Capítulo 8
La mañana ha sido movida en la oficina y el comienzo de la tarde también con distintas reuniones y solución de problemas. De hecho, hoy no he comido, pero ya cenaré cuando llegue a casa.
La exposición de la semana anterior ha sido todo un éxito, y varios inversores y coleccionistas siguen interesados en comprar algunas de las obras del neoyorquino John Fieldmand.
Mientras hablo por teléfono miro el reloj.
Las cinco y media. Hace media hora que tenía que haber llegado la camarera del local, y eso me enfada.
Acaba de incumplir la primera orden que le di.
Le dije que estuviera a las cinco y ya son las cinco y media, por lo que esa mujer está descartada.
Por suerte, Rafa vendrá con la última opción.
Al colgar el teléfono me pongo a mirar mi correo en el ordenador cuando Diana, mi secretaria, entra en el despacho.
—Señor Dávila, la señorita Pérez está aquí —anuncia.
¡Pérez! Recuerdo que ese era el apellido de la camarera, pero, molesto por su impuntualidad, replico.
—Dígale a la señorita Pérez que ante su falta de puntualidad ya no tengo tiempo para recibirla.
Diana asiente y sale, pero al cabo de unos segundos la puerta se abre de par en par y oigo:
—Lo sé. Llego tarde. —Al levantar la cabeza del ordenador me encuentro con una chica pelirroja con el cabello suelto que, ante una horrorizada Diana que intenta sacarla del despacho, trata de disculparse—.
Pero ya sabes cómo es la ley de Murphy. Basta que tengas prisa para que pase algo y pasó.
Se estropeó el autobús y tuve que esperar al siguiente.
¿Pero quién se cree esta para, primero, entrar en mi despacho como un elefante en una cacharrería y, segundo, para hablarme así?
—¿Nos conocemos de algo, señorita Pérez? —pregunto, quitándome las gafas.
—No.
—¿Y por qué me tutea? —La osada sonríe. Será... Y cuando va a hablar yo no la dejo—: Señorita Pérez, puede darme todas las explicaciones que desee, pero nada me hará cambiar de opinión. Usted ya no me interesa.
Aquella mujer de pelo rojo parpadea. Se echa el cabello hacia atrás de una manera que para mí es pura chulería.
—Pues no deberían darle igual, señor Dávila —replica. Ahora me llama de usted—. A veces pasan cosas en la vida que son impredecibles, ¡y esta es una de ellas!
—¿Y por qué no ha cogido un taxi para llegar a tiempo?
—Porque no todos podemos permitirnos ese lujo. ¿Le parece una buena y educada respuesta o me busco otra más mordaz?
Me replica. Esa mujer está teniendo la osadía de replicarme, pero sé que tiene razón. Siempre he sido un privilegiado por haber nacido en la familia en que nací, pero soy consciente de que no puedo admitir algo así.
—Escuche, señorita Pérez. Lo crea o no, entiendo lo que dice —digo, y mintiendo añado—: Pero ya he encontrado a la persona que necesitaba. Por lo tanto, si es tan amable de marcharse de mi despacho, se lo agradecería.
Según digo eso veo cómo la decepción toma su rostro. Su mirada retadora pasa a otra que no sabría descifrar y, cuando voy a insistir, indica:
—De acuerdo, señor Dávila.
Y, sin más, sale de mi despacho y mi secretaria con gesto apurado la sigue.
Tomo aire. Regreso a mi asiento cuando me suena el teléfono. Es Rafael.
—Hola, dime.
—Malas noticias, Oliver.
—¿Qué pasa?
—La opción que quedaba me acaba de llamar para decirme que o le pagamos el doble o no acepta.
Lo que acabo de oír me hace levantarme de nuevo. ¡Maldita sea! Odio a las personas que priorizan el dinero por encima de los demás y de los sentimientos. Eso me hace ver que no son de fiar porque se venden por los euros.
Durante unos segundos me quedo callado. Puedo pagarle el doble a aquella desconocida, pero no me da la gana.
—Rafael. Ven a mi despacho, ¡ya! —exclamo, mirando hacia la puerta—. Todavía nos queda la camarera que conocimos el otro día.
—¿Pero te has vuelto loco?
—Posiblemente.
—Oliver, ¡no sabemos quién es!
—Lo sé. Pero creo que me voy a tirar a la piscina sin flotador. Ven a mi despacho ¡ya! —afirmo convencido.
Tiro el teléfono sobre la mesa y camino hacia la puerta. Al abrirla veo a mi secretaria sentada en su sitio.
—¿La señorita Pérez qué ascensor tomó? —le pregunto.
—El dos —responde.
Cogiendo el teléfono que Diana tiene sobre la mesa, marco el número del vigilante jurado de la entrada y espero a que responda.
—Soy Oliver Dávila. Por favor, necesito que a la señorita de pelo rojo que va a salir del ascensor número dos le indique que debe volver a subir a mi despacho —le ordeno—. Dígale que se ha dejado algo olvidado.
Cuelgo y luego me dirijo hacia el ascensor.
