Capítulo 13 #2
—Siento haberlas acusado y le pido disculpas, que espero haga extensibles a su amiga.
Me han confirmado que ha sido mi abuela quien filtró la noticia a la prensa.
—Hago un gesto de asentimiento. Me gusta que reconozca aquello y quede aclarado.
Él apostilla con voz tensa—: Tranquila, cobrará lo pactado tras el divorcio.
—Oír eso me molesta. En lo último en que he pensado ha sido en el puñetero dinero, pero no me da tiempo a replicar porque me apremia—: Hemos de pasar.
El cóctel comenzó a las ocho y media y ya son las nueve menos veinte.
—Wooooo, ¡imperdonable! Diez minutos tarde. Seguro que ya han llamado a la policía del protocolo.
Oliver me mira. En su gesto leo lo que piensa.
—Mi abuela ha reunido a un grupo de familiares para la cena que se mueren por conocerla —explica—. Espero que sepa comportarse.
Suspiro. Este es tonto, pero tonto de manual.
—Procuraré no mearme en la alfombra —replico.
Él me mira con desagrado y yo me río. ¿De verdad piensa que me puedo mear en la alfombra? Y cuando él comienza a caminar hacia la casa, me pongo a su lado y le cojo de la mano. Él se para. Rechaza mi mano. Me mira molesto.
—Ir de la mano es lo mínimo que hacen unos recién casados —cuchicheo—, ¿no cree, señor Dávila?
Toma aire y, tras pensárselo, asiente. Sabe que tengo razón. Vayaaa... no se ha quitado las gafas.
Con su mano entre la mía soy consciente de que soy yo quien lo sujeta. Él apenas roza la mía, pero me da igual. Me voy a enfrentar a gente que no conozco y, aunque no soy actriz, quiero representar un excelente papel.
Con mi mejor sonrisa entro en la casa. ¡Qué pasada!
Uisss, ¡qué entradaaaaa! Y qué escaleras curvadas tan bonitassss suben a la primera planta. ¡Impresionante! Tengo que hacerles una foto para enseñárselas luego a Kaory.
Miro a mi alrededor con alucine y curiosidad. Todo es elegante, aunque quizá algo recargadito y antigüito para mi gusto. Pero no es mi casa. Es la del rancio. Y si su gusto es eso, ¡perfecto!
Sin hablar, caminamos de la mano y, una vez que traspasamos una ovalada puerta que da acceso a un enorme salón, me encuentro con unas diez personas que de inmediato comienzan a aplaudir.
Sonrío. No puedo hacer otra cosa que sonreír mientras ellos se ponen a gritar: «¡Vivan los novios!» y «¡Que se besen!».
Sin poder parar de sonreír, miro al que es mi marido, que ahora me aprieta la mano. Imagino que es por la tensión que tiene y, para acabar con aquel incómodo momento, me pongo delante de él y sin pensármelo lo beso. Le doy un rápido beso en los labios y compruebo que está tieso como una vara.
Cuando acabo y me separo, oigo a una señora decir:
—Vaya sosería de beso, sobrino.
Tras ese comentario llegan otros iguales o peores, hasta que la abuela interviene:
—Por favor, mi vida. Dale a tu mujer un beso en condiciones. ¡Que os acabáis de casar!
Él y yo nos miramos y, consciente de que o lo hacemos o de allí no nos movemos, voy a hablar cuando noto cómo Oliver me acerca a su cuerpo y con una intensidad que no esperaba posa sus labios sobre los míos y, antes de lo que imagino, su lengua y la mía juguetean.
¡Pero buenoooooooo!
Madre mía, cómo besa el misil.
Uisss, cómo me gusta su beso, algo que, por supuesto, negaré ante Kaory cuando se lo cuente, pero me dejo llevar.
La vida son dos días y hay que disfrutar.
Segundos después, cuando el beso acaba, y los demás aplauden encantados, su mirada y la mía se encuentran, y murmura en un tono que solo oigo yo:
—Espero que esto les valga.
Cuando quedo liberada de sus brazos, tengo que hacer un gran esfuerzo para mantenerme en pie, pues, joder, ¡me tiemblan las piernas!
Instantes después, y aferrada a su mano, pues ahora es él quien me sujeta con fuerza, me repongo y al mirar a la derecha reconozco a Javi. El sobrino skater . Me mira. Me observa. Me acerco a él mientras tiro de Oliver para que me siga, me quito los auriculares rojos que llevo al cuello.
—Muchísimas gracias por prestármelos, Javi —le sonrío.
—De nada, tía Yuls.
Qué mono. ¡«Tía», me llama!
Acto seguido, veo que mira a su tío con una sonrisita, y me hace gracia. Javi ha intuido que aquello a su tío no le gusta, y lo dice para jorobarlo. Cómo son los adolescentes.
Una chica vestida con uniforme se coloca a nuestro lado con unas copas en su bandeja. Por primera vez en mi vida estoy en el otro lado. Siempre he estado en el lado del que sirve y esta vez me sirven a mí, por lo que, sonriendo a la muchacha, cojo una copa. Lara se acerca a mí.
—Aissss, cuñiiii, ¡qué bien que ya estás aquí! —exclama—. Por un segundo pensé que eras una novia a la fuga y, sinceramente, no te habría juzgado.
