Todo bajo control, menos tú Capítulo 28
47%

Capítulo 28

Han pasado varias semanas desde el episodio vivido con mi sobrino y todo ha vuelto a su lugar. Javier vuelve a estar centrado, la movida con su padre parece estar archivada y mi hermana está tranquila.

Yuls grabó la reacción de los niños al ver la televisión y los ordenadores, y cuando me la enseñó, me emocioné.

Ver la cara de felicidad de aquellos chicos y sus saltos de alegría ante lo que había enviado me hizo darme cuenta, una vez más, de la suerte que he tenido en la vida y que, como dice mi abuela, hay que ayudar a quien lo necesita.

Hoy es sábado, y los sábados me gusta dormir un poco más, pero hoy ha sido imposible. Un sueño en el que aparecía Yuls besándome me despertó y ya no he podido volverme a dormir.

¿Me estaré volviendo loco?

Llamo por teléfono a José Luis, pues ya le dieron el alta. Está en su casa y se tiene que cuidar, por lo que, de momento, no puede trabajar. El ataque cardiaco que le dio no ha sido de los flojos, y siguen haciéndole pruebas, pues no descartan que lo tengan que operar.

La noche anterior, el viernes, me encontré durante la cena de trabajo con Vanessa.

Entró con un acompañante a cenar en el mismo restaurante donde estaba yo, y nos saludamos.

Estaba guapa y estilosa, como siempre, e iba acompañada por un reputado concejal.

Y, la verdad, verla con él no me produjo ni frío ni calor.

Pero al despertar ya he visto que tengo un mensaje suyo pidiéndome que la llame o vaya a verla.

Cansado de dar vueltas en la cama, al final, a las ocho y media me levanto, me pongo ropa de deporte, y salgo a correr con Zorba y Drako. Correr siempre me hace desconectar y recargar las pilas, y cuando regreso a casa, voy directo a la cocina, donde oigo música.

Allí me encuentro con mi abuela.

—Buenos días, mi vida.

—Buenos días, abuela. ¿Qué escuchas?

Me enseña su móvil.

—¡Me encanta mi Esporroti! —afirma.

¿Qué es Esporroti?

—¿Pero desde cuándo tienes tú Spotify? —pregunto, curioso, mirando su móvil.

—Desde que me lo puso Yuls.

No lo sabía. La abuela comienza a mostrarme las listas de canciones que junto con Yuls se ha creado.

—Es Bus Bony —me dice al empezar a sonar una de ellas.

Oír aquello me hace gracia. El que suena sé que es Bad Bunny. A mi sobrino Javier le encanta aquel cantante.

—¿Y desde cuándo escuchas tú a Bad Bunny? —quiero saber.

Como la mayor entendida de música, la abuela me habla de aquel cantante puertorriqueño, y yo la escucho encantado.

En los últimos días, reconozco que la veo más animada, incluso con mejor color de piel y cero ojeras.

Hablé con don Nicanor y el hombre está emocionado por su mejoría.

Que esté remontando de su mal me llena de felicidad. Tanto ¡que gritaría!

—¿Dónde está Mónica? —pregunto, metiendo una cápsula en la máquina de café.

—Su hija pequeña, Inesita, se ha puesto de parto y se ha ido para el hospital.

—Ah, vale, entiendo perfectamente que no haya venido.

Mi abuela me explica—: Yuls ha mirado en la nevera y en la despensa y ha dicho que ella cocinará.

—Eso me sorprende. ¿Sabe cocinar? La abuela cambia de tema—: ¿Qué es eso de que Yuls va a pintar la habitación adjunta a la vuestra?

Anda, ¡al final lo va a hacer!

—A ver, abuela...

—Pero, hijo... ¿Acaso no puedes contratar a alguien para que lo haga?

Termino de prepararme el café mientras la música sigue sonando.

—Se lo dije —respondo—. Pero se empeñó en que ella misma quería hacerlo.

