Todo bajo control, menos tú Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Al terminar, echo las patatas a la sartén y, mientras bato los huevos, coloco estratégicamente mi teléfono móvil sobre la encimera para ver mi serie favorita, This Is Us . Aunque la he visto ya tres veces, me resulta tan emotiva que no me importa repetir.

—¿Me puedes explicar qué estás haciendo?

Al oír la voz de Oliver doy un salto. ¡Joder, qué susto!

No lo esperaba. Y al verlo apoyado en la puerta de la cocina, tan elegante con su traje gris marengo y su mirada acusadora, respondo con dejadez:

—Poniendo la lavadora. —Levanta las cejas. Vale. Ya le ha incomodado lo que he dicho y, cuando enciende la luz de la cocina y todo se ilumina, pregunto—: ¿Puedes apagarla?

Sin cuestionar, lo hace. Vaya. Ha obedecido sin rechistar. De nuevo la cocina se queda solo iluminada con la luz de la campana.

—Tengo hambre y me estoy haciendo una tortilla con patatas —digo.

—¿A estas horas?

Cabeceo con firmeza; él se quita las gafas.

—Es la una y veinticinco de la madrugada —me ilustra.

—¡Una hora perfecta para comer cuando se tiene hambre!

Sonrío. Él no. No sé dónde tiene este hombre el sentido del humor.

—El horario de la cena es de ocho de la tarde a diez de la noche —vuelve a ilustrarme.

Asiento. Lo recuerdo. Lo pone en la hoja de Excel.

—Y el de la comida es de una a tres y el desayuno de siete a nueve —respondo, al tiempo que saco las patatas de la sartén—. Peroooooo... si no he cenado y tengo hambre, lo siento, pero me salto el contrato, ¡denúnciame!

Lo oigo resoplar. Ni lo miro. Él y sus jodidas normas.

Estará pensando lo peor de mí. Echo el huevo en la sartén para hacer la tortilla. Después la saco y la pongo junto a las patatas.

—¿Gustas?

—No, gracias. Que aproveche. Buenas noches.

Anda. Mira qué educadito es el pedazo de borde. Y sin más, sale de la cocina.

Con tranquilidad, agarro mi teléfono móvil junto al plato y un tenedor. Me siento en la mesa que hay en la cocina y ataco mi estupenda cena mientras sigo visionando la serie en mi móvil.

Cuando acabo y dejo la cocina totalmente ordenada, para que Mónica no pueda decir nada al respecto, decido fumarme un cigarrillo antes de subirme a la habitación.

Voy hasta el salón. Y sin encender las luces me dirijo hacia el ventanal del fondo. Con cuidado abro la puerta del ventanal y salgo a la terraza, que está empapada por la lluvia, dejo mi teléfono móvil sobre una mesita, me apoyo en la pared y me enciendo el cigarro.

Miro hacia el cielo. A pesar de la lluvia que ha caído durante todo el día, el cielo está totalmente despejado y las estrellas se ven con mucha claridad. Apoyada en la pared, pienso en mamá. A ella le encantaría mirar un cielo tan estrellado como el de esta noche.

—¿No piensas subir a dormir? —oigo a mi espalda.

¡Joder, qué susto otra vez!

Y mirando a su excelencia, que ahora ya no lleva la americana ni la corbata, suelto el humo de mi boca.

—Sí. Cuando termine. —Le señalo el cigarrillo.

—¿Qué haces fumando? ¿Acaso no recuerdas que está prohibido fumar en la casa?

Tiene razón. Cláusula no sé qué, punto no sé cuántos; prohibido fumar en la casa.

—Estoy en el exterior de la casa —rebato—. En la terraza.

—¿La terraza no es parte de la casa?

Vale. Cuando alguien quiere buscar las cosquillas, se las ingenia de cualquier manera, y está visto que este me las quiere buscar.

De todas formas, entiendo que discutir con él no es algo que me apetezca porque es su casa, y tengo todas las de perder.

Me agacho. Mojo el cigarrillo en el pequeño charco de agua que hay en el suelo.

Y una vez que se apaga, lo estrujo en mi mano.

—Se acabó el cigarrillo —digo—. Dos denuncias en una noche es mucho para mí.

Acto seguido, paso por su lado y me encamino hacia las escaleras. Sin mirar atrás, sé que me sigue. Oigo sus pasos. Y cuando llego a la puerta que da a nuestras habitaciones, la abro y voy hacia mi habitación. Abro. Entro y cierro. Y como no tiene pestillo, pongo la maleta delante de la puerta.

Instantes después lo oigo entrar a él en su habitación y cerrar la puerta.

Luego tiro la colilla al inodoro, me lavo las manos y los dientes y coloco la lucecita que ilumina tenuemente la habitación. No puedo dormir a oscuras. Después, me tumbo en la cama, y con cariño saco de debajo de la almohada al zeñor Ozito. Han pasado veinte años, pero sigue conmigo.

Durante un rato pienso en cosas de mi trabajo.

Hoy, Fernando y Mila, de servicios sociales, nos trajeron a dos niños.

Mía y Adán. Dos hermanos de tres y seis años.

