Capítulo 20
A mediados de abril estoy sumergido en mi trabajo.
Por suerte para mí, mis galerías funcionan a pleno rendimiento y no me puedo quejar.
Tras acabar la reunión que he tenido con mi equipo, para decidir qué exposiciones exhibiremos en nuestras galerías en unos meses, regreso a mi despacho.
—Su mujer lo espera en su despacho —me anuncia mi secretaria cuando me ve aparecer.
¡¿Mi mujer?!
Ah, sí. Que estoy casado.
Sorprendido, asiento y acelero el paso. ¿Habrá sucedido algo? Es la primera vez que la señorita Pérez se presenta en mi despacho.
Cuando entro, me la encuentro mirando por la ventana. Su aspecto es tranquilo. Relajada, sonríe al verme.
—Las vistas desde aquí son preciosas —dice.
Lo sé.
—¿Ha pasado algo? —pregunto mientras dejo sobre la mesa la carpeta que llevo en las manos.
—No.
—¿Habíamos quedado?
Esta niega con la cabeza.
—No. —Se apoya en la mesa.
—¿Entonces?
—Quería hablar contigo y de paso te traje unos riquísimos cruasanes que hacen en el horno que hay enfrente de mi trabajo. Están en esa bolsita.
—Estoy muy ocupado.
—Serán unos minutos.
—No dispongo de esos minutos.
Me arrepiento de mis palabras tan pronto salen de mi boca. No son formas. Entonces el silencio toma el despacho. La miro.
—Visto lo visto, los cruasanes me los como yo —suelta.
Mientras camina hacia la silla para coger su mochila y la bolsita me siento mal. No he sido agradable.
—Yuls, espera un segundo —le pido.
—La que no tiene ahora el segundo para ti, soy yo.
Se encamina hacia la puerta y entonces mis piernas, como si tuvieran vida propia, van hasta ella. La agarro del brazo para que se detenga. Se da la vuelta y me mira.
—¿Para qué has venido? —quiero saber. No contesta. En su mirada ha vuelto a aparecer ese brillo retador. Yo insisto—: ¿Qué quieres?
—Que dejes de ser tan frío, rancio y antipático.
—Aquellos adjetivos calificativos me molestan.
Me incomodan. Pero sé que tiene razón porque no es la primera vez que los oigo.
Voy a decir algo, pero ella continúa—: Ser impulsiva, como dijiste, trae consecuencias.
Y mi consecuencia es que te ha molestado verme por aquí.
Por lo tanto, adiós, arrivederci o, mejor dicho, ¡que te den!
Tomo aire. Me merezco lo que me dice. Soy un idiota. Me guste o no, ella siempre es agradable y risueña conmigo.
—Lo siento —murmuro. Levanta las cejas, y añado—: Te pido disculpas por mi comportamiento. Por favor, acéptalas.
Me mira. No habla. Se lo piensa.
—Si vuelves a tratarme así, no te las voy a aceptar —dice finalmente.
—De acuerdo —afirmo.
Regresamos hasta mi mesa en silencio. La rodeo y me siento. Ella coge una de las sillas que están frente a mí y antes de sentarse la ladea. Es algo que ya la he visto hacer más veces y me llama la atención.
—¿Por qué siempre ladeas la silla cuando vienes al despacho? —me intereso.
—Uisss... pues no lo sé —responde enseguida.
En su gesto veo esa expresión desafiante con la que siempre me mira.
—¿Qué querías hablar conmigo? —pregunto, deseoso de terminar con aquel encuentro.
—Verás. Como bien sabes, trabajo para un centro de acogida de menores.
Y, la verdad, no voy a andarme con rodeos, nos vendría muy bien que el señor Dávila, o Galerías Dávila, nos echara una manita con ciertas cositas.
Eso sí, nadie puede saber que eres mi marido.
—Levanto la mano para detenerla, pero ella prosigue—: Lo sé.
Tengo más morro que potorro, pero si nos pudieras comprar una televisión nueva para el centro, o algún ordenador, nos vendría de lujo.
Se nos ha roto la televisión y a los peques les gusta ver sus dibujos por la tarde y, la verdad, no tenerla es complicado.
—La miro sorprendido por lo que ha dicho del ¿potorro?
cuando añade—: Con parte del dinero que me ingresas al mes, yo misma compro material de papelería porque lo que tenemos para los peques está de pena.
Pero la tele y los ordenadores se me escapan del presupuesto.
Si te pido esto es porque dijiste que en ocasiones colaborabas con alguna asociación u ONG.
Y bueno, en el centro donde trabajo, nos hacen falta un montón de cosas para los chavales.
Y si pudiéramos contar contigo, pues sería ¡genial!
—Si mal no recuerdo, te di una tarjeta de crédito para tus gastos.
—Así es.
—¿Y por qué no la utilizas?
—Porque el dinero que hay en esa tarjeta no es mío.
Me sorprendo. Reconozco que no esperaba una contestación así. Ella me mira con su desparpajo habitual y, cuando voy a responder, suenan unos golpes en la puerta y mi secretaria, Diana, entra.
Con profesionalidad, deja unos papeles sobre mi mesa que me indica que he de firmar y cuando se va a marchar oigo que Yuls pregunta:
—Diana, ¿qué te ha pasado en la mano?
Mi secretaria se queda paralizada. Lleva una férula en uno de sus dedos.
—Un mal movimiento —contesta.
