Capítulo 7
Tengo un dolor de cabeza tremendo.
Padezco de migrañas y, cuando me atacan, me dejan para el arrastre. Pero tengo que trabajar. No puedo parar. Así que me tomo un naproxeno, le doy un beso a mamá, que se queda en la cama mirando las estrellas fluorescentes del techo, cojo el coche y me voy hacia el Lux. Esta noche trabajo allí.
Tras saludar a algunos compañeros que ya conozco, el encargado del local me hace saber que hoy estaré sirviendo en sala.
Suspiro. Hoy, tal y como estoy, me hubiera venido bien estar en barra, pero, sin más, acepto y voy a cambiarme de ropa.
La migraña, gracias a lo que me he tomado, desaparece poco a poco.
Ataviada con mi uniforme con pajarita y mi moñito para recoger mi rizado pelo rojo, hablo un rato con mis compañeros. A las once abre el local y la gente comienza a llegar con ganas de pasarlo bien mientras suena por los altavoces del local la canción God Was Showing Off , de Bruno Mars.
Con diligencia atiendo a los clientes que van llegando mientras los observo. Soy muy observadora.
—Disculpe, señorita —oigo a mi espalda.
Rápidamente me doy la vuelta y me encuentro con un grupo de personas que me indican con amabilidad lo que desean tomar.
Mientras apunto en mi iPad el pedido, no sé por qué me fijo en uno de ellos.
Es un tipo de esos que se miran, pero no se tocan.
Un «misil». Su apariencia impone tanto que creo que hasta las normas se cuadran cuando él pasa.
El misil es alto. Me saca más de una cabeza. Es moreno, espaldas anchas bajo su impoluta americana negra y, aunque no se quita las gafas que lleva, soy consciente de que tiene unos ojos oscuros y penetrantes.
—¿Y usted desea tomar algo, señor? —le pregunto.
Él me mira. ¡Pedazo de misil!
—Ron con Coca-Cola —responde con gesto educado.
—¿Ron añejo, blanco o dorado?
—Blanco, por favor —aclara.
Con una sonrisa, asiento. Qué educadito. Y una vez que tengo todo el pedido en mi iPad, me alejo hacia la barra para solicitarlo.
Mientras Tomás prepara el pedido, yo con disimulo vuelvo a mirar al misil. Uf... si de cerca está bien, ya no digamos de lejos. Y por cómo lo miran otras mujeres de la sala, creo que piensan lo mismo que yo.
Minutos después, regreso hasta el lugar donde están los clientes y cuando estoy dejando las bebidas sobre la mesa oigo:
—Oye, bomboncito... bomboncito...
Sé que ese «bomboncito», en aquel tono vacilón, va por mí.
Como siempre, hay clientes respetuosos como los que estoy atendiendo y otros que se creen con derecho a llamarme como les dé la gana por el simple hecho de estar trabajando allí.
El misil se da cuenta de cómo me llaman esos tipos. Y tras cruzar una seca mirada conmigo, saca la tarjeta de crédito de su billetera y me dice con cierta frialdad:
—Señorita, cóbrese todo, por favor.
Paso la tarjeta por el datáfono que llevo colgado en mi cintura cuando oigo de nuevo:
—Eh... pelirroja...
Veo que el tipo al que le estoy cobrando mira por encima de mi hombro.
—Un momento, por favor. La señorita está ocupada —dice con voz de ordeno y mando.
Yo le sonrío. Es mi manera de darle las gracias por aquel detalle y, cuando acabo de cobrarle, me vuelvo hacia los impresentables que requerían mis servicios y les atiendo. Eso sí. Comienzan a vacilarme y, la verdad, eso a mí me pone mala, pues mi mecha no es excesivamente larga.
Al final, tras pasar de sus tonterías, solicitan un par de gin-tonics . Con seriedad y profesionalidad se los pido y les sirvo y, cuando me alejo, me contengo para no darles un cabezazo a cada uno al oír cómo me llaman «muñequita».
Sigo atendiendo a los clientes que quieren beber en el local mientras tarareo la canción Gorilla Grip , de Greg Shilling, cuando, de pronto, noto que algo me da en el trasero.
Al volverme para mirar veo que aquellos dos tipos, que van algo pasados de bebida, se ríen, y resoplo.
No puedo demostrar que me han dado una palmadita.
Pero ya son muchos años sirviendo copas y sé lo que tengo que hacer.
