Todo bajo control, menos tú Capítulo 19
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Capítulo 19

El regreso de Oliver me resulta bastante extraño.

Con él en la casa ya no tengo la libertad de entrar y salir de la habitación como lo he estado haciendo y he de llevar puesto el anillo de Cartier todo el rato.

Eso me joroba. Es más, cuando ahora me levanto por las mañanas, después de ducharme y vestirme, cuento hasta diez antes de abrir la maldita puerta que me separa de su habitación.

Por suerte, él nunca está en ella, y yo salgo a toda mecha.

Tampoco me ha dicho nada sobre lo que he apuntado en el cuaderno. Espero que no le parezca mal.

A las ocho menos diez, los días que tengo turno de mañana, entro en la cocina y allí me encuentro con Mónica.

Otra de las compinches de Ágata. Como siempre, es cariñosísima y está nerviosa porque su hija está a punto de tener un bebé.

Y, aunque le hago saber que yo solita me puedo preparar el café y mis tostadas, ella no me deja.

Me repite mil veces que es su trabajo y, al final, por no discutir, me doy por vencida.

Eso sí. Me guarda el secreto de que mientras me lo prepara les doy salchichas a los perros.

Cada mañana, mientras desayuno con Ágata en el salón, veo llegar a Oliver seguido de Zorba y Drako.

Vienen de correr. Él sabe que estoy con su abuela desayunando.

Lo sabe porque los dos primeros días, después de regresar de su viaje, al entrar me encontró allí, pero a partir del tercero entra por la cocina.

Imagino que lo hace para no tropezarse conmigo.

Los dos días que coincidimos, tuvimos que besarnos en la boca, al estar su abuela delante, y eso es lo que intuyo evita.

Por las noches más de lo mismo. Disimulo delante de ellos. Me comporto como la mujercita ideal y después me voy a mi habitación a leer. Me encanta leer novela romántica.

Hoy he tenido turno de mañana en el centro, por lo que, cuando salgo a las tres de la tarde de mi trabajo, aunque llueve a mares, me monto en mi coche y primero me voy a encargar la pintura y todo lo necesario para pintar mi habitación.

Después me voy a Móstoles a ver a mamá. Hoy no tengo prisa en regresar a la casa de La Moraleja, pues sé que Ágata está con Altamira y las dejo para que se tomen su vinito, ya que Oliver tiene una cena de trabajo y llegará tarde.

Disfruto durante más horas de estar con mamá, que hoy está tranquila.

Le hablo. Le pongo su música preferida. Ella me observa.

Y como he comprado estrellitas fluorescentes, subida a una silla se las pego en el techo.

Sé cuánto le gustan. A las ocho, cuando vienen a darle la cena, me despido con un beso y me marcho. Sé que ha de ser así.

Ya en mi coche, me quedo un rato allí, sin moverme. Cada vez que salgo de la residencia de ver a mamá tengo el corazón encogido. Siempre he cuidado yo de ella y la situación aún se me hace rara. Extraña.

El teléfono me suena. Es Alberto para ofrecerme varios trabajos por horas y le digo a todo que no. Eso le sorprende. Es la primera vez que un «no» sale de mi boca, pero no pregunta. Imaginará que me es imposible.

Sigue lloviendo a mares, pero, por suerte, no hay rayos ni truenos.

Arranco el vehículo y conduzco hasta mi casa.

A la mía. No a la de Oliver. Allí, tras saludar a mi vecina Sabina, tomarme un refresco e indicarle que mamá está bien, entro en mi casa.

Y se me cae encima. Estoy sola. Sin mamá.

Y la verdad, esa sensación no me gusta, pero he de acostumbrarme. Mamá nunca va a regresar.

Eso hace que se me llenen los ojos de lágrimas, y dejándome llevar por el momento al estar sola, me permito llorar mientras miro el dibujo de Andy enmarcado en la pared.

Acurrucada en la cama articulada que aún huele a mamá, lloro y me lamento.

¿Por qué la vida se ha cebado así con mamá y conmigo?

Sin darme cuenta, me quedo dormida, hasta que súbitamente el sonido de mi móvil me despierta.

Abro los ojos de inmediato. Cojo el teléfono y al mirarlo leo «Patatita gruñona». ¿Por qué me llama Oliver?

—Hola, ¿qué ocurre? —respondo.

—La pregunta correcta sería ¿qué te ocurre a ti?

¿Has visto qué hora es? —Con rapidez, miro mi reloj.

Son las once y media de la noche, y, boquiabierta por cómo ha pasado el tiempo, voy a hablar cuando él dice—: Estoy en una cena de trabajo y mi abuela me ha llamado histérica porque no sabe dónde estás.

¿Pero cómo no la avisas de que vas a llegar tarde?

No sé qué responder. Me he quedado frita y no tengo ninguna llamada perdida de Ágata. Me levanto de la cama articulada de mamá.

—Dile que ya voy para casa —le digo.

La conversación se interrumpe. ¿Me ha colgado? ¿En serio me ha colgado?

Vale. No me ha preguntado dónde estoy. No le interesa. ¿¡Pero me ha cortado!?

Si hay algo que odio en esta vida es eso, ¡que me cuelguen el teléfono!

Y lo odio porque Vicente, cuando nos localizaba, llamaba desde la cárcel para insultarnos y hacernos saber que nos había cazado y después colgaba.