Mi abuela sonríe. Está visto que le hacen gracia las cosas de Yuls. Le hablo de José Luis. Le hago saber que está mejor, aunque siguen haciéndole pruebas.

—¿Hoy no tienes fatiguita? —le pregunto al verla con gesto asustado por José Luis.

—No, mi vida. Hoy me encuentro fenomenal. Es solo que lo de José Luis me preocupa.

La entiendo. A mí también me preocupa. Pero la mejoría de mi abuela es la mejor noticia que me han dado en los últimos tiempos.

—Por cierto, patatita, ya me dijo Yuls que eres un romanticón —suelta.

Levanto las cejas. No sé si por lo de «patatita» o por lo de «romanticón».

Ella continúa ilustrándome—: Hablando con ella un día, me comentó que en ocasiones bailáis muy acaramelados cierto bolero y ya sé cuál es vuestra canción de amor.

Sin perder mi prefabricada sonrisa, asiento. No he bailado ni una sola vez con ella, pero sé de lo que habla. Yuls lo apuntó en el cuaderno y ya me he encargado yo de buscar esas canciones y escucharlas.

En ese instante, se abre la puerta de la cocina y entra Yuls. Va informalmente vestida con unas mallas negras, camiseta y gorra. Al verme, sonríe. Deja lo que lleva en el suelo y, con total familiaridad, se acerca, me abraza, se pone de puntillas y me da un rápido beso en los labios.

—Buenos días, cielo —me saluda—. ¿Ya has vuelto de correr? —Asiento. Cada vez que me abraza y me besa de aquella manera, reconozco que me gusta más y más; ella se vuelve hacia mi abuela y exclama—: Bad Bunnyyyyyy. ¡Vamos, mamita lindaaaaa!

¡¿Mamita linda?!

Acto seguido, se pone a bailar. ¡¿Qué?!

Sin ningún tipo de vergüenza baila, canta. Incluso hace eso que me parece tan horrible que se llama ¡perrear! Y, de repente, mi abuela se levanta apoyándose en el bastón y comienza a bailar y a canturrear:

Si te quieres divertir

con encanto y con primor,

solo tienes que venir

un verano a Nuevayolll.

¿Mi abuela se sabe una canción de Bad Bunny?

Las miro sin dar crédito a lo que veo, cuando soy consciente de que la abuela no puede hacer aquello. Por favor, ¡que está convaleciente! Así que la paro y, a pesar de sus protestas, la siento en la silla. Eso hace que las dos comiencen a reír a carcajadas.

—Ais, Oliver de mis amores —dice la abuela—. Qué divertido es bailar al Bus Bony.

Oír eso me hace sonreír. La abuela, a diferencia de mí, siempre ha sido muy bailona.

—Antes de pintar, desayuna, mi vida —le dice a Yuls.

—¡Sí, mi amol !

De nuevo las dos se mueren de risa. Está claro que entre ellas se ha creado un vínculo especial mientras yo estaba de viaje. La abuela para la música y observo cómo Yuls, bromeando con ella, saca las galletas del mueble y la mantequilla del frigorífico. Me encanta verlas tan felices.

—No solo vas a pintar, sino que me ha dicho mi abuela que también vas a preparar la comida.

Ella me mira. En sus ojos veo ese brillo retador que empieza a gustarme.

—Pues sí, patatita —afirma con un gracioso gesto.

¡Ya estamos con ese ridículo apodo!

Miro a mi abuela. Se ríe.

—Yo a tu abuelo lo llamaba «torreznito», y se lo llevaban los demonios cuando lo hacía.

Eso hace reír a Yuls. Y, al final, me tengo que reír. No lo puedo remediar.

—¿Qué llevas en esas bolsas?

Me las muestra.

—Plástico para cubrir el suelo. Cinta de carrocero para proteger enchufes, rodapiés y marcos de ventana. Pintura. Rodillos, y algunas brochas y masilla por si hubiera que tapar algún desperfecto —enumera.

Me quedo boquiabierto.