Soy un mentiroso. Ella no se ha dejado nada olvidado e, impaciente, veo que el ascensor dos llega a la planta cero.
Allí está parado unos minutos y entonces vuelve a subir.
Primera planta, segunda, cuarta, séptima y, cuando se detiene en la octava y se abren las puertas, ahí está.
Durante unos segundos nos miramos.
—¿Qué me he olvidado? —pregunta ella.
—Por favor, señorita Pérez, sígame.
Me doy la vuelta camino de mi despacho, y sé que ella viene detrás de mí por el gesto de Diana al verla y porque huelo su perfume. Por cierto, un olor muy agradable.
Entramos en el despacho, cierro la puerta y me vuelvo a mirarla.
—No se ha dejado nada —admito—. Pero necesitaba que regresara para hablar con usted.
—¿De qué?
—Del tema del que ha venido a informarse. —Ella enarca las cejas. Está sorprendida, y añado—: Por supuesto, si sigue interesada, claro está.
Durante unos segundos nos miramos. Veo que ella recorre con sus ojos color avellana cada centímetro de mi rostro, como estudiándome.
—¿Le ha fallado la mujer que esperaba? —pregunta.
¡¿Cómo puede saber eso?!
—Así es. Me ha fallado —reconozco, sin querer mentir—. Ha pedido más dinero, y si algo me asquea y no soporto es a las personas que priorizan el dinero por encima de los demás y sus circunstancias.
Ella asiente. Veo que esboza una ligera sonrisa.
—¿Entonces soy su única opción? —quiere saber.
No pienso contestar a algo así. Rodeo mi mesa, me siento y llamo por el interfono a mi secretaria.
—Tráiganos, por favor, Diana, dos cafés —le digo cuando entra.
—Yo prefiero agua —replica aquella.
—¿Con gas? —pregunto.
—Sin gas. Del grifo me vale.
—Tráigale agua del tiempo, Diana.
—La prefiero fría y si tiene hielo, mejor —matiza como retándome.
—El hielo es malo para la garganta.
—Ese es mi problema, ¿no?
Cuando Diana se marcha y cierra la puerta, miro a la chica, que, hasta ahora, no ha hecho más que llevarme la contraria. Está claro que no es una buena opción, pero aun así le señalo una silla.
—Puede sentarse, señorita Pérez.
Ella asiente. Pero agarra la silla y la ladea antes de sentarse. Eso me sorprende, pero no digo nada.
Sigue aferrada a la mochila que lleva. Durante unos instantes nos miramos.
Me sorprende su cabello tan rojo y sus ojos color avellana claro.
La noche que la vi en el Lux, llevaba el cabello recogido en un moñito y, sinceramente, no me fijé en ella.
Miro su vestimenta. Deportivas blancas. Camiseta azul celeste.
Vaqueros rotos de esos que ahora se llevan.
¿En serio ha venido a mi oficina tan informalmente vestida?
Me mira. Me sostiene la mirada.
—¿Qué fue lo que oyó realmente la otra noche? —pregunto, por fin.
—Que buscaba una mujer discreta, educada y sin antecedentes penales para casarse en menos de una semana en separación de bienes durante seis meses.
Necesita una esposa por un tiempo por algo que le ocurre a su abuela y que las condiciones económicas eran cincuenta mil euros el día de la boda.
Tres mil euros al mes mientras dure el matrimonio.
Y cien mil euros una vez que se firme el divorcio si se ha llevado todo con discreción.
Asiento. Está claro que puso la oreja bien.
—Mi abuela está muy enferma y su ilusión siempre ha sido verme casado. De ahí mi urgencia por casarme en tan poco tiempo.
—Uiss, por Dios, siento mucho lo de su abuela —murmura—. Ojalá la urgencia fuera por otra cosa.
—Pues sí. Ojalá.
De nuevo el silencio nos rodea.
—¿Sus padres están de acuerdo con la boda? —quiere saber.
—Mis padres murieron.
—Uisss. Lo siento otra vez.
Veo en su mirada el apuro por haber hecho la pregunta.
—Mi abuela es la persona que me ha criado y mi mayor valor en la vida. Todo lo que pueda hacer para que sea feliz estoy dispuesto a hacerlo cueste lo que cueste.
Asiente. Por cómo me mira, sé que me entiende.
—¿Cómo se llama su abuela? —se interesa.
Que me pregunte eso me sorprende.
—Ágata.
En su rostro veo una bonita sonrisa.
—Ágata es un nombre precioso —admite. Oír eso me agrada y ella aventura—: Intuyo que ella no sabe que usted busca una mujer para hacer este tipo de farsa, ¿verdad?
—Intuye bien —afirmo con seriedad.
Diana abre la puerta y entra con el café y el agua. Veo que deja ambas cosas sobre la mesa y sale de nuevo.
—Si acepta continuar, firmará un contrato —le explico—. Y quiero que sepa que, para mí, nuestro trato, nuestra palabra, vale más que un contrato. —Asiente. Se ríe. ¿De qué se ríe? Pero sin querer preguntar prosigo—: ¿Ha traído el certificado de antecedentes penales?
