Capítulo 15
La marcha de Oliver para su viaje por Europa es rara, especialmente porque, para bien o para mal, por las noches he de regresar a su casa y hacerme pasar por su mujer. En menudo marrón me ha metido y él se ha quitado de en medio. ¡Anda que no es listo!
Por suerte, cuento con el apoyo de Rafa.
El tío me llama por teléfono cada dos días.
Se preocupa por mí y, la verdad, se lo agradezco.
Ah, y voy apuntando en el cuaderno que don Controlador me ha dejado la información que me invento sobre nosotros, para que cuando este regrese la sepa y no meta la pata.
Nadie en mi trabajo sabe que me he casado, a excepción de Kaory y, desde luego, por mí, nadie lo va a saber.
De hecho, no se lo he dicho ni a Lucas, y a él se lo cuento todo.
Y más de veinte veces al día me miro el dedo para comprobar que el anillo de Cartier sigue ahí.
No quiero perderlo. He mirado en Google lo que cuesta y hasta el estómago se me revolvió.
La noticia en prensa es que Oliver Dávila, el guapo y famoso galerista de arte, se ha casado y, por suerte, la prensa aún no me ha cazado.
En cuanto a la tarjeta de crédito que me dio, está metida en el armario. No pienso utilizarla. No quiero su dinero. Con lo que me ingresa al mes, me doy por satisfecha.
Mamá en la residencia está bien. Come. Está tranquila.
Descansa. Sale al bonito jardín que allí tienen y pasea.
Los profesionales la cuidan prestándole la atención que necesita, pero yo, cada vez que voy a visitarla, me siento fatal.
La razón me grita que estoy haciendo lo correcto, pero el corazón, que no entiende de razones, se me sigue resistiendo.
Pero con mente fría lo pienso y lo que dijo Kaory es verdad. Amar, en ocasiones, significa tomar decisiones que nos rompen el corazón en beneficio de la otra persona, y esta es una de ellas.
Ha pasado una semana desde que mi recién estrenado marido se marchó de viaje, y solo he hablado una vez con él.
Fue hace dos días, al llegar de trabajar.
Ágata lo tenía al teléfono y me lo pasó.
Reconozco que ahí la fatiguita la pasé yo.
Menudo papelón me tuve que inventar para parecer feliz y encantada de hablar con él delante de la abuela mientras él era un puñetero borde.
La casa está llena de obras de arte. Unas bonitas, otras pasables y más de una horrible no, ¡lo siguiente! De hecho, si las viera junto a un contenedor de basura, ahí se quedarían por lo feas y horribles que son.
En cuanto a Ágata, es una mujer encantadora, y mi relación con ella no puede ser mejor.
Controlo, a través de la hoja de Excel, sus horarios, sus comidas, sus medicinas, que no se levante en exceso de la silla de ruedas, pero, cuando me pide un poco de manga ancha, se la doy.
No todo en esta vida tiene que ser estricto control.
Y lo sé tras haber cuidado a mi madre durante años.
Eso sí, como se entere «el comisario del orden», me la monta.
Como era de esperar, Ágata me pregunta por mi vida, y yo le hablo de mi trabajo con los niños, que veo que le apasiona, y me cuenta que ella, cuando dirigía Galerías Dávila, colaboraba con ciertos centros de acogida.
También me hace saber que desde hace años es Oliver quien se encarga de todo y le digo que lo sé, aunque realmente no sé nada.
En ocasiones, sé que a Ágata le gustaría que le hablara de mi familia, como ella me habla de la suya. Pero yo, como me pidió su nieto, lo omito, y ella no pregunta. Está claro que es respetuosa y discreta.
Por las noches, cuando se va a dormir y me quedo sola en el gran salón, ante la enormeeee televisión, lo disfruto.
Aquí tienen todas las plataformas del mundo y quiero ver tantas series y películas que creo que me va a faltar tiempo.
Pero mientras pueda aprovechar, pienso ver todo lo que pueda.
Cuando regrese a mi casa, no tendré plataformas, aunque, bueno, a lo mejor ahora alguna me podré permitir.
Una noche, mientras charlamos Ágata y yo, me hace saber que le gusta la música. Que siempre fue muy bailona y que, como buena romántica, le apasionan los boleros. Saber eso me hace gracia. A mi madre le encantan los boleros, especialmente los que canta Luis Miguel.
Mamá, aun habiendo vivido el infierno que vivió con mi padre, siempre me dejó claro que no todos los hombres eran iguales.
Y, aunque ella nunca volvió a tener otra relación, el romanticismo nunca la abandonó.
Y bueno, de tanto escuchar aquellos románticos boleros, me gustan, incluso diría que soy una romántica, aunque no lo parezco y trato de disimularlo.
En mis treinta y cinco años, nunca he tenido una gran historia de amor.
