Todo bajo control, menos tú Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Oliver me echa una mirada de asentimiento, pero de inmediato vuelve la atención a la anciana.

—¿Estás bien, abuela? ¿Quieres subir a descansar? —pregunta.

Ella rápidamente niega con la cabeza.

—¿Cuánto hace que os conocéis? —continúa la tía Marta con el interrogatorio.

—Meses —responde Oliver.

—¿Cuántos meses? —Altamira quiere precisión.

Callada, veo que ella y Oliver se miran.

—Los suficientes para enamorarme de ella y saber que era la mujer de mi vida —responde él, contundente.

Altamira asiente. Yo me acerco a Oliver y, abrazándolo, le doy un beso en los labios.

—Aquí donde lo veis tan serio, controlador y estirado, ¡es un romanticón! —afirmo.

Todos sonríen.

—Yo conocí a mi Damián, y a los veinte días me casé con él —cuenta Ágata.

Eso me sorprende.

—Pero bueno, Ágata. ¡Eso me lo tienes que contar! —le pido.

La mujer asiente. Feliz, toma mi mano.

—¿Qué pensaste la primera vez que viste a mi sobrino? —La tía Marta es incansable.

Uf... A ver qué digo.

—Que era de esos hombres a los que se mira, pero no se toca —respondo, dejándome llevar por la sinceridad.

La verdad, ¡acabo de decir la verdad!

Las risas ante mi contestación no tardan en llegar.

—¿Y tú, gordi, qué pensaste cuando viste a Yuls? —ataca Lara.

—Que tenía una bonita sonrisa y poco después que era una mujer de armas tomar.

Guauuuu, ¿en seriooooo? ¿Se fijó en mi sonrisa? Uisss, ¡me gusta oír eso!

—¿Por qué pensaste eso, tío? —pregunta Javi.

Oliver me mira. Clava sus penetrantes ojos oscuros en mí.

—Porque les tiró a unos tipos unas bebidas encima y sé que lo hizo adrede —responde.

El grupo me mira con cara de sorpresa. Se ríen. ¿Pero vamos a ver? ¿En qué posición me deja eso ante ellos?

—Patatita, esos tipos ¡me tocaron el culo! —replico, para defenderme.

—Oh, por Diossss, qué sinvergüenzas —murmura la abuela mientras veo a Oliver coger aire por lo de «patatita».

—Sinceramente, Ágata —prosigo—. Era tirarles las copas encima o arrancarles los dientes. Por lo que preferí optar por lo primero. No me apetecía mancharme con su sangre.

—¡Me encantasssss, cuñiiii! —ríe Lara.

—Por Diossss —murmura Altamira sorprendida.

—Peroooooo —prosigo ante el gesto incómodo de Oliver— cuando esos tipos se pusieron chulitos conmigo y yo me defendía solita la mar de bien, mi patatita se acercó y me defendió.

—Pero, gordiiiiiiiii, ¡qué caballerosooooo! —exclama Lara.

La familia asiente. Le hacen saber a Oliver que hizo lo correcto.

—¿Eres celosa? —indaga Altamira—. Te lo digo porque Oliver es un hombre muy atractivo al que se le acercan demasiadas lagartas con intenciones nada claras.

Oír eso me hace gracia. No dudo en absoluto de lo que ella me cuenta, pero, antes de responder, recuerdo lo que he firmado en el contrato.

—No soy nada celosa, como sé que él tampoco lo es. Si estamos juntos es porque queremos. Y si el día de mañana no somos lo suficiente el uno para el otro, como adultos que somos, lo solucionaremos, porque la vida es para vivirla, no para cargarla de problemas y amargura.

Altamira asiente. Intuyo que lo que he dicho le convence.

—¿Y cómo llevas sus manías y que le guste tenerlo todo bajo control?

—sigue indagando. Ante ese comentario levanto las cejas.

Veo que Oliver toquetea nervioso las copas que tiene ante él, pero la mujer insiste—: Porque yo lo quiero mucho, pero es muy estricto en cuanto a las horas de las comidas, de las medicinas, del paseo de los perros, ¡de todo!

—Y un tremendo maniático de la puntualidad —apostilla Rafa.

—Y que sepas que al gordi le da un soponcio si ve un cubierto o una almohada torcida —echa leña al fuego Lara.

—Le gusta que sus camisas estén ordenadas por tonalidades —musita la abuela con una voz cansada—. Y es capaz de detectar cuándo un cuadro está torcido un milímetro simplemente con mirarlo.

—Vale ya, ¿no? —protesta él con gesto hosco.

Sonrío. No lo puedo evitar. Me encanta ver que su familia es capaz de encararse a Oliver, y él, aunque proteste, se lo permite. Eso me hace ver que es más humano de lo que quiere dejar ver a todo el mundo.

—Y ahora, como verás, está cuadrando las copas que tiene frente a él para que estén bien alineadas —observa la tía Marta.

—Bueno, ¿qué tal si paráis? —gruñe Oliver, con gesto molesto, dejando de alinear las copas.

Sonrío. Él no.

—Me adapto bien a sus manías —suelto, incapaz de callarme—. El truco es muy sencillo, asentir de vez en cuando con cara de «qué razón tienes, cariño»; dejar escapar algún «sin lugar a dudas, mi amor» y, mientras tanto, seguir haciendo lo que me dé la gana.

Todos se ríen, excepto Oliver, que me mira con gesto de «te estás pasando».

—¡Qué maravilla de nieta me has dado, mi vida! —reconoce Ágata—. Está claro que esta jovencita de mirada llena de retos, luz y encanto ha llegado para...

—Si no os importa, familia. —Se levanta Oliver cortándola—. Mi mujer y yo nos vamos a dormir, que mañana me voy de viaje. Ya continuaréis criticándome cuando yo no esté.

Y agarrándome de la mano, esta vez con fuerza, me hace levantar y salimos del salón mientras escucho risitas e imagino lo que piensan. ¡Qué equivocados están!