Todo bajo control, menos tú Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—¡Gordi, por favorrrrr! Yo no he avisado a la prensa.

¿Pero por quién me has tomado? Si hubiera sido yo, en la exclusiva saldría con fotos monísimas y hubiera ido a la peluquería.

—Resoplo. Maldigo cuando mi hermana, retirándose su oscuro pelo del rostro, añade—: Estaba haciendo lo que hace cualquier persona decente cuando va al baño, cotillear Instagram, cuando de repente, ¡SOCORROOOOOO!

Me salta tu boda. Aisss, gordiiiii, ¡casi se me sale el corazón por la boca!

Os llamé por teléfono a todos. A ti. A ti.

A ti. Pero ninguno contestaba e inmediatamente supe que era una conspiración contra mí.

Total, que mi plan B fue Rosalía, mi amiga de la agencia EFE.

¿Y sabéis? Tardó menos ella en encontraros que vosotros en invitarme.

Me confirmó la boda, me dijo que estabais aquí comiendo, y aquí nos tenéis.

¿Que la noticia le saltó en Instagram?

¿Que la agencia EFE lo sabe todo?

¿Pero cómo puede ser eso?

Miro a la señorita Pérez. Si mi hermana no ha sido, está claro que ella es la siguiente en la lista.

—Te estás equivocando —dice, antes de que pueda acusarla.

Los teléfonos móviles no paran de sonar. Es agobiante. Asfixiante. Rafael entra en el salón.

—Siento decirte que he contado más de doce medios de prensa. —Me mira con disgusto.

Mi cabreo va en aumento. La prensa nos está esperando. Todo el mundo sabe que me he casado por culpa seguramente de la que es mi mujer. Molesto, quisiera decirle todo lo que pienso, pero está mi abuela y he de contenerme.

—Yo no he avisado a la prensa —repite Yuls, que lee el gesto de mi cara.

—Ni yo —añade su amiga.

—¡Os creéis que soy tonto! —respondo, ofuscado.

—Si crees lo que das a entender, siento decirte que lo eres, ¡y mucho! —afirma la descarada de mi mujer.

Aprieto los puños. Esa chulería era lo que me faltaba.

—Creer o no creer depende de ti, Oliver —interviene la amiga—. Si no confías en nosotras, es tu problema, no el nuestro.

—Estoy contigo, Kapury —musita mi hermana.

—Kaory —corrige la señorita Pérez.

—Perdón, Kaory.

Pero yo no las creo. Las únicas personas que sabíamos el tema boda y dónde estábamos comiendo éramos los que estamos aquí.

Y la verdad, en Macarena confío. He ido cientos de veces a su restaurante a comer con otras mujeres y nunca ha aparecido la prensa.

En mi abuela, Altamira y Rafael también.

Solo puedo desconfiar de ellas, por lo que, molesto, miro a la chivata de mi mujer.

—Está visto que guardar secretos, señorita Pérez, no es lo suyo —siseo.

—Oye..., oye..., oye..., te estás pasando.

—¿Por qué la llamas «señorita Pérez»? —pregunta mi abuela.

Vale. Acabo de meter la pata. Yuls, molesta, mira a mi abuela.

—Ágata. No te preocupes —responde, rápida—. Que me llame así o que yo lo llame «señor Dávila» es un jueguecito íntimo que nos traemos entre nosotros.

—Míralos, qué juguetones —suelta Altamira sonriendo.

El corazón me va a mil. La prensa nos ha cazado.

—Señor Dávila, no hay más tonto que el que dice tonterías —me suelta mi mujer—. ¿De verdad cree que hemos sido nosotras?

—¡Vuelven a jugar! —se ríe mi abuela.

—Blanco y en botella, señorita Pérez —afirmo con seguridad.

—Pues te equivocas, mi vida, porque he sido yo.

Oír a mi abuela confesando me deja totalmente perplejo.

—Abuuuuuu, ¡¡eres mi heroínaaaaaaaa!! —exclama mi hermana entre risas—. ¡Qué jaque mate le acabas de hacer!

Yo, perplejo, miro a mi abuela.

—Te has casado —afirma—. Estoy orgullosa de ello y quiero que todo el mundo lo sepa.

Por lo que avisé a mi amiga Caritina, la directora de la revista Cuéntame , para que propagara la noticia.

Es más, cuando lleguemos a casa, habrá varios invitados esperando.

Organicé un cóctel íntimo y una cena para celebrar el maravilloso momento.

—No me jodas —murmuro tras cruzar una mirada con Rafael, que está tan sorprendido como yo.

—Esa boquita, señor Dávila.

Miro a la señorita Pérez. Me quito las gafas. Que me diga eso hace que me lleven los demonios.

—Le dije que no lo hiciera, Oliver —dice Altamira—, pero ya sabes cómo es tu abuela. Cuando se le mete algo en la cabeza, no para hasta conseguirlo.

Incrédulo y desconcertado porque la persona en la que más confío en el mundo hubiera hecho algo así, no sé qué pensar.

—La primera en la frente, patatita —me suelta mi mujer, con gesto molesto.

—Gordiiiii, ¡me encanta lo de «patatitaaaaa»!

Cierro los ojos y tomo aire. Lo hago o juro que voy a cometer varios asesinatos. Mi abuela, peinándose mientras se mira en un espejito que ha sacado del bolso, nos recomienda:

—Lo mejor es salir y confirmar la noticia. Tenemos gente esperándonos en casa. Rafael, avisa a José Luis para que venga con el coche.

