Capítulo 23
Son las doce y veinte de la noche, y en pijama, calcetines y bata estoy intentando ver las estrellas en el jardín mientras me fumo un cigarrito, acompañada por mis nuevos amigos, Drako y Zorba. Son para comérselos.
El cielo hoy está bastante cubierto. Apenas se ven las estrellas, pero me da igual. Aquel cielo que está sobre mi cabeza es el cielo que a mamá siempre le ha apasionado y simplemente por eso ya es especial para mí.
En ese instante, veo que se abre la verja de la entrada y entra el cochazo que conduce José Luis y que lleva siempre a Oliver. Un precioso Bentley Continental GT en color gris oscuro. Es una pasada de maquinote.
Desde la distancia, veo cómo Zorba y Drako corren para saludar. Y cuando Oliver sale del vehículo con cariño les toca sus cabezas y les sonríe. Míralo, cuando quiere, sonríe.
Con quietud observo a Oliver. Desde la noche en la que regresamos los dos de ver el partido de fútbol, intento esquivarlo.
Las ganas locas que sentí por besarlo cuando entramos en su habitación me asustaron.
No sé qué me pasa. Pero, de un tiempo a esta parte, cada vez que lo veo, siento cómo se me acelera el corazón, y eso no puede ser.
Cuando mi guapo oficial desaparece de mi campo de visión, miro a José Luis, que se ha encendido un cigarrillo y se lo fuma tranquilamente apoyado en el capó del coche.
Es un buen hombre. Es encantador. Divorciado.
Mallorquín. De repente, veo que da un traspié.
Eso me pone en alerta. Y cuando se apoya en el coche y se dobla, me levanto y corro hacia él.
—José Luis, ¿qué pasa?
Él me mira. Está pálido.
—Yuls... me duele el pecho y no... no... puedo respirar —murmura.
Asustada, miro a mi alrededor. Lo siento en el suelo y lo apoyo contra el coche.
—Voy a buscar a Oliver —le digo.
José Luis asiente y yo, atacada, corro hacia el interior de la casa. Los perros no me siguen. Saben que allí no pueden entrar. Al no ver a Oliver por allí, subo las escaleras de dos en dos y, abriendo la puerta de la habitación, voy a hablar cuando lo veo sin camisa.
Durante una fracción de segundo nos miramos.
—Algo le pasa a José Luis. ¡Ven! ¡Sígueme! —reacciono.
Corro escaleras abajo y sé que Oliver viene detrás. Cruzando la casa por dentro vamos hacia el garaje y, cuando llegamos, Oliver se agacha junto a él.
—¿Qué te pasa, José Luis? —le pregunta.
Este lo mira. Suda. Está pálido.
—No... pue... respir... —consigue murmurar.
Oliver se queda bloqueado. Está como yo hace unos segundos. Abro la puerta del vehículo y le quito a José Luis las llaves de las manos.
—¡Mételo dentro! —le ordeno—. Lo llevamos al hospital.
Con decisión, Oliver lo coge en sus brazos. Lo acomoda con cuidado en el asiento de atrás.
—¿Conduces tú? —me pregunta.
—Sí —afirmo, mirando mis pies con los calcetines.
Cuando enciendo el vehículo y veo que aquello tiene más luces y botones que un cohete de la NASA, durante unos segundos me acobardo.
Aquel cochazo es automático. Y solo he conducido un par de veces el coche automático de Kaory.
Pero, sin permitirme dudar, suelto el freno y saco marcha atrás el Bentley por la verja.
Una vez en la calle, piso el acelerador y salgo de la urbanización. En el camino voy como si estuviera corriendo un rally , pero Oliver no dice nada. Tenemos prisa. Es urgente. José Luis está mal y necesitamos llegar al hospital cuanto antes.
Por suerte, el tráfico está de nuestra parte, y cuando llego a la zona de urgencias toco el claxon con ganas para que nos oigan. Ante el jaleo que organiza nuestra llegada, unos camilleros salen con una camilla y rápidamente lo bajan del coche y se lo llevan para dentro.
Cuando me apeo del vehículo me tiembla todo. La situación que acabo de vivir me asfixia y sin dudarlo me acerco a Oliver y lo abrazo. Él responde de inmediato a mi abrazo, y estamos así durante unos minutos en silencio.
Repuestos del susto inicial, pasamos a la sala. Nos piden información sobre José Luis, que Oliver les da, y nos indican que esperemos en la sala colindante.
