Capítulo 2 #3
Rafael sonríe. Yo también. Nos conocemos desde la adolescencia y, desde el primer instante, entre nosotros se creó un vínculo único y especial que hoy en día continúa.
—¿Sigues adelante con el plan? —se interesa.
Afirmo con la cabeza.
—Llevo un carísimo anillo de Tiffany en el bolsillo, ¿tú qué crees? —contesto.
Rafa resopla. No me ve con Vanessa, pero omite lo que piensa.
—¿Cómo está nuestra chica? —pregunta, en cambio.
Muevo la cabeza. La abuela es nuestra chica.
—Con fatiguita —murmuro.
Nos miramos con pesar. Rafael y yo nos conocemos porque su madre, Elvira, trabajó en la casa de la abuela como interna durante muchos años.
Y, por consiguiente, en la casa también vivió Rafael.
Elvira era madre soltera y, cuando falleció, Rafael solo tenía diecisiete años.
Recuerdo que, por aquel entonces, mi abuela movió cielo y tierra y firmó cientos de papeles para que durante los cuatro meses que a Rafael le quedaban para cumplir los dieciocho años y ser mayor de edad los servicios sociales no se lo llevaran.
Ella le dio un techo, le pagó los estudios y posteriormente la universidad hasta graduarse como el mejor abogado de su promoción.
—Tranquilo. Nuestra chica es una campeona y remontará —le oigo decir.
—Eso espero.
—Te digo yo que Ágata tiene aún mucha guerra que dar —insiste sonriendo.
Eso quiero yo. Que remonte y dé guerra, aunque me vuelva loco, porque mi abuela siempre ha sido una guerrera de armas tomar.
Vanessa se acerca a nosotros y tras saludar a Rafael, al que no soporta y quien nunca ha sido objeto de su devoción, comenzamos a charlar los tres.
—Pero si están aquí mis donjuanes preferidos —oímos a nuestra espalda.
Al mirar, me encuentro con la mejor amiga de mi abuela.
—Altamira, ¡qué alegría verte! —saluda Rafael.
La mujer nos saluda a Rafa y a mí con cariño. En petit comité la llamamos Mari Dramas. Como era de esperar, mira a Vanessa de arriba abajo cuando esta se aleja a saludar a otros.
—Le prometí a Ágata que vendría, ya que ella no podía —nos dice.
—¿Le irás luego con los chismes? —pregunto con guasa.
—No lo dudes ni un segundo —afirma. En silencio, soy consciente de cómo Altamira sigue con su mirada a Vanessa. Luego la oigo cuchichear—: Es muy estirada y tiene la simpatía cuidadosamente racionada.
Molesto por el gesto de guasa de Rafa, me toco la corbata.
—Además de guapa y profesional —completo yo, mirando a Vanessa, que charla con unos amigos.
Altamira mueve la cabeza.
—¿Quién es la mujer con la que sales y supuestamente te vas a casar? —suelta a bocajarro, mirándome—. Ya me ha dicho Ágata que lo lleváis muy en secreto porque ella es muy discreta. Y dicho esto, ¿no le importa que esa reporterucha sensacionalista sea la que te acompañe a estas cosas?
Veo que Rafa no puede evitar una sonrisa. Lo de «reporterucha sensacionalista» le ha gustado. Además de que sabe que miento como un bellaco.
—No, Altamira. No le importa —respondo, ignorando la sonrisa de mi amigo.
—Pues a mí me importaría —apostilla Rafa.
—Si fueras mi novio, esa aprendía rápidamente el concepto de distancia de seguridad —afirma Altamira, señalando a Vanessa.
—¿Qué tal si os relajáis?
Altamira y Rafa se miran con gesto guasón y, cuando Vanessa se acerca a nosotros, Altamira suelta con cierta rebaba:
—¡El día que tengáis bebés serán preciosos!
¡La madre que la parió!
¿Por qué tiene que soltar algo así?
Está claro que no cree lo de la otra mujer, y antes de que pueda parar a Vanessa, esta le replica:
—Tengo treinta y dos años. Me cuido concienzudamente todos los días para estar bella y perfecta, y mi vida está entre Italia y España. Y la verdad, lo último que quiero es que un embarazo estropee lo que tanto me he trabajado.
Altamira se gira hacia mí. Me toco las gafas. Rafa disimula mirando un cuadro y yo maldigo.
—¿Esa no es Giovanna Torres? —trato de desviar la conversación.
Como esperaba, Vanessa corre a saludarla.
—¿No quieres tener hijos? —se apresura Altamira a indagar.
—Yo no he dicho que no quiera hijos.
—Pero ella ha dicho que...
—Ella es ella y no es mi pareja. Y yo soy yo —le corto.
—¡¿Entonces?!
Me agobio. Me acaloro. Y tras mirar a Rafa, que me observa con gesto de guasa, musito:
—A ver, Mari Dramas...
—¡No! ¡A ver Mari Dramas no! —me interrumpe—.
Te gustan los niños. Todos lo sabemos por cuánto te implicas en muchas causas que tienen que ver con ellos.
Y mira, Oliver, puedes engañar a Ágata diciendo que sales con otra mujer, pero a mí no.
¡Tú sales con ese bicho estirado o no la defenderías como lo estás haciendo!
—Veo que Rafa coge una copa de la bandeja de un camarero.
Altamira insiste—: ¿Qué haces con ese bicho si no queréis lo mismo en la vida?
No respondo. Paso de responder. Y cuando, segundos después, Altamira se marcha molesta por mi mutismo, miro a mi amigo.
—Mejor me callo, ¿verdad? —dice.
Asiento. Mejor que no diga nada y, disimulando mi incomodidad, me recoloco las gafas, observo la exposición y no pienso en nada más. Ahora no.