Sus padres los habían abandonado en la estación de autobuses.

El miedo y la incertidumbre que estos críos traen cuando llegan al centro siempre me encoge el corazón.

Y, aunque sé que en unos días para ellos todo comenzará a cambiar para bien, me duele mucho cuando me preguntan si vendrán su mamá y su papá.

Estoy pensando en todo eso cuando de pronto maldigo al darme cuenta de que me he dejado el teléfono en la mesa de la terraza.

Me agobio. Aunque dudo que vuelva a llover, no me hace gracia que esté toda la noche a la intemperie.

Pero, claro, para ir a por él, he de pasar por la habitación del borde y, como sé que está dentro, me da un apuro enorme.

Instintivamente, voy a la ventana. La abro.

La terraza donde me he dejado el teléfono está al otro lado de la casa y descarto la posibilidad de bajar por allí. Está demasiado alto.

Camino de un lado a otro de la habitación mientras hago tiempo para que se duerma. Y a las dos y cuarto, cuando ya no puedo más, con cuidado, muevo la maleta y abro la puerta. La habitación de Oliver está totalmente a oscuras y en silencio. Sin duda está dormido.

Con cuidado y a cámara lenta para hacer el mínimo ruido, salgo de mi habitación, cierro con cuidado la puerta y de puntillas recorro su habitación hasta llegar a la puerta. De nuevo con lentitud y cuidado quito el pestillo y consigo salir.

Ya en el pasillo suspiro y sonrío. ¡Lo he conseguido! Bajo las escaleras, voy hasta el salón y abro la puerta del ventanal.

—Que sepas que me acabo de jugar la vida por ti —le susurro al móvil, mirándolo.

Tras cerrar el ventanal, inicio el camino a la inversa.

Ahora toca volver a entrar en la habitación de él para llegar a la mía, pero ahora que sé que está dormido todo será más fácil.

Así que abro la puerta con cuidado, entro, cierro.

Echo el pestillo. Y cuando estoy caminando de puntillas, me sobresalta una voz.

—¿Qué se supone que está haciendo, señorita Pérez?

A oscuras doy un salto por el susto y sin poder evitarlo pego un grito. El teléfono móvil se me escapa de las manos. Cae al suelo originando un sonoro estruendo. Y yo sufro. Menudo porrazo se ha metido el pobre.

La luz de la lamparita de la mesilla se enciende. Y entonces veo a Oliver sentado en la cama, con un pantalón negro largo y con el torso desnudo.

Uissss, ¡qué tentador!

Se levanta de la cama. ¡Woooo, qué misilazoooooooo!

Inconscientemente, mis descarados ojos, a pesar de la media luz, recorren su cuerpo. ¡Madre mía, qué sexi! Pero, un tanto azorada por lo que estoy pensando, me agacho y cojo mi teléfono móvil del suelo.

—Lo siento... Siento haberte despertado —murmuro, acercándome a él—. Se me olvidó el teléfono móvil en la mesa de la terraza y necesitaba ir a por él.

Me mira. Uisss, cómo me mira. Con gafas es sexi, pero, sin gafas y despeinado, es locamente tentador.

No habla. Solo me observa con ese gesto suyo tan demoledor.

—Barajé la posibilidad de bajar por la ventana, pero...

—¿Barajaste la posibilidad de bajar por la ventana?

—Sí.

—¿Pero estás loca?

Intentando que mis ojos no se distraigan con esos abdominales, que, oye, gritan «tócame», asiento, encantada de que me tutee.

—La verdad. En ocasiones, algo loca estoy. No te voy a mentir.

La comisura de la boca se le curva hacia arriba. Sonríe.

¡¿Está sonriendo de verdad?! ¿Ha bebido? ¿O quizá he bebido yo?

E impresionada por todo él en general, veo que deja su teléfono sobre la cama.

—Espero que esa locura no permita que vuelvas a barajar la posibilidad de lanzarte por la ventana —dice.

Su voz. Su voz de pronto se me antoja provocadora. Aquel tono bajo en el que me habla hace que toda la piel de mi cuerpo se erice y, cuando voy a responder, suena un wasap. De forma instintiva, miro al móvil, que se ha iluminado sobre la cama, y leo:

Vanessa Amor. Me gustó verte anoche. Ven cuando quieras a casa para hablar o lo que se nos antoje.

Leer aquello me molesta y, sabiendo que él ha visto el mensaje al igual que yo, doy un paso atrás.

—Siento haberte despertado —me disculpo—. No era mi intención.

En la semioscuridad de la habitación nos miramos.

—Creo que debemos descansar —afirma, tras unos cuantos segundos un tanto extraños.

Estoy totalmente de acuerdo con él y, tras dedicarle una última sonrisita, me dirijo hacia mi habitación, entro, cierro y coloco mi maleta bloqueando la puerta.

Acalorada, me meto en el baño. Allí me echo agua en la cara, en el cuello, y mirándome en el espejo me advierto:

—Yuls Pérez. Que te quede bien clarito que lo verás, pero no lo tocarás. Recuerda. Este es de los que demandan.