Todo bajo control, menos tú Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Estrictamente los necesarios. Sin pasarse —matiza, tocándose las gafas.

Me muestro de acuerdo. Será curioso abrazar a aquel témpano de hielo.

De improviso, suelta—: Permítame hacer un inciso, señorita Pérez.

Los contratos y sus cláusulas están para cumplirse.

Por lo tanto, en el caso de que acepte y firme, nunca olvide que, si incumple cualquier cosa del contrato, la denunciaré.

Anda, mi madre. ¡Y se pone chulito!

—Me parecerá bien, porque yo haré lo mismo. Lo denunciaré —aseguro sin titubear.

Levanta una ceja y noto que me carboniza con su mirada penetrante, pero no quiero dejarme impresionar, aunque lo esté.

—El tema de la boda lo sabrá su amigo Rafa, aquí presente, su abuela y ¿alguien más? —indago.

—Inevitablemente, el servicio que trabaja en casa, quienes, por supuesto, firmarán un contrato de confidencialidad; mi hermana, mi sobrino y Altamira, la mejor amiga de mi abuela. Es imposible que ella no se entere.

Asiento. Sé quién es esa mujer y, la verdad, ¡me hace ilusión conocerla!

—En mi caso, lo sabrá mi mejor amiga y hermana Kaory y su marido. Nadie más. Y bajo ningún concepto les haré firmar un contrato de confidencialidad.

Veo que Oliver mira a Rafa. Este punto se le escapa de su control.

—Sería interesante que sus amigos firmaran el documento —propone Rafa.

—Me niego —apostillo.

—Mi intención es que nadie se entere de... —insiste Oliver, con gesto tenso.

—Señor Dávila —le corto, levantándome—, soy una mujer pobre, pero honrada, educada y discreta, que valora su libertad e independencia como usted no se imagina.

Y le aseguro que mis amigos también lo son.

No lo conozco, pero ya me he dado cuenta de que a usted le gusta tenerlo todo bajo control, y a mí, disculpe, no me va a controlar.

Por lo tanto, llegados a este punto, y visto que alcanzar un acuerdo entre nosotros parece una misión de ciencia ficción, lo mejor es decirnos amablemente adiós, ciao o arrivederci y aquí no ha pasado nada.

Siga buscando entre otras candidatas y ¡suerte!

Uisss, qué chulita me he puesto. Me la acabo de jugar. ¿Por qué?

No entiendo por qué he dicho esto, cuando la primera necesitada de aceptar el puñetero contrato soy yo para poder darle a mamá lo que necesita.

Camino hacia la puerta mientras noto la tensión en el ambiente. Está claro que a este tipo le gusta tenerlo todo atado y bien atado y que lo he encabronado, como dice él.

—Señorita Pérez, regrese y siéntese —oigo a mi espalda. Me sorprendo. Me paro. No lo miro. Me rasco la ceja. Hago como que me lo pienso. Voy a aceptar, lo sé, pero que me suplique un poquito más; le oigo decir—: Por favor, señorita Pérez. Se lo pido por favor.

Ese segundo «por favor» desesperado me llega al alma.

¡Por Dios, ¿por qué soy tan empática?!

Su tono de voz nada tiene que ver con la severidad con la que me ha hablado todo el rato. Me doy la vuelta y me vuelvo a sentar. Vale. Soy una facilona, pero es que necesito el dinero para mamá.

Se hace un silencio de esos que se pueden cortar con un cuchillo.

Don Controlador y yo nos miramos a los ojos, y en ese instante tengo claro que nuestra convivencia va a ser, como cantaba Enrique Iglesias, una experiencia religiosa, por la cantidad de milagros que van a hacer falta para entendernos.

—Yuls —dice Rafa—, si estás de acuerdo con lo hablado, necesito para hoy mismo tu certificado de penales.

Una vez visto, añadiré las cláusulas que has indicado y mañana firmaréis los contratos y dejaremos preparado el divorcio, como te dije, sin poner la fecha.

Por cierto, no te lo he preguntado, pero imagino que nada en tu pasado es turbio o escandaloso, ¿verdad?

—Lo miro. Ya estamos otra vez con aquello, cuando añade—: Has de entender y tener muy pero que muy clarito que si tienes un pasado turbio que sale a la luz, a Galerías Dávila le puede hacer mucho daño.

Por lo tanto, es mejor ser sincera que ocultar algo que luego ocasione un daño irreparable.

Ufff... qué agobio me entra.

Si cuento lo de Vicente, seguro que don Controlador me echa del despacho, y eso supondrá no poder atender a mi madre como se merece, y tomando aire, miento, consciente de que estoy siendo tremendamente desleal:

—En mi pasado no hay nada turbio.

Rafa asiente. Veo que Oliver también.

—La boda se celebrará ante notario —dice.

—¿Notario?

—Discreción, señorita Pérez. ¿Lo ha olvidado? —musita Oliver, de nuevo con voz seca.

Me entran los calores de la muerte. Estoy entre reírme o denunciarme a mí misma por loca e imprudente. Lo que estoy haciendo no tiene nombre, y mi madre, si pudiera, estoy segura de que me mataría.

—Usted hace esto por amor a su abuela y yo lo hag...

—Le repito que no me interesa por qué lo hace usted —me corta con contundencia—. Solo diga si quiere seguir adelante o no.

Asiento. Este tipo es un imbécil cuadriculado y, aunque voy a cometer la mayor locura del mundo mundial, mi madre se merece tener lo mejor, así que tomo aire. Abro mi mochila, saco mi certificado de penales y poniéndolo ante ellos, que lo miran sorprendidos, pregunto:

—¿A qué hora firmamos?