Capítulo 9 #2
Rafa y Oliver hablan de ciertas cláusulas que he de aceptar. Yo quiero tener algo de voz y voto en aquel contrato, así que pregunto:
—¿Yo puedo añadir mis propias cláusulas?
—Por supuesto —afirma Rafa.
Sonrío. Si voy a firmar todo lo que él ha decidido, lo lógico es que él firme algo que yo decida.
—Quisiera incluir una cláusula en la que indique que el señor Dávila y yo tenemos que cenar juntos una vez a la semana.
Oliver abre los ojos como platos. Está claro que no le hace ninguna gracia.
—¿Y eso por qué? —se interesa.
—Pues, por ejemplo, porque puede gustarle a su abuela, ¿no cree?
Oliver acepta con un gesto desganado mientras veo cómo alinea los cuadernos que tiene ante él.
—Se me acaba de ocurrir otra más —continúo, simplemente por tocarle las pelotas.
Ahora lo oigo resoplar.
—¡Pero usted de qué va! —exclama.
Anda, mi madre, ¿de qué voy, dice este?
—Voy de persona que se quiere y se cuida —le suelto—.
Y si yo voy a aceptar casarme con usted, al que le gusta que los cuadernos estén perfectamente alineados y vivir en un sitio donde hay más normas que en un cuartel, quisiera que al menos usted acepte alguna norma dicha por mí.
—Parpadea. Me mira. Sin duda, vuelve a acordarse de todos mis antepasados, y yo digo con cierto retintín—: El café de la mañana será sagrado.
No hay que molestar hasta haber tomado la primera taza.
Eso lo quiero en el contrato. —Rafa sonríe.
Qué tocapelotas soy. A Oliver no le hace ni pizca de gracia—.
Y también quiero añadir poder cocinar algún día, si se me antoja, para la abuela.
Incrédulo, levanta las cejas. Me encanta desconcertarlo.
—Mi abuela lleva una alimentación muy sana y equilibrada —replica—. No suele comer comida basura .
¡Será idiota el tío!
Oliver me mira. Guauuuu, cómo me mira.
—Deseo añadir otra cláusula más. —Me entran ganas de ser todavía más puñetera—. En el caso de que se me antoje, quisiera tener la potestad de poder cambiar de sitio alguna cosa de la casa, sin temor a estar haciendo algo que esté prohibido.
—Perdone —gruñe Oliver—, es mi casa. No la suya y...
—Será mi casa durante seis meses, señor Dávila —le corto—. ¿Tan malo es que pueda añadir o cambiar algo de sitio? Y antes de que diga nada, debería saber que ninguna mujer llega a un sitio a vivir y no lo hace suyo. ¿Qué pensaría su abuela si no se me ocurre mover ni una servilleta?
Pone los ojos en blanco e intento no reír. Lo estoy desquiciando. ¡Me encanta!
Mi intención es simple. Quiero incluir cosas en el contrato para que vea que yo también tengo mis exigencias.
—Le recuerdo, señorita Pérez, que esto no es una boda por amor, sino un acuerdo y...
—Tranquilo, rey —lo interrumpo, sacando mi chulería—. No eres mi tipo.
Se quita las gafas. Uissss, que lo he tuteado y lo he llamado «rey». ¡Sacrilegiooooooo! ¡Que lo encabronooooo!
Eso no le ha gustado nada.
—¿Y cuál es su tipo, reina? —me sorprende preguntando.
Vale. Se ha picado. Míraloooooo. ¡Qué interesante cuando se enfada!
—Un hombre cariñoso, respetuoso y empático que sonría y me haga sonreír —digo de corrido, divertida por ver aquel pique en su mirada—. Y tú, rey, con lo rancio que eres, no entras en mi concepto de hombre ideal. Y que conste que me atrevo a decirte esto porque soy tu única opción.
Rafa suelta una carcajada. Le hace gracia el venenillo que acabo de soltar. A Oliver no. Es más, cuando se incomoda o sorprende, me he dado cuenta de que se quita las gafas y viendo cómo me mira por lo de «rey» y «rancio» vuelvo al distanciamiento.
—Permítame decirle, señor Dávila, que si alguna vez se va a cagar en alguien por algo que diga o haga que le incomode, que sea en mi padre.
Mi madre es sagrada. —La carcajada de Rafa vuelve a llenar el despacho, y yo, viendo de nuevo el desconcierto en la cara de Oliver, tomo aire y pregunto, conociendo la respuesta—: Imagino que en las normas o cláusulas se incluirá que tendremos habitaciones separadas, ¿verdad?
—Por supuesto, señorita Pérez —afirma con seriedad Oliver, colocándose las gafas—. No pretendo tener ningún tipo de intimidad con usted.
Asiento y realmente lo entiendo. Comparar a Vanessa Smith conmigo es como comparar a una bicicleta con un Ferrari.
Por supuesto que el Ferrari soy yo, aunque la bicicleta, que es Vanessa, esté hecha de oro y diamantes.
Pero oye, mientras lo pienso, no sé por qué sonrío.
Bueno, sí. Sí lo sé. Aquel individuo de gesto serio y altivo, que se encabrona con mirarlo, tiene pinta de ser ardiente en la cama.
—¿Puedo saber a qué se debe esa sonrisa? —le oigo decir.
De inmediato se me borra la sonrisa. Decirle que me río porque lo imagino como una bomba sexual, creo que, con lo tieso que es, le va a ofender.
—Quiero incluir en el contrato otra cláusula —respondo, desviando su pregunta.
—Por Diossss... ¡esto es ridículo!
—Vale —claudico, sabiendo que se debe de estar acordando, una vez más, de todos mis antepasados—.
No incluiré la de que sonreír una vez al día es obligatorio, porque creo que, si lo hago, a usted, señor Dávila, le saldría sarpullido.
—Uisssss, creo que me va a mandar a la mierda, pero ignoro su gesto y remato—: Como tendré mi propia habitación, quisiera tener el privilegio de poder decorarla a mi gusto.
Por lo tanto, esa cláusula también quiero incluirla.
Veo que Oliver asiente. Rafa lo apunta.
—¿Tendré que llamarle siempre «señor Dávila»? —vuelvo a la carga—. Lo digo porque mentalmente es agotador. Y porque dudo que su abuela crea que nos hemos casado por amor.
Su gesto incómodo me hace saber que entiende lo que digo.
—Ante mi abuela seremos Oliver y Yuls, y nuestro comportamiento será afectuoso.
—¿Afectuoso en qué sentido?
Vale. Me gusta ver su gesto incómodo. Joder. Está guapo hasta molesto.
—Necesitaremos mostrar el afecto que tendría una pareja enamorada y recién casada —responde.
—Vamos —añado con picardía—. Lo que vienen siendo besitos, abracitos y cariñitos.