Capítulo 12 #2
—Le he dicho a Macarena, la hija de Altamira, que iremos a su restaurante a celebrarlo. ¿Qué os parece? —oigo decir a mi abuela con voz templada.
—¡Una excelente idea! —se suma Altamira.
Pero no. No lo es.
—Abuela... —empiezo a decir—. Yuls y yo tenemos que atender cosas de nuestros trabajos, y tú estás delicada y...
—Oliver —me corta—, quiero hacer algo especial en tu boda. Ya que no es una ceremonia con banda y fanfarria como me hubiera gustado, al menos, hagamos una comida para celebrarlo.
—Pero estás delicada —insisto—. No creo que sea bueno para ti que...
—Mi vida —me corta—. Mi felicidad es tal que necesito disfrutar al máximo este momento. ¡No sé cuánto me queda! No me lo niegues, por favor.
Ante sus palabras me agobio. No puedo decirle que no a aquello que desea.
—Pues no se hable más. Vayamos a ese restaurante a comer —dice la señorita Pérez con resignación.
Con la discreción que entramos en el notario, volvemos a salir.
Informo a mi abuela de que el coche de mi mujer está en el exterior y, así, nosotros bajamos al aparcamiento, donde nos espera José Luis con el nuestro.
No quiero que nadie nos vea salir del notario.
Y menos con ella, que lleva un ramo de margaritas blancas en la mano.
¿Pero estamos locos o qué?
La llegada al restaurante la hacemos con la misma discreción. Primero aparece Rafael en su coche y luego nosotros. Minutos después, la señorita Pérez y su amiga.
La hija de Altamira, por cierto, una excelente chef, nos mete en un saloncito privado del local que ya está preparado, porque mi abuela así lo ha programado, y me quedo de piedra cuando Macarena pone ante mí una caja.
—Tu abuela quiere que todos los teléfonos móviles estén aquí —señala.
Miro la caja y luego a mi abuela.
—Sí, mi vida, sí —dice ella—. Quiero una comida a la antigua usanza. Mirándonos a los ojos, charlando y sin teléfonos móviles que interrumpan.
Meto mi teléfono en la caja, y detrás de mí lo hace el resto. Al terminar, Macarena se los lleva y comienzan a servirnos una excelente comida mediterránea. Todo está exquisito y compruebo que la señorita Pérez tiene buen apetito.
Mi abuela disfruta. Ríe. Y yo río feliz al ver que mi boda ha conseguido que vuelva a estar tan animada y contenta. De hecho, no me ha dicho ni una sola vez que tiene fatiguita. Y eso me tranquiliza. Aunque tengo que frenarla para que no beba vino.
En cinco ocasiones la abuela dice eso de «¡Que se besen los novios!
», y yo rápidamente para que se calle, no vaya a ser que la oiga alguien en el comedor principal, beso con rapidez a mi mujer.
Es más, lo hago tan rápido que, a la tercera, Yuls me mira y me hace saber que tenga cuidado, porque casi le parto un diente.
Durante la comida, mi mujer y mi abuela hacen camarilla.
Hablan como si se conocieran de toda la vida, y eso me gusta.
Dudo que hubiera hablado alguna vez así con Vanessa.
Ver a mi abuela disfrutar de su «nieta», como dice ella, era lo que yo quería.
Y la verdad, de momento la señorita Pérez se está comportando de diez.
No le puedo poner ni un solo pero. Bueno, sí, que me llame «patatita». Eso tengo que atajarlo.
A las cinco de la tarde, tras brindar con champán por la boda y cuando estamos levantándonos para irnos, la puerta de la sala privada se abre y oigo:
—Gordiiii, ¡socorrooooo! ¡Te voy a matar!
—¡La que faltaba!
—¿Cómo te casas y no me dices nada?
¡Joderrr! Me quito las gafas. Sin mirar, ya sé que es mi hermana.
¿Pero quién le ha dicho lo de la boda?
—Que sepas que voy a pedir una repetición de la boda, ¡con hermana incluida!
En el salón entran ella y mi sobrino Javier con su monopatín bajo el brazo. Mi hermana va directa a abrazar a mi abuela mientras Javier se queda parado mirándonos con unos enormes cascos de música rojos en las orejas.
Miro a la señorita Pérez, que observa a los recién llegados, y me dispongo a informarla, colocándome las jodidas gafas.
—Mi hermana Lara y mi sobrino Javier.
Ella asiente. Lara, que gesticula exageradamente como siempre, la abraza.
—Soy Lara —se presenta—. La hermana del comandante Excel con el que te has casado. Y, por cierto, ¡no sabía ni que existías! —Mi hermana y la señorita Pérez se sonríen, Lara prosigue—: De verdad, cuñiiii, con la cara de simpática que tienes, qué mal gusto has tenido eligiendo marido.
Será...
—Laritaaaaaa —oigo a mi abuela protestar.
—A ver, abu. Seamos sinceras. Nosotras lo queremos porque ya le hemos cogido cariño, pero no podemos obviar que el capitán Control es un coñazo de tío, por mucho que lo queramos.
—Larita, por favorrrrrr.
—Es más, abu. Si el petardo este pudiera controlar la gravedad, ya habría pedido una reunión con Newton.
Oír eso me encabrona, y más cuando veo que todos, pero todos, ¡se ríen! Mi hermana no cambia. Le encanta meterse conmigo esté quien esté delante, y cuando voy a decirle cuatro cosas, la que es mi mujer responde con cierta picardía.
—Encantada de conocerte, Lara. Y, tranquila, el capitán Control no me intimida.
¡Otra...!
