Capítulo 16
La segunda semana es caótica en el centro de menores y empeora cuando una tarde llaman para decirnos que han detenido a Lucas y a Josué. Apurados, mi compañero Roberto y yo vamos a la comisaría y allí nos enteramos de que los han detenido por haberse metido en una pelea.
¡La madre que los parió!
Cuando Lucas y Josué nos ven aparecer, veo en sus ojos gratitud, pero también enfado. ¡Nos hemos enterado!
Dos horas después, tras rellenar el papeleo correspondiente, los sacamos de la comisaría y los llevamos para el centro, donde la directora les echa la bronca del siglo y, por supuesto, yo también. No puede pasar algo así.
Acompaño a Lucas a su habitación, y Roberto, el otro compañero, se lleva a Josué. En el camino le voy echando la bronca a Lucas, pero este ni me mira. Le pregunto de mil formas para que me cuente el motivo de la pelea, pero nada. Está hermético. Pasa de mí.
En un momento dado, le recuerdo que me tiene que devolver los auriculares que le dejé y ni me contesta. Ni me mira. Nada. Eso me enciende más, pero me controlo.
Cuando Lucas desaparece en su habitación, resoplo. Aunque va de sobrado y de chulito, yo sé que es un buen chico. Nadie lo conoce como yo. Su rebeldía me recuerda a la mía a su edad y decido zanjar el tema por hoy. Al día siguiente volveré a la carga.
Esa tarde, cuando salgo del trabajo, me duele la cabeza.
La tensión por lo ocurrido y que definitivamente se haya roto la televisión en el centro hacen que mis malditas migrañas vuelvan a aparecer.
Y cuando llego a por el coche no sé qué hacer.
Avisé a Ágata de que llegaría tarde, pues mi idea era ir a ver a mamá, pero hoy con la migraña no es buen día.
Al final, decido ir a casa. A La Moraleja.
Arranco el coche y entonces Roberto me hace una seña.
Espero a que se acerque y me dice que Josué le ha contado que Lucas se metió en la pelea para intentar recuperar unos auriculares rosas que yo le dejé.
¡Eso me sorprende! Al parecer, días atrás los llevaba puestos y un chulito del barrio se los quitó.
Saber aquello me hace sentir fatal y entiendo su mutismo cuando yo lo increpaba para que me los devolviera.
Pobre. Qué mal rato estaría pasando. Y sinceramente lo último que yo quiero es que, por algo material como unos auriculares, Lucas se meta en problemas.
Decido regresar para hablar con él, pero Roberto me lo impide.
Bajo ningún concepto Josué puede saber que me lo ha contado, y mucho menos que Lucas se entere de que yo sé lo ocurrido.
Apenada por aquello, decido guardarle el secreto a Roberto. Sé lo necesario que es, para no perder la confianza de estos muchachos, y tras despedirme de él me dirijo a La Moraleja.
Al llegar a la casa, Mónica me dice que Ágata está con Altamira en su habitación y, al ir a entrar para saludar y controlar que se ha tomado la medicación como corresponde, por la puerta semiabierta veo algo que me sorprende.
Ágata está de pie apoyada en la ventana con total confianza mientras fuma un cigarrillo que tiene en las manos y el humo sale por su boca.
Boquiabierta, parpadeo. ¿La migraña me hace ver visiones?
Pero no. Vuelvo a mirar con más atención y lo confirmo, ¡está fumando y de pie!
Consciente de que he llegado antes de lo que ellas esperaban y están a su aire, veo cómo Ágata se mueve por la habitación con el cigarrillo en sus manos hablando y riendo. Sus pasos son seguros. Tranquilos. No se tambalea. No duda al caminar, y yo no entiendo nada.
Durante unos minutos observo aquello mientras intento entender.
Luego, para advertirlas de que estoy allí, doy un golpe en la puerta y abro.
Altamira le quita el cigarrillo a toda velocidad y viene corriendo hacia mí para que no pueda ver a Ágata.
Como la buena actriz que es, me abraza, me hace un teatrillo de bienvenida y cuando vuelvo a ver a Ágata, está sentada en la cama.
¡La madre que la parió!
A pesar de haberlas descubierto, me hago la tonta mientras ellas, apuradas, hablan y dicen lo primero que se les ocurre.
Su teatrillo me hace gracia y, tras comprobar que todo está en orden, les doy un beso y me voy a dar una ducha, aunque al entrar en la habitación saco mi cuaderno de sucesos, no el de don Controlador, y apunto aquello que es excepcional.
Si dejo reflejado lo que he visto en el cuaderno del nietísimo, creo que la voy a liar.
A las ocho y media, cuando bajo, las dos me esperan para cenar. Ágata no está sentada en la silla de ruedas. Esta noche se apoya sobre un bastón y Altamira la sujeta. ¡Tendrán poca vergüenza!
No digo nada. Sigo haciéndome la tonta. Pero, al entrar en el salón antes que ellas y ver unas velas encendidas sobre la mesa, las apago y las retiro de mi vista. Cuando ellas entran en el comedor, nos sentamos y cenamos, como si allí no pasara nada excepcional.