Capítulo 24
Llega el mes de mayo. Es domingo y mi intención es disfrutar de un día tranquilo y sosegado en casa.
Cuando vuelvo de correr con mis perros, me encuentro a mi abuela y a Yuls en el comedor charlando. Desde la distancia observo a mi abuela. Su rostro. Su piel. Su voz. Todo comienza a ser como era antes de su enfermedad, y sonrío. Eso me pone de buen humor.
Yuls y ella están hablando sentadas la una frente a la otra. Yuls se levanta y veo que le da un beso en la mejilla, que mi abuela acepta encantada. Instantes después, viene hacia mí.
—¿Te vas? —pregunto al ver que ha cogido su bolso.
Yuls, sabiendo que mi abuela nos estará observando desde el salón, se acerca a mí y me da un abrazo.
—Sí. Tengo cosas que hacer. No me esperéis para comer —responde.
Durante una fracción de segundo estoy a punto de preguntarle qué es eso que tiene que hacer, pero no lo hago. Yuls no para nunca. O está trabajando en el centro de menores o está haciendo cosas personales que no apunta en el planning y que se escapan a mi control.
Con una sonrisa, Yuls se empina y me da un beso en los labios. Me gusta. Y cuando se separa de mí mientras camina hacia el garaje por el interior de la casa, dice:
—¡Hasta luego, patatita!
¡La madre que la...!
Al mirar a mi abuela veo que sonríe. Le divierte oír algo así, y yo también sonrío. ¿Pero por qué sonrío?
A la hora de la comida, la abuela y yo comemos solos. Su vitalidad mientras hablamos y verla comer con ganas hacen que me venga arriba, pero cuando terminamos, la obligo a que se eche la siesta. No quiero que todo lo que ha avanzado, por no descansar, se jorobe.
A las cinco de la tarde llega Altamira, la amiga de la abuela.
Y juntas salen a la terraza para charlar.
Les encantan sus tardes de charla. A las ocho y veinte de la tarde, cuando ya llevo un buen rato en mi despacho solucionando ciertos temas del trabajo, oigo el sonido de un motor.
Al mirar a través de la ventana, veo que es el coche de Yuls.
Saber que ella ha llegado no sé por qué me reactiva, y sin pensármelo salgo del despacho y voy a su encuentro. Como siempre que aparece, siento que una corriente de aire fresco me inunda.
—Hola —la saludo al verla.
Yuls mira a nuestro alrededor y, al no ver a mi abuela, con una sonrisa responde:
—Hola.
No hay beso. No hay acercamiento. No hay nada. Y, aunque entiendo que debe ser así, hay una parte de mí que se decepciona porque quiero ese beso.
Yuls mete su mochila en el armario.
—¿Qué tal tu día? —me pregunta.
—Bien, ¿y el tuyo?
—Aceptable.
Altamira y la abuela aparecen. Yuls las abraza y las tres se ponen a hablar. Hablan de no sé qué serie que están viendo en Netflix y, por lo que veo, les apasiona.
Las observo en silencio durante un rato, hasta que Mónica aparece.
—Si quieren, la cena ya está preparada —anuncia.
—Altamira, te quedas, ¿verdad? —afirma mi abuela.
—Por supuesto. Me dijo Mónica que había salmorejo.
Veo que Yuls corre escaleras arriba.
—Esperadme, que me voy a duchar, ¡no tardo! —va diciendo.
Cuando desaparece, paso al comedor principal con la abuela y Altamira, y le indico a Mónica que cenaremos en media hora. Esperaremos a que Yuls baje.
Estoy hablando con ellas cuando recibo un wasap de Vanessa. Me indica que ponga la televisión. Está en directo en el canal veinticuatro horas.
Busco el canal y ahí está, retransmitiendo en directo la detención de una banda de narcotraficantes.
—¿Pero esta cómo lo hace para ser siempre la primera en llegar? —pregunta mi abuela.
Ni idea. Nunca me interesé por sus fuentes.
Minutos después apago el televisor. La verdad, ver a Vanessa es lo último que me apetece. Entro con la abuela y Altamira en el salón.
—¿A qué se deben esas risas? —pregunto al verlas reír.
Mi abuela me mira.
—Le comentaba a Altamira que Yuls llama a eso «el huevo de Pokémon». —Y señala hacia un objeto en una vitrina.
