Todo bajo control, menos tú Capítulo 11
20%

Capítulo 11

—¡¿Quééééé?! ¿Cómo que te casas el viernes?

—Lo que oyes.

—¿Pero con quién?

—Con un misil maniático y algo insoportable.

Estupefacta, mi amiga me mira mientras suena de fondo Love, Love, Love , de Stephen Sánchez. Después mira el contrato que le muestro.

—Ni le caigo bien. Ni me cae bien —le explico—. Pero solo serán seis meses y me resolverá el tema monetario relativo a mi madre, y eso, para mí, es lo esencial.

—Pero, Yuls...

—Y he mentido.

—¿Cómo que has mentido? ¿En qué?

—Me preguntaron si tenía un pasado turbio, y dije que no.

Al parecer, como el misil es un famoso y reputado galerista de arte, no quiere que nada manche la inmaculada imagen de su empresa.

Y he mentido y ocultado que Vicente está en la cárcel y es quien es.

—Kaory, mi mejor amiga, me mira con gesto de sorpresa mientras terminamos de poner el lavavajillas en el centro de acogida donde trabajamos—. Es una locura —admito.

—Y tanto que es una locura. ¡Verás cuando se lo cuente a Toni!

—Me río. Toni, su marido, un comercial de ordenadores muy simpático, siempre dice que me falta un tornillo—.

Me estás diciendo que te casas con un tipo al que no conoces y al que no le caes bien y que ya habéis firmado los papeles del divorcio.

—Asiento. Resoplo. La realidad es la que dice, y protesta—: No te entiendo. Te juro, Yuls, que no te entiendo.

—Normal. No me entiendo ni yo —matizo, recordando que Oliver, al día siguiente de la boda, se va de viaje.

Cuando nos secamos las manos, nos sentamos en la mesa de la cocina.

—Pero ¿quién es Oliver Dávila? —pregunta mi amiga.

Saco mi teléfono móvil del bolsillo. Busco la información que he encontrado en mi momento detective y le enseño una foto.

—Este.

Kaory me arrebata el teléfono de las manos. Lo mira.

—Pedazo de misil —murmura, tras unos segundos.

Sonrío. Sabía que diría eso cuando lo viera.

—He dicho que, como eres mi mejor amiga y mi hermana, serás mi testigo de boda —le anuncio—. Con Toni no he contado para no meterlo en este embolado.

—¿Tienes que ir vestida de novia? —pregunta ella, encantada.

—No. Es más. Creo que le daría igual que fuera vestida de novia o de hamburguesa. Me miraría de la misma manera.

Kaory parpadea y yo me río. ¿Pero de qué me río?

—¿Vas a decir lo de tu boda en el trabajo?

—No.

—Pero, Yuls...

—Nadie se tiene que enterar. No es necesario. Me casaré y seguiré trabajando como si nada —insisto—. No se lo pienso decir ni a Lucas. ¿Para qué?

Kaory asiente. Intuyo que piensa que me he vuelto loca, luego mira el teléfono y, con toda la tranquilidad del mundo, pregunta:

—¿Tu futuro marido ha salido con Úrsula Martínez, Romina Anglada y Elena Roca?

—Eso dice la prensa —musito—. Lo sé. Yo, comparada con ellas, soy poca cosa. Ni tengo sus medidas ni mido uno ochenta y...

—Perdona, guapa, pero ya quisieran ellas ser tú —me corta.

Eso me hace sonreír. Mido 1,68. Tengo los ojos marrones como el ochenta y cinco por ciento de la humanidad y no poseo grandes curvas.

Vamos, que soy una mujer de lo más normal y corriente.

Mi pelo es rizado, y reconozco que lo tengo bonito, aunque desde que llegué a Madrid me lo tiño de rojo.

¿Por qué? Para despistar a Vicente. Nunca buscará a una pelirroja.

Dicho esto, soy una mujer segura de mí misma. La vida y las situaciones que me han tocado vivir han hecho de mí una mujer observadora, pero atrevida. O lo era, o la vida me comía. Conozco mis fortalezas, pero también mis inseguridades. Porque sí, tengo inseguridades.

—¿Te imaginas que el misil, cuando te conozca, se enamora de ti?

Aquel comentario me hace reír a carcajadas.

—Ni lo busco. Ni lo quiero. Esto es una simple transacción para ambos.

Él necesita algo que yo le puedo dar, y viceversa.

Míralo así. Porque es lo correcto, y más cuando, ya sin estar casados, hemos firmado el divorcio sin poner fecha para poder presentarlo en cualquier momento si la situación es insostenible.

—Y luego dices que yo, por ser japonesa, soy fría.

—Tenías que ver cómo me miraba cuando le llevaba la contraria. —Y bajando la voz, cuchicheo—: Es divertidísimo ver cómo se quita las gafas desconcertado. Y cuando soltaba alguna palabra malsonante, tenías que ver cómo me decía: «Señorita Pérez, ¡modere su vulgar lenguaje, por favor!».

Kaory se vuelve a reír, y yo, mirando el contrato, leo:

—Cláusula uno, punto uno: prohibido enamorarse.

Punto dos: nada de numeritos de celos. Punto tres: prohibido el sexo.

Punto cuatro: nada de preguntas personales.

