Capítulo 12
El miércoles por la noche, por fin, le conté a la abuela que el viernes me caso. A mi hermana no le diré nada. Paso, que me la lía.
La noticia, de entrada, la dejó totalmente parada, aunque, después, su alegría me hizo ver la felicidad que sentía. Para mí, ver su felicidad lo es todo. Solo quiero que sea feliz el tiempo que le quede y darle todo el amor y cariño que ella siempre me dio a mí.
El viernes por la mañana, al final, tengo que regañar a la abuela.
Está histérica con la boda, y, por primera vez en mucho tiempo, exige maquillarse y peinarse. Eso, en un principio, me alegra, pero, al verla tan acelerada, me preocupo. No quiero que los nervios empeoren su estado.
Cuando llegamos a la notaría, Altamira, la abuela y yo entramos en el edificio por el aparcamiento subterráneo. Lo hago por discreción, aunque a ellas no les digo nada. José Luis nos esperará allí con el coche. Pues mi intención es salir con la misma discreción que entramos.
Cogemos el ascensor hasta la quinta planta, donde el notario Juan Gómez Peñafiel de la Rosa nos espera. Él, al ver a mi abuela, la saluda encantado.
Suena el timbre del portero automático y miro mi reloj. Es la una menos diez y mi abuela mira la puerta de entrada como una niña deseosa de ver a su ídolo. Por fin va a conocer a esa maravillosa mujer de la que llevo meses hablándole, pero el que aparece es Rafael.
—¿Cómo está mi chica? —pregunta cuando la ve.
La abuela, sentada en una silla de ruedas, pues no quiero que ande y se canse, lo abraza.
—Feliz. Estoy feliz. ¡Se casa mi nieto! —responde.
Rafael le da un beso a Altamira.
—Que sepáis que estoy por decirle al notario que me case con las dos, porque no podéis estar más guapas —les dice a las dos mujeres.
—¡Serás adulador! —se mofa mi abuela.
—Si me hubieras pillado con cuarenta años menos, tú no te me escapabas, sinvergüenza —se ríe Altamira.
Rafael y mi abuela comienzan a hablar. Siempre han tenido una bonita relación. Altamira, que está a mi lado, me coloca la corbata.
Que invada mi espacio personal me incomoda, pero aguanto. Reconozco que soy bastante frío en cuanto a la cercanía. Pero no quiero ser un borde y miro mi reloj. La una y cinco minutos. ¡Llega tarde!
Está claro que a la mujer que se va a casar conmigo le gusta retarme.
—¿Has llamado a tu hermana? —me pregunta Altamira.
—No.
Su mirada me hace saber que no está de acuerdo con lo que he dicho.
—Me gusta ver que te has puesto la corbata que te compré —cambia de tema.
Tomo aire. Decirle que he cogido la primera que he pillado quedaría muy mal, pero cuando voy a contestar, suena el timbre del portero automático. Espero que sea ella. Nervioso y estirado, miro hacia la puerta cuando Altamira, que está a mi lado, cuchichea:
—Como la que entre por la puerta sea la presentadora estirada, te juro que sales por la ventana de la patada en el culo que te voy a dar.
Oírla hace que la mire con gesto malhumorado.
—Hola a todos —oigo a mi espalda—. Disculpad el retraso, pero es que se me ha roto el tacón del zapato cuando llegábamos a la notaría.
Me quito las gafas y me sorprendo al ver a la que va a ser mi mujer, vestida con un pantalón vaquero blanco, el cabello recogido en un informal moño y una camisa del mismo color.
Va acompañada de la que imagino que es su amiga con el zapato roto en la mano.
Mi abuela sonríe. Por su gesto sé que lo que ve le gusta, cuando la señorita Pérez, tras guiñarme el ojo como si tuviéramos complicidad, se acerca a mi abuela y se pone de cuclillas ante ella.
—Hola, Ágata, soy Yuls —se presenta—. ¡Qué ganas tenía de conocerte! Oliver me ha hablado maravillas de ti.
La sonrisa de mi abuela se expande. Aquel cálido saludo me hace sonreír hasta a mí.
—Yuls, ¡qué nombre más bonito! —responde mi abuela, posando su mano sobre la mejilla de ella.
—Gracias.
—Yo sí que tenía ganas de conocerte, mi vida, pero es que mi nieto no me quería contar nada de ti —apostilla mientras me coloco las gafas.
La que se va a casar conmigo me mira.
—Uissss, Ágata. Es que a veces es muy rancio —susurra con cierta guasa—, aunque también he de decir que mi «patatita» luego es un amorcito acurrucoso en las distancias cortas.
¡La madre que la parió!
¿Además de «rancio», me acaba de llamar «patatita»?
Mi abuela, Altamira, el notario y Rafael se ríen.
—Que lo llames «patatita» ¡es maravilloso! —exclama mi abuela.
De nuevo las dos se ríen.
—Uissss, Ágata, qué olor más dulce tienes —se fija la señorita Pérez.
—Gracias, bonita.
—Hueles como a cacao y chocolate negro.
Veo que mi abuela y Altamira se miran y se sonríen.
Rafael y la chica asiática pegan con pegamento el tacón del zapato.
—Ágata. Ella es mi hermana de vida, Kaory —la presenta—. Kaory, ella es Ágata, la abuela de Oliver.
Las dos se saludan con cariño.
—Altamira es mi hermana de vida también —explica mi abuela.
—Encantada, Altamira. —Se dan dos besos—. Ya me dijo Oliver que tenías unos ojos azules preciosos. Pero en persona son más impresionantes todavía.
Altamira, sorprendida por aquel halago y encantada, me sonríe. Desde luego, la señorita Pérez sabe manejarse mejor de lo que yo imaginaba. Luego se acerca a mí y empinándose me da un beso en los labios.
