Capítulo 14 #2
Afirmo con la cabeza. El gesto de ella no me gusta.
—Le aseguro que no la molestaré.
—Ya. Pero quizá yo sí te... le moleste a usted. Mis horarios de trabajo, dependiendo de dónde trabaje, a veces son...
—De eso tenemos que hablar. —Se apoya en la pared.
Me mira. Yo me apoyo también y prosigo—: En el contrato, no recuerdo en qué clausula, dice que, si nuestro matrimonio queda al descubierto, usted no podrá trabajar en lugares como el sitio donde nos conocimos.
Vamos, que no puede ser camarera y que ha de aparecer como mi mujer en los eventos en los que la necesite.
Mira el suelo. Observo su precioso pelo rojo. Le cae como una cascada alrededor de su rostro, y cuando se incorpora me fijo en su mirada. No es la mirada retadora a la que estoy acostumbrado.
—Su trabajo en el centro de niños no tiene por qué dejarlo —intento rebajar mi frialdad—. Puede continuar con él. Es más, creo que es una ocupación interesante y muy importante que...
—¿Tan problemático es que trabaje de camarera en un local o en un catering ?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque nadie entendería que mi mujer trabajara en algo así.
No tengo nada en contra de ese trabajo, que es tan digno como el mío.
Pero, por favor, piénselo. ¿Quién se creería que mi mujer por las noches se dedica a poner copas o a servir caterings ?
Además, aunque hoy la prensa no la ha cazado, he de presentarla en sociedad.
—¿A mí?
—Sí. A usted.
—¡¿Por qué?!
—Ahora que todo el mundo sabe que me he casado, lo normal es que asistamos juntos a cenas, fiestas y eventos.
—No me jodas —murmura y, al ver cómo la miro, añade—: Lo sé. He de controlar mi vocabulario.
—Se lo agradecería.
Resopla. Intuyo que eso le incomoda, pero también sé que lo entiende. Si algo tengo claro es que la señorita Pérez de tonta tiene poco.
—La verdad, estoy un poco sobrepasada. —Se dirige a la cama y se sienta en ella—. Hoy ha sido uno de esos días locos y nada está saliendo como imaginé.
La entiendo. Tengo la misma sensación. Me pongo a su lado.
—Tiene toda la razón —me muestro de acuerdo—.
Si mi abuela no hubiera filtrado nuestro enlace a la prensa, esto lo podríamos haber llevado de una manera discreta.
Pero, por desgracia, no ha sido así, y ahora solo podemos intentar salvarlo de la mejor manera posible durante los próximos seis meses.
Y esa manera es que usted, a ojos de todo el mundo, sea la mujer que imaginan.
Me mira. No sé por qué espero que me pregunte cuál es la mujer que imaginan, pero no lo hace. Se calla. La veo tocarse el anillo que le puse en el notario.
—Como ve, acerté con su medida —asevero.
Sonríe.
—Sí. Acertó —coincide, y se levanta de la cama—. Y reconozco que es un anillo muy bonito.
—Gracias —sonrío—. Me alegra saber que le gusta. Es un Cartier.
Me mira con cierta sorpresa. Después contempla su dedo y vuelve a girarse hacia mí.
—Cartier... de ¡¿Cartier?! —exclama. Yo asiento, y ella, quitándoselo, me lo entrega—. Tome, que no lo quiero perder. Con uno de Shein me hubiera valido.
Con el anillo en la mano no sé qué hacer. ¿Pero qué dice? ¿Por qué se lo quita?
—Póngaselo y déjese de tonterías. Ahora es mi mujer —replico con frialdad, dándoselo de nuevo.
Guardamos silencio mientras se lo vuelve a poner. Somos dos desconocidos a solas en una habitación y delante de una cama. Cuando he estado en una situación como esta con una mujer, siempre terminábamos arrugando las sábanas.
—Se lo devolveré cuando esto acabe —se empecina. No respondo. No digo nada. Lo que haga con el anillo me da igual—. ¿Puedo pedirle un favor? —inquiere de repente.
—Dígame.
Se toca el cabello. Parece tenerlo sedoso. Se lo echa hacia atrás.
—Cuando regrese de su viaje, ¿podríamos tutearnos, por favor?
—Señorita Pérez...
—A ver, señor Dávila —me corta—. Tengo que ser tu...
su mujer durante seis meses. Casi cinco cuando regrese de su viaje.
Y si nos vamos a tutear cuando estemos delante de otros, ¿por qué no hacerlo siempre?
—La miro. Me mira, y agrega—: Que nos tuteemos no tiene ningún significado raro, de verdad.
Ni yo me voy a enamorar de usted ni usted de mí.
Pero tutearnos nos facilitará la vida y hará todo más fluido.
Me lo pienso. Esto es algo en lo que no había pensado. No busco intimidad con ella. Tampoco espero que sea mi amiga. Pero entiendo que no le falta razón.
—De acuerdo, señorita Pérez —claudico—. Cuando regrese, nos tutearemos.
—¡Genial!
Y, súbitamente, me abraza. Se tira a mi cuello y yo no sé por qué la agarro y paso mis manos alrededor de su cintura. Durante unos segundos y sin mirarnos a la cara, nos abrazamos. Su cabello huele de maravilla. Su piel también.
—Uisss, disculpe —me suelta, azorada—. Yo es que soy muy de abrazos y de contacto físico.
—Yo no —aclaro, quitándome las gafas.
Un extraño silencio se origina entre los dos.
—¡Qué tarde! —lo rompe ella.
—Tardísimo —afirmo, confundido.
Ella se mueve por la habitación. Va hasta su maleta y la coge.
—Son las once de la noche y me levanto a las siete de la mañana. Esta semana tengo turno de mañana. Espero no molestarte... digo, molestarle.
—No se preocupe. Yo me levanto todos los días a las seis —respondo, aún confundido por el abrazo y por cómo me ha gustado su olor, y colocándome las puñeteras gafas—. Me gusta ir a correr antes de ir al trabajo. Que descanse, señorita Pérez.
—Buenas noches, señor Dávila, y que tenga un buen viaje.
Salgo de su habitación y cierro la puerta, y ya en la mía me dirijo a mi baño y me encierro en él. Me apoyo en la encimera del lavabo y mirándome en el espejo me pregunto:
—¿Por qué narices me he casado con esta mujer?