Todo bajo control, menos tú Capítulo 18
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Capítulo 18

Pasan los días. Rafa continúa llamándome cada dos días para saber si necesito algo, con Oliver no he vuelto a hablar, y ahora también me llama Lara para saber de mí.

Está visto que la noche que hemos pasado juntas nos ha hermanado, y estoy deseando que Distorsión Cerebral dé otro concierto para volver a asistir.

En el centro de acogida todo funciona con normalidad, pero a Lucas lo noto como ausente. Alguno de los días lo veo regresar a última hora con su skate bajo el brazo y, cuando le pregunto de dónde viene, él me dice que de entrenar. Pero es mentira. Lo sé. ¿Por qué lo sé? No lo sé. Pero miente.

Esos días me mira como si quisiera decirme algo, pero no lo hace. ¿Será que me quiere contar lo de los auriculares?

Y lo sé porque parece un heraldo real. Cada vez que me ve aparecer, anuncia mi nombre en voz alta para que las otras la oigan.

Y si ya estaba poco sorprendida con ella, también descubro que el médico, don Nicanor, ese hombre de mirada bonachona, amigo de la familia de toda la vida y con más años que Matusalén, es el cuarto compinche.

Madre mía..., ¡madre mía! Menuda red de maldad tienen aquí.

Y entonces se me ocurre que, para entender bien lo que pasa, lo primero que tengo que hacer es quitar de la cocina el planning que Oliver me ordenó hacer con mis horarios de trabajo. Que no sepan cuándo entro y salgo de la casa es primordial. Quiero que se confíen. Y lo hago, ¡vaya si lo hago!

Una mañana, cuando se creen que me he ido a trabajar, escucho una conversación entre los cuatro que me deja clara toda la trama del culebrón.

La gravísima enfermedad que don Nicanor le ha adjudicado a Ágata es mentira, y, como ya imaginaba, el color de su piel y las ojeras se deben a que Altamira no es solo una excelente actriz, sino también una excelente maquilladora.

Boquiabierta los escucho hablar sobre lo que tienen que ir diciéndole a Oliver mientras Ágata mejora día a día.

Total, ella ya ha conseguido que su nieto se casara.

¡La madre que la trajo!

¿En serio se han inventado todo aquello para que Oliver pasara por la vicaría?

Agobiada por saber aquello que no esperaba, antes de marcharme, coloco el planning de mis horarios de nuevo en la cocina y salgo de la casa mientras pienso en que, como Oliver se entere de eso, por mucho que la quiera, ¡la descuartiza! A su abuela y al resto.

Esa noche, cuando Oliver llama para hablar con su abuela, Ágata, la muy cuca, se aleja de mí para conversar con él.

Como la agente 007 que me siento, escucho su conversación y le oigo decir que está mucho mejor, aunque sigue teniendo algo de fatiguita.

Peroooo, y aquí está lo bueno, que como cada día se encuentra mejor, don Nicanor le ha hecho unos análisis y los resultados han sido tan buenos que el médico le ha retirado parte de la medicación.

No puedo oír a Oliver, pero, por las risas de su abuela, intuyo su felicidad. Pobrecito, ¡qué engañado está! Pero yo, ¡chitón! No digo ni mu. He decidido que pasen los meses y cuando se acabe mi contrato, ¡adiós muy buenas!

Los siguientes días veo cómo la superactriz Ágata va mejorando. Su cara ha pasado del color ceniza a otro de lo más normal. Y yo, como si no supiera nada, me alegro y la animo. ¡Qué falsa soy!

En nuestras conversaciones me habla de su vida y me cuenta cómo conoció a su marido. ¡Qué historiaza de amor, por favor!

Le encanta contarme intimidades de Oliver, como que cuando era pequeño tenía la piel atópica o que no le gustan los tomatitos cherri, porque cuando los come, le pica la lengua. Uf... con lo que me gustan a mí.

Oliver, el gran engañado del momento, regresa de su viaje.

El día que entra por la puerta justo yo me voy a trabajar y, al estar su abuela y Altamira delante, corro hacia él como si fuera el amor de mi vida. Me cuelgo de él como un mono y le murmuro al oído:

—En el primer cajón de la cómoda de tu habitación está el cuaderno con todas las anotaciones que le he contado a tu abuela. Y sí. He exagerado en algunas, pero, chico, ¡es lo que hay!

Mi falso marido, tieso como una vara, asiente y me sujeta ante su abuela y Altamira con sus manos en mi trasero, e intuyo que no entiende a qué se debe mi efusividad.

La verdad, yo tampoco. Me besa porque yo lo beso, y cuando nuestros labios se separan y mis pies tocan el suelo, sorprendiéndome, me da un azote en el trasero que me hace mirarlo con cara de ¡no te pases!

Y mientras camino hacia mi coche, le guiño un ojo con picardía mientras le aseguro que lo veré esa noche.

Ya desde mi vehículo compruebo la alegría de Oliver en su rostro. Sé que le alegra muchísimo ver a su abuela con aquel buen color de piel y de pie, solo ayudada por un bastón, y, de pronto, me siento mal. Fatal.

Ágata le oculta a su nieto algo que yo sé. Oliver le oculta a su abuela algo que yo sé. Pero yo también tengo lo mío porque engaño a Ágata haciendo creer que soy el amor de su nieto y engaño a Oliver por no contarle lo que sé con respecto a su abuela.

¿Pero en qué lío me estoy metiendo?