Capítulo 17
Al día siguiente me encuentro con Lucas en el centro.
Y solo con ver que él ni me mira, entiendo lo mal que se siente por haber perdido algo que yo le dejé.
En varias ocasiones intento acercarme a él, pero me rehúye.
Me encantaría decirle que los auriculares me dan igual, que lo único que me importa es que él esté bien, pero le he dicho a Roberto que no lo dejaría con el culo al aire, y me contengo.
Cuando salgo de trabajar, voy al centro de mujeres a dar la clase de defensa personal, y después me voy a ver a mamá. Hoy tiene un día de esos en los que tan pronto está enfadada como tranquila, y paso la tarde con ella. A las ocho llego a La Moraleja y allí están Lara y Altamira.
Lara es increíble, divertida, cariñosa, pero aturullante.
Pasa de un tema a otro llamándome «¡cuñiiiii!
», de «cuñada», y entiendo que vuelva loco a su hermano.
El rato que estoy con ellas en el salón no puedo parar de reír mientras, incrédula, certifico que Lara y Oliver nada tienen que ver.
Él es contenido, serio y diría que hasta soso, y ella es todo lo contrario. Loca. Impulsiva. Mordaz.
Esa noche cenamos las cuatro juntas, así que me pongo el anillo de Cartier.
Al acabar, Lara se empeña en que la acompañe al concierto de su nuevo amor.
El grupo se llama Distorsión Cerebral. En un principio me niego.
¿Pero cómo me voy a ir con alguien a quien apenas conozco?
Pero Ágata y Altamira se empeñan en que tengo que salir y divertirme.
Se ponen tan pesadas que al final claudico y subo a mi habitación para cambiarme de ropa y pintarme un poco.
Pintándome la raya del ojo estoy cuando, al abrir mi rímel, veo que ha llegado a las últimas. Por ello y sabiendo que Ágata, aunque ahora no se maquilla, tiene de todo en su baño, voy hasta su habitación.
Allí, como imaginaba, encuentro de todo y de unas marcas carísimas. Chanel. Dior. ¡Qué pasote! Pero un botecito dorado llama mi atención. Lo cojo y leo: «Tez de muerte. Solo uso teatral». ¿Tez de muerte? Por Dios, qué nombrecito.
Me imagino que será de Altamira, ella es la que trabaja en el teatro. Curiosa, lo destapo, me echo una fina capita en mi mano y al extenderlo veo cómo mi piel se queda seca y blanquecina, como sin vida.
Uisss, no. No puede ser. No quiero creer lo que estoy pensando.
Acto seguido, lo huelo. Y entonces... No me jodas, ¡huele a cacao! ¡A chocolate negro!
Mi mente comienza a atar cabos. Detalles. La piel blanquecina de Ágata al principio. El olor a chocolate negro tan intenso que tenía y ahora no tiene. El verla fumando y caminando tan tranquila cuando ella apenas camina. Todo. Comienzo a unir todo y murmuro:
—Pedazo de brujas, ¿qué estáis haciendo?
Salgo con sigilo de la habitación. Y al acabar de arreglarme bajo al salón donde Lara me espera y, haciéndome la tonta de nuevo, nos vamos de copas. Eso sí. Sin apuntar en el cuaderno del mariscal del control lo descubierto.
Lara y yo vamos a una sala de conciertos de Madrid y en el camino ya me doy cuenta de que con ella puedo estar tranquila y bien.
Nada más llegar a la sala me presenta a Piero, su novio, el cantante del grupo Distorsión Cerebral.
Piero es un italiano enorme lleno de tatuajes que habla español maravillosamente bien.
No quiero ni imaginarme lo que pensaría Oliver si lo conociera.
Pero cuando hablo con él me doy cuenta de lo respetuoso y encantador que es.
Como hubiera dicho mi madre: «El hábito no hace al monje».
También me presenta al resto de la banda.
Blas, Viviana, Cristina y Braulio. Todos son encantadores conmigo, en especial Braulio.
Un andaluz que no para de mirarme y llamarme «nena».
Cada vez que puede, aun sabiendo que soy la mujer del hermano de Lara, se acerca a mí y me tira la caña. Menudo peligro tiene este guaperas.
Pero, aunque estoy pasándomelo bien, no puedo dejar de pensar en lo que he descubierto. Está claro que Ágata, ayudada por Altamira, está haciendo algo que, bajo mi punto de vista, no está bien. Y comienzo a pensar si Lara también estará metida en el tema.
Con disimulo, le pregunto por la enfermedad de su abuela.
Ella le quita importancia, y me responde que su abuela simplemente tiene los achaques propios de la edad, quizá con un poco más de entusiasmo de lo habitual.
Y que su hermano lleva tiempo convencido de que la abuela ya ha pedido indicaciones para el final del túnel y solo está esperando a que le den paso. ¡Qué graciosa es esta mujer!
Su manera de expresarse me hace reír a carcajadas mientras soy consciente de dos cosas. La primera, que Altamira y Ágata son dos liantas de mucho cuidado. Y la segunda, que han conseguido engañar al señor Dávila, ¡animalillo, con lo listo y controlador que es él!
Decido olvidarme del tema y disfruto del concierto de Distorsión Cerebral. El grupo es tremendamente animado. Cantan canciones que todo el mundo conoce y junto a una alocada Lara me subo a una mesa a bailar. Si nos viera su hermano, creo que se quitaría las gafas y hasta bizco se pondría.
Canto, bailo, grito, salto, bebo y aplaudo. Pocas veces he podido permitirme el lujo de ir de fiesta o de concierto, pues siempre he tenido que cuidar de mamá, pero hoy lo estoy dando todo y me lo estoy pasando genial.
Cuando termina el concierto, la sala está en lo más alto. Al bajarnos Lara y yo de la mesa, los típicos patosos se acercan a nosotras para vacilarnos y hacerse los listos, pero con el genio que veo que tiene Lara, más el que tengo yo, un poco más y terminamos todos en comisaría.
¡La que se lio cuando Braulio, cabreado, lanzó una mesa por los aires!
Cuando esa noche regreso a las tres de la mañana a casa con alguna copichuela de más, y sabiendo que me lo he pasado desfogándome como desde hacía tiempo, saludo a Drako y a Zorba, que se me acercan para que les dé chuches que llevo en el coche.
Luego entro en la casa y voy derecha a la cocina para beber agua.
Estoy sedienta y eso es porque la bebida que nos han dado es de garrafón.
Abro el lavavajillas para meter mi vaso y no sé por qué no me sorprendo al ver dos copas sucias de vino. Curiosa, las observo. Una es de Altamira. Lo sé por el carmín rojo. Y la otra no lo confirmo, pero intuyo que es de Ágata. Me juego la mano y creo que no la pierdo.