Capítulo 25
—Mamá, ¿qué pasa? ¿Estás bien?
La voz de Lucas suena preocupada y todos me miran sorprendidos mientras leo en sus miradas aquello de «¿Por qué te llama “mamá”?».
—Un segundo, Lucas.
Muteo el teléfono móvil para que el chaval no nos escuche y los miro a todos, en especial a Oliver.
—Lucas es un niño del centro de menores con el que tengo una relación muy especial. Por eso me llama «mamá» —aclaro.
Oliver asiente. Veo que todos asienten, y quito el mute.
—Tranquilo, bichito, estoy bien.
—¡¿Seguro?!
—Sí, Lucas, tranquilo. Te llamo para preguntarte por la competición de hoy.
—He ido, pero no he participado. Había mucho niño pijo por allí y mucho gilipollas.
—Vale —sonrío—. Pero tú me hablaste de una fiesta posterior que...
—No he ido. ¡Pasé también! La peña comenzó a hablar de que iba a haber porros y bebida, y ya sabes que no es lo mío.
—Me parece bien, cariño, ¿pero sabes dónde es?
El teléfono se queda mudo unos segundos mientras percibo que todos contenemos la respiración.
—¿Quieres tú ir a esa fiesta? —se extraña Lucas.
—No. No es eso.
—¿Entonces por qué me preguntas?
Vale. Lucas es de los que necesitan información y yo soy consciente de que con él tengo que ser sincera o no me va a decir lo que quiero.
—A ver, escucha, bichito. Estoy con una amiga que está buscando a su hijo —le explico—. Él fue a esa competición. Y lo está llamando al teléfono y no consigue localizarlo, por lo que imagino que puede estar en esa fiesta.
Lucas se queda callado.
—Solo te lo diré si voy contigo a buscarlo —responde al cabo de unos segundos—. Allí hay gentuza que no me gusta y bajo ningún concepto vas a ir allí sin mí.
—¡Lucas!
Aunque no es momento de sonreír, no puedo evitarlo. Su protección hacia mí es tremenda.
—Además, mamá —insiste—, no te van a dejar pasar a no ser que vayas con entrada, y yo la tengo, pero tú no. Por lo tanto...
—Vete vistiendo, que voy a por ti. Pásame con Kaory.
No transcurren ni dos segundos cuando oigo la voz de mi amiga. Yo quito el manos libres.
—¿Qué es eso de que vienes a por Lucas? —se sorprende.
Le explico la situación y ella me escucha. Me entiende.
—Si la directora se entera de que Lucas ha salido a estas horas, la va a liar y nos pondrá un parte a nosotras —me advierte.
—Pues haremos lo posible para que no se entere.
Me despido de mi amiga y miro a Oliver y a Lara.
—Vamos al coche —les digo.
Altamira y Ágata nos siguen.
—Quedaos aquí, por favor —les pide Oliver—. Os llamaré en cuanto esté con nosotros. Y, por favor, abuela, tranquilízate.
Ellas asienten. Saben que no es momento de discutir, sino de actuar.
—Como ya sabéis, hay que pasar primero por el centro donde trabajo —le digo a Oliver cuando nos subimos al coche—. Allí recogeremos a Lucas, que nos puede llevar a la fiesta que comenzó tras el campeonato.
—¿Mi bebé está en una fiesta? Como sea cierto, cuando lo vea, le monto yo otra, ¡pero sin música!
—No lo sé, Lara. Iremos y lo veremos.
Voy a darle la dirección cuando Oliver me hace un gesto y le oigo decir al navegador del coche:
—Trabajo de Yuls.
Sorprendida, veo que la dirección que yo no he dado aparece rápidamente en el navegador y parpadeo. Está visto que don Controlador sabe perfectamente dónde trabajo.
—¿Y si le han dado un golpe y ahora tiene amnesia? —repite Lara, que no para de llorar.
Madre mía, ¡qué exagerada es!
Cuando recogemos a Lucas, Kaory me mira. Lo que estamos haciendo no está bien.
—Lo traeré de vuelta lo antes posible —trato de tranquilizarla. Mi amiga asiente y mirando a Lucas, que por cómo los mira ya sé lo que está pensando, indico—: Lucas, ellos son Oliver y Lara. Chicos, él es Lucas.
