Capítulo 6
El sábado, cuando me levanto y me pongo mis gafas para ver mejor, pues tengo algo de miopía, me acerco a la ventana.
Descorro las cortinas y contemplo el bonito jardín de mi hogar a las afueras de Madrid, concretamente en La Moraleja.
Sin moverme, veo cómo los jardineros podan los setos y mis ojos se van derechos hacia las flores que mi abuela plantó cuando era pequeño y que siguen ahí porque ella siempre las cuidó y quiero que las siga cuidando.
Pienso en Vanessa. La noche anterior terminé en su casa teniendo sexo. Reconozco que la añoro y me dolió que unos días antes me rechazara. ¿De verdad no siente nada por mí?
No he podido parar de pensar en qué hacer con la dichosa boda.
En un momento de debilidad, al ver a mi abuela mal, me inventé que había conocido a una maravillosa chica de la que creía que me estaba enamorando y, al ver la ilusión en sus ojos, le prometí que me casaría con ella antes de final de mes.
¿Pero qué tontería he hecho?
Yo mismo me he metido en una absurda mentira de la que ahora no sé cómo salir sin dañar el corazoncito de mi abuela.
La realidad es que, aunque he comenzado a buscar alguna candidata, con ayuda de Rafa, no he encontrado a nadie.
Empezando porque nadie me da el buen rollo de casarme, aunque sea de mentira.
Pero le he dado muchas vueltas y creo que lo mejor es que me sincere, asuma mi error y le cuente la verdad.
Pues, conociéndome como me conoce, no sé cómo no se ha dado cuenta de que le miento, cuando ella siempre ha dicho que es capaz de saber lo que pienso hasta por mi forma de respirar.
Está visto que su enfermedad le está afectando.
Me meto en la ducha. El silencio y el sonido del agua al caer sobre mi cuerpo me relajan. Me destensan.
Al salir, ya reconfortado, me acerco hasta mi vestidor y me pongo ropa de deporte. En la habitación contigua a la mía y con acceso directo sin tener que salir al pasillo, he montado un bonito gimnasio que utilizo menos de lo que esperaba.
Durante unos segundos dudo entre el gimnasio o salir a correr. Y finalmente, pensando en mis perros, a los que les encanta acompañarme cuando corro, me decido por lo segundo.
Recibo un wasap de Rafa en el que me recuerda que hemos quedado esta noche en el Lux para tomar algo a las once y media. Tenemos que hablar.
Tras colocarme las zapatillas de deporte y las gafas, salgo al pasillo y me encamino hacia la habitación de mi abuela. Quiero verla. Necesito comprobar que está bien y hablar con ella con urgencia. Cuando entro no me sorprendo al encontrarme allí con Altamira.
Altamira y yo nos miramos. Nuestro encuentro de hace unos días en la galería no terminó muy bien.
—Desaparezco discretamente —dice, levantándose de la cama—, como todo grandísimo personaje, cuando la escena se llena demasiado.
—Dijo Mari Dramas —murmura mi abuela.
—Iré a por un poco de café a la cocina —afirma Altamira.
Cuando desaparece, miro a mi abuela. Sus ojeras están más oscuras y pronunciadas e incluso la veo pálida. Excesivamente pálida. Me acerco a ella para darle un cariñoso beso en la mejilla.
—¿Cómo está hoy mi chica preferida? —le pregunto.
Sonríe. Le encanta que la llame así.
—He tenido días mejores —responde con voz cansada. Me siento en la cama y, cuando voy a hablar, ella pregunta—: ¿En serio sales con otra mujer o realmente sales con la estirada de los sucesos?
Vale. Altamira y ella han hablado.
—No tengo por qué mentirte —respondo, incapaz de ser sincero—. Pero me niego a tener que darle explicaciones a Mari Dramas. —Nos miramos en silencio unos segundos. Me siento la peor persona del mundo—. Abuela. Tengo que hablar seriamente contigo en referencia a lo de mi boda. No sé si...