Punto cinco: evitar las llamadas telefónicas, a excepción de temas urgentes.

Punto seis: durante el contrato, el matrimonio pernoctará en habitaciones separadas.

Punto siete: importante respetar el espacio personal de cada uno.

Ninguno puede traspasarlo. Punto ocho: prohibido fumar en toda la casa.

—Luego dejo los papeles sobre la mesa sin terminar de leer los puntos que yo misma he incluido—.

¿Te puedes creer que ese rancio necesita que firmemos esto?

Porque, vale. Entiendo que firmemos lo de la separación de bienes, para que, llegado el momento, él se quede con lo suyo y yo con lo mío.

Comprendo la discreción por la boda, incluso que firmemos el divorcio.

¡¿Pero esto?! ¿Acaso se cree que me voy a enamorar de él o voy a querer sexo?

Kaory sonríe. Se encoge de hombros.

—¿Pero por qué os casáis? —quiere saber.

—Porque su abuela está muy enferma y no le han dado mucho tiempo de vida. Y parece ser que la ilusión de la mujer es ver a su nieto casado. Total, que se inventó que tenía una novia y le prometió a su abuela que celebraría la boda antes de que acabara febrero.

—Vaya tela.

—Por cierto, mi futuro marido, aunque nunca se confirmó, ha estado con Vanessa Smith, la presentadora. Y, al parecer, y esto lo sé de extranjis y no lo sabe la prensa, el misil le pidió que se casara con él, pero ella lo rechazó.

—¡¿Vanessa Smith?! ¿La guapa y sexi reportera de moda? —Hago un gesto afirmativo, y Kaory exclama—: ¡Qué fuerteeeeee!

Durante un rato cotilleamos a Oliver por la red. Vemos más noticias de él. Y oye, descubrir que colabora con hospitales y asociaciones me gusta. Eso sí que no me lo esperaba de él.

Pasado un rato, volvemos a hablar de mi madre y de mis sentimientos.

—Esta mañana hablé con la directora de una maxisupertrooper residencia para enfermos de alzhéimer en Móstoles.

—¿Y?

—Exclusividad y privacidad a tope. Nadie la encontraría allí.

—¡Qué ideal!

—Sí. Tan ideal que cuesta cuatro mil euros al mes.

—¡Qué barbaridad!

Estoy de acuerdo. Es una barbaridad.

—Si me caso con el misil es para poder costearle la residencia a mamá —explico—. El dinero que me va a pagar me permite mantenerla bien cuidada bastante tiempo. Incluso si me pasa algo a mí, mamá quedará cubierta.

—No digas eso, idiota.

Sonrío. Sé que no he de pensar así.

—Gracias por lo de idiota. —Kaory resopla. Yo suspiro—. Mañana mismo, si quiero, la puedo ingresar. —Kaory y yo nos miramos. Los ojos se me llenan de lágrimas y murmuro—: Aunque sé que es bueno para ella, tengo esa sensación de... de que la abandono.

Mi amiga entiende mis palabras.

—Creo que es lo correcto —me anima—, aunque entiendo que te sientas así.

Es tu madre y la quieres con locura. Pero en tu casa no le puedes proporcionar los cuidados que ella necesita y en esa residencia sí.

—Cabeceo. Las sensaciones que me invaden me tienen totalmente desconcertada; ella añade—: Sabes tan bien como yo que, si Clara pudiera opinar, te diría que la llevaras a esa residencia.

Te matas a trabajar para darle lo mejor, pero lo mejor es que ella esté atendida y tú puedas vivir.

Eso es lo que querría ella, y lo sabes tan bien como yo.

Tomo aire. Sé que tiene razón. Mamá no querría que yo estuviera pasando por todo lo que estoy pasando, pero, aun así, el corazón se me resiente.

—Me siento fatal —admito—. Me siento como una mala persona por el simple hecho de hablar de ello.

Kaory me entiende perfectamente, lo noto en su expresión. Pasa su mano por mi cabeza.

—En ocasiones, cuidar a alguien a quien quieres significa tomar decisiones difíciles —dice—.

Darle la ayuda que le vas a dar a Clara es tu forma de quererla y respetarla como madre.

No lo mires desde otro prisma, porque no sería el correcto.

Haces lo acertado y necesario. Haces lo que ella querría o lo que tú querrías si la situación fuera al revés.

Sé que está en lo cierto. Si la situación fuera al revés, yo no querría que mamá viviera con la presión que yo vivo. Sé lo que hay que hacer, así que tomo aire.

—Si llamo ahora a la residencia, ¿me acompañas mañana a llevarla? —le propongo.

—Por supuesto que sí.

Al día siguiente, tras llevar a mamá a la residencia, cerciorarme de que estará bien e indicarle, aunque dudo que me oiga, que iré a verla todos los días que pueda, cuando regreso al parking para marcharme, me siento rara.

Mamá está en un bonito sitio con jardín.

En un lugar estupendo con excelentes cuidados y profesionales, pero regresar a casa dejándola allí se me hace complicado.

—Ven, que te abrace. —Kaory comprende perfectamente mi estado.

Y, abrazada a mi mejor amiga, lloro. Lo necesito. Y, sin duda, me viene bien.