—No. —Eso me desconcierta, y ella precisa—: Antes de enseñarle algo tan personal, disculpe y llámeme rarita, pero quiero saber de qué va todo esto. Soy de las que deciden si quieren hacer algo o no ellas solitas.
Aunque me joroba que me hable con esa chulería y no haya traído lo que le he pedido, lo entiendo.
—¿Tiene antecedentes penales?
—No.
—¿Seguro? —insisto. Me mira. Su mirada es desafiante, y creo que mi duda la ofende—. Simplemente es para cerciorarme. No quiero que la que se convierta en mi mujer tenga un pasado turbio que pueda saltar a la prensa y me perjudique en mi negocio.
—No me joda...
—Señorita Pérez, le agradecería que moderara su vulgar lenguaje.
Hace un gesto afirmativo con la cabeza tan seguro que la creo.
—Mi nombre es Oliver Dávila Bernabé —especifico—. Tengo treinta y ocho años. Nacido en Madrid. No tengo hijos ni he estado casado, y soy el propietario de las galerías de arte Dávila. Eso es todo lo que necesita saber de mí.
—Ok.
—Su nombre, Yuls, ¿es diminutivo de Julia?
—No.
—¿Entonces?
—Me lo puso mi hermano, y eso es suficiente.
Vale. Tiene un hermano. Pero no quiero indagar más.
—¿Su edad? —pregunto.
—Treinta y cinco.
—¿Tiene hijos?
—No. Ni he estado casada.
—¿Es de Madrid?
—Vivo en Madrid, pero nací en Ávila.
—¿Tiene redes sociales?
—No.
Eso me sorprende. ¿Quién no tiene redes sociales hoy en día?
—¿Y el motivo de que no las tenga es...?
—Motivos personales —sentencia.
Vale. Por ahí no voy a seguir profundizando, pero me hubiera venido bien que las tuviera. Allí podría haber visto qué vida tiene y qué tipo de mujer es.
—¿Sus apellidos son?
—Pérez.
—¿Solo Pérez?
Por cómo se le curva la boca, sé que le incomoda la pregunta.
—Brusei.
—¿Su trabajo es ser camarera?
Ella achina los ojos. Mis preguntas cada vez le molestan más, pero responde:
—Trabajo en un centro de acogida de menores. Pero también de camarera, chófer o lo que salga.
—Yuls Pérez Brusei. Treinta y cinco años. Nacida en Ávila. Trabaja en un centro de acogida para niños, soltera, sin hijos, sin redes sociales, sin antecedentes penales y sin un pasado turbio. Eso es todo lo que necesito saber de usted.
Suenan unos golpecitos en la puerta. Diana entra y anuncia:
—El señor Martínez ya está aquí.
—Hágale pasar, por favor.
Instantes después, Rafael entra. Mira a la mujer que está conmigo y entendiendo que ella sí que es mi última opción, me pregunta:
—¿Ya habéis podido hablar?
—Apenas. La señorita Pérez ha llegado con media hora de retraso.
Rafael la mira. Veo que ella se encoge de hombros.
—Soy Rafael Martínez —se presenta, y le tiende la mano—. Pero puedes llamarme Rafa. Y déjame decirte que, además de estar encantado de conocerte, ese que nos mira con cara de cabreo es un maniático de la puntualidad y el control, entre otras cosas.
—Yuls Pérez. —Estrecha su mano—. Creo que me han quedado claras sus manías. Encantada de conocerte también.
Los dos se ríen. A mí no me hace ni puñetera gracia.
—Por favor, Rafael, explícale a la señorita Pérez el contrato y sus cláusulas —corto yo de un plumazo aquellas risitas tontas.
Rafa saca los documentos, que pone ante ella.
—En el caso de aceptar, tendrías que firmar un contrato con diferentes cláusulas, entre ellas la separación de bienes —explica—. También habrá un apartado en el que se comente si la boda es descubierta o no por la prensa.
—¿Eso qué significa?
—Significa que, si filtras la existencia de vuestro enlace a la prensa, la bonificación final en el momento del divorcio será de cero euros.
En el caso de que nadie sepa nada, cuando llegue el divorcio, se te ingresarán los cien mil euros.
Por cierto, los papeles del divorcio, para evitar futuros problemas, se quedarán firmados y lo único que quedará pendiente por rellenar será la fecha.
Lo digo para que lo sepas y esté todo claro.
Observo a la señorita Pérez. Mira a Rafael sin parpadear mientras este habla detallando los términos de los contratos. Empiezo a pensar que ha dejado de respirar.
—Necesito ir al servicio —pide de pronto, y se levanta.
—Tienes uno detrás de ti en el despacho —le señala Rafael.
Pero no. No quiero que una extraña entre en mi baño personal.
—Señorita Pérez, mejor salga del despacho y vaya al baño que hay al fondo de la planta a la derecha. El baño que tengo en mi despacho es solo para mi uso. No me gusta que me invadan mi espacio personal.
—Sin problema —dice ella, encogiéndose de hombros.
Cuando abandona el despacho, Rafael me mira y con gesto serio mueve la cabeza.
—Un poquito de empatía, por favorrrrrr —me recrimina.