Todo bajo control, menos tú Capítulo 13
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Capítulo 13

Cuando el coche se ha alejado lo suficiente levanto la cabeza para ver si nos sigue la prensa, pero no.

No nos siguen. Estoy agobiada. Tremendamente agobiada por todo en general, y he mentido a Oliver.

No tengo que ir a mi casa a por mi maleta, porque ya la llevo en el maletero de mi vehículo. Miro el anillo que llevo en mi dedo.

—Necesito tomar algo —murmuro.

Sin hablar, Kaory conduce.

—Vamos al Pluscuamperfecto —me dice después de aparcar.

Asiento. Pluscuamperfecto es un bonito local con una terraza impresionante al que de vez en cuando nos vamos a tomar unas cervezas. Cuando nos sentamos y, mientras esperamos las bebidas, vuelvo a mirar mi dedo.

—Bonito anillo —afirma Kaory.

Convencida de ello, asiento. Está claro que Oliver tiene buen gusto y ha clavado mi talla.

—Dame la tarjeta de Oliver. Quiero mirar su dirección —me pide mi amiga.

La tengo en la mano y se la entrego.

—Necesito fumar —le digo, y me levanto.

Abro mi bolso, saco el tabaco, el mechero y enciendo un cigarrillo. Veo que mi amiga se pone a mi lado.

—¿Qué he hecho? —pregunto.

—Una locura. Te lo dije.

—Me acabo de casar con el capitán Control, que encima es un guaperas famosete, y el 28 de agosto ¡me divorcio!

—De locos. Esto es de locos, Yuls.

—Creo que me va a dar un chungo de un momento a otro.

Kaory me mira. Toma mi mano.

—Inspira y mete airecito calentito al corazoncito, y espira y saca toda tu frustración —me recomienda.

Inspiro y espiro, aunque no sé si meto y saco lo que mi amiga me pide.

—Si mi cara sale en la prensa, Vicente nos encontrará y mi pasado turbio recaerá sobre los Dávila. Por Dios, ¡qué cagada más grande acabo de cometer!

—Eso no va a pasar. Lleva ocho años sin localizarte y ahora no lo hará.

—Kaory, ¿y si la he cagado? —me agobio.

Mi amiga me quita el cigarro de las manos, le da una calada y cuando expulsa el humo me lo devuelve y me coloca bien el cuello del abrigo.

—Mente fría y nervios templados —me recomienda.

Vale. Eso es algo que ella me ha inculcado—.

Dudo que Vicente sea asiduo a la prensa del corazón.

Además, él busca a otra persona que ya no eres.

Has creado infinidad de cortafuegos para que no te encuentre, como el color de tu pelo y el cambio de nombre y apellidos, ¿acaso lo has olvidado?

Tiene razón. Estoy tan bloqueada que en eso no he pensado. Ella mira su móvil.

—No te agobies. Por lo que veo, nadie de la prensa ha podido sacar una foto de tu rostro. Solo te mencionan como la desconocida mujer de Oliver Dávila.

Miro las noticias que me muestra en su teléfono. En ellas todo el rato se me ve la coronilla mientras Oliver me protege con gesto de mala leche. Los titulares son «Se ha casado el soltero de oro del arte», «Oliver Dávila, el soltero cazado».

—Tienes razón. No me ha cazado la prensa —afirmo, a medida que voy leyendo los titulares—. Pero si mi rostro no sale, será mejor.

—Muchísimo mejor —apostilla mi amiga.

Noto que mis pulsaciones se desaceleran. El momento prensa ha sido muy agobiante. ¿Cómo aguantan eso los famosos? De improviso, me doy cuenta de que tengo los auriculares rojos alrededor de mi cuello.

—Se los tengo que devolver a Javier —los señalo— y, cuando vea a Lucas, le tengo que pedir mis auriculares, que se los dejé.

—Por cierto, tía Yuls —se mofa sonriendo—. ¿Qué te ha parecido tu cuñadita?

