Todo bajo control, menos tú Capítulo 10
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Capítulo 10

Solo ha pasado un día desde que esa mujer estuvo en mi despacho y aquí estoy de nuevo esperándola para firmar un contrato que, sin duda, va a cambiar mi vida de alguna manera durante un tiempo.

¡Maldita sea! ¿Por qué le habré prometido una boda a mi abuela?

Rafael ordena metódicamente sobre la mesa los contratos por firmar, cuando yo miro el reloj y siseo:

—Le dije a las cuatro y son las cuatro y seis minutos.

—¿Qué son seis minutos si tu problema se resuelve?

—Algo me dice que su retraso es provocado. Que lo hace adrede.

—A saber...

Resoplo. Maldigo. Odio la impuntualidad, y algo me dice que esta mujer lo hace aposta. De repente, Diana abre la puerta.

—La señorita Pérez ha llegado —anuncia.

—Hágala pasar, por favor, Diana.

Instantes después entra esa mujer. Como pasó la otra vez, su entrada parece traer un soplido de aire fresco.

—Le dije a las cuatro —le recrimino, incapaz de callar—. No a las cuatro y seis minutos.

—Se equivoca. Son las cuatro y siete minutos —responde con rapidez, después de mirar su reloj.

Aquello me parece una provocación.

—No me gusta que me estén llevando continuamente la contraria —le espeto, acercándome a ella y quitándome las gafas.

—Y a mí no me gusta que me regañen por tonterías.

¿Cómo osa replicarme?

Nos miramos. Ella clava sus ojos en los míos. Tengo claro que sabe que es la única opción que tengo.

—Venga. Procedamos a leer los contratos y el divorcio y firmar —intercede Rafael.

Molesto, me muevo. Dejo de mirarla y colocándome las gafas me siento en la mesa. Ella hace lo mismo que el primer día que estuvo en mi despacho, antes de sentarse, ladea la silla. ¿Por qué hace eso? Pero Rafael comienza a leer y no lo pregunto.

Como abogado, Rafael procede a comentar toda la documentación. Cuando acaba, me mira y poniendo ante mí uno de los contratos, dice:

—Firma aquí, Oliver. —Acto seguido, le entrega otro a ella y señala—: Firma aquí, Yuls.

Veo que ella coge uno de los bolígrafos. Al hacerlo, soy consciente de cómo su mano le tiembla. Está nerviosa, aunque hace todo lo posible para que no se le note, y, sin mirarme, estampa su firma. A continuación, yo estampo la mía.

Rafael nos cambia los contratos. Volvemos a firmar. Y, tras rubricar el divorcio, nos informa:

—La boda se celebrará dentro de dos días. El jueves 26.

—¡El jueves no puedo!

La miro. ¿Cómo que no puede? ¿Pero esta de qué va?

—El jueves tengo doble turno en el curro —aclara, antes de que yo pueda protestar—. Le pedí a Pepe que me cubriera hace dos semanas por un tema de mi madre y me toca hacer su turno y el mío. Por lo tanto, el jueves imposible.

Ahora ya sé que tiene un hermano, porque lo mencionó el otro día, y ahora una madre.

—¿El viernes 27? —pregunta Rafael.

Veo que ella asiente.

—El 28 salgo de viaje —digo yo. La señorita Pérez me mira. Veo que mi viaje le da igual. Yo añado—: Estaré tres semanas fuera.

Se encoge de hombros. Definitivamente, le da igual.

—La boda se celebrará el viernes 27 de febrero en el despacho del notario Juan Gómez Peñafiel de la Rosa, a la una de la tarde —continúa Rafael—. Ahora te enviaré la dirección a tu teléfono, Yuls.

—¿He de ir vestida de novia?

Oír esa pregunta me hace entender lo desconectado que estoy de mi propia boda, pero no me importa cómo venga vestida.

—Con que aparezca será suficiente —digo con sequedad.

Yuls asiente. En su gesto leo que no le ha gustado excesivamente mi contestación.

—Como mejor amigo de Oliver —dice Rafael—, yo seré uno de los testigos que firmará en el acta, y...

—Kaory, mi mejor amiga, será el otro testigo —lo interrumpe Yuls.

Rafael, sin más, asiente.

—Aquí ya está todo firmado —dice, y guarda toda la documentación en una carpeta—. Lo siguiente será la boda fijada ante el notario. No os olvidéis tu amiga y tú de traer los DNI. Del resto de la documentación que presentar ya me ocupo yo. Toma, Yuls, una copia de lo firmado.

Yuls la coge, se levanta de la silla rápidamente y se dirige hacia la puerta.

—¡Hasta el viernes! —dice.

—Señorita Pérez. —Se para. Me mira—. Puede esperar un segundo, por favor.

—No me quita ojo. Como devolví el anillo de Tiffany que compré para Vanessa, ahora no tengo anillo para ella, y pregunto—: ¿Cuál es la talla de su dedo?

—Parpadea. Creo que no me entiende, así que aclaro—: Necesito la talla de su dedo para comprarle un anillo.

Veo que asiente. Se mira la mano y entonces me fijo en la cicatriz que tiene en ella.

—Un segundo —dice. Abre su mochila. De ella saca lo que parece un tique de la compra. Se lo enrolla alrededor del dedo con precisión quirúrgica, y con gesto serio pregunta—: ¿Tiene celofán?

Sin entender nada se lo entrego. La observo boquiabierto. ¿Qué va a hacer?

Corta un trozo de celofán y lo pega sobre el papel. Y con la delicadeza de quien desactiva una bomba, se lo saca del dedo y entregándomelo indica:

—Ahí tiene mi medida.

Boquiabierto, cojo lo que me entrega mientras ella sale por la puerta sin mirar atrás. Incrédulo, miro a Rafael. Jamás he ido a comprar un anillo con semejante muestra.

—Rey, ¡que te casas! —se mofa mi amigo, y me da un golpe en los hombros.