Todo bajo control, menos tú Capítulo 29
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Capítulo 29

Forrar el suelo con el plástico y poner la cinta de carrocero en donde no quiero que se ensucie me ha llevado más tiempo del que esperaba. A las doce y media, tras lavarme las manos, decido bajar para preparar la comida.

No sé dónde está Oliver. Desde el desayuno no lo he vuelto a ver. ¿Se habrá marchado por fin a ver a Vanessa? ¿O estará en el cuarto de la ropa sucia llorando por sus cuadritos?

Encuentro a Ágata en el salón leyendo. Por suerte, cuando me preguntó el motivo de pintar la habitación, se me ocurrió decirle que, aunque la habitación de Oliver es preciosa y estamos muy cómodos en ella, me apetecía que tuviéramos otra habitación más moderna y actual. Menos mal que me creyó.

Sin avisarla de que he bajado, para que siga disfrutando de la lectura, entro en la cocina. Allí cotilleo en los armarios hasta encontrar todo lo que necesito y me pongo manos a la obra.

A la una y media la comida ya está preparada. La apago y dejo que repose un ratito. ¡Huele de maravilla! Han sido muchos años cocinando para mamá las recetas que ella me enseñó, y me defiendo.

Con ganas de fumarme un cigarrillo, y sabiendo que en el interior de la casa no debo, salgo al jardín por la puerta de la cocina.

Tan pronto lo hago ya tengo a Zorba y Drako a mi lado.

El amor que me han cogido en tan poco tiempo es increíble, aunque, bueno, el amor a las salchichas que llevo en las manos también hace bastante.

Una vez que engullen las salchichas, porque ni las mastican, voy hasta un pequeño banquito de madera y me siento.

Me enciendo un cigarrillo y disfruto del momento mientras sé que, con la mala suerte que tengo en la vida, momentos así son para disfrutar.

Saco mi teléfono móvil y busco fotografías de Vanessa Smith en Google.

No tardan en salir tropecientas mil, y no tardo en reconfirmar lo guapa que es esa mujer.

Tiene unos rasgos tan finos y delicados y un cuerpo tan perfecto que es imposible decir algo negativo de su físico.

Durante un rato miro fotos de ella y salen las que tiene junto a Oliver. Nunca se confirmó la relación. Desde luego, fueron discretos. Pero no podían negar que se conocían y eran amigos.

Un rato después, sobre las dos de la tarde, entro de nuevo en la cocina. Allí me encuentro con Ágata.

—¡Esto huele de maravilla! —exclama.

Mientras charlo con ella, divertida, me dispongo a preparar arroz blanco. Con el pollo al curri siempre va bien.

Con mimo y gusto cojo una especie de bol redondo de cristal donde pongo el arroz en el centro y el pollo con su salsita alrededor. Desde luego el plato me queda de lo más mono.

Cuando hablo con Ágata soy consciente de lo prudente que es. No me pregunta por mi familia. Creo que intuye que ese es un tema complejo, y me hace saber que le encantaría que la llamara «abuela». Oír eso me emociona. Nunca he tenido abuela. Oliver, sorprendiéndome, entra en la cocina.

—Pero qué bien huele aquí —admite, quitándose unos pequeños auriculares de los oídos.

Eso me hace sonreír. ¡Un halago!

Estoy a punto de preguntarle si tiene fiebre, pero mejor me callo. No quiero jorobar el momento.

Se acerca por detrás y pasa sus manos por mi cintura, me atrae hacia él y me da un beso en la coronilla.

—Cariño, esto va a estar riquísimo —musita.

Boquiabierta asiento. No tengo gafas, pero si las tuviera, me las quitaría.

—Estás romanticón, mi vida —se mete Ágata, riendo.

Veo que Oliver sonríe.

—Escuchar música de Alejandro Sanz es lo que tiene, abuela. —Y señala el auricular que cuelga de su cuello—. Que te pone romanticón.

Anda, mi madre. ¡Qué fuerteeeeee! ¿Escucha a mi Alejandro? ¿¡En serio!?

Se ríen. No entiendo nada. Solo entiendo que Oliver sigue pegado a mí y yo no sé por qué.

—Vamos... vamos... dejad los arrumacos para esta noche y comamos —nos apremia Ágata, sentándose a la mesa.

Sonriendo, coloco el bol redondo de cristal sobre la mesa.

—Que cada uno se sirva lo que quiera, ¿os parece? —propone Ágata.

—Me parece fenomenal —afirmo.

Oliver asiente. Está de acuerdo con nosotras.

—Abuela, ¡tú primero! —Y le entrego la cuchara. La mujer al escucharme se lleva la mano al corazón y, al ver cómo Oliver me mira, aclaro—: Me ha pedido que la llame «abuela».

Él asiente. No sé si le ha gustado que dijera aquello o no, pero anima:

—Vamos, abuela. ¡Sírvete!

Con gusto, veo cómo Ágata se echa en su plato. Después lo hace Oliver. Esperan a que me haya servido yo, y entonces prueban. Se miran y asienten.

