Todo bajo control, menos tú Capítulo 14
28%

Capítulo 14

Llevo un agobio tremendo.

Subo los escalones de mi hogar de dos en dos mientras siento la mano de aquella mujer en la mía, hasta que ella se suelta.

—Oye, perdona —me mira—, ¿me llevas de la mano o estás intentando arrancarme el brazo?

Me giro hacia ella. Tiene razón. La llevo a un ritmo que difícilmente ella puede seguir. Molesto, me quito las gafas cuando llegamos al descansillo.

—Si vuelve a llamarme «patatita», la vamos a tener.

—Es un término cariñoso. Muy de recién casados.

—No diga tonterías, por favor —gruño.

—A ver, lo normal es decir «cielo, cariño, tesoro, amor», pero palabras como «patatita, tomatito cherri o calabacita» también son graciositas.

Incrédulo, la miro. ¿Me está tomando el pelo?

—Si se le ocurre llamarme «tomatito cherri» delante de cualquiera, le aseguro, señorita Pérez, que la vamos a tener.

—En el contrato firmado, en no sé qué cláusula, indicaba que ante la gente debíamos ser cariñosos.

—Pero no con esas absurdeces.

—¿«Papayita» tampoco le gusta?

La miro. Se hace la inocente. Lo veo en su rostro. Es una retadora en potencia. No tengo ganas de discutir porque nos oiría todo el mundo, no solo mi abuela.

—Acompáñeme —le indico, colocándome de nuevo las gafas—. La llevaré a su habitación. Y acabemos el maldito día de hoy.

Con ella detrás de mí, camino por el pasillo. No me molesto en explicarle qué son las puertas que vamos pasando.

—Por favor. Pase —la invito cuando llegamos a mi habitación. Ella entra. La sigo—. Esta es mi habitación —le indico tras cerrar la puerta.

Mira alrededor. Por su gesto, intuyo que lo que ve le gusta.

—Desde luego, le gusta el gris —comenta.

Asiento. Me encanta. El gris es un color neutral y equilibrado. Denota sobriedad y elegancia.

—¿Algún problema porque me guste ese color? —pregunto.

Ella niega con la cabeza.

—No.

Me mira. La miro. Me gustaría saber qué es lo que está pensando. Luego se acerca a la pared de la izquierda y se queda mirando un cuadro.

—Madre mía, qué atentado contra la vista. ¡Es horrible! —exclama.

Boquiabierto, estoy a punto de gritarle. Lo que está llamando «atentado contra la vista» y «horrible» es una impresionante obra de arte del siglo XIX , de un artista francés. Cuando voy a protestar, me fijo en otra cosa.

—Sería tan amable de quitarse de ahí —le ordeno. Ella me mira y, señalando sus pies, digo—: Está pisando una excepcional alfombra persa del siglo XVIII a la que le tengo mucho aprecio.

Veo que mira sus pies y dando un salto se aparta.

—Uissss... perdón. Pensé que era un trapillo.

¿¡«Trapillo» ha dicho!?

Nos quedamos en silencio unos instantes. Luego yo me dirijo hacia una puerta que hay a la derecha y la abro.

—Esta será su habitación —le indico.

La señorita Pérez me sigue. Entra en la habitación asignada. Es casi tan grande como la mía.

—Este sitio es más grande que toda mi casa —dice. Mira a su alrededor y toca la pared—. Qué sorpresa, ¡gris!

Ni me inmuto. No deseo entrar en polémica.

—Los cuadros que hay expuestos, si lo desea, puede quitarlos —señalo.

Veo que ella se acerca hasta uno de ellos. Es de un famoso pintor sueco del siglo XX . Lo mira. Lo examina.

—Sin duda, este lo quiero quitar. ¡Pero qué cosa más horrorosa!

Tomo aire mientras recuerdo que ella no entiende de arte, así que obvio su terrible comentario y su falta de gusto.

—Sobre la cama le he dejado un cuaderno para que apunte todo lo que le cuente a mi abuela o a cualquiera durante mi viaje —le señalo—. Cuando yo regrese, lo leeré y sabré contestar si me preguntan.

—OK.

—En la primera página del cuaderno, le he apuntado la clave del wifi, mi teléfono personal, el del trabajo, el teléfono de Rafael, el de la abuela y el teléfono de la casa. Ahora, si es tan amable, deme su número de teléfono, pues quien lo tiene es Rafael, no yo.

Sin dudarlo, ella me entrega su móvil. Yo le entrego el mío y ambos tecleamos. Pero al hacerlo oigo una notificación. He recibido un nuevo wasap.

—¿En serio te está diciendo esto cuando te dio calabazas? —dice ella.

Le arrebato mi teléfono de las manos. El mensaje, como imaginaba, es de Vanessa y leo:

Vanessa Amor. Estoy desolada. Necesito verte.

Bloqueado, dejo de mirar la pantalla. El drama que ahora me está montando Vanessa no lo entiendo y más cuando ella me rechazó.

—Si yo fuera usted, y después de que lo ha rechazado, la mandaba a tomar viento fresco.

La miro. ¿Pero quién es esta para opinar?

—Señorita Pérez, le agradecería que se ahorrara sus comentarios.

—Vale. Lo reconozco —dice, encogiéndose de hombros—. He opinado sobre algo de lo que no tenía que opinar. Pero al ver quién lo escribía, me he dejado llevar por mi impulsividad y...

—La impulsividad es algo que hay que saber controlar —le corto—, pues suele ir acompañada en muchas ocasiones de consecuencias.

Ella me mira.

—Por favor... qué rancio —sonríe.

¿Rancio? ¿Me acaba de llamar «rancio»?

