Todo bajo control, menos tú Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

José Luis, que ya me conoce, rápidamente pone el canal de noticias y en silencio las voy escuchando mientras nos sumergimos en el tráfico de Madrid. Mentalmente busco las mejores palabras para que Vanessa me escuche, entienda la excepcional circunstancia y acepte casarse conmigo.

Suena el teléfono y veo que se trata de mi hermana. Tomo aire.

—Dime, Lara.

—Aisss, gordi, ¡un hola por lo menos!

Suspiro. Mi hermana y yo somos diferentes. Tremendamente diferentes. Me quito las gafas con cierta resignación.

—Hola, Lara, qué alegría oírte —saludo de nuevo.

—Gordi... cada vez mientes mejor. —No respondo. Paso. Ella añade—: Hablé con la abu y me dijo que hoy tenías no sé qué en no sé dónde con un americano, y llamaba para desearte suerte.

¡¿Un no sé qué en no sé dónde?!

Desde luego, parece que no nos hemos criado en la misma casa.

—El «no sé qué», querida hermana, es una exposición de pintura del artista neoyorquino John Fieldmand —replico con sequedad—.

Y el «no sé dónde» es en una de las galerías que llevo y gestiono.

Concretamente, la de la calle Alcalá. Y por si lo has olvidado, parte de esas galerías también son tuyas.

Por lo que podías ser adulta y recordar ciertas cosas.

—Ser adulto es inevitable. Ser aburrido, como tú, opcional.

—Me estás encabronando, Lara —protesto.

—Aiss, gordi, no te pongas así.

Cierro los ojos.

—¿Cuántas veces te he dicho que no me llames así?

—Pero si lo hago con cariño... gordiiiiii —se mofa. Pasa de mí. Mi hermana tiene el don de sacarme de mis casillas, y más cuando pasa de lo que le digo—. ¿Te acompañará al evento esa presentadora tan estirada? —se interesa—. ¿La que siempre hace directos sensacionalistas?

Joder, ¿por qué todos opinan eso de Vanessa?

—Eso a ti ni te va ni te viene.

—¡Socorroooo! Aisss, cómo eressssss.

Por suerte, veo que mi abuela no le ha contado lo que le he prometido. Intuyo que sabe que Lara me asfixiaría.

—¿Te pregunto yo por el músico italiano? —contraataco.

—No. Pero puedes. ¿Qué quieres saber? Se llama Piero. Tiene treinta y dos años. Es alto. Musculoso y...

—¿Tienes claro que no está contigo por tu dinero?

Se queda callada. El tema dinero es algo que lleva dándonos problemas toda la vida, porque muchos se han acercado a nosotros única y exclusivamente por el dinero. No por las personas que somos.

—Ay, de verdad, gordiiii, ¡qué insoportable eres!

—Insoportable no, ¡realista! ¿O acaso no recuerdas a tu último amorcito? Ese que intentó sacarte trescientos mil euros vendiéndote que su madre estaba enferma y necesitaba pagarle un tratamiento experimental en México.

—Vale. Lo admito. Tienes razón. A veces soy muy ingenua, pero Piero no es así. Él es...

—Paso. No quiero saber nada —le corto, malhumorado, colocándome las gafas.

Oigo la risa de mi hermana.

—Por cierto, gordi —dice—. Cuando hablé con la abu, me pareció que tenía la voz más animada. Es más. Le dije que podíamos planear un viajecito a la casa de Menorca.

—La abuela no está para viajar, y lo sabes tan bien como yo.

—Por favor, ¡no seas tan alarmista!

—¿¡Alarmista!?

Oír eso me molesta. No soy alarmista con la salud de mi abuela. Al revés, soy cuidadoso y precavido, porque me preocupo por ella.

—Mira, Lara —empiezo a enfadarme—. No sé en qué planeta vives, pero haz el favor de aterrizar de una vez. Don Nicanor, médico de la abuela de toda la vida, me dijo que...

—¡Otro alarmista!

—¡Laraaaaaa!

—A ver. ¡Don Controlador, la abu está perfectamente!

—Lara. La abuela no está bien. Su estado empeora por días y...

—Discrepo.

—Laraaaaa...

—Aiss, gordi, que la conozco y te digo yo que está mejor de lo que tú te crees.

Y mira lo que te digo. Quizá el que está siendo un ingenuo con ella eres tú, no yo.

—Resoplo. Me toco el pelo. Mi hermana se niega a creer lo que el médico nos dijo, e insiste—: La abu simplemente tiene los típicos achaques de su edad.

Te lo dije y te lo vuelvo a decir. A ella no le pasa nada.

Pero tú sigue sin escucharme. Que eso se te da de lujo.

Tomo aire. Lo expulso lentamente.

—¿Quieres algo más? —Es mi forma de mandarla a paseo.

—No.

—Pues adiós.

Y sin más le cuelgo el teléfono. En otras ocasiones es ella la que me lo cuelga a mí.

—Tranquilo, Oliver. Ya sabes cómo es —murmura José Luis con una sonrisa.

