Todo bajo control, menos tú Capítulo 4
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Capítulo 4

Cuando llego al restaurante El Arte del Sushi con Vanessa, como siempre, la gente nos mira. Ella es la famosa presentadora que sale en la tele y yo el famoso galerista soltero por el que se mueren por salir algunas.

A mí me va la privacidad. Siempre ha sido así.

Pero desde que mi abuela me dejó al mando de las galerías, sé que cierta parte de mi privacidad se acabó y como tal he de asumirlo.

Es parte del precio por mi trabajo. Por ello he solicitado una mesa en un saloncito privado y reservado.

No me gusta que me miren y hagan fotos mientras ceno como si fuera un mono de feria.

Acabada la ronda de fotos, Vanessa y yo entramos en el reservado y recuperamos nuestra intimidad.

—Amor —me dice, sonriendo—, mañana, por cenar a estas horas, tendré que estar más tiempo con Rodolfo, mi entrenador personal.

—Vanessa es estricta con la alimentación.

Cena siempre antes de las siete de la tarde y solo se permite pescado hervido y ensalada.

Hoy, sin duda, es un extra—. Te confieso —prosigue— que me muero por comer sushi. Cómo sabes lo que me gusta.

Asiento. Conozco sus gustos y sé que el sushi le encanta. Por eso estamos aquí. Tomo su mano por encima de la mesa y me quito las gafas.

—Tengo que hablar contigo —digo.

—¿Qué pasa, amor? —se sorprende ella, levantando las cejas.

Tomo aire. Trago y voy directo al grano, como hago siempre.

—Necesito que te cases conmigo antes de que se acabe el mes —suelto—.

Será por seis meses y dejaremos el divorcio firmado.

Y, por supuesto, tendrás unos beneficios económicos para ti en la cláusula de divorcio.

—Vanessa parpadea. Creo que la acabo de dejar sin palabras, por lo que saco el anillo de Tiffany que guardo en el bolsillo de la chaqueta y, enseñándoselo, pregunto—: ¿Qué dices?

Vanessa me mira. Después mira el anillo. Me vuelve a mirar y parpadea.

—¿Lo estás diciendo en serio? —pregunta.

—Sí.

—¿A qué viene esto?

—Es por mi abuela. Cada día está peor —respondo con sinceridad. Nos miramos unos segundos en silencio, que yo me encargo de romper—: Lo sé. Es una locura que está fuera de lugar y de contexto. Yo no soy nada impulsivo, pero se lo he prometido y...

—¿Le has prometido casarte conmigo?

—No. —Y, omitiendo lo que piensa de ella, añado—: Le he prometido que me casaré con la mujer con la que salgo antes de fin de mes.

—Entonces, ¿sabe que esa mujer soy yo?

—No.

—¿Por qué? ¿Acaso no le gusto a tu abuela?

Intento disimular. La fama de altiva, superficial, antipática y carroñera de Vanessa la precede.

—Cree que tú eres simplemente una amiga y que salgo con otra mujer —respondo—. Pero cuando te conozca, verá que...

—La respuesta es no.

Su negativa me hace dar un respingo. ¿Acaba de decir que no? ¿A mí?

—No quiero casarme, amor —enfatiza—. Tengo treinta y dos años, estoy en el mejor momento de mi carrera profesional en España e Italia y, aunque me pareces un tipo increíblemente sexi y la cláusula monetaria de divorcio podría ser interesante, no estoy tan desesperada como para hacer algo así, y menos por tu abuela.

—Está enferma —insisto—. Delicada. Su médico me ha dicho que posiblemente no llegue al verano y...

—¿Y porque ella se muera yo tengo que casarme contigo? Por favor, amor... por favor... ¿Pero de qué hablas?

Asiento. La entiendo. Le estoy pidiendo una locura.

—Su ilusión siempre ha sido asistir a mi boda —insisto, necesitado de cumplir mi promesa—. Por eso, Vanessa, como favor personal te pediría que...

—No.

—Le di mi palabra.

—Por Dios, amor... solo es tu palabra.

—Mi palabra es el reflejo de mi integridad. Cuidarla es cuidar quien soy —porfío—. En un momento tonto, le dije que me casaría con la chica con la que salía antes de que acabara el mes de febrero y...