Por lo que marco su teléfono y, cuando lo coge, siseó con la peor de mis rebabas:

—Mire, señor Dávila. Si hay algo que me toca los ovarios y que saca la loca malhablada que hay en mí es que me cuelguen el teléfono. Por lo tanto, evítelo si no quiere oír cosas que no desea, ¿me ha entendido?

Oigo su respiración. Seguro que mi actitud ahora lo ha encabronado a él.

—¿Algo más o puedo cortar la comunicación? —pregunta con voz tensa.

—Puede cortar.

El teléfono de nuevo se queda mudo. Tomo aire. Con rapidez recojo las cuatro cosas que había ido a buscar, entre ellas el dibujo de Andy, me dirijo a mi coche y luego pongo rumbo a La Moraleja.

Cuando llego ya no llueve. Abro con mi mando a distancia la verja, Drako y Zorba corren hacia mi coche rápidamente. Verlos siempre me alegra.

Cuando me bajo, los perros me comen a besos y yo me los como a ellos. Pero ¿cómo pueden ser tan peluchitos?

Encantados, me dan cabezazos para llamar mi atención. A su manera, me hacen saber que quieren sus chuches diarias. Y yo, que llevo una bolsa de chuches para perros en el coche, se las doy con gusto.

Aún estoy sonriendo cuando oigo detrás de mí.

—Aisss, hija de mi vida, ¡qué nerviosa me tenías!

Al mirar, veo a Ágata. Guardo las chuches de los perros para que no las vea.

—Por Dios, Ágata —la riño cariñosamente al verla allí—. ¿Qué haces aquí con el mal tiempo que hace y de pie sin el bastón?

La mujer se acerca a mí y me da un abrazo.

—¿Qué te ha ocurrido? ¿Dónde estabas? —me pregunta—. Con el mal día que ha hecho, ya te imaginaba tirada en cualquier cuneta sangrando y sin vida.

—Pero, Ágata, ¡qué dices! —me río.

Ella toma aire y mueve la cabeza de arriba abajo mientras yo paso mi mano por su cintura para sujetarla, aunque sé que no lo necesita.

—Lo sé. Mi vena dramática. Larita la ha heredado de mí, pero es que estaba muy preocupada imaginando el peor de los escenarios.

Sonriendo y acompañada por los perretes, nos dirigimos a la casa. Al llegar a la puerta, ellos, como siempre, se paran. Saben que no pueden entrar.

—Salí del trabajo y me fui con mi amiga Kaory y su marido —le miento.

La mujer asiente y, cuando entramos en el salón y hago que se siente en una silla, cojo su teléfono móvil. Necesito saber que tiene bien grabado mi número.

—¿Por qué no me has llamado a mí y has llamado a Oliver? —pregunto.

La mujer se encoge de hombros, no responde a mi pregunta, pero dice:

—Te tengo guardada como «Yuls nieta».

Oír eso me hace gracia.

—¿Acaso tienes otra Yuls en tu vida? —inquiero con una sonrisa.

Ella también sonríe, divertida, y luego amaga un bostezo.

—Venga. A dormir. Te acompaño a tu habitación.

—No hace falta, hija. Puedo subir sola.

—Tengo que subir a ducharme. Necesito una ducha. Venga, subamos.

Me agacho para coger la bolsa que he traído de mi casa y cuando me quiero dar cuenta Ágata ya está subiendo las escaleras.

La sigo. Lo hace a buen ritmo. No con la lentitud que simula cuando Oliver está presente, pero no digo nada.

Simplemente subo con ella y, cuando llegamos ante su habitación, me da un beso en la mejilla como los que mamá me daba cuando nos íbamos a dormir.

—Que descanses, mi vida —se despide.

—Tú también, Ágata.

Cuando desaparece, yo continúo por el pasillo hasta mi habitación. Al entrar, el olor a Oliver invade mis fosas nasales y miro su espacio. Como siempre, todo está perfectamente ordenado. ¡Hasta los cojines! Por lo que me acerco a la cama y descoloco uno de ellos. Bueno, dos.

Observo los cuadros que tiene colgados en las paredes. Algunos son bonitos, pero otros, para mi gusto, no hay por dónde cogerlos. Conociéndolo, seguro que son obras de arte carísimas, pero la verdad, algunas son tan feas ¡que ni regaladas yo las pondría!

Acabado mi momento curioso, entro en mi habitación. Dejo la bolsa sobre mi maleta y tras desnudarme me meto en la ducha. ¡Qué gustazo!

Al terminar, me pongo mi pijama de pantalón corto y camiseta y entonces las tripas me comienzan a rugir.

Normal. No he cenado. Miro el reloj. La una y doce minutos.

Es tardísimo, pero estoy tranquila, pues es viernes y el fin de semana libro.

Mi plan es pintar la habitación el sábado, y el domingo terminarla por la mañana y después ir a ver a mamá.

Las tripas vuelven a hacer ruido y, como me conozco, sé que tengo que comer cualquier cosa o no dormiré. Soy de las que no se pueden acostar con hambre. Por ello, salgo con cuidado de mi habitación, cruzo la de Oliver, le descoloco otro cojín, y en la semioscuridad me dirijo a la cocina.

Enciendo la luz de la campana en lugar de la del techo. No necesito más. Abro el frigorífico. Miro las opciones y se me antoja una tortilla francesa con patatitas. Sin dudarlo, me pongo manos a la obra. Cojo una patata y la pelo mientras el aceite en la sartén se calienta.