—Hija de mi vida, ¡eres toda una profesional! —exclama mi abuela.

Luego mete una cápsula de café en la cafetera y le da al botón de encendido.

—De comida os voy a preparar pollo al curri, que me sale de maravilla —nos informa—. ¿Os gusta el pollo al curri?

—¡Me encanta!

—Si es picante la abuela no puede comerlo —matizo rápidamente.

—Mi pollo al curri no picará. No me gusta la comida picante. Pero os aseguro que luego me vais a comer a besos por lo rico que estará.

Sin poder evitarlo, la abuela y yo gesticulamos y sonreímos. Aquella autenticidad en ella, aunque hay momentos que me desconcierta, reconozco que es graciosa. La abuela y ella se ponen a hablar de cocina y yo con mi café me siento en una de las sillas a escucharlas.

La cafetera termina de preparar el café de Yuls, y esta, ni corta ni perezosa, en vez de sentarse en una silla, viene y se sienta sobre mis piernas. Eso hace que me envare como un palo, y ella deja su café sobre la mesa y quitándome las gafas me revuelve el pelo.

—¿Sabes, cielo, que con el pelo revuelto estás guapísimo? —observa.

Mi abuela disfruta con lo que ve y oye.

—Seguro que anoche se lo revolviste —suelta.

—Ágataaaaa...

—Abuelaaaa...

Oír eso hace que Yuls y yo la miremos.

—Desde pequeño hemos estado a una pared de distancia. Pero creo que esa pared necesita un poco más de independencia para daros intimidad —afirma con picardía, guiñándome un ojo.

Sus palabras me desconciertan. No sé qué habrá oído mi abuela, pero no creo que nada de lo que está pensando.

—Perdón si te despertamos —interviene Yuls, para mi sorpresa—. Intentaremos ser más discretos.

¿Pero qué dice?

Muerto de la vergüenza, miro a la que es mi mujer, que acerca su boca a la mía.

—Patatita, te lo dije. Eres muy escandaloso —murmura.

¡La madre que la parió!

¡La voy a matar!

Mi abuela y ella se ríen. Yo no. Me pongo las gafas mientras ella come galletas con mantequilla y mi abuela se interesa por su faceta de pintora de paredes, así que le pregunta cómo es que sabe hacerlo.

—Por distintas mudanzas de ciudad he pintado varias casas.

Me siento un poco descolocado, y de pronto me gustaría saber qué es eso de las mudanzas. ¿No siempre ha vivido en Madrid? ¿Dónde ha vivido?

—La ayudarás a pintar, ¿verdad? —me propone mi abuela.

—No. —Yuls contesta por mí. Mi abuela me mira, y Yuls indica—: Por cierto, cariño, en el cuarto de la ropa sucia he dejado los cuadros que he quitado de las paredes de la habitación.

Aquello me pone los pelos como escarpias. ¡¿Cómo?! En lo que era mi gimnasio tenía una estupenda colección de obras de arte contemporáneo.

—Lo dirás en broma —me tenso.

—¿Me ves cara de bromear?

Mi abuela y ella se ríen mientras yo me horrorizo, pero sé que, para Yuls, un cuadro de Ikea y un Picasso tendrían el mismo valor.

—Que Oliver te ayude a pintar. Entre los dos será más rápido —insiste mi abuela.

Yuls niega de nuevo con la cabeza.

—Oliver, si mal no recuerdo, tiene que verse con alguien. Y creo que es importante que vaya.

Oír eso me hace entender que se refiere a Vanessa. Sabe que me sigue escribiendo. Y, tomándose el café del tirón, se levanta de mis piernas y, tras dejar su vaso en el lavavajillas y guardar las galletas y la mantequilla, coge las bolsas.

—Me voy —se despide—. Tengo que empezar a cubrir el suelo y demás, o nunca comenzaré a pintar.

Y sale de la cocina.

—¿Qué hay más importante que pasar el día con tu mujer? —quiere saber mi abuela, y en sus palabras hay un cierto tono de reproche.