Se lleva la mano derecha a la cabeza. Sus párpados se cierran. Permanece así durante unos segundos que a mí se me hacen eternos y cuando abre los ojos, con voz lastimosa, murmura:
—A... gua. —Le doy lo que me pide sin demora. Me acojono. Tengo miedo de perder a la mujer más importante de mi vida y, cuando termina de beber unos sorbos, susurra—: Aisss, no sé si decirte que venga el médico, un cura o el notario.
—¡Abuelaaaaa, me estás poniendo muy nervioso!
Su mirada apagada y su rostro blanquecino tocan mi corazón.
—¡Qué fatiguita tengo, mi vida! —dice muy bajito, cogiendo mi mano.
—No me asustes.
—Qué malita estoy...
—Abuela, tranquila.
—Siento cómo la vida se me va...
Agobiado por lo que dice, diligentemente le coloco bien las almohadas. Quiero que esté cómoda. No sé cómo la descerebrada de mi hermana puede decir que la abuela está perfecta. Cuando termino, me vuelvo a sentar a su lado.
—¿Qué querías comentarme de la boda? —pregunta—. ¿Tenemos fecha?
Noto que mi cabeza hace un gesto afirmativo sin que yo pueda controlarla. Me quito las gafas.
—Última semana de febrero —contesto—. Dame unos días y te lo concreto.
Feliz, la abuela sonríe. No tengo el valor de decirle que todo es una mentira. No quiero matarla yo del disgusto y sigo mintiendo como un malnacido.
—Asistir a tu boda antes de morirme es lo único que quiero —reconoce ella.
—Abuela, no digas eso.
Asiente con pesar y me acaricia la mejilla.
—¿En el notario sin invitados ni fiesta? —quiere saber.
—Sí.
—Pero, mi vida, una fiesta siem...
—No estás tú para fiestas —le corto.
Ella cierra los ojos un segundo y vuelve a abrirlos.
—¿Se lo dirás a tu hermana? —se interesa.
—No.
—¿Y a tus tíos?
—Tampoco.
—Pero, mi vida, ¿no crees que se van a molestar?
Pienso en mi hermana y en tía Marta y tío Julián. Hermanos de mi padre. Mi relación con ellos es inexistente. Si nos vemos dos veces al año es mucho.
—Si se molestan es su problema —zanjo—. No el mío.
Me mira. Mueve la cabeza con gesto de desaprobación y toma aire.
—Quiero conocer a esa mujer que ha llegado a tu corazón... —me pide.
—¡La conocerás!
—Y que te quiere tanto que acepta una sosería de boda ante un notario antes que una ceremonia con fiesta y diversión. —No digo nada. ¿Para qué? Ella continúa—: Imagino que tienes claro que esa mujer te conviene y no dará pie a un escándalo que nos pueda perjudicar a las galerías.
—Todo controlado, abuela. Tú por eso no te preocupes.
—¿Me puedes decir cómo se llama? Por favor... por favor... cuéntame algo de ella.
¡Joder!
¿Qué le digo?
—Tiene carácter —suelto sin saber qué decir, ante su mirada ojerosa.
La abuela asiente. Eso le gusta.
—¿Y su nombre es? —insiste.
—Dejémoslo en el aire.
—Mi vidaaaa...
—Abuela. Todo llegará. —Me recoloco las gafas.
—¿Dime al menos a qué se dedica?
—Uf... explicar su trabajo es complicado. Pero te aseguro que te gustará.
—Oliver, tú ibas para político. Qué bien esquivas preguntas.
Su comentario me hace sonreír, le doy un beso en la palma de la mano.
—Te agradará mi novia. Lo sé.
¿Que le gustará mi novia?
¡¿Pero por qué he dicho esto?!
¿Cómo estoy diciéndole que le va a gustar alguien que no existe?
Sonríe. Sonrío. Odio lo que estoy haciendo. Pero no se me ocurre otra cosa para hacerla feliz.
