Capítulo 26
Miro a mi sobrino.
Está bien, aunque, viendo sus pupilas dilatadas, intuyo que ha fumado lo que no debe. Ahora no le voy a decir nada con respecto a eso para no encabronarlo. Pero ya buscaré el momento para hablar tranquilamente con él.
Cuando Yuls y Lucas entran en el local, se sientan a nuestro lado. Pedimos al camarero algo de beber. Estamos sedientos por lo ocurrido y, tras llamar a mi abuela para que sepa que Javi ya está con nosotros y se tranquilice, miro a mi sobrino.
—¿Cómo se te ha ocurrido hacer algo así? —le pregunto.
—La he cagado. Lo sé.
—¿Pero en qué estabas pensando? —insisto—. Vamos a ver, Javier. Siempre he considerado que eres un chaval con un par de dedos de frente. ¿Pero cómo has podido hacer algo así? ¿Acaso no piensas en el susto que le has dado a tu madre y a todos?
—Estaba cabreado con papá, tío.
—Pero, bebééé...
—Mamá —la corta—. Papá ayer me dejó muy clarito que sobro en su vida. Se va de vacaciones con su nueva familia. Con los hijos de esa mujer. ¿Acaso es que yo no soy su hijo?
Las palabras de mi sobrino me apenan. Me duele. Miguel, el ex de Lara, nunca se ha comportado como un padre. Siempre ha pasado bastante de él. Nunca entenderé a los padres que se despreocupan de sus hijos.
—Cariño —dice Lara—. Yo te llevaré de vacaciones adonde tú quieras.
—Mamá, no es eso.
—Lo sé, mi vida. Pero porque tu padre sea un impresentable no es justo que a mí me des estos sustos.
—Lo siento, mamá.
Los observo a los dos. Cuando Lara se pone seria me recuerda mucho a mi padre.
—Ni puedes, ni debes, pagar con tu madre lo que tu padre haga —interviene Yuls—. Son dos personas diferentes, y creo que ya comienzas a tener una edad como para darte cuenta de muchas cosas. Y de que valores otras.
Durante un buen rato mi hermana, Yuls y mi sobrino hablan sobre aquello. Yo intervengo cuando creo que he de hacerlo, pero también observo a Lucas. A ese que me ha llamado «rancio», como hace Yuls.
Lucas escucha atentamente y sin interrumpir mientras bebe con tranquilidad su Fanta de naranja.
Es un chico alto, tanto como mi sobrino Javier.
Y hay algo en él que me recuerda a mí, y es su manera de escuchar y observar.
Su pelo es claro, sus ojos verdes y, por cómo arquea la ceja y en ocasiones mueve la cabeza, intuyo que se está creando su propia opinión de lo que oye.
No sé quién es ese crío. Yuls nunca me había hablado de él. Pero lo que ha quedado claro es que confían el uno en el otro ciegamente, y reconozco que eso me agrada.
—¿Puedo opinar? —interviene Lucas.
Todos lo miramos. Asentimos.
—Vaya por delante que lo que voy a decir es una opinión mía —empieza, mirando a mi sobrino—, y que eso no significa que no crea que la tuya sea la correcta.
—Vale —asiente Javier.
Lucas retira la bebida de su lado.
—Entiendo tu enfado —continúa—. Que tu padre pase de ti es algo que comprendo que no te guste.
Pero, colega, tienes una madre y una familia que se preocupan por ti, ¿verdad?
—Mi sobrino nos mira y asiente, y él añade—: Pues deja de hacer el tonto y céntrate en quien te quiere, cuida y valora.
Si tu padre, que ya es un adulto, ha decidido no tenerte en su vida, ¡él se lo pierde!
—Y tanto que se lo pierde —confirma Lara.
—Tu madre y tu tío han removido cielo y tierra para encontrarte, porque ellos te quieren en sus vidas. ¡Quédate con eso! No te quedes con el mal rollo de un tío, aunque sea tu padre, que pase de ti. Porque si lo haces, el que no va a vivir la vida y se va a convertir en un amargado serás tú.
Oírle decir aquello me sorprende. Su madurez y manera de explicar me encandilan.
—¿Cuántos años tienes, Lucas? —le pregunto.
—Catorce.
Asiento. Tiene la edad de mi sobrino.
—Qué despliegue de madurez emocional tienes, cariño —dice mi hermana, acariciándole el pelo con afecto.
Inconscientemente, miro a Yuls. Tiene una mano de Lucas cogida por debajo de la mesa.