Se dan besos acompañados de un abrazo y, cuando se separan, mi hermana le quita a Javier los cascos de las orejas.
—Este es mi precioso y maravilloso bebé Javi —señala—. Cariño, saluda a la tía Yuls.
¡¿Tía Yuls?! ¿Pero qué dice mi hermana?
—Ella es mi amiga Kaory —oigo que dice «la tía Yuls».
Mi sobrino me sonríe mientras mi hermana y Kaory se saludan. Mi recién estrenada mujer se acerca a Javier.
—Qué guapa tu tabla, Javi —le dice.
—Gracias.
—¿Te mola el skate ?
—Sí.
—¿8.25?
—8.5
La señorita Pérez asiente.
—Lo imaginaba por los trucks que llevas.
—Toca la tabla. No sé de lo que hablan, pero se sonríen, y tras chocarse las manos de una manera que no entiendo, la señorita Pérez indica—: Por cierto, Javi.
Tengo unos auriculares igualitos a los tuyos, pero en rosa.
¿Son los JBL Live 770 NC? —Javier asiente—.
Me mola un huevo su potente sonido envolvente.
¿Ha dicho «mola un huevo»?
Mi sobrino me mira. Creo que le sorprende que mi mujer hable así y, esbozando una sonrisa, afirma:
—Molas, tía Yuls.
¿¡Tía Yuls!? ¡No me jodas!
Mi hermana, sumergida como siempre en su mundo de felicidad, da saltitos.
—Qué alegría conocerte, cuñiiii —grita, abrazándola—. ¡Por fin tengo una hermanaaaaaa!
Rafa me mira. Conoce como yo a Lara. Sabe lo excesiva que es.
—Cuéntame la verdad, cuñiii —cuchichea Lara, acercándose más a Yuls—.
Lo conociste antes o después de leer la letra pequeña.
—Bueno. Bueno. Esta ya está encabronándome cuando veo que la señorita Pérez y ella se ríen, y mi hermana añade—: Tranquila, cuñiii.
Llevo toda la vida entrenando para avergonzarlo delante de su pareja.
—Y bajando la voz le dice al oído—: Te iré traduciendo según hable en idioma hermano encabronado.
—Larita, por Dios, ¡basta! —se mofa mi abuela.
Me quito las gafas. Mejor que se calle. Porque como siga por esos derroteros, al final la vamos a tener.
—Eres una sabandija rastrera, ¿lo sabías? —me suelta.
—Uiss, lo que le ha dicho —veo que ríe Altamira.
—Larita, mi vida —protesta mi abuela—. No le digas eso a tu hermano. Y menos en el día de su boda.
—Exacto, abu, ¡el día de su boda! Pero ¡socorrooooo! ¿Cómo se le ocurre casarse sin mi presencia? Es más, abuela, porque no puedo, que, si no, te juro que lo desheredaba.
—Te recuerdo que para tu segunda boda te fuiste a Las Vegas y no nos dijiste nada —protesto.
—Gordiiiii, ¡qué memoria tan selectiva tienes! Justo te acuerdas de eso.
¿La mato o la mato?
Estoy pensando qué contestarle cuando ella se gira hacia la abuela:
—Y a ti, abu, no te voy a decir nada, ya que intuyo que no me lo has dicho porque el señorito marimandón te lo prohibió.
Pero que sepas que nunca pensé que lord Controlington me hubiese borrado de su vida, mandándome al departamento de familiares imprescindibles, y fuera capaz de casarse sin mí.
¡Me entraron ganas de matarlo! Si él no me quiere ni me necesita en su vida, ¿por qué lo voy a necesitar o querer yo?
—Hija, qué dramatismo —murmura Altamira.
—De pequeña quería ser actriz, como tú —se mofa mi abuela.
—Lo recuerdo.
—Y sigo teniendo talento —afirma Lara.
Mi hermana y yo nos miramos. Sin hablar nos entendemos a la perfección. Empieza a darme con su dedito en el hombro, y cambia su gesto dramático por uno chulesco.
—Que sepas que en cuanto me he enterado de que te habías casado, he recogido a Javi de sus clases de monopatín y aquí estamos.
—Sí. Me ha cortado todo el rollo, tío —interviene mi sobrino.
—Te quiero, gordi, y te adoro. Pero no me preguntes por qué tengo ese tonto sentimiento hacia ti, porque tampoco yo lo entiendo.
Acto seguido, me da un abrazo. Lo hace de esa manera tan especial que tiene ella de abrazar y que consigue que me diga lo que me diga lo olvide todo. Yo respondo igual y sonrío. Adoro a esta cabra loca que es mi hermana.
—Vale. Lo siento. Siento no haberte avisado —le hablo al oído.
—Con lo que yo te quiero, ¡gordiiii! Y tú vas y me haces esto —insiste.
La abuela nos mira. En su rostro veo esa sonrisa que pone cuando está feliz por vernos así.
—¿Cómo te has enterado?
Lara sonríe. Su sonrisa, tan parecida a la de mi madre, me llena el alma. Macarena entra en el salón con la caja de los teléfonos móviles, que no paran de sonar.
—Siento decirte, Oliver, que la prensa está en la puerta —me informa.
—No puede ser —murmura Rafael, saliendo a mirar.
—Cuando hemos llegado Javi y yo nos han frito a preguntas, gordi —afirma mi hermana.
Oír eso hace que el cuerpo se me descomponga. ¿Cómo que la prensa ya lo sabe?
Me quito las gafas. Miro a Lara con gesto acusatorio. La voy a matar.
—A mí no me mires así. —Levanta las manos y da un paso atrás.
—¿Y cómo quieres que te mire? —siseo, colocándome las gafas.