Capítulo 9
Cuando entro en el baño del fondo de la planta a la derecha me tiembla todo.
¿Pero qué estoy haciendo?
¿Acaso me he vuelto loca?
Cuando me ha preguntado si tenía un pasado turbio he dicho que no, pero ahora me angustio. Aunque no tengo antecedentes penales, durante una época de mi vida me llamaron «la hija del pirómano asesino». Una etiqueta que mamá y yo logramos quitarnos de encima cuando nos marchamos de donde vivíamos.
El pasado turbio lo tiene mi padre. Nosotras no. El delincuente y mala persona es él. Nosotras no. Siempre he defendido los derechos de mamá y los míos. Siempre he odiado que nos etiquetaran. Pero me guste o no, siempre nos relacionarán con lo que ocurrió y con el maldito canalla que lo originó.
Resoplo. Y entonces maldigo al pensar en ese nubarrón oscuro que siempre tengo sobre mi cabeza.
Llevo años intentando escapar de él, pero es imposible.
Aunque corra, me persigue. Y, aunque soy una mujer positiva, siempre hay una parte de mí que cree que nada me saldrá bien en la vida por culpa de ese nubarrón.
Acabo de oír hablar de unos contratos en unos términos que reconozco que se me escapan, y apenas puedo respirar.
¿Pero en qué me estoy metiendo?
Si algo tengo claro es que la primera que no quiere filtrar esa noticia ni a la prensa ni a nadie soy yo.
Parte de mí se avergüenza por lo que estoy a punto de realizar.
Pero otra parte de mí me empuja a que lo haga por el bienestar de mi madre.
Total, solo serán seis meses. Y ya directamente firmaré el divorcio para dejarlo todo preparado.
Los hombres no me intimidan. Mi padre me ha hecho perder el miedo al género masculino, pero reconozco que el tal Oliver, por su manera de mirarme, me pone nerviosa, aunque no se lo demuestro.
En mi mochila llevo mi certificado de antecedentes penales, aunque le he dicho que no lo he traído y no sé qué hacer. ¿Se lo enseño o no se lo enseño? ¿Le hablo de mi padre o no le hablo?
Después de echarme agua en la cara y recogerme el pelo en una coleta alta, voy a salir cuando se abre el aseo de al lado y sale la secretaria del señor Dávila. Al hacerlo me sonríe, se acerca y se remanga la camisa que lleva para lavarse las manos.
Inconscientemente, mis ojos se fijan en unas marcas que tiene en el antebrazo. Las reconozco. No son las primeras que veo de esa índole.
—¿Cómo te has hecho eso? —pregunto, sin poder evitarlo.
La mujer me mira. Tiene un buen trabajo y una apariencia impecable. Nada que ver con las mujeres con las que trato en el centro a donde voy a dar clases de defensa personal.
—¿De qué hablas? —se sorprende.
Con la mirada le señalo los cardenales. Ella reacciona de inmediato. Se baja la manga de la camisa.
—Me di contra una puerta —responde.
No la creo, y ella lo sabe. Estoy a punto de recordarle que hay un teléfono, el 016, que podría ayudarla, pero, en cambio, otras palabras salen de mi boca:
—Si tú no lo paras, ese ser no parará. Sé que da miedo, pero tienes que denunciar. No te avergüences por lo que te pasa, porque quien se tiene que avergonzar es esa mala persona por lo que te hace.
Se seca las manos rápidamente y se va. Ver aquello me apena. Y me apena porque sé que hasta que ella no tome la decisión, nada en su vida cambiará.
Cinco minutos después salgo del baño convencida de lo que voy a hacer. Al fin y al cabo, es un simple paripé que durará seis meses y que no implica ni afecto ni sexo. Solo casarme y ser discreta para que nadie rasque en mi pasado. Al hacer eso podré ayudar a mamá.
Cuando entro en el despacho, Oliver y Rafa me miran. Ocupo la silla donde estaba antes, pero vuelvo a ladearla para no quedar de espaldas a la puerta, cojo los papeles que ha expuesto Rafa y los ojeo. Él continúa precisando los términos de aquel acuerdo.
Aclarado el tema del contrato y el del divorcio, me explica que tendrá una duración de seis meses; especifica las condiciones monetarias mensuales el tiempo que estemos casados; y enumera cláusulas o normas. Madre mía, esto parece el ejército, ¡qué cantidad de normas!
Y entonces, cuando oigo comentarios como que no habrá sexo, entre otras cosas, no puedo evitar reírme.
Pero, vamos a ver, ¡que yo no quiero nada de aquel rancio, excepto su dinero!
Con disimulo miro al todopoderoso Oliver Dávila. No es un tipo guapo de manual, pero es de esos que cuando los ves atraen tu mirada porque tienen ese algo especial. Pero vamos, de pensar que es atractivo a que yo me enamore de él ¡va un mundo!
Rafael, Rafa, vuelve a hablar de la posibilidad de que filtre yo la noticia a la prensa.
—¿Y si la prensa se entera sin que yo se lo cuente? —pregunto con curiosidad.
—Señorita Pérez —indica el estirado de Oliver—, sabemos cómo descubrir la verdad.
—A ver. Reconozco que, hasta hace tres días, no sabía quién eras tú...
perdón, usted, señor Dávila. Y sí. Estos días he cotilleado por internet y ya he visto que es un soltero muy apreciado por las mujeres.
Poseedor de varias galerías y empresas de arte.
