Todo bajo control, menos tú Capítulo 3
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Capítulo 3

—Yuls, ¡Alfonso al teléfono!

Por la megafonía del centro oigo mi nombre. Miro a Lucas y le quito el paquete de tabaco que le he detectado.

—Si te vuelvo a ver fumar... —le advierto.

—¡Ni que tú no fumaras!

Enarco las cejas.

—Lucas, tienes catorce años y yo treinta y cinco —contesto—. Tú eres menor y yo soy adulta. Por lo tanto, ¿qué tal si cierras ese piquito de oro y piensas con ese melón que tienes por cabeza?

Lucas me mira. Es uno de los niños del centro de menores donde trabajo como auxiliar, pero es mi niño. Mi bichito.

Mi intención era sacarme el grado de educadora social, pero la vida no me lo ha permitido.

Demasiadas mudanzas y problemas, aunque justamente eso es lo que me ha traído hasta aquí.

Pero, bueno, no me quejo. De todas formas, siempre digo que tengo sobre mi cabeza un nubarrón negro que, a pesar de que corro para alejarme, me persigue y no consigo escapar de él.

Los primeros días en que Lucas llegó al centro fueron muy complicados para él, como lo son para la mayoría de los niños que pasan por una situación así.

Todo lo que conocía, fuera bueno o malo, desapareció de su vida.

Sus padres, dos toxicómanos, habían muerto por una sobredosis y, como no tenía más familia, la policía lo trajo con nosotros.

Lucas tenía entonces seis años. Era pequeñito.

Delgadito. Rubito y callado. No hablaba con nadie.

No conseguíamos que cogiera confianza, pero, un año después, tras currármelo mucho con él, porque me recordaba a Andy, un día se me acercó, me abrazó y me dijo algo precioso en lo que incluyó la palabra mamá .

Algo que solo me llama si estamos solos los dos.

Lucas ahora tiene catorce años. Es un chico grandote.

Mide 1,75. Me saca una cabeza. Aunque es un buen muchacho y un mejor estudiante que quiere estudiar ingeniería robótica, la vida, en muchas ocasiones, no se lo ha puesto fácil, y su lado rebelde aparece y me da quebraderos de cabeza.

Pero intento entenderlo porque es un adolescente.

—Lucas, ¿me has oído? —insisto.

—Venga, mamá, no te pongas así.

—¡Lucas! —lo reprendo.

Si la directora o cualquiera de mis compañeros oye que me llama así, ambos nos meteremos en un problema.

—Lo siento. Se me escapó. Perdón —susurra.

Me mira. En sus ojos veo ese brillo retador que yo misma sé que tengo en los míos por haber vivido cosas que no me correspondían.

—¿Te apuntaste a ese campeonato de monopatín? —me intereso, para suavizar un poco la situación.

—¿Al Madrid Street Jam?

Asiento. Lucas es un apasionado del monopatín.

—¿Te apuntaste o no? —repito.

—Sí. Pero no sé si participaré.

—¿Por qué no vas a participar?

—Porque los organizadores están más preocupados por la fiesta de después que por el campeonato.

Lo entiendo. Lucas muy fiestero no es. Si algo odia son la bebida y las drogas, y es comprensible. Motivos tiene. Se fija en los auriculares rosas que llevo al cuello.

—¿Cuándo me los vas a dejar? —pregunta—. Me molan un montón.

Se trata de los auriculares que me regalaron mi amiga Kaory y su marido, Toni, por mi cumpleaños. Son unos JBL Live 770 NC, de un precioso tono rosa, con los que la música se escucha brutallllll.

—A mí también me molan —afirmo sonriendo.

—¿Me los prestas unos días?

—No.

—Venga, Yulsssss —insiste—. Tírate el rollo. Sabes que nunca he tenido unos así y siempre dices que suenan de maravilla.

Lo miro. Durante unos segundos lo observo mientras me planteo si dejarle o no los carísimos auriculares. Al final, sus ojitos me pueden. Me los quito y se los entrego.

—Los protegeré con mi vida —promete.

—Con que los cuides y me los devuelvas me vale.

Él asiente y se aleja con ellos en la mano, feliz porque se los he dejado y he confiado en él.

Mientras lo veo alejarse, suspiro, y espero que el tiempo haga su trabajo y Lucas entienda que la vida puede ser bonita si él se lo propone y lo intenta.

Me doy la vuelta y me dirijo hacia la recepción.

En el camino me cruzo con niños del centro que van a sus habitaciones para dormir.

Unos ríen. Otros van serios. Hay quien va en grupo o quien va solo, y yo los miro a todos con cariño.

Tengo treinta y cinco años y, aunque he conseguido ver el lado bonito de la vida, he vivido la incertidumbre en la que muchos de ellos están inmersos.

A mi manera, intento darles cariño, apoyo y positividad, porque para ellos es muy importante, y se lo merecen.

Son niños, y necesitan que los apoyemos.

Mi compañera Candela pasa acompañando a un grupito de varias niñas que no tienen más de siete años. Son ruidosas, escandalosas, y una de ellas, Leila, se agarra a mi pierna.

—Yuls, ¿vendrás a leernos nuestro cuento ahora? —me pregunta.

Sonrío. Les encanta que les lea un cuento que escribí sobre una princesa guerrera llamada Ivanna, que salva al guapo príncipe luchando contra dragones voladores. Ya me cansé de que en los cuentos siempre sea el príncipe quien salve a la princesa.

—Hoy le toca leerlo a Candela —respondo.

—¿Prometes que lo harás otro día? —insiste.

