Todo bajo control, menos tú Capítulo 5
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Capítulo 5

—Despierta, Yuls.

Al oír eso, abro el ojo que nunca cierro del todo.

Se puede decir que llevo años sin dormir profundamente.

No puedo. Primero por el Coco y ahora por mi madre; me da la sensación de que he de estar alerta a todas horas.

Me incorporo y me siento en el sofá, miro mi reloj y veo que son las siete de la mañana.

—Me lavo los dientes y comienzo a calentar los desayunos —digo.

—Vamos levantando a los peques —indica Kaory.

Sonrío. Desde que me conocieron cuando llegué a Madrid, ella y su marido, Toni, me ayudan en todo lo que pueden. Me ayudan en el trabajo y también con mi madre. Me dan su cariño y amor y se han convertido en mi familia. La verdad, sin ellos, no sé qué sería de mí.

Comienza entonces la rutina matinal en el centro. Los niños entran en el comedor. Como siempre, algunos lloran. Otros están enfadados, pero también los hay que sonríen.

A las ocho y media viene el autocar que los llevará al colegio.

Veo a Lucas con los auriculares rosas. Como cada mañana, me busca con la mirada para sonreírme y, cuando todos los niños se marchan, Kaory, Pablo y yo rellenamos el parte de la noche que les dejamos a los compañeros que acaban de comenzar su turno y nos vamos a casa.

Bueno, yo me voy para el centro de mujeres, donde tres días a la semana doy clases de defensa personal.

Un par de horas más tarde, cuando llego a casa, Sabina, que es quien cuida a mi madre en mi ausencia, me da el parte. Mamá ha pasado una buena noche, aunque, al parecer, tuvo un momento complicado y eso le produjo una pequeña crisis respiratoria.

Saber eso me agobia. Como dijeron los médicos al darle de alta en el hospital, mamá empeora, necesita unos cuidados especiales y Sabina, que es más buena que el pan, dice apenada:

—Lo siento, Yuls. La situación comienza a ser insostenible para ella, para ti y para mí. Clara necesita unos cuidados médicos que tú y yo aquí no le podemos dar. Hay que encontrar una solución.

Oír eso me desespera. El jodido nubarrón negro sigue sobre mí. La primera que quiere una solución soy yo.

—Lo sé —admito, al tiempo que me preparo un café—.

Sé lo que mamá necesita. Pero me dijeron que la lista de espera para una plaza pública o concertada es de un año, y luego está también el temor a que aparezca su nombre en algún listado y Vicente nos pueda localizar.

—Sabina asiente, sabe que huimos de ese mal hombre.

Yo prosigo—: Me he informado de cuánto costaría ingresarla en una residencia privada y me han dicho que alrededor de cuatro mil euros al mes.

En esas residencias, al ser privadísimas, me han asegurado que su nombre no constaría en ningún listado público y, además, que tengo la opción de poder ingresarla mañana mismo si así lo necesito porque tienen plazas libres. ¿Pero de dónde saco yo ese dinero?

La mujer hace un gesto afirmativo. Me entiende.

Desde que me conoce, sabe que me dejo la piel trabajando todo lo que puedo y más.

Que para mí no existen ni fiestas ni fines de semana, y rápidamente hace lo de siempre.

Le quita importancia al tema y sigue ofreciéndose para cuidar a mamá. ¡Qué buena es!

Hablo con Sabina, le explico que me han salido trabajos para ese día y ella, como siempre, me lo pone fácil.

Volverá a cuidar a mamá. Por suerte, es mi vecina.

Una mujer viuda y sin hijos a la que lo que le pago le viene de lujo, aunque realmente no lo necesita.

Cuando se va a su casa, entro a ver a mamá a la habitación.

Está en la cama. Yo me tumbo a su lado tras colocarle las almohadas.

Durante un buen rato la abrazo. Está ausente.

Sus periodos de ausencia cada vez son más continuos, pero, aun así, yo le hablo y le cuento cómo fue mi noche.

La observo con pesar mientras ella mira fijamente a la pared, perdida seguramente en algún lugar al que ya no puedo acompañarla. Me sigue asombrando cómo puede pasar de la quietud absoluta a moverse con una agilidad imposible de imaginar, en algunos casos, acompañada de agresividad.

Hace meses, en un par de ocasiones, mamá se nos escapó a Sabina y a mí de casa.

Menudo susto nos dio. La buscamos con el corazón encogido por el barrio y finalmente la encontramos, en pijama y descalza, una vez sentada en la parada del autobús y otra deambulando por el mercado.