Por ello, cuando un rato después vuelvo a pasar cerca de ellos, me las ingenio para que las tres cervezas que llevo en la bandeja acaben sobre ellos, y con mi mejor gesto angelical les pido disculpas y me preocupo por lo ocurrido.
¡Qué mala pataaaaaa!
El encargado del local se acerca ante el escándalo que están montando aquellos dos impresentables. Y yo, con tranquilidad y maestría, me defiendo de algo que sé perfectamente que he hecho.
—Gerardo, ha sido por mi culpa —oigo que dice alguien a mi lado. Al mirar a mi derecha me sorprendo al ver que es el misil—. Me he movido —prosigue con gesto serio— justo cuando pasaba la señorita y la he desequilibrado.
Mi encargado asiente. Por lo que veo, se conocen y no duda de lo que dice ni un segundo, mientras que yo sé que miente como un bellaco. Instantes después, el misil se aleja sin mirarme, y mi encargado, al ver a aquellos dos con ganas de gresca, me indica:
—Mejor ponte en la barra tres.
Asiento. La barra en la que me reubica es la más tranquila y, la verdad, con el dolor de cabeza que llevo es lo mejor que me puede pasar. Cuando mi encargado se va, paso al lado del tipo que no sé por qué ha dado la cara por mí.
—Gracias —murmuro, mirándolo.
Él asiente, y luego sigue de conversación con su acompañante, y yo, más feliz que una perdiz, me voy a la barra tres.
La hora siguiente la paso sirviendo tras la barra. De pronto veo que se dirige hacia donde yo estoy el misil con otro tipo. Hablan y se comunican mientras yo termino de preparar unas bebidas.
—¿Qué desean los caballeros? —les pregunto.
—Cardú con hielo —indica el del pelo claro.
Y cuando el que me defendió se dispone a pedir, pregunto:
—¿Ron blanco con Coca-Cola?
Él levanta las cejas y hace un gesto afirmativo. Creo que le ha sorprendido que recordara su anterior comanda, y yo diligentemente preparo lo que han pedido, les sirvo, cobro y sigo trabajando. No estoy, como ellos, de ocio.
Se quedan en la barra charlando. Por sus gestos parece tratarse de una conversación seria, y yo, que soy bastante curiosa, oigo a trozos su conversación.
—Te lo dije, Oliver. Te dije que Vanessa no iba a aceptar. ¿Por qué has ido a hablar con ella?
—Lo sé, Rafael. Pero, ¡joder!, pensé que iba a ser más empática y entender mi situación. Y si fui ayer a su casa fue porque me llamó y me dijo que quería hablar conmigo. Pensé que quizá se lo había pensado y me comprendería.
—¿Esa diva divina entender tu situación? Por favor, Oliver, si es una ridícula que no se entiende ni ella.
Vale. El misil se llama Oliver y el otro, Rafa. No sé quién es Vanessa, pero está claro que a Rafa no le cae bien.
—A ver, Rafael —dice el tal Oliver, tras tomar aire—. Vanessa y yo estábamos bien como estábamos. Y la verdad, en la cama nos entendemos muy bien.
—No jodas que ayer os acostasteis.
—Sí. Pero no volverá a ocurrir.
Vale. Vanessa debe de ser el rollete que tenía. Digo «tenía» porque ha hablado de ella en pasado.
Rafa, el del pelo claro, da un traguito a su bebida y luego la deja sobre la barra.
—¿Tanto te gusta Vanessa? —le pregunta.
—¿A quién no le gusta Vanessa?
—A mí. Es insufrible.
—¡Rafaaaaaellll!
Los dos sonríen.
—Lo reconozco —admite el misil—. Vanessa me gusta mucho. Y sigo pensando en ella.
—¿Pero cómo se te ocurrió prometerle algo así a tu abuela?
—No lo sé.
—¿Y cómo se supone que se resuelve una boda si no hay novia?
Uissss, ¿han rechazado al misil? ¡Qué fuerteeeee!
Vale... vale... vale... ¡esto se pone interesante!
Oliver, que hasta bonito tiene el nombre, se encoge de hombros.
—Se resuelve encontrando a una mujer discreta que se case conmigo en separación de bienes —suelta—, en menos de una semana y durante seis meses.
¡¿Cómoooo?!
Me quedo boquiabierta. ¿He oído bien? Ahora sí que sí necesito enterarme bien de aquel jugoso cotilleo, así que pego más la oreja.
—Las mujeres que cité el otro día en mi despacho no me gustaron nada —dice el rubio.
—A mí tampoco. Y que preguntaran todo el rato por el dinero me causó rechazo. No soporto a la gente tan materialista.