Lara, como madre angustiada, lo abraza con dramatismo.
—¿Conoces a mi Javi? —le pregunta—. Es alto. Guapo. Tiene un lunarcito justo aquí, en el cuello, en forma de corazón monísimo. Y... y se come las uñas.
—No creo —murmura Lucas.
—Te juro, Lucas, que cuando lo encuentre le vendo el monopatín y le compro un ajedrez.
Oliver, oyendo los desvaríos de su hermana, le tiende la mano a Lucas y, cuando se la estrechan, murmura con voz seca y yo diría que algo dura:
—Encantado de conocerte, Lucas.
—Lo mismo digo.
Con la linterna del móvil veo que Lucas mira algo en su entrada del campeonato.
—La fiesta es aquí. —Nos lo muestra.
Ya no me llama «mamá». Ya no estamos solos. Miramos lo que nos enseña, un tanto sorprendidos. Si no sabes que hay que hacer aquello, dudo que hubiéramos podido encontrar la dirección. Oliver arranca y algo acelerado conduce.
Cuando llegamos a un chalé en la zona de Villanueva de la Cañada hay un montón de motillos y coches aparcados alrededor. Solo se ve chavalería. Gente que está metida en el mundo del skateboard , y poco más.
—Tengo solo una entrada —indica Lucas—. Dudo que os dejen pasar a vosotros. Creo que es mejor que entre yo, lo busque y lo saque.
—Me parece bien.
—A mí no me parece bien —suelta Oliver.
—Oliver, Lucas tiene razón —le contradigo—. Es mejor que entre él y...
—Por el amor de Dios, Yuls, ¿pretendes que confíe en un crío al que no conozco de nada y que no sabe quién es mi sobrino? ¿Pero dónde tienes la cabeza?
—La tiene sobre los hombros para entender la situación. Pregúntate dónde la tienes tú —responde Lucas, molesto.
Oliver lo mira con mal gesto. Aquello que Lucas ha dicho le ha molestado tanto como no controlar él la situación.
—Se acabó el skate —lloriquea Lara—, a partir de mañana ¡punto de cruz!
—Joder, Lara, ¡quieres dejar de decir tonterías! —sisea Oliver, nervioso.
Como era de esperar, hermano y hermana se lanzan dardos mientras Lucas y yo los escuchamos en silencio. Entre ellos son duros. Tremendamente duros.
—A ver, chicos. Por favor, ¡paz! —Levanto la voz para parar aquello. Oliver y Lara se callan, yo prosigo—: Como dice Lucas, sin entrada no podemos pasar. Por lo que...
—Yuls, ¡es mi sobrino el que puede estar ahí!
—Lo sé. Pero...
—Pero nada —me corta con voz seca—. Entraré yo.
—¿Quieres que tu sobrino te odie el resto de su vida porque se avergüence ante sus colegas al ver que su tío va a buscarlo a una fiesta? —insisto.
Oliver y yo nos miramos. Si él es cabezón, que sepa que la cabezonería la inventé yo.
—¡Cuñiiiiii, hazle caso a tu marido! —grita Lara—. ¡Y que entre él!
—¿¡Tu marido!? —pregunta Lucas.
Su mirada se clava en mí. ¡Mierdaaaaa!
Lo que acaba de oír lo ha dejado anonadado.
—Luego te lo explico —le digo, inclinándome hacia él para que Lara no se dé cuenta.
—¿Te has casado con un pijo?
—Lucasssss...
—¿Este rancio estirado es tu marido? ¿Desde cuándo? —insiste Lucas.
—Oye, chaval... —protesta Oliver, claramente molesto.
Lucas ni lo mira. Solo me mira a mí, en espera de una respuesta.
—Sí. Es mi marido —afirmo—. Pero ya te lo contaré después.
Ahora, bichito, confía en mí, por favor, ¿vale?
—Lucas duda. Se lo piensa, pero finalmente asiente.
A pesar de su edad, entiende la urgencia que vivimos, y yo, clavando la mirada en Oliver, siseo—: Y tú, don ordeno y mando, ¿quieres hacer el favor de confiar en Lucas y en mí?
Oliver me mira. Uisss, cómo me mira, pero acepta por fin.
—¿Tienes una foto de Javi? —pregunto.
—¡Yo tengo mil! —musita Lara.
