Capítulo 21
Cuando salgo de ver a mamá miro el reloj. Son las nueve menos cuarto.
Rafa y Oliver me dijeron que estarían en el Galisteo a partir de las ocho y media. Meto en el GPS del coche la dirección y enfilo para allí mientras suena la canción Si tú me miras , de Alejandro Sanz.
Mientras conduzco y canturreo, pienso en mamá.
Hoy ha tenido uno de esos momentos de lucidez en los que me ha reconocido y todavía se me encoge el corazón al recordarlo.
Cuando menos lo esperaba, ha dicho mi nombre sonriendo, me ha colocado el flequillo y me ha preguntado cómo estoy.
Durante un par de minutos hemos podido hablar.
Durante un par de minutos, mamá ha regresado a mí.
Pero, pasado ese par de minutos, mamá volvió a irse.
Recordar esos mágicos instantes me hace sonreír, pues mamá me ha reconocido, y eso es bonito y especial para mí.
Cuando llego a la calle donde está el local del que Rafa me ha mandado la ubicación son las nueve y veinte.
No he pasado por casa. No me he cambiado de ropa.
Voy vestida con vaqueros, botas cowboy, una camisa caqui y el abrigo.
Aparco mi coche, y tras coger del maletero mi bufanda del Atleti, que siempre llevo ahí, lo cierro y comienzo a caminar.
La calle está vacía y solo oigo mis propios pasos cuando, de improviso, un ruido me hace mirar atrás.
No hay nadie. Estoy sola. Apresuro el paso, y, como en otros momentos de mi vida, me digo eso de «no pasa nada, no te obsesiones».
Pero, acelerada, por fin llego al local, donde veo a la prensa en la puerta.
¡No me jorobes!
Al entrar localizo con rapidez a Rafa y a Oliver. Son tan altos que es imposible no verlos. Están al fondo, delante de un enorme televisor viendo el partido junto con más gente. Dibujo una sonrisa en mi boca y me acerco hasta ellos.
—Hola, merenguito, ¡ya he llegado! —saludo, pasando mi mano por la cintura de Oliver.
Él se gira. Y yo, ni corta ni perezosa, le planto, con toda la naturalidad del mundo, un beso en los labios. Hay que disimular, ¿no?
Las personas que están con él me observan, y reconozco a un actor y a un presentador. ¿Pero qué amigos tiene Oliver? Ahora entiendo por qué está la prensa en el exterior. Aquellos desconocidos no me quitan ojo y, cuando veo al actor, por cierto, guapísimo, con una bufanda del Atleti, digo:
—¡Aúpa, Atleti!
Me corean Rafa, el actor y algunos del local. Está visto que allí la gran mayoría son del Madrid.
—Tú, haciendo amigos, ¿verdad? —dice Oliver en mi oído.
Eso me hace gracia. Me encojo de hombros mientras me río cuando él, alzando la voz, le hace saber al resto que soy su mujer.
Ellos se levantan y vienen hacia mí. Me presenta a varios de sus amigos, pero reconozco que uno de ellos, Alexander, solo por su sonrisa me cae muy bien. También en una mesa algo retirada, varias mujeres se levantan para saludarme.
Uissss, por Dios, qué guapo es el actor. ¡Ostras! Pero si este otro es un futbolista del Barça. Saludando estoy cuando entre todos ellos reconozco a Vanessa. ¡La reportera y presentadora de televisión de la que creo que Oliver sigue enamorado! ¡Guauuu, es guapísima!
Me mira de arriba abajo. Lo hace de tal manera que sé que me está prejuzgando. Espera a que todos me saluden y, cuando por fin se queda la última, se acerca.
—Cariño. Ella es Vanessa. Vanessa, mi mujer, Yuls —me presenta Oliver, sin soltarme.
Asiento. Sonrío. Ese «mi mujer» le ha salido con una naturalidad casi posesiva.
—No soy de dar besos, querida —dice ella—. Pero encantada de conocerte.
—Lo mismo digo.
Los siguientes minutos, Oliver habla con sus amigos mientras yo me integro en el grupo de las mujeres, que me saludan encantadas.
Son Olivia, Encarna, Marta y, al mirar a la mesa donde están sus bebidas, algo llama mi atención.
Allí hay una caja negra y dorada que yo he visto antes.
Y aún estoy pensando dónde la he visto cuando Vanessa se pone a mi lado.
—Me la ha traído Oliver —cuchichea para que solo yo la oiga—. Sabe que adoro las velas aromáticas de Maison La Bougie, y le gusta consentirme.
A punto estoy de decirle que antes me la ofreció a mí, pero paso de entrar en esas niñerías. Me integro en el grupo de mujeres.
—¡¿Cartier?! —me pregunta Vanessa súbitamente. Miro mi anillo, al que, de manera inconsciente, siempre le doy vueltas en mi dedo. Ella murmura—: El que me compró para mí era de Tiffany. —Yo no digo nada, pero ella insiste con veneno—: Pensé que te daría el mío, pero ya he visto que no.
¡¿El suyooooo?!