—Y luego está el inconveniente de que por la premura no da tiempo a...
—No necesito saber nada de ellas. Con enterarme de que no tienen antecedentes penales, me vale.
—Pero, Oliverrrrr.
—Rafael. Te lo dije. Estoy dispuesto a lo que sea por nuestra chica.
—Oliver, ¿pero no ves que es una locura?
—Locura o no, es lo que necesito. No busco amor. Ni amistad. Ni nada que nos una. Solo necesito a una mujer discreta y educada que se haga pasar por mi esposa ante mi abuela y la haga feliz hasta que... que...
Ambos se miran. Se emocionan. Yo con disimulo sigo poniendo copas, un tanto alucinada por lo que estoy oyendo.
—El lunes tengo citada a otra mujer en mi despacho e iremos al tuyo para que la entrevistes —dice Rafa—. Pero es la última. No hay más, a no ser que ya quieras tirarte a la piscina sin flotador.
—Gracias, amigo. Seguro que esa mujer, me guste o no, me valdrá.
—Pero que te quede claro que la mujer que acepte algo así, bajo mi punto de vista, es alguien que está o muy loca o muy desesperada.
—No me cabe la menor duda.
¡Qué fuerteeeee!
Yo estoy totalmente sorprendida.
—La verdad —prosigue Rafa, tras dar un trago a su copa—. Cincuenta mil euros el día de la boda. El tiempo que estéis casados, tres mil euros al mes y, una vez que firméis el divorcio, cien mil euros si se ha llevado con discreción por su parte... ¡es un chollazo!
¡¿Cómo?! ¡¿Qué?! ¿En serio?
Boquiabierta ante aquello, mi mente comienza a calibrar.
Hablan de mucho dinero. De un dinero que a mí me vendría de perlas para darle a mi madre los cuidados que necesita.
Oliver necesita casarse durante seis meses con una mujer, por algo que tiene que ver con su abuela.
Él necesita. Yo necesito. Y, además, no tengo antecedentes penales y soy la persona más discreta del mundo por la cuenta que me trae. ¿Y si hago la locura de mi vida?
Se alejan de la barra. Se integran de nuevo en el grupo inicial en el que vi al misil mientras en mi mente trato de procesar todo lo que he oído.
Sé que es una locura, pero me ayudaría para lo que necesito.
Una hora después, cuando veo que se marchan, sin pensármelo dos veces, salgo de la barra y los sigo.
Ya fuera del local, corro hacia ellos. Necesito alcanzarlos y, sin pensármelo, o si no, no lo hago, me planto delante del tal Oliver y lo freno.
—Soy Yuls Pérez y sin querer os he escuchado —le digo de carrerilla—. Me interesaría saber más sobre la boda.
—¿Pero qué dices? —se sorprende el rubio.
Pero yo lo tengo claro. Necesito el dinero para darle a mi madre los cuidados médicos que precisa, e insisto, mirando al tal Oliver, que me observa con gesto serio:
—Puedes tacharme de loca, desesperada o insensata. Lo asumo y lo admito todo porque no me conoces y no sabes quién soy. Pero soy tremendamente discreta y, por supuesto, educada, no tengo antecedentes penales y te lo puedo demostrar. Dicho esto, me gustaría escuchar la proposición al completo.
Rafa y Oliver se miran. En sus rostros veo la sorpresa. El segundo se mete la mano en el bolsillo de la americana. Saca una tarjeta y la pone en mi mano.
—El lunes la espero a las cinco de la tarde en mi despacho para hablar de ello con un certificado de penales —me dice.
Pienso a toda velocidad, y me doy cuenta de que es sábado y lo que me pide para el lunes es un poco ajustado.
—El lunes dudo que tenga ese certificado de penales. Imagino que...
—¿Tiene usted DNI electrónico? —me corta.
—Sí —afirmo.
—Si lo tiene, puede obtener el certificado de antecedentes penales de forma inmediata —explica—, a no ser que exista algún problema. —Mira, eso no lo sabía. Él repite—: El lunes a las cinco en mi despacho.
—Podría, pero sobre las cinco y media.
—He dicho a las cinco —se pone serio.
Vale. No voy a discutir con él por aquello. Llegaré cuando pueda.
—Allí estaré —concedo, mirando la tarjeta.
Y sin pensar en nada más, me giro y camino de nuevo hacia el Lux para seguir poniendo copas mientras mi mente da vueltas y piensa en si será acertado lo que estoy dispuesta a hacer.