Ambos buscan en sus teléfonos móviles y, cuando Oliver encuentra una donde se le puede reconocer bien, indico:
—Pásala a este número de teléfono. Es el de Lucas.
Enfadado, huraño y molesto, hace lo que le pido. Eso de que él no lleve la voz cantante controlándolo todo lo está descolocando.
—Escucha, cariño —le pido a Lucas cuando ya tiene la foto de Javi en su móvil—.
El primer plan es el que tú has propuesto.
Pero si pasados quince minutos no has salido, entraremos a codazos y si hace falta llamar a la policía, lo haremos.
—Lucas asiente. Y cuando Oliver va a protestar, le corto—: Cierra el pico y démosle a Lucas quince minutos, por favorrrrr.
Oliver resopla. Su cara de cabreo es tremenda.
—Ve —le digo a Lucas, y le doy un beso en la mejilla—. Y recuerda, ¡quince minutos!
Cuando Lucas sale del coche, de inmediato se mimetiza con la chavalería que hay en los alrededores del chalé. La tensión dentro de nuestro vehículo es incómoda.
—Tenía que haber llamado a mi amigo Alexander —murmura Oliver.
—¿A Alexander?, ¿para qué? —pregunto.
—Es inspector de policía y seguro que nos podría ayudar.
Aquello me deja muda. Saber que el tipo divertido que conocí es poli me crea cierta inseguridad, porque sé que, si teclea mi nombre en su base de datos, todo mi pasado aparecerá.
Pero no. Me niego a pensar así. Alexander tendrá cosas mejores que hacer.
—Es imposible que Javier esté ahí —insiste Oliver.
—¿Por qué es imposible?
—Porque a él estas fiestas con droga y bebida no le van.
—Te sorprendería lo que les va a los adolescentes.
—A mi sobrino Javier no —se empecina.
Lo miro. Puede que tenga razón. No lo dudo. Pero una fiesta para un adolescente, y más si tiene un problema, es un gran desfogue.
Nos quedamos en silencio varios minutos hasta que Lara, con la cara pegada en la ventanilla del coche, balbucea:
—¡Javiiiiiiii! Mi niñooooo. Te prometo que si apareces, no te castigo. ¡Bueno... un poco! ¡Pero poco! O mucho... ¡no lo séééééé! ¡Pero apareceeeeeee!
Oliver me mira y toma aire.
—Lara, tranquilízate y respira —susurra.
—¿Y si solo encontramos una zapatilla de él o una oreja?
—¡Laraaaaaaaa! —protesta Oliver.
—Ni Lara ¡ni leches!
—Si no está aquí, llamaré a Alexander. Tranquila, Lara.
—¡Encuéntrame a mi niño! —exige ella.
Instintivamente, cojo la mano de Oliver. Se la aprieto. Sé que él hace todo lo que puede por ayudarla, y también entiendo el histerismo de una madre. Y cuando están a punto de cumplirse los quince minutos, voy a decir algo, pero Oliver abre la puerta y anuncia:
—Ahí están.
Al mirar, veo que Lucas y Javier vienen caminando. Bajo del coche. Los críos se acercan.
—¿Pero contigo qué narices pasa? —le pregunta Oliver a su sobrino.
Javi nos mira. Veo sus pupilas dilatadas, pero no digo nada.
Lara sale del coche.
—Aissss, mi niñoooooo, ¡mi bebéééé! —exclama Lara, histérica. En silencio vemos como madre e hijo se abrazan—: Primero te abrazo y luego te castigo —le dice.
—Mamá...
—¡Qué susto me has dado, mi amor!
Lucas me mira y pone los ojos en blanco. Sé lo que piensa. Lo sé. Pero yo sonrío. No lo puedo remediar y más cuando oigo a Lara que dice:
—Me he vuelto loca y le has dado más motivos a tu tío para que me lo llame. ¿Te parece bonito?
Javi sonríe. Oliver también.
—Lo siento, mamá —responde Javi—. Estaba cabreado y...
—Vamos todos para el coche —lo corta Oliver.
Lucas me mira. Sé que espera una explicación mía, pero, antes de que yo pueda decir nada, Oliver se pone delante de él y le abre la puerta.
—Gracias, Lucas —le dice.
Lucas lo mira. Se encoge de hombros y sin responder se mete en el coche.