Después de aquello, decidimos que, para evitar sustos como aquel, teníamos que cerrar siempre con llave la puerta de la calle. Eso le impediría salir sin ser vista.

Mamá, de vez en cuando, tiene momentos de lucidez.

Momentos preciosos en los que vuelve a ser ella.

Me reconoce. Reconoce a Sabina. E incluso podemos mantener una pequeña conversación.

Pero esos momentos cada vez son más escasos.

Se van espaciando en el tiempo y, cuando terminan, no puedo evitar preguntarme si habrá sido el último.

Como la veo tranquila, la dejo en la cama y saco de la maleta mi cuaderno. Ese que tengo desde hace más de veinte años, al que llamo «cuaderno de sucesos» y donde apunto cosas.

Lo miro. Llevo tiempo sin apuntar nada extraño en él, aunque ahí están las notitas amenazantes que mi padre nos hacía llegar cuando nos localizaba.

Suelo anotar algunos sucesos excepcionales o raros que me ocurren.

Tengo esa manía desde que, aquel triste día, me pidió que lo hiciera aquel policía en el hospital.

Cualquier información por escrito siempre podía ayudar.

Desde que llegamos a Madrid, a excepción de un par de días en que me pareció ver al mismo hombre dos veces seguidas que me observaba, no he vuelto a escribir nada.

Así que lo guardo y me voy derecha a la ducha.

Dejo la puerta abierta para oír a mi madre y, como en otras ocasiones, tengo que salir a toda prisa desnuda y empapada, al percibir que se levanta y se dirige con rapidez hacia la puerta.

Cuando llego hasta ella, me mira con el rostro desencajado. Sus ojos, llenos de miedo, se clavan en los míos mientras me suplica que la deje salir, porque su mamá la está buscando y debe regresar a su casa. Oír eso me destroza.

Mamá, en esos momentos, deja de ser mi madre para ser una niña asustada que busca a su mamá mientras yo solo puedo consolarla, tranquilizarla y poco más.

Hablo con ella con paciencia y comienzo a cantarle su canción.

Sabor, sabor , de Rosario Flores. Su gesto, al escucharme, se va transformando.

Se olvida de por qué llora y se pone a cantar la canción.

Se la sabe entera. Es increíble que no sepa quién es ella o quién soy yo, pero sí recuerde perfectamente la letra de arriba abajo.

Con calma y tranquilidad, y sin parar de cantar, la llevo de regreso a su cama, donde le doy su inseparable ovillo de lana, que hace y deshace, y eso termina de relajarla.

A las doce y diez de la mañana Sabina regresa a casa. Mamá está dormida, le doy un beso y me voy a trabajar.

Primero voy al catering . Cuando acabo, voy a recoger el coche para llevar a unas señoras a un spa . Allí las espero para conducirlas de nuevo a sus casas. De allí me voy a casa. Al entrar oigo que mamá está alterada. Le cuesta tragar la papilla que Sabina le da.

Cuando conseguimos que coma un poquito sin atragantarse, me tumbo con ella y le hablo de las estrellitas fluorescentes que le he colocado en el techo.

Imitan a una noche estrellada y, como ella hacía cuando yo era pequeña, le narro esas historias que me contaba de Casiopea y la Vía Láctea, y soy feliz cuando veo que, atenta, me escucha y sonríe.

Cuando se queda dormida, me cambio de ropa a toda mecha mientras como un sándwich y, tras despedirme de Sabina, me vuelvo a marchar a trabajar al bar de copas.

Regreso a las cuatro de la mañana. Sabina se va a su casa.

Y yo, tras cerrar la puerta con llave y poner una silla ante ella, me tumbo en la camita que hay junto a la de mamá.

El piso es muy pequeño. Es lo máximo que puedo pagar y compartimos habitación.

Miro el dibujo de Andy que tengo enmarcado.

Ese en el que estamos los tres mirando las estrellas y pone «Felicidades, Yuls.

Sonríe. Te quiero, Andy». Por él, sonrío.

Siempre lo hago. Y por él, sigo adelante junto a mamá, porque sé que es lo que quiere.

Por fin, con un ojo medio abierto, la silla ante la puerta y la luz de emergencia puesta, me permito descansar. Y, aunque intento ser positiva, sigo pensando en el nubarrón negro que me persigue y que es lo que impide que a mí me pasen cosas bonitas en la vida.