Nos quedamos allí sentados, y entonces me doy cuenta de que otras personas nos miran y de que a veces entra alguien del personal sanitario, echa un vistazo y se va.
Voy en pijama, calcetines y una bata blanca de aguacates verdes. Pero Oliver va peor. Va desnudo de cintura para arriba, aunque abajo lleva los pantalones negros del traje.
Me río. No lo puedo remediar. Entiendo que las enfermeras y enfermeros vengan a mirar. Mi Capitán América tiene un torso tentador e increíble. Me levanto y me quito la bata de aguacates verdes.
—Creo que deberías ponértela. —Se la tiendo. Él me mira y yo, sonriendo, insisto—: O lo haces o a más de uno le va a dar un subidón de azúcar.
Me entiende. Él también se ha percatado de cómo los enfermeros salen y entran para mirar, y a regañadientes se coloca mi bata.
—Patatita, estás guapísimo —no puedo evitar soltar cuando se la anuda.
Me mira. Uisss, cómo me mira por lo de «patatita», pero no dice nada. Menuda tensión tenemos por lo vivido.
Dos horas después, sale un médico. Se dirige a nosotros y nos dice que José Luis está controlado y bien. Ha sufrido un ataque cardiaco fuertecito y, aunque ahora está dormido, al día siguiente le tendrán que hacer pruebas.
Oliver y yo escuchamos atentamente lo que nos dicen y, cuando el médico se marcha, nos miramos, y él cogiendo mi mano la agarra y salimos juntos del hospital sobre las tres y veinte de la madrugada.
Ya en la calle, de pronto me coge en brazos.
—¿Qué haces? —me sorprendo.
—Vas en calcetines. No quiero que pises algo y te lo puedas clavar.
Oír eso me hace gracia. Mira qué mono. Se preocupa por mí.
—Tranquilo. Bájame —le pido.
—No.
—Pero que puedo andar.
—Lo sé. Pero no.
Continúa cargándome en sus brazos hasta el coche, y me baja y abre la portezuela.
—Súbete —me pide.
Instantes después, se pone al volante del Bentley y cuando arranca, sin que yo le pregunte, me cuenta lo ocurrido con Diana. Lo escucho en silencio. Oír aquello no me sorprende. Sabía que algo pasaba.
—Has hecho lo que debías. Ayudarla —afirmo cuando acaba su relato.
—Me avergüenza no haberlo hecho antes. ¿Cómo no pude darme cuenta de lo que estaba ocurriendo?
Lo miro. Tengo la respuesta.
—Pues muy sencillo, Oliver. Porque, en ocasiones, cuando te ocurren cosas malas que te avergüenzan o no sabes gestionar, los seres humanos nos convertimos en unos excelentes actores. Y detrás del personaje que creamos, ocultamos nuestras miserias.
Oliver me mira. Está de acuerdo conmigo.
—¿Alguna vez has creado un personaje? —quiere saber.
—Sí. —Y para hacerle sonreír y no contarle mis miserias proclamo—: Actualmente defiendo el personaje de Yuls Dávila. Tu mujer.
Eso le hace sonreír. Lo necesita. Entre una cosa y otra, creo que su tarde-noche no ha sido de las mejores.
Por fin llegamos a casa.
—Ni se te ocurra cogerme en brazos —le advierto cuando bajamos del coche. Sonríe, y yo no puedo evitar hacer un comentario—: Si te viera Vanessa con esa batita de aguacates, ¡urticaria le saldría!
Soltamos una carcajada y, agotados, subimos por las escaleras a la primera planta. Ágata duerme. No se ha enterado de nada.
Entramos en la habitación de Oliver y, como me ocurrió la última vez que entramos juntos, mi deseo de lanzarme sobre él es enorme. Confundida, lo miro. Y él hace lo mismo, y creo que leo en su mirada la misma emoción que en la mía.
No nos movemos. Como lo hagamos, ¡la cagamos! De improviso, se quita la bata y me la entrega.
—Gracias, pero es tuya —dice.
La cojo. Uissss, cómo la cojo.
La aprieto. Uisss, cómo la aprieto.
Verlo con el torso desnudo es aún más tentador, pero viendo que él no da el paso me contengo y yo no avanzo. Así que me limito a sonreír, me doy la vuelta y entro en mi habitación, donde voy derecha a la ventana, la abro y me enciendo un cigarrillo. Si me denuncia por ello, habrá merecido la pena.