Que dinero no le falta y que últimamente se lo relacionaba con la presentadora Vanessa Smith, aunque nunca confirmaron su romance.
—Oliver clava su oscura mirada en mí. Creo que está pensando que soy una grandísima cotilla de la prensa rosa, pero antes de que intervenga, yo prosigo—: Le aseguro que la última persona que quiere que se sepa que me he casado con usted sería yo.
Tengo mis propios motivos personales para...
—Sus motivos personales no me interesan.
Pero sí me interesan los míos. Es más. Si finalmente firma el contrato, incluiré una cláusula que indique que están prohibidas las preguntas personales entre nosotros.
Y otra en la que diga que, si mi abuela le pregunta por su familia, ha de decirle que no tiene.
No quiero que ella se preocupe por ellos. ¿Le queda claro?
Oír eso hace que me suba hasta la bilirrubina. Será imbécil.
—Yuls, pregunta lo que quieras —dice Rafa.
Más que preguntarle, le saltaría los dientes al idiota que me mira con ese aire de superioridad.
—Lo que voy a preguntar suena fatal —digo—, y espero que tu... su abuela dure mucho tiempo. Pero si nos divorciamos a los seis meses y sigue viva, ¿no cree que la hará sufrir?
El misil me mira con gesto hosco. Pero entiende mi duda.
—A finales de agosto, sean las circunstancias que sean, se tramitará directamente el divorcio y usted desaparecerá —zanja—. De ahí que dejemos ya firmados los papeles.
Asiento. Está claro que lo tiene todo pensado.
—Usted, señor Dávila, ¿tiene antecedentes penales? —contraataco.
Uissss, cómo me mira. Se quita las gafas. Que yo le pregunte semejante cosa creo que le ha molestado.
—Pretende encabronarme, señorita Pérez.
¡Anda, mi madre! ¿Pero este de qué va?
—Modere su lengua, señor Dávila —respondo con toda la tranquilidad del mundo. Vale. Se lo he dicho para encabronarlo más, y por cómo me mira lo estoy consiguiendo—. Al igual que usted me preguntó a mí si yo tengo antecedentes penales, ¿dónde está el problema en que yo se lo pregunte a usted?
Veo que él, con las gafas en la mano, mira a Rafa.
—No, señorita Pérez. No tengo antecedentes penales —responde, finalmente.
—¿Seguro?
Vale. Soy una tocapelotas. Pero no estoy haciendo nada que él no hiciera. Él se levanta, abre un cajón y coge una hoja.
—Ahí los tiene —me la entrega.
¡Ahí va, qué fuerteeeeee!
Miro el papel. Lo cojo. Lo examino en silencio. Pero estoy tan nerviosa que no veo nada. Luego lo dejo sobre la mesa.
—Era solo para cerciorarme —suelto, mirándolo.
Me mira. Uissss, cómo me miraaa.
Por cómo lo hace, leo en su cara que se está acordando de todos mis antepasados. Pero no puedo evitar divertirme ante su desconcierto.
—Si la prensa se entera de nuestra boda, ¿no cobraré los cien mil euros tras el divorcio? —quiero saber.
—Si hay algo que no aguanto ni soporto es a aquellos que priorizan el dinero por encima de las personas. Pero, viendo lo mucho que le importa ese tema —responde el imbécil—, se lo aclaro. Si la filtración la hizo usted, y se demuestra, por supuesto que no.
—¿Y si se demuestra que no fui yo?
—Indiscutiblemente, cobrará el dinero pactado. Soy un hombre de palabra.
Asiento. Tengo bien claro que no pienso filtrar nada a la prensa.
—¿Podré continuar con mi trabajo estando casada con usted? —pregunto.
—Por supuesto que sí. —Bien. Eso me agrada. Él añade—: Señorita Pérez. Su vida personal es suya. Solo necesito que sea discreta, cariñosa con mi abuela y se comporte como mi mujer ante ella.
—Y si la prensa se entera de que estáis casados, y por consiguiente todo el mundo —matiza Rafa—, tendrás que comportarte ante todos como su encantadora mujer. Deberás acompañarlo a cenas, exposiciones y demás, por lo que ciertos hábitos tuyos tendrán que cambiar.
—¿Hábitos míos?
—Olvídese de poner copas por la noche en un bar y ser chófer de nadie —señala Oliver—. Mi mujer no necesitaría hacer eso.
Lo miro. Estoy de acuerdo. Me haga gracia o no, entiendo lo que dice.
—¿Puedo seguir viviendo en mi casa? —indago.
—No. Ha de dormir en mi casa o mi abuela sospechará.
Pienso en mi madre. Si firmo ese contrato, podré ingresarla en el lugar que ella necesita para su mayor bienestar y no necesitaré ir a dormir por las noches a casa.
Eso me apena. Siempre he vivido con ella.
Nunca he estado sola. Pero intentando no emocionarme por el batiburrillo de sentimientos que siento dentro de mí, afirmo con un gesto, y pienso eso de «mente fría».
Irremediablemente me acuerdo de Mar. De aquella maravillosa vecina que nos ofreció ayuda cuando pasó todo lo que pasó.
Durante los primeros años de la enfermedad de mamá, ella, como médico, aun desde la distancia era quien me aconsejaba para muchos aspectos de la vida, pero, por desgracia, Mar ya no está, y no me puede aconsejar.
Mi casa es un pequeño pisito de alquiler de cuarenta metros y no quisiera perderla. Es mi hogar. El único hogar fijo que he tenido durante ocho años y quiero conservarlo, con todo lo que implica.