La miro. Estoy por decirle cuatro cosas bien dichas, pero me freno porque sé que en el salón están mi abuela y mi familia.

—Esto era mi gimnasio, pero ahora es su habitación —le digo, señalando la estancia—. Cuando regrese de mi viaje puedo ordenar que lo pinten del color que usted quiera.

—Prefiero pintarlo yo.

—No hay necesidad. Tengo gente que...

—Si no te... le importa, señor Dávila —me corta—. Quiero hacerlo yo. Me gusta dar mi toque personal a mis espacios.

Cabezota. No solo es provocadora, impulsiva y contestona, sino que ahora veo que también es cabezota.

—Haga lo que quiera —me doy por vencido. No tengo ganas de discutir.

—¡Estupendo!

—Como ve, en la habitación solo hay una cama grande que he ordenado comprar. El resto ha de ponerlo a su gusto como queda reflejado en el contrato, cláusula cinco, punto tres. —Y sacándome algo del bolsillo, añado—: Con esto podrá comprar lo que desea.

Mira mi mano. En ella tengo una tarjeta de crédito.

—Oh, no. No hace falta. —Reconozco que me sorprende oír eso. Ella prosigue—: Con lo que me paga al mes, tengo para comprar algunos muebles y darle mi rollito a esta estancia. Total, tampoco pretendo gastar tanto. Solo serán seis meses.

—Los muebles de decoración no suelen ser baratos —insisto.

—Los que yo compre sí. E incluso los montaré yo misma.

—Por favor, coja la tarjeta y compre todo lo que necesite para la habitación.

—He dicho que no la voy a coger.

—Y yo he dicho que la coja.

Sonríe. Me percato del hoyuelo que le sale en el moflete izquierdo. Coge la tarjeta, la tira sobre la cama y murmura:

—Cogida. Tema solucionado.

Su sonrisa me descoloca. Ella me descoloca.

—Prométame que la usará si la necesita —insisto.

—Yo nunca prometo.

Tomo aire. Sus contestaciones me sacan de mis casillas.

—Por lo que respecta a estas tres semanas que voy a estar fuera, llamaré todos los días para hablar con mi abuela. A ella le diré que usted y yo hemos hablado con anterioridad. Eso sí. Cualquier urgencia que ocurra, no dude en llamarme a la hora que sea.

—De acuerdo.

—Como imagino que mi abuela le preguntará por su vida privada, cuéntele algo que sea creíble y apúntelo en el cuaderno. Pero no mencione a su familia, por favor. Mi abuela es muy empática, y no quiero que se preocupe por personas a las que no va a conocer.

Esta vez asiente.

—Mi abuela tiene unos horarios muy estrictos relativos a las comidas y a la medicación.

En esas hojas de Excel —le entrego una carpeta— lo tiene todo.

Intente, cuando usted regrese del trabajo, ver que todo va como tiene que ir.

Y, sobre todo, que esté tranquila. Para ella es importante la tranquilidad y el control.

También creo que es importante que usted haga un planning de sus horarios de trabajo y lo coloque en la cocina.

Necesitamos saber cuándo estará usted en casa o no.

—Asiente. Mira las hojas de Excel que hay en la carpeta.

Ahí le he apuntado todo lo que necesita saber para quedarse en la casa.

Yo prosigo dándole instrucciones—: Si duerme usted tan cerca de mí es para que mi abuela crea que, aunque cada uno tenga su propio espacio, por las noches compartimos cama.

Para no ser descubiertos, cerraré todas las noches el pestillo de mi habitación por dentro.

Hace otro gesto de asentimiento. Pasea por la habitación. Deja el cuaderno que le he dado sobre la cama y acercándose a una puerta, la abre.

—Uisss, por Diosssss. Pero si tengo baño privado y todo. ¡Qué chulada! —Oír aquello me hace sonreír, pero me reprimo; desde el interior del baño oigo sus exclamaciones de alegría—: ¡Me encanta la ducha! ¡Es muy funcional y moderna!

—Si alguna vez desea darse un baño, hay una enorme bañera en mi cuarto de baño, que puede utilizar cuando yo no esté.

Al oírme, asoma la cabeza por la puerta. Me mira. Creo que mi propuesta le ha sorprendido tanto como a mí mientras la decía.

—Gracias, pero no —rechaza—. Como creo que dice en la cláusula uno, punto siete, hemos de respetar el espacio personal de cada uno. Por lo que, tranquilo. Sé lo importante que es para usted el respeto de su espacio personal.

Vale. Está reflejado en el contrato y sé que lo dice por el día que no la dejé entrar en el baño de mi despacho, y algo molesto conmigo mismo, me doy la vuelta.

—Antes que mi gimnasio, este lugar fue la habitación de juegos de mi hermana y mía —le explico—. Pero hace años hice obras en la casa. Unifiqué esta habitación con la mía y la convertí en gimnasio.

—Siento mucho haberle jorobado el gimnasio —dice, saliendo del baño y soltándose el cabello.

—Tranquila. —Introduzco su pesada maleta en la habitación—. Prefiero salir a correr con mis perros por la urbanización.

En silencio, veo que se acerca a la ventana. Las vistas que tiene son tan bonitas como las mías.

—¿No es la mejor obra de arte que ha visto nunca? —pregunta, señalando las estrellas del cielo.

Boquiabierto, no sé qué decir. Las vistas son hermosas. El cielo con sus estrellas es maravilloso, pero yo, por mi trabajo, suelo ver arte impresionante todos los días.

—Un momento... un momento... —se percata de algo—. ¿Tengo que entrar a mi habitación por la puerta de tu..., digo, su habitación?