Cuando ya estamos todos acomodados, se instala el silencio entre nosotros. Nadie dice nada. De pronto, Oliver se detiene delante de un bar, el único abierto por los alrededores.
—Vamos a tomar algo. Lo necesitamos.
Los cinco salimos del vehículo. Lara no se separa de Javi, y Oliver se pone a su lado.
—Id entrando —les digo yo—. Ahora vamos nosotros.
Oliver me mira y asiente. Creo que entiende que he de explicarle algo a Lucas.
—¿Desde cuándo te codeas con esa clase de pijos? —suelta Lucas tan pronto desaparecen dentro del bar.
—A ver, Lucas...
—Huelen a pasta desde la distancia. Solo hay que ver las ropas que llevan, el coche que conduce y la tabla de skate del chaval.
Pero vamos a ver, mamá, ¿cuándo te has casado con ese estirado y por qué no me lo has dicho?
—Parpadeo. Intento buscar las mejores palabras para explicarme y Lucas insiste—: Pero si es un rancio, ¿no lo ves?
—A ver...
—Mamá, ¿por qué no me lo habías dicho? —repite.
Entiendo su pregunta. Oliver y yo no tenemos nada que ver.
—Necesitaba dinero para cuidar a mamá y él necesitaba una mujer —respondo—.
Hicimos un trato que solo durará hasta finales de agosto, y que no implica nada.
Solo hacer creer a todos que soy su mujer.
Esa es la realidad. Quizá no es la mejor opción, pero casarme con él me ha permitido meter a mamá en la residencia adonde te llevé a verla.
Él con lentitud asiente.
—Te lo dije —murmura—. Te dije que esa residencia era muy cara, ¿verdad?
—Sí. Lo dijiste —me muestro de acuerdo.
Guardamos silencio unos segundos.
—Ese chico que va irradiando patrimonio... —dice.
—¿Javi?
—Sí. Javi, cuando le he dicho que iba de tu parte, se ha alegrado. Es más, yo creo que, si hubiéramos tardado un poco más en ir, él solo se habría marchado. Se ve que no le va ese tipo de fiesta. —Asiento. Me lo puedo creer; él vuelve a la carga—: Pero, mamá, hablando del estirado...
—Lo sé. Es una locura haberme casado. Pero tenía que hacerlo.
Lucas resopla, pero sé que me entiende. Lo sé.
—Parece diseñado para vivir en un chalé en La Moraleja —afirma, señalando a Oliver, que está sentado en una mesa con su hermana y su sobrino.
—Ahí vive. O, mejor dicho, ¡vivimos! —afirmo.
—Nooooo.
—Sííííí...
Lucas mueve la cabeza. Me mira con gesto incrédulo.
—Creí que a ti no te iban esa clase de personas —suelta.
Resoplo. Sé la aversión que tiene a ciertas personas que nunca se han portado bien con él.
—Recuerda. Nunca hay que prejuzgar a las personas, porque te pueden sorprender —le recrimino.
—Dudo que ese rancio me sorprenda.
Miro a Oliver. Lo veo serio hablando con su sobrino.
—Bichito. Es algo estirado, pero es un tío increíble —replico.
—Venga ya, mamá.
Sonrío. Si Oliver supiera que la palabra «rancio» la utiliza Lucas también con él, seguro que se quitaría las gafas.
—A ver, Lucas, Oliver tiene sus manías como las tenemos todos y...
—¿Qué manías?
—Es un obseso del control. No deja nada al azar o al destino. Si pudiera le daría instrucciones al GPS y odia la impuntualidad, entre muchas cosas más.
—Pues contigo lo lleva claro —se mofa.
Nos reímos.
—Sabe lo de...
—No —le corto antes de que diga el nombre, y añado—: No sabe absolutamente nada de mi vida, y así quiero que siga siendo hasta que nos separemos. Cuanto menos sepa, mejor.
—¿Crees que te prejuzgaría?
—No lo sé. Posiblemente. —Lucas me mira. En su gesto veo que no entiende aquello—: Guárdame el secreto de todo. Incluida la boda. Solo Kaory lo sabe.
—¿Javi y su madre tampoco lo saben?
—Nadie lo sabe.
Él arquea las cejas y, cogiéndolo de la mano, entramos en el bar.