Me muerdo la lengua. Si por mí fuera, a esta imbécil le diría cuatro cosas, pero creo que no es el momento ni el lugar. Y, además, sé que Oliver siente algo por ella, por lo que tomo aire y me callo. Es lo mejor.
Me alejo de Vanessa, con la que ya he visto que no voy a congeniar, y me pongo a hablar con otra de las mujeres.
—¿Esos jeans que llevas de qué diseñador son? —vuelve Vanessa a la carga, acercándose de nuevo.
La miro. Ella, que va vestida como si acabara de salir de una boda, me está tocando los ovarios por ser la mujer de Oliver.
—No tengo ni idea —respondo.
Vanessa se ríe.
—Entonces, ¿son de mercadillo? —insiste, buscando la complicidad de las mujeres que nos rodean.
Uisss... menuda víbora.
Es la primera vez que nos vemos y ya está sacando las garras. Pero si algo he aprendido es que a este tipo de víbora no se le da de comer. Se le sonríe.
—Efectivamente, son de mercadillo —afirmo.
Ella y la mujer que está a su lado se ríen. Las otras no.
—¿Cómo puedes llevar algo así, estando casada con él?
—Busco a Oliver con la mirada. Está hablando con sus amigos del partido y, cuando voy a responder, aquella diva se me adelanta—: Querida, estar casada con Oliver Dávila significa prestigio, credibilidad y honor.
Y, por supuesto, excelencia en el vestir.
¿Acaso no lo sabes? —¿Prestigio, credibilidad y honor?
Será idiota la tía, y encima añade—: Es el director de galería más joven e importante de Europa y has de estar a su altura.
—¡Vanessa! —le reprocha una morena.
Asiento despacio. Está rabiosa conmigo y quiere dejarme en ridículo delante de todas, pero yo sonrío.
—Oliver se dedica al arte y está acostumbrado a encontrar valor en las cosas sin necesidad de mirar la etiqueta —replico.
Se hace un pequeño silencio. Uissss, ¡las he impresionado! Y segundos después, salvo Vanessa y la amiga que le ríe las gracias, todas sueltan una carcajada.
Menudo golazo le acabo de meter a la diva divina por toda la escuadra.
Rafa, ajeno a lo que pasa, se acerca y coge mi mano.
—Ven. Vamos a por algo de beber —dice.
Dejándome guiar por él, y consciente de que Vanessa y yo nunca vamos a ser amigas, llegamos a la barra.
—¿Pues no me pregunta la diva divina si mis pantalones son de mercadillo? —le cuento a Rafa.
Incrédulo, él parpadea.
—¿Pero qué me dices?
—Tranquilo. Ya le he respondido con educación y el veneno justo. —Rafa se ríe. Yo también. E ignorando a aquella impresentable pregunto—: ¿Cómo va el partido?
—Cero, cero.
Me gusta oír eso. Cuando me doy la vuelta, veo a Vanessa junto a Oliver hablando. Están muy cerca. Demasiado para mi gusto. De pronto, Vanessa posa la mano sobre el hombro de Oliver y este con un gesto brusco se la quita de encima.
—Esa víbora es insufrible —musita Rafa, que ve lo mismo que yo—. Ni come ni deja comer. En cuanto a Oliver...
—Mientras me respeten cuando estoy delante —le corto, mirando la caja de la vela—, que hagan lo que quieran.
Con nuestras bebidas nos acercamos al grupo que está delante de la televisión viendo el partido. En la mesa solo están ahora Vanessa y su amiga.
Nada más llegar, Alexander, que es del Madrid, se pone a mi lado y divertidos disfrutamos del encuentro hasta que finaliza el primer tiempo.
Estoy hablando con él cuando noto una mano en mi cintura y veo que se trata de Oliver.
Con una sonrisa lo miro. Delante de sus amigos somos un matrimonio muy bien avenido, por lo que yo también lo agarro por la cintura.
Estamos agarrados durante un buen rato y, al empezar la segunda parte, el Madrid nos mete un gol. ¡Joderrrrr! Oliver, Alexander, Vanessa y la gran mayoría saltan felices mientras el actor, Rafa y yo nos miramos con resignación.
Pero la felicidad les dura poco, porque minutos después empatamos, y justo cuando queda un minuto para que finalice el partido volvemos a marcar.
Ni que decir tiene que Rafa, el actor y yo no saltamos, ¡botamos!
Y cuando el partido finaliza y comienza a sonar la canción Agüita e Coco , de Kany García, nos ponemos a bailar y a cantar como si no hubiera un mañana.
Mientras bailo con ellos, y se nos une Alexander, veo cómo Oliver nos observa y sobre todo cómo Vanessa se acerca a él y le dice algo al oído. Eso hace que Oliver la mire y le responda. ¿El qué? No lo sé. Pero su gesto no es muy amigable.
Divertida y feliz por haber ganado el partido, estoy hablando con Alexander cuando Oliver se acerca hasta nosotros y vuelve a agarrarme por la cintura. Su cercanía me gusta, aunque cuando miro a la diva, para decirle con la mirada «¡jódete y rabia!», siento que si pudiera me degollaba.
