Todo bajo control, menos tú Capítulo 27
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Capítulo 27

Los siguientes días, cada vez que Lucas puede, me pregunta por Oliver.

Quiere saber de él. Está claro que «ese rancio, pijo estirado», como lo llama, no le ha terminado de caer bien.

En cambio, Javi sí. Lucas dice que a ambos les encanta el deporte en general e incluso que alguna tarde tienen pensado quedar para hacer skate con sus monopatines.

En cuanto a Vanessa, veo que sigue escribiendo y también veo que Oliver le contesta. Intenta hacerlo con disimulo cuando estoy delante, pero ¡menudo radar tengo!

Una mañana, cuando estoy terminando de darle el biberón a uno de los pequeños que tenemos en el centro, y a los que, por cierto, me como a besitos, mi compañera Marina viene corriendo a la habitación.

—Yuls, ¡no te lo vas a creer! —La miro. No sé de qué habla—. Hay un camión ahí afuera que nos trae una televisión enorme y no sé cuántos ordenadores para el centro —se entusiasma.

Sonrío. Sé quién lo ha enviado.

—¡Qué biennnnnnn!

Dejo a la pequeñita dormida en su cuna, salgo del cuarto y voy a la cocina. Allí meto el biberón en el lavavajillas y la tetina en el esterilizador. Curiosa, voy hasta la puerta, y allí me encuentro con la directora del centro. Doña Lola está revolucionada. Feliz.

—Al parecer, el señor Dávila y su esposa nos han comprado estas maravillas para el centro —me explica—.

¿No te parece increíble? —Asiento. Sonrío.

Y ella cuchichea—: ¿Sabes quién es el señor Dávila?

—Inocentemente niego con la cabeza; ella, enseñándome una tarjeta de Oliver, me ilustra—: Es un galerista muy reputado.

—Y mostrándome su teléfono móvil, en el que veo una foto de Oliver, añade—: Y, además, muy guapo, ¿verdad?

—Verdad... —sonrío, divertida.

Descargan la televisión. Es enorme. Impresionante. Quienes la traen la cuelgan en la sala de estar, y emocionada la miro. Cuando la vean los niños se van a volver locos.

Descargan del camión un montón de cajas.

Curiosa, veo que son ordenadores. Los cuento.

Son veinte. ¡Vaya con Oliverrrr! Tan pronto los dejan en la sala de ordenadores, conectados y funcionando, salgo del centro y, apoyándome en mi coche, me enciendo un cigarrito y llamo por teléfono. Un timbrazo. Dos. Y al tercero, digo:

—Muchas graciassssssssssss. —Casi puedo oír la sonrisa de Oliver cuando, emocionada, admito—: La televisión es impresionante y los ordenadores ni te cuento. Cuando los vean los niños, ¡van a fliparrrrrr! De verdad muchas muchas muchas ¡graciasssss!

—¿Hoy soy menos rancio?

Oír eso me provoca risa. Está claro que es un término que le molesta.

—Hoy has pasado de rancio a ¡superhéroe! —exclamo sin dejar de mirar el bonito anillo de Cartier en mi dedo.

Lo oigo reír a través del teléfono.

—Me alegra ese cambio y me gusta saber que lo enviado os ha gustado.

—Gustado es poco. ¡Todo es una pasada! Y prepárate. Porque mi directora no creo que tarde en llamarte por teléfono para darte las gracias por lo que has enviado y es bastante intensita.

—Vale.

—Y recuerda, ni me menciones.

—De acuerdo.

Oigo su respiración a través del móvil. Cada día que pasa, inexplicablemente, este hombre me gusta más, pero sé que está en el trabajo y no puedo entretenerlo.

—Bueno. Creo que... —trato de despedirme.

—¿Cómo llevas el día? —interrumpe él.

Uisss, ¡se interesa por mí!

—De momento, tranquilo. ¿Y tú el tuyo?

—Lioso —admite—. Adam Pisher, un pintor londinense con el que estaba preparando una exposición para octubre en Madrid, me acaba de cancelar.

—Vaya... ¡qué putada!

—Esa boca, señorita Pérez.

En ese momento veo que llega el autobús donde vienen algunos de los muchachos del centro. Regresan del colegio.

—Te dejo —me despido, apagando el cigarrillo—. Llegan los niños y quiero ver sus caras cuando vean la enorme televisión que les has comprado y los ordenadores.

—Grábalo con el móvil y luego me lo enseñas.

—¡Hecho! Un beso. Adiós.

Y, sin más, termino la conversación y corro hacia esos niños a los que quiero, y todo lo bueno que puedan tener yo se lo conseguiré.