Recordar que Javier me llamó «tía Yuls» me hace sonreír. Aquel título tan familiar es nuevo para mí. Luego, pienso en su madre.

—Divertida, exagerada y sin pelos en la lengua —enumero, refiriéndome a ella—. Me gusta.

—Educado y misilazo. A mí me gusta tu marido.

Oír eso me hace reír. Y recordando lo guapo e imponente que estaba Oliver con aquel traje oscuro, su camisa blanca y su corbata negra, le pregunto cuando volvemos a la mesa:

—¿No te ha parecido demasiado estirado?

—Un pelín. Pero, si te soy sincera, ya imaginaba que iba a ser así.

—¿Por qué? —quiero saber, tocando mi anillo de boda.

—Porque se codea con gente elitista, porque es el dueño de las galerías de arte más famosas de España y porque viene de una familia de dinero.

—Asiento, y ella añade—: Espera. Me desdigo de mis palabras.

Hemos conocido a su hermana y es todo lo contrario.

Por lo que, como decimos siempre, es mejor no generalizar.

Tiene razón. De pronto me suena el teléfono y, al ver que la llamada es de la residencia donde tengo ingresada a mi madre, lo cojo.

Me llaman para darme el parte del día. Mamá está bien y yo escucho con atención.

Mi intención era haber ido a verla después de salir del notario.

Quería llevarle el ramo de novia, pues dudo que me vaya a volver a casar, y tras indicarles que iré a visitar a mamá al día siguiente, al colgar la llamada sonrío. Mamá está bien.

A las ocho, y tras varias cervezas, decidimos volver al coche, poner en el GPS la dirección de la casa de Oliver e ir. ¡Vive en La Moraleja! ¡Qué nivel!

Nos reímos. Dejo que Kaory conduzca, lo prefiero, así que nos dirigimos hacia la casa mientras suena por los altavoces de mi coche la canción de Alejandro Sanz llamada El vino de tu boca , y Kaory y yo la cantamos a pleno pulmón. Nos encanta Alejandro Sanz.

Cuando llegamos ante la enorme verja de la casa en La Moraleja, Kaory y yo la miramos boquiabiertas. Primero, no hay prensa. Segundo, aquello no es una casa, ¡es un casoplón!

—Madre mía, ¿aquí vas a vivir?

—Joderrrrrrr —murmuro, algo achantada.

Miro mi reloj. Son las ocho y veintisiete. Llegamos antes de las ocho y media, como mi maridito nos dijo, y tras llamar a un timbre, la voz de un hombre dice:

—Le abro la verja, señora Dávila.

Kaory y yo nos miramos con estupor. ¿Cómo sabe que soy yo la que va en el coche?

Cuando metemos el vehículo en la finca y nos detenemos ante la imponente casa de tejados de pizarra negra, un hombre vestido de azul se dirige a nosotras seguido de dos preciosos pastores alemanes. Kaory y yo nos bajamos del vehículo y el hombre, de unos cincuenta años, mira a mi amiga.

—Bienvenida, señora Dávila —la saluda.

—Yo... yo no soy la señora Dávila. Es ella.

El hombre me mira. Veo el apuro en su rostro y yo, sonriendo, saludo sin poder quitarles la vista a aquellos dos increíbles perrazos.

—Hola. Me llamo Yuls, y ella es mi amiga Kaory. ¿Y tú eres?

—José Luis, señora. El chófer del señor Dávila.

Asiento. Voy a decirle que no me llame «señora» cuando los perros se acercan a nosotras.

—Me cagoooo de miedoooooo —murmura Kaory.

—Drako y Zorba, ¡sentaos! —ordena José Luis.

Los animales lo hacen de inmediato. ¡Qué obedientessssss! Está visto que los tienen bien enseñados.

El teléfono de Kaory comienza a sonar. Rápidamente lo coge y, tras una breve conversación, me mira.