Aquello de lo que habla mi abuela es un precioso y delicado huevo de porcelana azul y blanca de la dinastía Ming. Una pieza exclusiva encontrada hace años en la Ciudad Prohibida y que yo compré muy interesado en una subasta a la que fui que se realizó en Pekín.
—Digamos que el arte y ella no son muy amigos —consigo replicar.
Minutos después entramos en el comedor y con galantería les retiro las sillas para que se sienten. Luego yo ocupo mi lugar.
—Me han ofrecido un papel para una nueva obra que se va a estrenar en unos meses en el teatro Apolo —anuncia Altamira.
Me alegro por ella.
—Le he dicho que lo acepte —interviene mi abuela—. ¡Será divertido para ella!
—Por supuesto que lo tienes que aceptar —afirmo con seguridad.
Hablamos de aquello hasta que Yuls, con el cabello mojado y vistiendo de manera informal, entra en el comedor. Se sienta a mi lado y mira los platos que Mónica ha dejado sobre la mesa.
—Madre mía, qué pintaza tiene todo —afirma.
Sonrío. Esa naturalidad que tiene ante las cosas es algo a lo que no estoy acostumbrado. Precisamente por el mundillo en el que me muevo, la gente vive bastante impostada. La espontaneidad escasea, y la naturalidad suele brillar por su ausencia. Pero a Yuls eso no le pasa.
Entonces me percato de que agarra la vela que está cerca de ella, la apaga y la retira de la mesa.
—¿Por qué haces eso? —pregunta mi abuela.
—Porque no le gustan las velas, ni aromáticas ni no aromáticas —respondo yo.
Yuls me mira. Creo que la acabo de sorprender.
—Pues sabiéndolo, a partir de mañana, le diré a Mónica que no las vuelva a poner.
Yuls sonríe y me mira. Hace un gesto cariñoso con su mano sobre mi barbilla, y yo, como un tonto, le sonrío.
Al terminar la animada cena en la que no nos falta tema de conversación, pasamos al salón colindante.
—¿Cuándo os vais a ir de viaje de novios? —pregunta Altamira, sentándose en el sofá.
Joder, ¿y esa pregunta?
—Barajamos hacerlo en septiembre —miente Yuls—. Siempre y cuando no nos entorpezca en nuestro trabajo.
Ella asiente, y entonces la abuela empieza el interrogatorio.
—¿Cuándo me daréis un bisnietito o bisnietita?
Yuls parpadea, sorprendida.
—No lo sé. No lo hemos pensado —contesto yo.
—Pues deberíais pensarlo.
—Abuelaaaaa...
—A ver, mi vida, ya tenéis una edad.
Yo pongo cara de pasmo, y Yuls suelta una carcajada.
—Todo por partes, Ágata —dice—. Primero viaje de novios y después ¡se verá!
La abuela sonríe. Lo que ha dicho Yuls parece convencerla cuando de pronto oigo que la puerta principal de la casa se abre. Al volver la vista hacia el pasillo aparece mi hermana a toda prisa. Viene directa a mí y me abraza.
—Aisssss, gordiiiiiiiiiiiiiii, ¡socorrooooooooo!
¡Ya estamos!
—¿Qué pasa, Lara?
—¿Está aquí Javi?
—No.
Lara me suelta de golpe. Se lleva las manos a la cabeza.
—¿Qué pasa, mi vida? —le pregunta la abuela, yendo hacia ella.
Mi hermana, que es una dramática de mucho cuidado, se lleva la mano al pecho.
—Ay, abu..., ¡a mi niño le ha pasado algo!
—Pero ¿qué dices? —se sorprende Altamira.
—Oliver, ve a por agua a la cocina —pide mi abuela.
La obedezco. Lleno una jarra y cojo un vaso. Regreso al salón y le entrego a mi hermana el vaso.
—Bebe —le digo.
Esta lo coge con manos temblorosas. Da un sorbo. Me mira. Bebe de nuevo. Y cuando deja de beber, susurra:
—Gordiiiiiii, ¡no sé dónde está mi bebé! Lo llamo por teléfono y no me lo coge. ¿Y si se ha tirado por un puente o lo han secuestrado?
Yuls, con gesto asustado, la ayuda a sentarse en el sofá. Lara jadea. Respira mal. Pero por eso no me alerto. Me alerto por mi sobrino y por mi abuela, que ya la veo acelerada.