—Esto está increíble, mi niña —alaba Ágata.

—Tan bueno que al final te voy a tener que comer a besos —apostilla Oliver.

En cuanto dice eso, el tenedor se me cae de golpe. Al hacerlo, los dos me miran. Yo reacciono a toda velocidad y me acerco a él.

—Por mí ya puedes empezar, mi amolllll —murmuro con guasa.

Oliver me mira. Yo lo miro a él. Lo acabo de retar.

Y sin que yo lo espere, acerca sus labios a los míos y me besa. Wooooooo, ¡acepta el reto!

Es un dulce y tibio beso que apenas dura unos segundos, pero, mi amolllll, ¡lo que me ha gustado! Y, sin duda, aunque esto mañana se acabe, este momento ¡no me lo quita ni Blassss!

Cuando se separa de mí, acalorada y en llamas, cojo mi vaso de agua y bebo. Necesito agua para refrescarme. ¡Estoy empezando a combustionar! Que él tome la iniciativa de besarme me pone muy nerviosa.

—Nunca pensé verte tan perdidamente enamorado, mi vida —se mete Ágata.

¡Me atraganto!

¡¿Enamorado?!

El agua se me va por otro lado. Me asfixio. Toso. Oliver se levanta. Alarmado, me da unos golpecitos en la espalda hasta que dejo de toser.

—Ya estoy bien, cielo. Tranquilo.

Oliver se sienta. Veo el gesto preocupado en él cuando Ágata, como buena anfitriona, saca tema de conversación y los tres comenzamos a hablar con tranquilidad. Oliver me mira de manera extraña, y no sé por qué.

Acabada la comida, Oliver se empeña en que su abuela descanse un rato en un pequeño saloncito que hay en la planta baja. Al final, la mujer claudica. Su nieto es muy pesado.

Estoy metiendo los platos en el lavavajillas cuando Oliver deja una jarra de agua sobre la encimera.

—Esto era lo último que quedaba sobre la mesa —dice.

—Ya puedes irte si quieres. Termino yo aquí.

Por el rabillo del ojo veo que duda. Me mira. Pero al final se da la vuelta y se va. Eso hace que yo respire. ¿Qué me pasa que su cercanía me comienza a acelerar?

Después de dejar la cocina recogida, subo a la habitación. Allí, tras cerrar la puerta y poner ante ella mi maleta, cojo mi móvil, busco en mi lista de Spotify música y pongo a Alejandro Sanz. Mi cantante favorito.

Un buen rato después, cuando he conseguido el color azul cielo que deseo para las paredes, comienzo a pintar con el rodillo mientras canturreo la canción Regálame la silla donde te esperé , de mi Alejandro, y me permito cantar y bailar al compás.

Disfruto del momento. Se puede decir que este es de esos pocos momentos que he tenido en mi vida para mí misma y sonriendo estoy cuando oigo unos golpes en la puerta, que tengo cerrada.

—Soy Oliver, ¿puedo pasar?

—Claro. Estás en tu casa.

Al abrir la puerta, esta choca con la maleta que tengo ante ella.

—¿Cuándo vas a quitar esta maleta de en medio y la vas a guardar en el armario? —me pregunta.

—Algún día.

Vale. Sé que no es la mejor contestación.

—¿Necesitas algo? —quiere saber, sorprendiéndome.

Estoy a punto de decirle que sí. Que necesito que la vida comience a darme mi dosis de buena suerte, pero niego con la cabeza. Este coloca en un lateral la maleta y mira alrededor.

—Menuda tienes montada.

—Conociéndote, debes de tener los pelos como escarpias de ver cómo está todo.

—La verdad es que sí —afirma con gesto contrariado. Me río. Él también, y de pronto dice—: Esta noche no puedes dormir aquí. Te intoxicarás.

—Eso quería hablar contigo. ¿Puedo dormir en tu habitación?

—En cuanto digo eso, veo que parpadea, y cuando se quita las gafas, aclaro enseguida—: A ver, que me he explicado mal.

Me refiero a dormir en tu habitación, pero no en la cama.

Yo dormiría en el suelo para que Ágata no piense cosas raras o...

—¿Pero cómo vas a dormir en el suelo?

—En peores lugares he dormido —murmuro inconscientemente.

—¿Qué significa que en peores lugares has dormido? —pregunta él.

Maldigo. Tenía que haber cerrado la boca, y recordando algo que él recalcó con insistencia respondo con gracia:

—Nada de preguntas personales o te demando. —Su ceja derecha se arquea. Imagino lo que está pensando de mí—. Bueno. Si hay mucho problema, duermo aquí.

Este niega con la cabeza.

—Tranquila. Lo resolveremos. Pero aquí no vas a dormir. —Oír eso me hace sonreír. Cuando es empático me parece un tipo encantador—. ¿Puedo ayudarte? —Su pregunta me sorprende.

