Capítulo 22
Han pasado tres días desde que estuve con Yuls y mis amigos viendo el partido, y no puedo quitármela de la cabeza. Verla sonreír y divertirse fue como un soplo de aire fresco. Y ver cómo Alexander la miraba reconozco que me encabronaba. ¿Por qué la tiene que mirar así si sabe que es mi mujer?
Cuando regresamos a casa, estaba nervioso. Y si no llega a ser porque ella se fue de mi habitación, creo que la hubiera besado.
¿Pero qué me pasa?
Vanessa sigue llamándome y escribiéndome.
Si le llevé la vela aromática que me enviaron fue porque sé cuánto le gusta esa marca en especial.
No por nada más. Cuando me llama para vernos, le pido que pare, pero no me hace caso.
No quiero ser desagradable con ella porque le tengo cariño, pero, al final, como no pare, no me va a quedar otra opción.
Hoy es jueves. No tengo prisa por llegar a casa.
En la oficina estoy hablando por teléfono cuando Diana entra en el despacho con unos papeles en la mano.
A diferencia de otras veces, hoy la sigo con la mirada y me fijo en la férula que tiene en su mano derecha, pero también me doy cuenta de que tiene ojeras.
Lo que Yuls me dijo me alertó. Y, aunque no soy persona de meterme en la vida de los demás, siento que si Diana necesita ayuda, he de hacer algo.
Cuando cuelgo el teléfono, Diana se acerca a mi mesa.
—Le dejo el catálogo que ha llegado hoy del escultor holandés Renée von Firstman —dice.
—¡Perfecto!
—Y aquí la agenda de pasado mañana.
Vuelvo a asentir.
—¿Qué hace todavía aquí, Diana? —pregunto, mirando el reloj.
—Me iba a ir ya, señor Dávila. Hasta mañana.
—¡Hasta mañana, Diana!
Cuando cierra la puerta, vuelvo a mirar el reloj. Son las ocho y media de la tarde. Y el horario de Diana es hasta las siete. ¿Por qué se ha quedado si yo no se lo he pedido?
Recibo un wasap de Vanessa. En él me dice que saldrá en unos minutos en directo por la televisión.
La enciendo en mi despacho y contesto algunos emails.
Instantes después, al escuchar la voz de Vanessa, miro el televisor y ahí está.
Retransmite en directo la evacuación de unos vecinos de un pueblo de Madrid por un incendio.
Me preocupa el incendio y me preocupa ella.
Aunque no estemos juntos, no quisiera que le pasara nada.
Finalmente, cuando la retransmisión se acaba y me escribe para decirme que regresa a Madrid, guardo el catálogo del escultor holandés y decido dar el día de trabajo por finalizado.
Cojo mi teléfono y busco en el WhatsApp el nombre de mi chófer.
Yo Recógeme en quince minutos en la puerta de la oficina.
José Luis Allí estaré.
Voy al baño para lavarme las manos y después meto mi portátil en el maletín y camino hacia el ascensor.
Cuando llego a la planta baja, miro hacia el puesto donde suele estar el vigilante jurado y me sorprendo al ver que no está. Eso es raro. Es la primera vez que no lo veo allí. Y, al acercarme a la puerta, lo veo junto con Diana y un tipo.
Salgo del edificio y entonces ya me queda claro que aquel tipo que no conozco intenta agarrar a Diana de muy malos modos mientras el vigilante se pone en medio para impedírselo.
Me acerco hasta ellos a grandes zancadas y, poniéndome ante el vigilante, pregunto:
—¿Qué pasa aquí?
El tipo que no conozco me mira de arriba abajo.
—Te digo lo mismo que al atontado este, ¡a ti no te importa, gilipollas! —sisea.
Parpadeo, sorprendido, y en ese momento él intenta coger a Diana de malos modos del brazo, y de un manotazo ahora soy yo quien lo impide.
El tipo me insulta y a Diana también. Nos increpa.
Y, enfadado, suelta un derechazo que yo esquivo, pero que el pobre vigilante, al que no conozco, se lleva y termina en el suelo.
Diana grita. Se asusta. Y cuando la veo hecha un mar de lágrimas intentando levantar al vigilante, mientras el desconocido le grita cosas horribles, sé que allí pasa algo. Y algo grave.
Rápidamente pienso en lo que Yuls dejó caer. Sin duda, tenía razón. Yo miro a Diana y, al ver que el vigilante se levanta y se vuelve a encarar con aquel individuo, yo pregunto:
—¿Quién es este impresentable?
La pobre me mira.
—Mi exmarido, señor Dávila —responde entre lágrimas, tremendamente apurada.
Vaya. No sabía que Diana había estado casada ni que se había divorciado.
—¿Este es el gilipollas de tu jefe?
—¡Pedro! —grita Diana.
Oír que me insulta me incomoda, pero me centro en Diana.