—Javi —continúa el crío—, has crecido en una familia que no solo te da lo material, sino que también te da eso otro que se llama amor, cuidados y protección. Yo eso nunca lo tuve, hasta que llegué al centro de menores y conocí a Yuls.
—¿Vives en un centro de menores? —pregunta Javier, sorprendido.
—Sí —afirma Lucas—. Yo no tuve una madre que se preocupara por mí como lo hace la tuya. Yo tuve unos padres toxicómanos, a los que lo único que les importaba era su dosis diaria, hasta que esas dosis acabaron con ellos.
—¡Ay, cariño, lo siento! —murmura Lara.
—Siento lo que dices, Lucas —me sumo yo.
—Tranquilos —replica él—. Eso ya es un tema superado para mí.
—Lara compone un gesto apenado, pero Lucas sigue adelante—: Con esto te digo, Javi, que comprendo tu enfado y tu cabreo, pero teniendo a tu madre, que te cuida y que te quiere, no necesitas a un padre que ni te cuida ni te quiere.
Porque, como bien me ha enseñado Yuls, en la vida debemos rodearnos de personas que nos sumen, no que nos resten.
Javier lo mira. Por su gesto compruebo que está impresionado. Siempre ha sido un crío muy juicioso y comedido.
—Tienes razón, Lucas —interviene antes de que yo lo haga—. Debería ser más listo con ciertas cosas.
—Si algo me ha enseñado la vida —afirma Lucas con una tranquilidad que me sobrecoge— es a saber lo que quiero y lo que no sin pisotear ni hacer daño a nadie. Y eso es lo que debes pensar. Qué merece la pena y qué no. Y a quién merece la pena tener a tu lado y a quién no.
Miro a Yuls. En su gesto veo el orgullo con que mira a aquel muchacho. De pronto, suena su teléfono.
—Tenemos que llevar a Lucas al centro —dice.
Sin más. Nos levantamos todos de la mesa. Javier se acerca a Lucas.
—¿Nos pasamos los números de teléfono? —le pide.
—Claro, colega —afirma Lucas.
Mientras lo hacen, Yuls me mira emocionada, y yo, acercándome a ella, la cojo por la cintura y con ternura, porque eso me provoca ella en este momento, le doy un beso en la frente.
Veinte minutos después hemos dejado a Lucas en el centro y media hora más tarde a Lara y a Javier en su casa.
Yuls y yo vamos en el coche en silencio. Es un silencio tranquilo y nada incómodo.
—Me ha impresionado cómo habla Lucas —comento.
—Es muy maduro —asiente ella—. Aunque, bueno, en ocasiones se comporta como un crío de su edad. No creas que no las monta de vez en cuando.
Eso nos hace sonreír a los dos.
—¿Desde cuándo te llama «mamá»? —me intereso.
—Desde que tenía siete años. Pero solo lo hace cuando cree que estamos solos, como has podido comprobar.
—¿Por qué?
—Para evitar problemas —afirmo con convicción—. En el centro de menores eso no estaría bien visto. Y posiblemente nos meteríamos en líos que queremos evitar.
Minutos después, cuando entramos en la finca de la casa, Zorba y Drako vienen corriendo hacia el coche. Ya en el garaje apago el motor y nos bajamos. Mis perros la saludan a ella antes que a mí, y cuando lo estoy haciendo yo, la veo mirar el cielo.
—¿Por qué te gustan tanto el cielo y las estrellas?
—Porque me hacen soñar.
—¿Eres soñadora?
—Sí. —Y, mirándome, pregunta—: ¿Tú tienes algún sueño?
Su pregunta me pilla por sorpresa.
—No.
—Pues quien no sueña no vive... nunca olvides eso. —No respondo. No digo nada. Ella sigue mirando el cielo estrellado y murmura—: Mamá me contó infinidad de historias de estrellas y galaxias que me gusta recordar.
—¿Alguna vez me las contarás?
Yuls me mira. En sus ojos descubro esa mirada que en ocasiones me desconcierta. En mi teléfono, que tengo en mi mano, entra un mensaje. Ambos lo miramos y vemos que es de Vanessa.
—Lo dudo —responde.
—Venga, mujer —insisto con un gesto distendido—. Prométeme que algún día algo sobre las estrellas me contarás.
—Yo no prometo nunca —sentencia con tal seriedad que me calla.
Al poco rato entramos en la casa. Mi abuela, al oírnos, sale de su habitación en nuestra busca.
La tranquilizamos. Le indicamos que Javi está bien y, cuando se va a dormir, nosotros entramos en mi habitación.
Y, tras un rápido «buenas noches», Yuls desaparece tras su puerta y yo me quedo solo y deseoso de estar con ella.