Lo veo tan impolutamente vestido con su camiseta blanca y su pantalón negro de Calvin Klein que le digo:

—Mejor no. —Y me señalo—. Mira cómo te vas a poner.

Oliver asiente. Y sin decir nada se da la vuelta y desaparece por la puerta. Vale, se ha enfadado. Como diría mi madre, ¡qué rápido coge este el cesto de las chufas! Por lo que cierro la puerta y pongo la maleta como siempre.

Instantes después, oigo un golpe. Es Oliver.

—¿Por qué has vuelto a poner la maleta en medio otra vez? —me pregunta.

No contesto. No creo que me entendiera si le digo la verdad, y viendo que se ha cambiado de ropa, por otra igual de impoluta que la de antes, me mira.

—Esta ropa es vieja. Si se estropea no pasa nada. —¡¿Vieja esa ropa?!—. Quiero ayudarte —insiste—. Dime qué tengo que hacer.

Sorprendida, miro mi reloj. Son las cinco de la tarde.

—¿Pero no tienes que salir? —pregunto—. ¿No has quedado?

—No.

Sé que Vanessa lo espera. Sin querer vi que lo escribía. Pero decido callar, y mientras le entrego uno de los rodillos le explico qué tiene que hacer, y minutos después estamos los dos pintando.

Está hablador. Algo que me sorprende, cuando es de los calladitos, y me confiesa que es la primera vez que pinta una pared en su vida. Eso me hace reír y más cuando lo veo animado haciendo lo que hace. Yo diría que hasta le gusta.

Un rato después, mientras escuchamos las canciones de mi cantante favorito que salen de mi teléfono, pregunta:

—¿Y ese cuadro enmarcado?

Miro hacia donde señala. Es el dibujo de Andy, que está sobre la cama, cercano a una foto en la que aparecemos Lucas y yo.

—Es un dibujo que hizo mi hermano para mi cumpleaños —respondo sin querer mentirle—.

Somos mamá, él y yo bajo las estrellas. —Veo que asiente.

Lo vuelve a mirar. Creo que va a preguntar algo más sobre él, pero yo desvío el tema—: Por cierto, te lo dije por teléfono, pero te lo vuelvo a decir.

Muchísimas gracias por la televisión y los ordenadores que has comprado para el centro.

Los niños están como locos y la directora todavía no se lo cree.

Oliver me mira.

—Si necesitáis algo más, solo tienes que decírmelo —replica con una sonrisa.

—Uissss, ¡no sabes lo que has dicho!

Nos reímos.

—¿El que canta es Alejandro Sanz? —se interesa.

—Sí. El amor de mi vida.

Me mira y me río. Él parece sonreír, pero no.

—Ya vi que le dijiste a mi abuela que nuestra canción era una de él.

—Sí —afirmo.

—Muy bueno eso de que un trato es más que un contrato.

Oír eso me hace sonreír. Lo sabe porque se lo apunté en el cuaderno.

—Me preguntó por nuestra canción. Recordé eso que me dijiste aquel día en tu despacho y me vino esa canción a la cabeza.

—Por lo que veo, te gusta mucho ese cantante —sigue indagando.

—Como he dicho, es el amor de mi vida —afirmo sonriendo—. Y espero algún día poder ir a alguno de sus conciertos.

—¿Nunca has ido?

—No.

—¿Y cómo siendo el amor de tu vida y tu cantante favorito nunca has ido a uno de sus conciertos? —se sorprende.

Me encojo de hombros. Contarle que cada euro que he ganado siempre ha sido para cuidar a mamá no es algo que me apetezca.

—Cosas de la vida.

Sigo pintando mientras por el rabillo del ojo veo que me mira. ¿Qué pensará? De manera involuntaria, me vuelvo hacia él y moviendo el rodillo lo pongo fino de pintura azul.

Al ver su cara, sé que acabo de meter la pata hasta el fondo. ¡Adiós buen rollito! Él, de humor anda bastante justito. Veo que se quita las gafas. Malo. Las deja sobre la cama. Remalo. Y, moviendo su rodillo, me pone fina de pintura a mí.

¿En serio ha hecho lo que ha hecho?

Divertida por ver que ha entrado al juego cuando menos lo esperaba, comenzamos a embadurnarnos de pintura.

Lo pringo. Me pringa. Reímos y corremos como dos gilipollas por la habitación el uno huyendo del otro sin importarnos nada más.

No sé cuánto dura aquel momento de desconexión total, en el que nos sentimos como dos niños, hasta que de repente oímos:

—Pero, hijos de mi vida, ¿qué estáis haciendo?

La voz de Ágata nos frena en seco. Estamos agitados. Respiramos con dificultad y yo, sonriendo, paso el rodillo por el pecho de Oliver y respondo:

—¡Desmontando al controlador!

Oliver, al notar aquello, rápidamente pasa su rodillo por mi trasero al huir. Su abuela se marcha riendo a carcajadas.

—Juventud, ¡divino tesoro! —exclama.

Riendo, seguimos jugando como dos críos de quince años.