Divertida, toco la cabecita de Leila. Si algo aprendí hace años es a no prometer nada.

—Lo intentaré —me zafo.

Les doy un beso con cariño en sus cabecitas, pues demandan besos y abrazos, y tras guiñarle un ojo a Candela, ella se las lleva, y me dirijo a la oficina del centro donde están Pablo y Kaory. Con paso seguro, voy hasta el teléfono.

—Buenas noches, Alfonso —saludo—. Dime.

—Buenas noches, Yuls. Te llamo porque tengo tres trabajos para mañana. El primero es un catering en una empresa de una a cuatro. El segundo es un servicio de chófer de seis a ocho. Y el tercero es en un bar de copas de once de la noche a tres de la mañana. ¿Te interesa alguno?

Rápidamente lo pienso. Mañana es mi día libre y pasado mañana regreso al centro de acogida en turno de tarde y por la mañana tengo las clases de defensa personal en el centro de la mujer. Aunque cualquier ingreso extra me viene de maravilla.

—Pásame la dirección de los tres servicios —le pido—. Y dime dónde tengo que ir a recoger el coche para el segundo servicio.

—¡Perfecto! Por cierto, ¿el fin de semana cómo lo tienes? Te lo digo porque el sábado por la noche me solicitan una camarera para el Lux de once a tres y, como ya te conocen de otras ocasiones, me han preguntado por ti.

Ya he trabajado allí. Es un local bastante tranquilo y elitista en donde no pagan mal.

—Cuenta conmigo para lo del sábado también —me apunto.

Cuando cuelgo el teléfono mi amiga y hermana Kaory me mira.

—Yuls, deberías parar —me recomienda. Yo sonrío cuando añade—: Llevas sin tomarte un día libre más de seis meses, y creo que lo necesitas.

La palabra descanso no forma parte de mi vida.

—No sé cómo lo haces, Yuls —interviene Pablo—. Te juro que si yo llevara el ritmo de vida que tú llevas, estaría hecho un desastre.

Lo entiendo. Mi vida los últimos años es trabajo, trabajo y trabajo.

Mamá y yo éramos un equipo que no paraba de trabajar en cualquier cosa que nos saliera para remontar nuestras vidas, hasta que de pronto, en Valencia, comenzó a olvidar cosas, a desorientarse, y tras un estudio médico le diagnosticaron alzhéimer.

Recibir esa noticia fue un gran mazazo para las dos. Y más cuando cada cierto tiempo, por culpa del cabronazo de Vicente y sus amenazas, teníamos que cambiar de ciudad.

En los últimos años, huyendo, hemos vivido en Barcelona, Asturias, Granada, Valencia y ahora Madrid.

Primero lo hacíamos en casas de acogida, alguna vez nos tocó dormir en la calle, y con el tiempo, y gracias a que nos hemos matado a trabajar, en pisos de alquiler.

Cambiar tanto de residencia nos ha impedido echar raíces, y a mí estudiar.

Está claro que ese malnacido quiere cumplir lo que dijo. Nos quiere muertas.

En Madrid llevamos viviendo ocho años. Ocho años en los que no nos ha encontrado ese malnacido y en los que a mamá le he podido dar tranquilidad y algo de estabilidad.

Cuando llegué a la capital, me teñí el pelo de rojo y me informé sobre qué tenía que hacer para cambiarme de nombre y apellidos.

Quizá eso ayudara a que Vicente no nos localizara con tanta facilidad.

Finalmente conseguí cambiar mi nombre por el de Yuls.

El que mi hermano Andy quería para mí y que ese malnacido no conoce.

En el tema apellidos, aunque quise desprenderme del apellido Brusei, fue imposible.

Legalmente no me lo permitían. Por lo que antes fui Lena Brusei Pérez, y ahora soy Yuls Pérez.

El Brusei intento omitirlo siempre que puedo.

Casualmente, desde que cambié nombre y apellidos, me teñí de pelirroja, mamá por su enfermedad no trabaja y dejé de usar redes sociales, Vicente no nos ha vuelto a localizar.

Algo que agradezco al cielo, y eso que no soy nada creyente.

Pero, por desgracia, cuando mamá cogió el covid, el alzhéimer se aceleró.

En los últimos años, su enfermedad ha sido demoledora, y ahora está en casa con una cuidadora a la que le pago cuando no estoy yo, pues no me puedo permitir ingresarla en una residencia, algo que realmente necesita.

Y tampoco puedo llevarla a un centro de día, pues su nombre aparecería en cualquier lista y Vicente nos localizaría.

De ahí que acepte todos los trabajos que me ofrecen.

Necesito dinero para atender a mi madre lo mejor que pueda.

Ella se lo merece por cómo me ha cuidado y querido siempre a mí.

Entre risas, veo que Kaory y Pablo miran la tablet que tienen delante. Están viendo una película. Yo, al ver que son las nueve y diez de la noche, me acurruco en el sofá.

—¿Os importa si me duermo un ratito? —les pregunto.

—¿Has cenado algo? —quiere saber Kaory.

—Sí, mamá —me mofo.

Divertidas, mi amiga y yo nos miramos. Kaory es japonesa. Sus padres llegaron a España procedentes de Osaka cuando ella era pequeña y, tras abrir un restaurante japonés, aquí se quedaron.

—Descansa —insiste Kaory—. Si hay algo, te despertamos.

Y lo hago. Acurrucada en el sofá, me quedo adormilada, hace mucho que no soy capaz de dormir profundamente, mientras ellos ven algo en la tablet, pues la televisión del centro funciona fatal, y los niños que están a nuestro cargo duermen como angelitos.