He tenido rollos que han durado dos o tres meses, pero ninguno de ellos ha conseguido que yo me deje llevar.
Creo que tengo el corazón blindado y, cuando me comienzan a atosigar, simplemente lo dejo. No lucho por continuar.
Encantada de ver a Ágata tan animada, pues odio pensar que está tan enferma, una noche, tras la cena, busco en mi Spotify varios boleros de esos de toda la vida.
Se los pongo, y ambas los canturreamos mientras nos miramos divertidas.
Esa noche, Ágata se va a dormir con una sonrisa de oreja a oreja que me hace saber lo bien que se lo ha pasado cantando conmigo.
Al día siguiente, cuando regreso de trabajar, me dice que ella quiere tener también Esporroti para escuchar música desde su teléfono móvil.
¡¿Esporroti?!
Eso me hace reír a carcajadas, porque sé que se refiere a Spotify. Sin dudarlo, le bajo la aplicación y se la instalo en su teléfono. Espero que al estirado de su nieto no le parezca mal y no me la monte cuando se entere.
Tras la cena, al ver su emoción, le creo varias listas con la música que ella me pide y le incluyo un bolero actual titulado Dos extraños , de un cantante español llamado St. Pedro.
Recuerdo que la primera vez que lo escuché, porque se presentó como candidato al Festival de Eurovisión, me encantó. ¡Es tan romántico!
Ágata lo escucha. Aquel bolero no le suena. Pero cuando se acaba me pide que se lo ponga otra vez y después otra. Eso me deja claro que, aunque no conocía la canción, le ha enamorado igual que a mí, y entonces me pregunta si a su nieto le gusta ese bolero y cuál es nuestra canción de amor.
De entrada, no sé qué decirle. Su pregunta me pilla por sorpresa.
Como el bolero se llama Dos extraños , cosa que somos, pues me vengo arriba y le aseguro que le encanta y que es un romanticón en la intimidad.
Oír eso a Ágata le hace sonreír abiertamente mientras yo me siento la mayor mentirosa del mundo.
¿Por qué he dicho eso? Ahora tendré que apuntarlo en el cuaderno, y el rancio flipará.
Ella me confiesa que la canción preferida de su marido y de ella era el bolero Júrame . Busco con rapidez esa canción en Spotify, cantada por Luis Miguel, y cuando comienza a sonar se lleva la mano al corazón y, cerrando los ojos, la comienza a cantar.
Como me la sé, la canto mientras veo en sus ojitos esa emoción cargada de recuerdos del pasado y me conmuevo con ella.
Al acabar la canción, la abrazo y, cuando nos separamos, la jodía no se ha olvidado de su pregunta y sigue queriendo saber qué canción romántica es especial para Oliver y para mí.
Rápidamente mi mente busca un tema. Y entonces recuerdo que Oliver me dijo eso del trato y el contrato, y aunque no es la canción más romántica del mundo, pero tiene su puntito, me decanto por una de mi amado Alejandro Sanz que se titula Hicimos un trato .
Total. Es verdad. Oliver y yo ¡hicimos un trato!
Como Ágata no la conoce, me hace ponérsela. Quiere escucharla y lo hacemos en silencio. Mi corazón se acelera con este tema. Aisss, lo que me gustan las canciones de mi Alejandro. Y cuando se acaba, no sé si está más emocionada ella o yo. ¿Pero cómo puede ser tan bonita y dolorosa esa canción?
Esa noche le enseño a Ágata a buscar música en el teléfono móvil y ella aprende a una velocidad que me sorprende.
A pesar de su edad y de su enfermedad, tiene una mente ágil.
Incluso diría que más que la mía, que a veces me aturullo con las tecnologías.
Y me parto de risa cuando llego al día siguiente y me la encuentro en la cocina con Altamira; Mónica, la señora del servicio, y José Luis escuchando la canción Nuevayol , de Bad Bunny.
¿En seriooooo?
Animada por verlos tan sonrientes, me pongo a bailar y Altamira se me une.
Ágata, divertida al verme perrear, o al menos intentarlo, mueve las manos, y de improviso se levanta de la silla de ruedas y también se pone a bailar.
José Luis y yo nos asustamos. ¿Pero qué hace? Mónica y Altamira se ríen a carcajadas.
Con cariño la regaño mientras José Luis y yo la sujetamos. No queremos que se caiga o su salud empeore. ¡Aguanta tú al nietísimo si ocurre algo así! Ella, sonriendo, se vuelve a sentar en la silla mientras todos reímos a carcajadas, y Altamira y yo seguimos bailando.
En cuanto a los perros, Drako y Zorba, las armas para matar, los primeros días me miraban desde la distancia. En el fondo, era una extraña para ellos. Pero cuando descubrí por José Luis, el chófer, que las salchichas les gustaban, los chantajeé y ahora somos buenos amigos.