—Abuela, tranquila, y tú, Lara, deja de decir tonterías —trato de serenar la situación. La abuela me mira angustiada y yo interrogo a mi hermana—: ¿Qué pasa con Javier?
Lara vuelve a beber agua.
—Ayer cenamos con su padre —dice después de dejar el vaso sobre la mesa.
—¿Cenasteis con ese tonto del culo?
—¡Abuelaaaaa! —la regaño.
Mi hermana asiente.
—Vino ayer a decirle a Javi que se casa.
—Pobrecita la que le dé el sí —resopla Altamira.
Lara vuelve a asentir. Su ex, el padre de Javier, es una buena pieza de museo.
—Se casa con una tal Juliana con la que lleva saliendo unos meses.
Pero lo malo no es eso. Lo malo es que Javi y su padre tenían planeado un viaje a Argentina este agosto.
Ya tenían billetes. Hotel, ¡todo! Mi bebé estaba muy ilusionado.
Pero el imbécil de su padre ha decidido cancelarlo para irse a Irlanda de vacaciones con su nueva mujer y los dos hijos de esta.
—Todos nos quedamos callados, y ella baja la mirada y murmura—: En ese viaje no hay sitio para Javi.
¿Lo podéis creer? Y cuando regresamos a casa se lo tomó fatal.
Aisss, gordiiiiiii, ¡que alguien me dé un Lexatin para mí o una pistolaaaaaaaa para matar a ese cabrón!
—Lara, por favor —la regaño.
—La palabra es cabrón . Pero con todas las letras —afirma Yuls.
La abuela y Altamira montan en cólera, y yo me encabrono. Aquel feo que le acaban de hacer a mi sobrino me duele. Me duele de verdad. Joder, ¿pero qué clase de padre es Miguel? ¿En serio se va a llevar de vacaciones a los hijos de su nueva mujer y a su propio hijo no?
—Y hoy Javi tenía una competición de monopatín —prosigue Lara con la voz cada vez más quebrada—.
Le dije que no fuera. No estaba para competir.
Pero juró con las manos en el corazón que a las siete como muy tarde estaría en casa.
Pero no ha regresado y son casi las once de la noche.
Lo he llamado al móvil cincuenta veces...
vale... cien... ¡qué digo cien! ¡Mil! Y no me lo coge.
Y yo... yo... he entrado en barrena. ¿Y si lo han secuestrado?
O... o... está tirado en una cuneta. Porque os digo una cosa, como simplemente esté ligando y por eso no me responda, ¡juro que lo matooooo!
El corazón empieza a latirme a toda velocidad. Temo que a mi sobrino le haya pasado algo. Javier es un chico tranquilo. Paciente. Su carácter es más parecido al mío que al de mi hermana.
—He llamado a todos los hospitales por si se hizo daño en esa competición —sigue contando Lara—, pero nada. Por suerte, en ninguno aparece. Pero ¿dónde está? Creo... creo que tenemos que llamar a la policía, a la Guardia Civil o a un vidente.
—Larita, por favor... tranquilízate —susurra mi abuela, a la que le tiemblan las manos.
—Abu. Cuando aparezca, va a estar castigado ¡hasta que se jubile!
Llamo al teléfono de Javier. Un timbrazo. Dos. Tres. Cuatro y al quinto se corta. ¡Joder! Lo intento de nuevo. Pero nada. Igual.
Me preocupo. Javier es un chaval bastante centrado, a pesar de vivir con mi hermana, que llora, desvaría y dramatiza.
Pienso. Busco una solución. De inmediato pienso en mi amigo Alexander.
Él es inspector de policía. Seguro que nos puede ayudar.
Y cuando estoy a punto de llamarlo oigo a Yuls, que pregunta:
—¿La competición a la que iba se llama Madrid Street Jam?
—Sí, cuñiii, ¿cómo lo sabes?
Yuls asiente. Se incorpora. Saca su teléfono del bolsillo del pantalón y marca.
—Kaory, sé que es tarde, pero necesito hablar con Lucas —dice.
Me acerco a ella. Todos nos acercamos a ella, que nos mira y pone el manos libres.
—Puede que sepa dónde está.
Mi hermana da un chillido y a mí me deja perplejo. ¿De verdad va a saber dónde está mi sobrino?