—¿Y cuando se muera la vieja nos divorciaríamos?

Oír la frase «muera la vieja» me molesta. Me pongo las gafas.

—Te acabas de pasar con tu horrible comentario —replico con acritud.

—¿Qué he dicho?

Boquiabierto la miro.

—Acabas de faltarle el respeto a la persona que más quiero en el mundo. ¿Te parece poco?

—Ay, amor, qué susceptible eres a veces, por favor.

Incrédulo, voy a responder cuando entra la camarera y nos deja unos pequeños cuencos con algas.

—Y tú qué poco empática —le digo cuando se marcha la mujer.

Eso hace que nos miremos. Ver su mirada fría, calculadora y distante me hace entender que he sido un idiota al pedírselo. ¿Pero en qué estaba pensando? Ella coge la cajita donde está el anillo, la cierra y la pone ante mí en la mesa.

—¿De cuánto dinero estamos hablando? —quiere saber.

Atónito la miro. ¿En serio me pregunta por el dinero?

—La honestidad y la empatía valen más que el dinero.

—Muy bonito eso que dices, ¿pero de cuánto dinero hablamos?

—No lo he pensado. Cincuenta. Cien mil euros —respondo, molesto.

Me mira. Noto que se lo piensa. Eso me encabrona. Si algo odio es que la gente priorice el dinero sobre los sentimientos.

—Una boda y un divorcio en seis meses, aunque me suponga un ingreso extra de dinero para mis caprichos, no es algo bueno para mi carrera. Por lo tanto, búscate a otra que haga eso por ti —suelta.

—¿Que me busque a otra?

—Sí, amor. Estoy convencida de que no te costaría mucho que otra se casara contigo por dinero. Al fin y al cabo, eres un solterito sexi y atractivo. ¿O acaso no lo sabes?

—¿Realmente no te importa que me case con otra mujer?

—No.

—Qué curioso —replico, profundamente molesto.

—¡¿Curioso?!

—Sí, curioso. —Hablo con tranquilidad mientras guardo la cajita con el anillo en el bolsillo de mi chaqueta—. Porque si mañana me dijeras que te vas a casar con otra persona, me importaría. Y, aunque no estoy enamorado, reconozco que siento cierto cariño por ti.

Sonríe. Se levanta y se sienta sobre mis piernas.

—No soy celosa, amor —murmura—. Cásate con quien quieras para hacer feliz a tu abuela y, tranquilo, aunque sea una reportera de sucesos, te guardaré el secreto.

—Fría. Realmente es fría como el hielo—.

Espero que nos sigamos viendo, aunque te cases.

El sexo contigo es maravilloso y sería tedioso dejar de disfrutarlo —remata.

Me besa. Con su boca sobre la mía, el instinto animal me puede porque esta mujer me gusta mucho y respondo a su beso. Como ella dice, el sexo siempre se nos ha dado muy bien, pero, molesto por su frialdad, me levanto separándola de mi cuerpo.

—No habrá sexo entre tú y yo —aclaro.

—Pero, amorrrrr...

—No insistas.

Pestañea. Se mueve.

—¿Podrás resistirte a mis encantos? —Pasea sus manos por su bonito cuerpo.

Tomo aire. Vanessa tiene un cuerpo tentador y lleno de curvas que, unido a su belleza, hace de ella una mujer explosiva y espectacular.

—Sí. —Mi expresión seria no cambia.

—¿Podrás vivir sin mí?

—No eres para tanto.

Deja de sonreír. Lo que le acabo de decir no le ha gustado. Le ha dolido. Pero, ¡joder!, yo le acabo de confesar que siento algo por ella, y ella me ha dejado claro que no siente nada por mí.

—Por suerte, a los compañeros de la prensa siempre les dijimos que éramos simples amigos, aunque nunca nos creyeron —dice, y coge su bolso—. Y, tranquilo, sé guardar secretos.

Molesto y enfadado, no respondo.

Estoy tan confundido por su reacción que me limito a asentir. Cuando me quedo solo, me maldigo por tres cosas. La primera, porque acabo de romper con una mujer que me gusta. La segunda, porque me gusta tenerlo todo bajo control. Y la tercera, porque ¿ahora con quién me caso?