—¿Tu exmarido te está molestando? —quiero saber.
—Le he dicho que tiene que denunciarlo, pero no quiere, señor Dávila —apostilla el vigilante, que añade—: Llevo trabajando aquí dos meses, y no es la primera vez que veo a este sinvergüenza por aquí ni que cruzo cuatro empujones con él.
—Tú, pringado de mierda, ¡cállate! —grita el exmarido de Diana.
—Pedro, por favor...
Pero aquel individuo, que no parece tener ni clase ni educación, sigue gritando como un poseso. Miro a Diana, ¿pero qué locura está viviendo y yo no me había enterado?
Cansado de gritos y empujones, consigo reducir al sinvergüenza aquel y, entregándole al vigilante mi teléfono móvil, le digo cómo desbloquearlo para que llame a la policía. El tipo intenta zafarse. Quiere que lo suelte, pero no pienso hacerlo.
La policía no tarda en llegar. Contamos lo ocurrido y, cuando se lo llevan en el coche, miro a Diana, que tiembla como una hoja.
Entramos en las oficinas para que se siente.
Sin que yo lo pida, el vigilante se va a por un vaso de agua y, obviando la distancia que suelo mantener con Diana cuando trabajamos, pregunto con cordialidad:
—¿No te marchaste a casa porque sabías que él estaba aquí?
La pobre asiente.
—¿Pero cómo no me habías dicho nada de tu situación? —le pregunto, recordando que hace no mucho la vi cojeando.
Diana me mira. Le tiembla todo el cuerpo. Está tan nerviosa que no puede ni hablar. Ha sido muy desagradable lo ocurrido.
Vuelve el vigilante. Le trae un vaso de agua, del que ella bebe a sorbitos.
—¿Estás bien? —le pregunto al vigilante.
—Perfectamente, señor Dávila.
—¿Cómo te llamas?
—Raúl.
Asiento. Creo que es la primera vez que me fijo en él.
—Gracias, Raúl, por ayudarla. —Le tiendo la mano—. El que lo hayas hecho dice mucho de ti.
El hombre, que debe de tener mi edad, cabecea y estrecha mi mano.
—Soy de los que piensan que si miramos hacia otro lado cuando alguien nos necesita, ¿qué clase de personas somos?
Qué razón tiene.
En ese instante suena el teléfono de la recepción y Raúl va a atenderlo. Diana me mira y yo me pongo en cuclillas ante ella.
—¿Te encuentras mejor?
Ella asiente. Pero sigue llorando. Me fijo en la férula que tiene en su mano.
—¿Eso te lo hizo él?
Diana vuelve a asentir.
—¿Cómo no me habías dicho nada? —me encabrono.
—Señor Dávila, esto no es algo por lo que usted se tenga que preocupar.
Oír eso me hace sentir mal y me hace cuestionar si soy ¿un rancio?
—Diana, tú eres importante para mí —respondo. Veo cómo clava su mirada en mí e insisto—: Llevamos trabajando siete años juntos, ¿cómo no vas a ser importante?
Llora. Sigue apurada.
—Señor Dávila... —susurra cuando consigue tranquilizarse.
—Oliver, Diana. Ahora no estamos trabajando, y soy Oliver.
Diana parpadea. Es la primera vez que le digo que me llame por mi nombre desde que nos conocemos.
—No dije nada porque me daba vergüenza —admite.
—¿Vergüenza de qué, Diana? —Pienso entonces en lo que Yuls me dijo—. Tú no tienes que sentir ninguna vergüenza. Quien la debería sentir es la persona que lo provoca.
Los siguientes minutos los paso hablando con ella.
Me entero de que estuvo casada con aquel hombre durante cinco años.
No tuvieron hijos. Y que a partir del segundo año su agresividad comenzó a subir de tono y que ella siempre lo perdonaba.
Pero que, cansada de aquello, hacía seis meses que se había divorciado y, desde entonces, él no paraba de seguirla y amenazarla.
Le pregunto si lo ha denunciado, y ella me dice que no. La vergüenza por lo que la gente y la familia piensen de ella le impide hacerlo.
Miro hacia la salida y veo a mi chófer parado con el coche.
—Vamos, Diana.
—¿Adónde vamos?
—Te acompaño a la comisaría para poner una denuncia.
—Pero...
—Esto no puede continuar así. Hay que parar esto ¡ya!
—Pero, Oliver...
—Diana, no estás sola. ¿Te queda claro?
Emocionada, me mira y finalmente se levanta.
Tras despedirnos de Raúl, nos montamos en el coche y vamos derechos a la comisaría.
Hay que denunciar. Después llevo a Diana a su casa y, antes de marcharme, llamo al servicio de seguridad que en ocasiones contrato y pongo seguridad en su puerta.
No quiero que ese malnacido se acerque a ella.