. Aquello no es nuevo para mí.

—Tengo más que asumido que soy un aburrido como lo fue mi padre —reconozco. Sonreímos, y yo le pregunto—: ¿Y tú cómo eres? ¿Como tu padre o como tu madre?

Noto que su cuerpo se tensa. Da una calada a su cigarrillo.

—Quiero pensar que soy como mi madre —responde con un tono extraño en la voz.

Acto seguido, mira el cielo. Está claro que no le ha gustado mi pregunta. ¿Qué pasará con sus padres? ¿Será a ellos a quienes va a ver cuando desaparece?

—En unos días tenemos un evento y después una cena —intento reconducir la conversación.

—¿Tenemos?

—Sí.

—¿Tú y yo?

—En una de mis galerías presentamos el proyecto de Amelia Risuella, una fotógrafa portuguesa que ha creado un universo centrado entre los humanos y las flores. Sus fotografías son muy valoradas a nivel mundial y tenerla en mi galería es un honor.

—¿Y por qué tengo que ir yo?

—Porque eres mi mujer y tienes que apoyarme.

Veo que asiente. Pero en su cara ya no está la tranquilidad de segundos antes.

—¿Y si ese día trabajo?

—No trabajas. He mirado el planning que pusiste en la cocina y lo tienes libre. Por lo tanto, no me engañes, Yuls. Te necesito ese día a mi lado. Es más. Será tu presentación oficial ante la prensa, pues mis amigos ya te conocen.

—Noooooo.

—Sííííí —afirmo, mirando hacia las estrellas.

Otros segundos de silencio.

—¿Y qué he de hacer en algo así? —Noto la incomodidad en su rostro.

—Ser agradable con los invitados, porque de los negocios me ocupo yo. Es fácil. —No sé por qué su gesto me ocasiona cierta ternura—. Te prometo que todo irá bien. Rafa y yo estaremos pendientes de ti —trato de que se quede tranquila.

—Nunca prometas —murmura en un hilo de voz.

Levanto las cejas. No es la primera vez que la oigo decir eso.

—¿Por qué dices eso? —pregunto. Ella se encoge de hombros, e insisto—: Yuls, ¿qué pasa?

—Nada.

—¿Entonces por qué has dicho eso?

—Por nada.

—No te creo. Dime qué pasa.

Me mira. En sus ojos veo una sombra que no conocía. Una tristeza que me conmueve.

—Hace tiempo prometí algo que no pude cumplir, y por eso nunca prometo —me explica.

Quiero saber. Necesito saber. ¿A quién le hizo una promesa? ¿Qué pasó? Pero viendo que ella, aunque ha respondido mi pregunta, no la explica cambio de tema.

—En cuanto a la prensa, tranquila. Te aseguro que los medios que están convocados para el evento serán amables y respetuosos contigo.

No pienses que será como el día de la boda o el día del fútbol.

Allí fueron todos los medios y fue un caos.

Y cuando estemos en la cena, simplemente tienes que ser tú.

Sé agradable y comedida con los invitados, y todo irá bien.

En silencio vuelve a mirar el cielo. Durante unos instantes los dos permanecemos callados el uno al lado del otro.

—Eso de la derecha es la galaxia de Andrómeda.

—Miro a donde señala, pero yo no veo nada, y ella añade—: También se la conoce como M31 y es la galaxia más cercana a la Vía Láctea.

Ahí donde la ves, se encuentra a dos millones y medio de años luz de nuestro planeta y es de las pocas galaxias que se pueden ver a simple vista desde la Tierra.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Mamá me lo enseñó. —Se encoge de hombros y sonríe.

Me gusta saber aquello. Y recuerdo el dibujo que tiene en su habitación de ella, su madre y su hermano bajo las estrellas. ¿Por qué no aparece su padre? Y cuando voy a profundizar en saber algo más de ella y su familia, la veo apagar el cigarrillo.

—Vayamos a dormir —zanja—. No sé si es el vino que hemos tomado en la cena, pero tengo una chucha que no veas.

—¡¿«Chucha»?! ¿Qué es «chucha»?

—Tontería.

Entramos en la casa y cerramos las puertas de la terraza. Sin rozarnos subimos a la primera planta y, al llegar a la puerta, la abro y entramos los dos.