—Hola, cielo. ¡Qué guapo!
Me quedo en shock . ¡Me acaba de besar y llamar «cielo»!
Y cuando noto que Rafael me da un golpe en la espalda, salgo de mi mutismo y agarrándola por la cintura, como si fuéramos una pareja, saludo:
—Hola, cariño.
Mi abuela se lleva la mano al corazón. Que nos llamemos «cielo» y «cariño» está claro que la ha emocionado.
—¿Tu familia no viene a la boda, querida? —quiere saber.
La señorita Pérez, sin perder su sonrisa, niega con la cabeza.
—La única familia que tengo es Kaory.
Cuando la oigo decir eso me siento mal. Sé que tiene un hermano y una madre, porque ella los mencionó.
—Venga. Entremos en el despacho e iniciemos la ceremonia —apremia Rafael.
Cuando todos entran, yo agarro a la que va a ser mi mujer.
—Esto será rápido —le digo al oído—. Cuando termine la boda, ambos indicaremos que tenemos que atender nuestros trabajos y nos veremos esta noche en mi casa. Luego le doy una tarjeta para que tenga la dirección.
—De acuerdo.
—Mañana salgo de viaje por trabajo. —La detengo de nuevo, antes de que avance.
—Joderrrr, ¡es verdad! ¿Y me quedo sola con tu abuela?
—Señorita Pérez, ¿podría evitar las palabrotas, por favor? —Asiente. Sonríe. No sé si lo hace aposta. Yo añado—: Estaré fuera tres semanas.
—Joderrrrrrr. ¡¿Tres semanas?!
Lo sé. Es mucho tiempo.
—¿Adónde vas? —se interesa.
—A distintas capitales europeas. Temas de trabajo.
Espero que sepa comportarse como debe con mi abuela en mi ausencia.
Y, por favor, cualquier cosa que cuente, para tener una gestión eficaz de la situación, tiene que apuntarla en un cuaderno para que yo luego pueda tenerlo en cuenta y no meter la pata. Me gusta tenerlo todo bajo control.
Me mira. En sus ojos veo esa actitud retadora que no sé si me gusta o incomoda.
—Tranquilo. Lo apuntaré —afirma, y sonríe.
Ya en el despacho, veo que mi abuela está emocionada. Y mientras Rafael revisa con el notario la documentación para que todo esté bien, mi abuela, mirándome, murmura:
—Ella tendrá ahora una familia con nosotros. —Le hago un gesto de asentimiento. Me siento la peor persona del mundo—. Es perfecta. Me has dado una nieta perfecta —apostilla.
Miro a la señorita Pérez. Aunque va vestida informal, está muy guapa.
—Abuela, pero si no la conoces.
—La cara es el reflejo del alma, mi vida. Y esa chica tiene una mirada llena de retos, luz y encanto. ¿Pero tú has visto qué sonrisa tan bonita tiene?
—Claro que la he visto, abuela —afirmo sin mirarla.
—A tu hermana Larita ¡le va a encantar! —Oír eso me pone los pelos como escarpias. Prefiero que mi hermana y la señorita Pérez apenas se conozcan. La abuela cuchichea—: Me parece fatal que no le hayas dicho que venga.
—Abuela, no empecemos.
—Pero, mi vida, es tu única hermana y...
—Por favor —interrumpe el notario—, coloquémonos para comenzar con la ceremonia.
Por el rabillo del ojo veo que la novia se pone el zapato. Parece que el tacón se ha pegado, por lo que, finalmente y sin mirarnos, nos colocamos juntos. Con tacones me llega por el hombro. La verdad, no es muy alta.
Veo que el ramo de margaritas blancas que lleva en las manos se lo entrega a mi abuela, que lo sujeta con verdadero amor, y el notario comienza a leer los artículos del Código Civil que ya me he informado que son los reglamentarios para las bodas.
En silencio, todos escuchamos, y soy consciente de lo que estoy haciendo. ¡Me estoy casando! Por Dios, ¿pero qué locura estoy haciendo?
El notario pregunta si nos casamos libremente, y los dos asentimos, y pocos minutos después, tras colocarnos los anillos, nos declara marido y mujer.
¡¿Ya está?!
Mi abuela, levantándose de la silla de ruedas, me besa. Altamira también. Rafael me da la enhorabuena. La amiga de la que ahora es mi mujer hace lo mismo, y yo me limito a cabecear y no paro de pensar. ¿Qué narices acabo de hacer?
En una burbuja firmo donde me indican, como veo que firma la que ahora es mi mujer. Después, lo hacen los testigos. Incluso mi abuela y Altamira se animan a firmar, y luego rubrica el notario.
—¡Que se besen los novios! —exclama mi abuela.
En shock. Estoy en shock cuando la señorita Pérez, con una sonrisa que parece que se ha dibujado en el rostro, se acerca a mí y, sin hablar, me besa en la boca. Un segundo. Dos. Tres. Y cuando se separa, me mira a los ojos.
—Adoro tus besos, patatita —murmura, sabiendo que todos nos observan.
Me quito las gafas y sorprendido parpadeo.
¿Otra vez me ha llamado «patatita»?
Pero, vamos a ver, ¿esto a qué viene? Y, cuando voy a reprochárselo, veo que ayuda a mi abuela a sentarse en la silla de ruedas.
—Patatita, reacciona —me susurra Rafael.
Lo miro. Se ríe. Sabe que eso de «patatita» no me gusta nada. El notario entonces me hace entrega del acta matrimonial.
—Oliver, mi secretaria lo dará de alta en el registro civil en unos minutos —me dice.