Calor. Eso es lo que tengo ahora mismo, ¡un calor asfixiante! Pensar que en mi casa hay gente esperando para felicitarme por mi boda no es algo que me apetezca. Veo que todos hablan, y la señorita Pérez, agarrándome del brazo, murmura en un tono bajo:

—No entraba en mis planes nada de lo que está pasando ni tener una cenita con desconocidos.

—En mis planes tampoco entraba, señorita Pérez.

La miro. Me mira. Toma aire.

—Ponte las gafas —musita. Refunfuño un poco, pero le hago caso.

Luego señala—: Iré a esa cena, pero antes he de pasar por mi casa para recoger una maleta que preparé con algo de ropa y demás.

—Asiento. Me parece bien, y ella, volviendo a bajar la voz, cuchichea—: No quiero aparecer en la prensa. Saldré por el baño.

—¿Cómo que saldrá por el baño?

—El baño tiene una ventana por la que puedo...

No permito que termine. La agarro de la mano. Pero ¿y esa inconsciencia?

—Señorita Pérez, ¿se ha vuelto loca? —le susurro para que nadie nos oiga.

—No.

—Pero ¿cómo va a hacer eso?

Me mira. La miro. En sus ojos veo algo que hasta el momento nunca había visto.

—Dejé bien claro que mi finalidad no era salir en la prensa —dice con un hilillo de voz.

Resoplo. Su mirada me desconcierta.

—Lo siento, pero ahora es mi mujer y no voy a permitir que salga por la ventana del baño.

—No le suelto la mano—. Por lo que saldrá por la puerta, como el resto de mi familia y como una persona normal.

—Y, aferrándola con firmeza, miro a mi abuela y claudico—: De acuerdo, abuela, salgamos, y ya que has liado la que has liado, serás tú quien dé la exclusiva.

Mientras caminamos hacia la puerta, la señorita Pérez en un gesto rápido se suelta el cabello. Su pelo rojo rizado cae en cascada sobre su cara, y oigo a Kaory, que le dice:

—Baja la cabeza, y tranquila. Me pondré delante de ti.

Sus palabras llaman mi atención. Pero puedo entenderlo. No está acostumbrada a la prensa.

—¿Me dejarías tus auriculares, Javi? —pregunta, poniéndose su abrigo. Mi sobrino Javier mira a la señorita Pérez. No responde, y ella insiste—: Te los voy a devolver. Solo será un rato.

—Claro, tía Yuls —indica Javier, quitándoselos.

¡Otra vez «tía Yuls»!

La que es mi mujer se suelta de mi mano. Los coge. Se los coloca en la cabeza de una manera desastrosa y, tras poner ante mi sobrino su puño, este sorprendentemente se lo choca. ¿Por qué hacen eso?

Vuelvo a agarrar su mano. No me fío de ella y abro la puerta del restaurante. Como bien decían, allí se encuentra la prensa de todo Madrid. Mi hermana, junto a Altamira y Javier, sale, y Rafael empuja la silla de ruedas de mi abuela.

La prensa comienza a hacer cientos de preguntas y a lanzar sus flashes mientras nos empuja. Oigo a mi abuela que dice con voz alta y clara:

—Sí, amigos de la prensa, sí. Mi maravilloso nieto Oliver Dávila se ha casado con una preciosa y encantadora jovencita que, de momento, espero dejéis tranquila, y todos estamos muy felices.

Cuando los periodistas dan por hecho que la señorita Pérez es mi mujer, comienzan a lanzarle preguntas y fotografías, y ella se abraza a mí. Al notar su pulso acelerado a través de su piel, sin pensármelo, la abrazo y la protejo. No esperaba yo que fuera tan vergonzosa.

Ella incrusta su rostro en mi pecho. Se aprieta contra mí y yo, como puedo, sigo a Kaory.

Me indica dónde está aparcado el coche de mi mujer mientras veo que José Luis, el chófer, se abre paso entre todos ellos y con la ayuda de Rafael meten a mi abuela en nuestro vehículo.

Mi hermana, Altamira y Javier se meten también, y yo le indico a Rafa que me espere. Iré con él.

Sin pararme y protegiendo a la señorita Pérez, que se ha agarrado a mí como un koala, llegamos hasta el vehículo. La prensa nos rodea. Ella se mete en el coche y bajando la cara mira hacia el suelo. Está más que claro que no quiere que la fotografíen.

Cuando Kaory se monta en el vehículo miro a la que es mi mujer, que no despega los ojos del suelo. Recuerdo que me ha dicho que tiene que pasar por su casa para recoger su maleta y, poniéndole una tarjeta personal en su mano, indico con disimulo:

—Señorita Pérez, esta es la dirección de mi casa. Ahí las esperamos a las dos, no más tarde de las ocho y media, para celebrar la cena que mi querida abuela ha organizado con a saber Dios qué invitados.

No me mira. La prensa nos rodea. El coche conducido por José Luis arranca y se aleja y veo a Rafael que se acerca con su vehículo.

—No se le ocurra no venir —le advierto—, o tendrá problemas por incumplimiento de contrato.

A continuación, cierro la puerta. Con disimulo hago una fotografía a la matrícula del vehículo. Me encamino hacia el coche de Rafael esquivando flashes y preguntas, luego oigo el chirriar de unas ruedas y al mirar veo que es el coche conducido por Kaory, quien se aleja a toda velocidad.

Ya dentro del coche de mi amigo, cuando arranca, me llevo las manos a mi rostro. Lo que presuponía que sería algo discreto se estaba convirtiendo en todo un circo.

—Maldita sea, Rafael, ¡qué narices he hecho! —exclamo.