A las doce de la noche la mayoría del grupo decidimos marcharnos y, al salir, los flashes de las cámaras de fotos comienzan a saltar.
Especialmente para fotografiar al actor y a su chica, ¡pobrecillos!
Al principio, intento escabullirme. No quiero salir en esas fotos, pero, al final, me es imposible.
Los fotógrafos se enteran de que soy la mujer del guaperas de Oliver y lanzan sus flashes contra mí, aunque, oye, ¡qué bien los esquivo!
Cuando el incómodo momento acaba y nos despedimos, Oliver dice:
—En cinco minutos José Luis está aquí.
—Mi coche está aparcado en la siguiente calle. Tranquilo. Vete a casa de Vanessa. Yo regresaré sola a casa.
Cuando voy a ponerme en marcha, noto que su mano sujeta la mía. Lo miro.
—¿Y por qué voy a querer irme a casa de Vanessa? —pregunta.
Estoy a punto de decirle lo de la maldita vela. Pero no. No debo. Aunque me ha sentado a cuerno quemado, sé que no puedo reprochárselo.
—Mi intención es que tú y yo nos vayamos juntos para casa —dice, sin esperar respuesta.
Vayaaa. Eso sí que no lo esperaba.
—Pues si quieres te llevo en mi coche. Dile a José Luis que no hace falta que venga. Que se vaya para su casa.
Oliver asiente. Veo que llama por teléfono a su chófer.
—Vayamos a por tu coche —dice tan pronto acaba la conversación.
Coge mi mano con seguridad. Sus amigos y la prensa no están lejos y caminamos hacia mi coche cogidos de la mano.
—¿Quieres que conduzca yo? —pregunta.
—No.
Oliver asiente y no dice más. Me gusta que se amolde a la situación.
Una vez en el coche, al arrancarlo, comienza a sonar la canción Eres mía , de mi amado Alejandro, y mientras conduzco canturreo, consciente de que Oliver me mira con disimulo.
—Veo que Alexander y tú os habéis caído muy bien.
Vaya. Mira en lo que se fija.
—Sí. Es encantador —afirmo.
Silencio. Yo sigo canturreando.
—Siento que Vanessa haya sido desagradable contigo.
Vale. Eso me hace saber que Rafa le ha comentado lo ocurrido.
—Tranquilo. He sobrevivido a víboras mucho más venenosas.
Se quita las gafas. Me mira. Creo que la palabra víbora , que he empleado para la mujer que le gusta, no le agrada. Luego vuelve a ponerse las gafas.
—Sigo dándole vueltas a algo que dijiste.
—¿A qué?
—A lo que me comentaste de mi secretaria Diana.
Que piense en algo que le dije me gusta. Eso me hace ver que me escucha.
—Creo que oculta lo que le pasa —conjeturo.
—¿Por qué lo crees?
—Porque en su antebrazo descubrí algo que he visto muchas veces, y porque hoy he vuelto a ver algo que no me ha gustado.
Oliver se queda pensativo y no dice más.
Como no hay tráfico, no tardamos en llegar a la casa. Cuando abro con mi mando a distancia la verja y meto el coche, sonrío al ver a Drako y a Zorba venir corriendo hacia nosotros. Estando con Oliver, no voy a poder darles las chuches que les doy cada vez que me ven.
Minutos después, tras despedirnos de los perretes, que se frenan en el límite de la puerta, entramos en casa en silencio.
—Voy a la cocina. Necesito agua —digo.
—Te acompaño.
Entramos los dos en la cocina. Abro la nevera. Saco la botella de agua fría que yo misma meto siempre allí.
—No es bueno que bebas el agua tan fría —me advierte.
—Lo sé.
—¿Y si lo sabes por qué la bebes?
—Porque me gusta retar a la vida —respondo.
Oliver asiente y, tras llenarse un vaso con agua del grifo, bebe. Yo abro la puerta de la cocina y miro las estrellas.
—Mira... hoy si te fijas mucho, se puede ver la Vía Láctea —murmuro.
Oliver se acerca. Mira el cielo, pero por su gesto está claro que no le interesa nada.
—Es tarde. Vayamos a dormir —dice, encogiéndose de hombros.
Sin replicarle, salimos de la cocina y subimos las escaleras hacia la habitación. Eso de tener que entrar en su habitación para poder acceder a la mía se me hace cuesta arriba. Pero lo hago. Total, es por un tiempo.
Cuando cierra la puerta, me paro y nos miramos. Uisss, madre, qué tentaciónnnnnnnn.
Me mira de tal manera que siento que el cuerpo me entra en llamas. Y, de improviso, siento unas ganas irrefrenables de tirarme a sus brazos y darle un besazo de esos que quitan el aliento.
Pero no lo voy a hacer. No debo.
—Gracias por invitarme —digo, intentando que no se note lo que pienso—. Me lo he pasado genial viendo cómo sufríais los merenguitos. —Oliver se quita las gafas. Me recuerdo que es un rancio estirado y, antes de que diga nada, abro la puerta de mi habitación y me despido—: ¡Buenas noches!
Y sin más cierro la puerta, antes de que la fiera que hay en mí se tire a su cuello. Pero ¿qué me pasa?