Me río. Se ríe. Oliver mira su teléfono y veo que teclea.
Ágata, la abuela, sentada en la silla de ruedas, me sonríe. Con señas me pide que me acerque a ella. Me suelto de Oliver y me pongo a su lado.
—Ven, querida, quiero presentarte a la familia.
¿Familia?
Vaya. Oír eso me gusta, pues, por mis circunstancias, siempre hemos sido únicamente mamá y yo. Y luego llegaron Lucas y Kaory. Pensar en ellos me emociona. Pero no. No es momento de emocionarme, y me recuerdo eso de: «Mente fría y nervios templados».
Me coloco entre Ágata y Oliver, y, como si fuera un besamanos, la abuela me presenta a tíos y primos. Curiosos, todos me saludan. Oliver, impasible, está a mi lado y yo, entregada a la causa, los besuqueo con cariño sin perder mi sonrisa. Reconozco que soy muy empática.
Con una atroz ansiedad ataco el cóctel. Con la boca llena, poco puedo hablar.
Eso sí. Cada vez que alguna de las chicas del catering se acercan a mí, les sonrío.
¡Qué menos que ser agradable! Siempre he agradecido que algún invitado a los eventos en los que servía fuese amable conmigo. Esa sonrisa me ha hecho trabajar mejor.
Con curiosidad veo cómo Oliver atiende a su abuela, y eso me enternece. Está visto que aquella mujer es vital para él, aunque sonrío cuando ella se empeña en beber un poquito de vino y él se niega con rotunda seriedad. Está enferma y no puede beber algo así.
Acabado el cóctel, nos sentamos todos alrededor de una bonita mesa y comienzan a servir la cena. Si el cóctel estaba bueno, esto ya es ¡delicia del cielo! Y yo parezco una tragaperras por lo que engullo. ¡No paro de comer!
A las diez y media de la noche, tras varios «¡Que se besen!», mientras disfrutamos de un exquisito postre, comienzan a hacerme preguntas. Quieren saber. Eso me pone de los nervios. No he hablado nada de aquello con Oliver, porque, supuestamente, esto no iba a ocurrir.
—¿Cuándo os vais de luna de miel? —ataca Mireia, una prima de Oliver.
Vale. Me pregunta si haremos viaje de recién casados y, antes de que yo responda, Oliver dice:
—De momento, queda pospuesto. Ambos tenemos compromisos laborales que no podemos eludir. Yo mismo mañana salgo de viaje de trabajo.
—¡Qué penaaaaaaa! —murmuro, haciéndole un gestito a Oliver.
—¿Pero tenéis algún sitio pensado? —insiste Mireia.
Oliver, que aún me mira tras mi gesto, no habla, y yo, sin pensármelo, suelto:
—¡Hawái! Siempre he querido ir allí.
Sonríen. Parece que les ha gustado mi contestación.
—Bueno, querida, cuéntanos, ¿cómo os conocisteis? —quiere saber Marta, la tía de Oliver. En ese momento, él recibe otra notificación en el teléfono.
Madre mía. ¿Y qué me invento yo ahora?
Miro a Oliver, que está a mi lado, pero este parece abducido por su teléfono. ¿Qué leerá con tanta atención? Y cuando veo que pasa de la pregunta porque contesta a quien le ha escrito, indico:
—Nos conocimos en un local de copas. —Y al ver cómo me miran, añado—: Él estaba con Rafa y yo con unos amigos. Y bueno, fue mirarnos y sentir un completo flechazo.
Aplauden. Lo que escuchan les gusta y la verdad solo miento un cincuenta por ciento. ¡Nos conocimos en un bar! Lo del flechazo es para adornar la mentira. Solo omito que yo estaba trabajando como camarera y él se tomaba una copa como cliente.
—¿En qué trabajas? —pregunta la abuela.
Oliver sigue tecleando en el móvil. Eso me está poniendo de los nervios. Y como no sé qué ha contado de mí, le doy un codazo.
—¡Patatita! —murmuro. Y él ni caso—. ¡Patatita!
Oliver por fin me mira. Sé que lo de «patatita» le repatea. Pero no me importa ni lo más mínimo.
—Prefiero que lo cuente él, porque se emocionó tannnnto cuando se enteró. —Y me quedo tan ancha. Ahora todos lo miran a él. Y yo insisto—: Vamos, patatita, cuéntaselo. Cuéntales en qué trabajo.
—Qué gracia, ¡patatita! —se mofa Altamira, haciendo reír a todos.
—No, cariño —suelta con gesto tenso—. Cuéntalo tú. Al fin y al cabo, ¿quién mejor que tú para explicar a qué te dedicas?
¡La madre que lo parió! Seguro que ni lo recuerda.
—Trabajo en un centro de menores.
Al decir eso, Ágata se lleva las manos al pecho. Uisss, madre, ¿qué le pasa? Entonces mira a su nieto.
—¡Qué fatiguita tengo! —murmura emocionada.
El gesto de Oliver se descompone. Veo la preocupación en su rostro.
Está visto que se asusta. Ella, en un tono cansado y lastimero, murmura—: Como dijiste, mi vida.
Su trabajo me iba a encantar. ¿Qué hay mejor que ayudar a quien lo necesita, y más si son niños?