Yuls la mira. ¿Por qué la mira así?
Diana se ha ruborizado. ¿Pero qué le pasa?
—Si necesitas algo, aquí estoy —le dice Yuls.
—Gracias, señora Dávila.
—Soy Yuls, por favor.
Mi secretaria, apurada, asiente y, cuando se marcha, Yuls me pregunta:
—¿Cuánto tiempo lleva Diana trabajando contigo?
—Siete años.
—¿Y qué sabes de su vida? —Levanto las cejas, y ella insiste—: ¿Está soltera? ¿Casada? ¿Tiene hijos? ¿Perro? ¿Gato?
No puedo evitar una cierta incomodidad. Nunca me ha gustado entrometerme en la vida de los demás. Soy controlador en lo que tenga que ver con mi vida, pero la de los demás es suya.
—Sinceramente, no creo que eso deba importarnos ni a ti ni a mí —respondo.
—Uisss, ¡qué rancio eres!
La miro en silencio. ¿Me acaba de llamar «rancio» otra vez?
Yuls se levanta. Se acerca a mí y, como si me hubiera leído la mente, susurra con todo su descaro:
—Sí. Te acabo de llamar «rancio» otra vez.
Pero en una cosa tienes razón. No debería importarme la vida de Diana a mí.
Pero quizá a ti sí debería preocuparte que tu secretaria pueda estar siendo víctima de malos tratos.
—La miro incrédulo. ¿Pero qué dice? Ella, tocándose el anillo que lleva en el dedo, continúa—: Conozco muy bien las señales. Incluso las que no se ven.
—¿Pero qué tonterías estás diciendo?
Yuls me sostiene la mirada. Luego se sienta en el borde de mi mesa.
—Solo digo que, si puedes ayudar a Diana, lo hagas —me pide—. Porque, por desgracia, la víctima es la que se esconde por miedo y siente vergüenza de contar lo que le pasa, cuando la vergüenza la debería sentir quien lo provoca.
Durante unos instantes ella y yo nos miramos.
Lo de «rancio» he de solucionarlo, pero quisiera preguntar por qué habla de aquello con tanta certeza.
Imagino que es por el lugar donde trabaja.
Allí tiene que ver de todo. Algo incómodo, retiro mi mirada de ella, y al ver la caja negra y dorada que Diana dejó a primera hora sobre mi mesa la utilizo para cambiar de tema.
—Hoy me han mandado esto de regalo. Si lo quieres, es tuyo.
Yuls mira la caja. Con la mirada la animo a cogerla. Ella lo hace, la abre y veo que le cambia el gesto. ¿Qué pasa?
—Te lo agradezco, pero no es algo que me guste. —Deja la caja donde estaba.
Me sorprende. Dentro hay una fina y delicada vela aromática de una excelente tienda.
—Se fabrica en el sur de Francia.
—Como si se fabrica en Almendralejo.
—¿No te gustan las velas aromáticas?
—Ni las aromáticas. Ni las no aromáticas.
—¿Y eso por qué?
—Maniática que es una. —Se levanta—. Con respecto a lo que he venido a pedirte, te agradecería, por favor, que le dieras una vuelta. Lo que para ti es algo ínfimo, para nosotros sería una gran ayuda.
Asiento. No sé por qué lo hago.
—¿Vas para casa? —pregunto, al ver que coge su mochila.
—No. Tengo cosas que hacer.
Saber aquello llama mi atención. Todos los días tiene cosas que hacer, aparte de lo que sé que es su trabajo.
No pregunto. Sé que por contrato no debo.
Ella está cumpliendo y, cuando voy a hablar, la puerta del despacho se abre y entra Rafael.
Este, al ver a Yuls allí, rápidamente le da un beso, que ella, encantada, acepta.
Sé que durante mi viaje Rafael se ha preocupado por ella. Es algo que le pedí, y mi amigo, por lo que puedo comprobar, lo ha hecho muy pero que muy bien.
Durante unos segundos, veo que hablan. Entre ellos hay buen rollo y yo diría que hasta camaradería.
—Venía a decirle a Oliver —dice Rafael— que esta noche hemos quedado con algunos amigos en el Galisteo para ver el partido Madrid-Atleti. ¿Te apuntas?
—No.
—Venga, mujer, ¡será divertido! —insiste.
—Tengo cosas que hacer.
¡Otra vez! ¿Qué será eso que tiene que hacer?
—¿Eres de algún equipo de fútbol? —pregunta Rafael.
—Por supuesto. Del mejor del mundo. Del Atlético de Madrid.
Rafael y yo nos miramos.
—Eres de las mías. ¡Lo sabía! —exclama Rafa.
Yuls sonríe.
—Pues hoy juegan vuestro equipo y el mío —intervengo.
—Merengue tenías que ser —se mofa Yuls, mirándome.
La miro con reproche.
—¡Vente, vikinga! —la anima Rafa.
Veo cómo la señorita Pérez niega de nuevo con la cabeza. Está claro que no quiere mezclarse con mi gente.
—¿Miedito a sufrir una derrota ante los merengues? —la provoco.
El gesto le cambia. El reto aparece en sus ojos.
—Dime lugar y hora —accede—. Los del Atleti, ganemos o perdamos, siempre estamos orgullosos de nuestro equipo.
Me maldigo de inmediato. ¿Qué acabo de hacer? ¿Por qué no me habré quedado calladito?