—Tu hermana tan loquita y tú tan prudentito —señala, y me aprieta la mano—. Con lo complicadito que eres, esa novia tuya tiene que ser alguien muy especial.
—Abuelaaa...
—A ver, Oliver —insiste tras unas toses—.
Eres como tu padre. Reservado. Maniático.
Poco expresivo. Y excesivamente responsable para tener solo treinta y ocho años.
Y, oye, lo de que seas responsable está muy bien, pero, mi vida, de vez en cuando hay que darles vacaciones a la seriedad y a la responsabilidad.
—Resoplo. Prefiero no contestar, pero ella sigue adelante—: Creo que la última vez que hiciste algo por impulso tenías dos años.
—Abuelaaaa...
—Nada que ver con tu madre, mi preciosa hija Paloma, que era todo luz, locura y sonrisas.
Justo como es Larita. —Vale. Mi abuela me acaba de llamar soso y aburrido en toda mi cara, aunque matiza—: Eso sí.
Eres guapo a rabiar como lo fue mi Damián.
—Se le ilumina la cara al hablar de mi abuelo—.
El muy jodío me conquistó en la verbena de San Isidro y a los veinte días, sin apenas conocernos, nos escapamos y nos casamos en secreto para horror de nuestros padres.
La que se lio fue tremenda. Mi padre casi me mata.
Pero fuimos tan felices que lo volvería a hacer mil veces más.
—Sonrío. Conozco la historia de mis abuelos.
Ella prosigue—: Te conozco mejor que nadie en el mundo, mi vida, y si has decidido casarte con esa mujer es porque has visto en ella algo muy especial.
Eres un hombre reservado y comedido que nunca hace nada por impulso.
Y si ella ha llegado a tu corazón hasta el punto de casarte, aunque sea ante el notario, cuídala, porque personas así no suelen aparecer dos veces en la vida.
Sonríe al borde de las lágrimas por lo que dice. Se emociona. Mientras yo mantengo mi sonrisa tranquila y ensayada para que su felicidad continúe. ¡Soy lo peor!
—¿Te has tomado ya la medicación? —trato de cambiar de tema, y señalo el bote de sus pastillas.
Ella niega con la cabeza y yo protesto cogiendo el planning que le hice.
—Abuela, ¡por favor!, te tocaba a las nueve en punto y son las nueve y veintidós. Lo tienes puesto en el planning .
—Aisss, hijo... por veintidós minutitos no pasa nada.
Molesto, abro el bote, cojo una pastilla y se la doy con un vaso con agua.
—¿Acaso no te sonó la alarma que te puse a las nueve? —le pregunto.
—Sí.
—¿Entonces?
—Espero que esa mujer tenga la suficiente paciencia como para enseñarte que en la vida no todo tiene que estar bajo control —contraataca ella, moviendo la cabeza—, sino que también existe la improvisación, lo divertido y audaz.
La puerta se abre. Es Altamira.
—He vuelto, y esta vez no pienso abandonar el escenario —anuncia.
Resoplo. Sus indirectas son muy directas. Le doy un beso a mi abuela y me levanto.
—Voy a salir a correr —les digo.
—¿Qué planes tienes hoy?
—Estaré en casa, así que comeremos juntos. Luego a las siete he quedado para cenar con unos amigos y posteriormente veré a Rafa en el Lux para tomarnos unas copas.
—¿Nos apuntamos a las copitas, Ágata? —bromea Altamira.
Oír aquello me hace sonreír. Hasta no hace mucho mi abuela y Altamira salían de copas y regresaban a casa incluso más tarde que yo. Me acerco a Mari Dramas, le doy un beso en la mejilla que la hace sonreír y salgo de la habitación.
Bajo a la primera planta, allí cojo un juego de llaves y, cuando salgo al jardín y comienzo a correr, Zorba y Drako, mis perros, vienen tras de mí.