—Me tengo que ir —anuncia.

—¡¿Por quéééé?!

—Porque mi hermano ha llamado a mis padres para decirles que no se encuentra bien y me necesitan para el servicio de noche.

Asiento. Entiendo lo que dice. Kaory siempre ayuda a sus padres en el restaurante. En ese instante, aparece Oliver. Por Dios, qué imponente está con ese traje oscuro. Nos mira con gesto tenso.

—Les dije que estuvieran aquí antes de las ocho y media —observa.

—Y eso hemos hecho —apostillo—. A las ocho y veintisiete estábamos llamando al timbre. —Oliver resopla. Esta vez no se quita las gafas y yo le explico—: Kaory se tiene que ir. ¿Podemos pedirle un taxi ya que hemos venido en mi coche?

Oliver, sin dudarlo, asiente.

—José Luis —le pide al hombre de azul—. Lleva a la señorita Kaory a la dirección que te indique y, cuando regreses, traslada el coche de mi mujer al garaje.

—Dentro de mi coche está mi maleta —aviso.

Oliver y el tal José Luis se miran.

—Cuando vuelvas sube la maleta a mi habitación —le ordena de nuevo al chófer.

¿A su habitación? ¿Cómo que a su habitación?

Kaory me abraza con cariño. Por su gesto, sé que le joroba tanto como a mí tener que marcharse.

—¿Estarás bien? —se interesa.

—Claro que sí. —Y para que se vaya tranquila, le digo—: Antes de dormir te llamo y hablamos.

—¡Espero tu llamada!

Instantes después, cuando mi amiga se aleja con el tal José Luis, miro a Oliver. Este me observa.

—¿Puedo tocar a los perros? —pregunto.

—No.

—¿Por qué?

—Porque son perros de guarda.

Eso me hace sonreír.

—A ver, que yo sepa, hasta a los perros de guarda les gusta una caricia —insisto.

Oliver hace un gesto cansado.

—Si no le dan miedo, tóquelos —claudica, finalmente.

Gustosa y encantada me acerco a ellos. Siempre he querido tener un perro. No me dan miedo. Pero por las circunstancias en las que vivo nunca he podido ocuparme de un animalito. Me acerco a ellos y saludo.

—Hola, preciosos. ¿Pero cómo sois tan guapos? Pero si parecéis unos peluchitossssss amorososssss. Holaaaaa...

—Zorba y Drako, ¡a vuestro sitio!

La orden de Oliver hace que se levanten y, antes de que pueda tocarlos, se alejan. Molesta, miro al rancio justo cuando le llega un wasap.

—Son perros entrenados para guardar la casa —me explica, seco—. Hábleles y trátelos como corresponde. ¡No son peluchitos!

Su tono me enerva. Será imbécil.

—¿Es usted siempre así de borde o lo es hoy como caso excepcional? —no puedo evitar preguntar.

Me mira. Uisss, cómo me mira.

Y viendo que no piensa contestar, vuelvo a preguntar:

—¿Qué es eso de que tienen que subir mi maleta a su habitación?

Oliver mira su teléfono móvil. Lee un mensaje que le ha llegado y, cuando acaba, me responde, con esa distancia fría que le caracteriza:

—Tranquila, señorita Pérez. Usted tendrá su propia habitación, a la que yo no accederé, aunque nuestras habitaciones están comunicadas por una puerta. Eso evitará que mi abuela haga preguntas.

Vale, tema aclarado. De repente recuerdo una cosa.

—Por cierto, señor Dávila —le suelto, con cierta rebaba—, que sepa que me ha ofendido la acusación vertida en el restaurante. ¿De verdad creía que nosotras habíamos avisado a la prensa?

Oliver me mira. Uissss, cómo me mira. Está claro que no le gusta que le den toquecitos cuando hace algo mal y responde justo cuando le vuelve a sonar el teléfono porque le ha llegado otro wasap.