Dos segundos después, recibo un wasap.

Lara Gordi... eres bastante insoportable, ¡pero, jódete,que te quiero!

No puedo evitar una sonrisa. La relación que tenemos mi hermana y yo solamente la entendemos nosotros. Suspiro. Ella es así.

Cuando llegamos ante la casa de Vanessa sonrío. Me espera y, como siempre, va impecablemente vestida, maquillada y peinada. Es una belleza. Abro la puerta del vehículo y la invito a subir.

Vanessa se sitúa a mi lado. Está preciosa con el abrigo beige a juego con el vestido y el moño alto. Su elegancia es innata y siempre sabe adaptarse a cualquier situación. Una vez que cierra la puerta, me sonríe y murmura:

—Amor. Date por besado. No quiero estropear mi maquillaje. —Eso es algo típico en ella, luego me mira y añade—: Estás muy elegante con ese traje de Armani.

—Gracias. Tú estás preciosa con ese vestido.

—Llevar un Valentino nunca falla, como yo no fallo ni a mi dieta ni a mi entrenador personal para lucir así de perfecta.

Sonrío. Sonríe. Debido a su trabajo, para Vanessa el aspecto físico es importante, por lo que se cuida con una pulcritud que a veces, a mí, que soy superpulcro, me sorprende.

Hace dos días llegó de Italia. Allí su fama es tan grande como en España.

—¿Qué tal fue todo en Florencia? —me intereso.

—¡Estupendo! —responde, y se mira con coquetería las uñas—. Mi investigación me llevó a dar la exclusiva en directo de la detención de la mujer del director del banco con su amante.

Durante un rato hablamos de ese asunto mientras espero que me pregunte por mi abuela. Sabe que está delicada. Sabe de mi preocupación por ella, pero el tiempo pasa y la pregunta no sale de su boca. ¿Por qué es tan fría e impersonal?

En el trayecto vamos escuchando las noticias y finalmente llegamos a la exposición de pintura del artista neoyorquino John Fieldmand que, como le he explicado a mi hermana, he organizado en una de nuestras galerías en la calle Alcalá de Madrid.

—José Luis, recógenos a las ocho menos cinco, por favor.

—¿La reserva en El Arte del Sushi es a las ocho y media?

—Sí.

Él hace un gesto con la cabeza, momento en el que Vanessa sale del vehículo con su elegancia innata y pasamos por el photocall . Ella como famosa reportera y presentadora de televisión tanto en España como en Italia, y yo como propietario y director de las Galerías Dávila.

Los dos —cada uno a su manera— somos personajes públicos, y los fotógrafos nos hacen fotos. Los periodistas nos preguntan por la exposición y a Vanessa por lo ocurrido en Florencia y, cómo no, indagan sobre si tenemos una relación que ambos negamos.

Aunque llevamos viéndonos meses, ninguno de los dos quiere que trascienda a la prensa y dejamos claro que solo somos buenos amigos. Pero sabemos que muchos de aquellos periodistas editarán la noticia como les venga en gana.

Ya dentro de la exposición, lo observo todo con precisión y me acerco hasta un lienzo que muevo con disimulo. Para mi gusto está unos milímetros inclinado a la derecha. Patricia, la asistente de la galería, se acerca y nos saluda.

—Señor Dávila —me dice—, ha venido el señor Sebastián Loureiro, el coleccionista de arte de Ponferrada.

Oír eso me agrada. En mi agenda tengo varios coleccionistas de obras de arte a los que les encanta comprar como inversión.

—¡Perfecto! —Y sonrío.

Patricia se aleja y yo cojo una copa de vino que me ofrece uno de los camareros del catering . Durante unos minutos me dedico a saludar a varios de aquellos coleccionistas de arte con Vanessa a mi lado.

—Amor, voy a saludar a Pacho y su mujer —dice ella—. Sé que el otro día tuvieron que operar a su hijo de urgencia por una apendicitis.

Y sin más se aleja. Yo no puedo evitar pensar en que no me ha preguntado por la salud de mi abuela, y eso, en cierto modo, me molesta.

Si algo tengo claro es que Vanessa todo lo que tiene de bonita lo tiene de fría. Y vale. No es que yo necesite abrazos ni palabras de ánimo, pero la mujer a la que más quiero del mundo no está bien, y reconozco que agradecería alguna que otra muestra de preocupación hacia ella.

—Bueno, bueno, bueno, si llegó el guaperas de Oliver Dávila.

Al oír esa voz, me giro hacia mi derecha y sonrío. Ahí está Rafael. Mi mejor amigo y abogado. Por ese orden.

—Tu pobre secretaria me ha llamado veinte veces —me explica, antes de que yo diga nada— para recordarme que mañana jugamos al pádel a las diez en punto. ¿Cómo eres tan pesadito?

Sonrío. Más que pesadito soy un maniático de la puntualidad.

—Te conozco. —Lo miro de soslayo.

—Y yo a ti —se mofa.

—Solo quiero que seas puntual.

—¡Qué pesadito eres con la puntualidad!