Capítulo 2
—Señor Dávila, la señora Ágata por la línea cuatro.
Al escuchar a mi secretaria asiento y dejo lo que estoy haciendo para coger el teléfono.
—¿Cómo está mi chica? —pregunto, quitándome las gafas.
—Hola, mi vida. —Y tras unas toses que me sacuden el alma, añade—: Me encuentro flojita. Pero como no podré asistir, quería mandarte mis buenas vibraciones para que la exposición que has organizado esta tarde sea un éxito.
Conociendo a mi abuela, sé lo mucho que le duele no asistir al evento. Siempre le ha encantado sociabilizar y más en los actos que organizamos, pero está delicada de salud y se tiene que cuidar.
Mi abuela nos crio a mi hermana y a mí al morir nuestros padres en un accidente aéreo cuando regresaban de uno de sus viajes.
Y su amor por nosotros es aún más grande que el que siempre ha sentido por el arte.
La abuela viuda nos sacó adelante liderando y gestionando la galería de arte que fundó el visionario de mi abuelo, convirtiéndola en la sala de arte más importante de España y en un referente en Europa.
—Gracias, abuela. Y tranquila. Todo irá bien.
—Altamira se pasará. Y luego me contará.
Altamira es su gran amiga de toda la vida. Una exitosa actriz de teatro que es una segunda abuela para mí.
—Perfecto.
—Por cierto, mi vida, acabo de hablar con Larita.
Según menciona a mi hermana, suspiro. Lara, con su manera de ser, me ocasiona cientos de quebraderos de cabeza.
Digo «me» porque mi abuela simplemente se ríe.
Lara, cuando no se está muriendo porque le duele un dedo o ha roto con su último ligue, está exultante de alegría porque esa mañana se ha visto divina en el espejo.
Por suerte, mi sobrino Javier nada tiene que ver con ella, y lo agradezco.
—¿Has visto lo de Ben Mullen?
Asiento. Sé de lo que habla mi abuela. Al parecer, la mujer de Patrick Ben Mullen, un galerista alemán, enfadada por las continuas infidelidades de este, ha filtrado unos correos electrónicos con unas fotos en donde Patrick aparecía en la cama con sus amantes.
—Lo siento por él, abuela. Es un buen galerista, pero en ciertos temas siempre le han faltado dos dedos de frente. Sin duda, este escándalo le va a hacer mucho daño a su negocio.
—Lo sé. Por eso sé listo, mi vida, y evita que nada ni nadie enturbie ni tu apellido ni tu trabajo, como siempre lo evitamos tu abuelo y yo.
—Sí, abuela.
—Por cierto. ¿Has hablado con Larita? Tiene nuevo novio.
Suspiro. Lo sabía. Lo quiera o no, me entero de todo, pues la mujer con la que salgo es una famosa reportera de actualidad, periodista y presentadora, y me lo cuenta todo.
Mi hermana Lara es un caso. Con cuarenta y cinco años ya lleva a sus espaldas dos divorcios.
En cuanto a rupturas de novios ya he perdido la cuenta.
Es tremendamente excesiva a la par que dramática.
Como dice Altamira: «Por donde pasa, la porcelana pide la baja laboral».
Todo lo contrario que yo, que soy comedido y me encanta la discreción.
Y, aunque la quiero y doy mi vida por Lara, mi hermana no tiene término medio.
Lo que no sé es cómo mi sobrino Javier la soporta y no huye de su casa.
El teléfono móvil me suena y veo que me llaman desde el lugar donde he organizado la exposición.
—Abuela, tengo una llamada importante —indico, poniéndome las gafas.
—¿Esta tarde irás solo o acompañado?
—Acompañado.
—¿Por quién?
—Abuelaaaaaa...
—¿Acaso es malo preguntar?
Suspiro. Llevo seis meses viéndome con Vanessa Smith. Una guapa reportera y presentadora de televisión que, como yo, no quiere catalogar lo nuestro.
—A ver, abuela... —trato de zanjar; mi móvil sigue sonando.
—¿Irás con esa presentadora? ¿Con la creída estirada? Por cierto, el otro día la vi en las noticias cubriendo en directo lo del atraco al banco en Italia.
Resoplo. Si algo le gusta a Vanessa son los directos y las noticias vivas del momento. Y sí, le gusta salir estupenda en la cámara.
—Es su trabajo. Y en cuanto a ella, es solo una amiga.
—¿Pero esa es con la que te vas a casar o te casas con otra?
Cierro los ojos.
—Abuela. Como te dije, estoy saliendo con una encantadora mujer a la que no le gusta el foco mediático y... —miento como un bellaco.
—¿Y cuándo me la vas a presentar? ¡Me muero por conocerla, y más cuando me prometiste que pronto será parte de la familia!
Tomo aire. Soy el mayor mentiroso que hay en el mundo. Me he inventado una relación con alguien que no existe para hacer a mi abuela feliz y la mentira me comienza a superar.
—Todo a su tiempo —respondo y, antes de que me replique, añado—: Y en cuanto a Vanessa, no es tan estirada como crees. Y sí, abuela, iré a la exposición con ella. Su presencia como celebrity , y persona querida y reconocida por el público, como bien sabes, le viene bien a la galería.
La oigo toser. Su tos me rompe el alma.
—Aiss, qué fatiguita tengo —dice a media voz—. No te atosigo más. Mañana me contarás.
Y sin más corta la comunicación, y yo atiendo sin demora mi teléfono móvil para contestar la llamada entrante, pero me quedo preocupado por ella.
Una hora después, cuando estoy en el baño que hay en mi despacho, oigo la voz de Diana, mi secretaria, que, tras llamar con los nudillos a la puerta, dice:
—Señor Dávila.
—Dígame, Diana.
—Su chófer lo espera.
Me miro en el espejo. Ajusto mi corbata para que quede perfecta y veo que mi apariencia es la que deseo.
—Dígale que enseguida bajo —le pido.
Miro el anillo que tengo en mis manos. Esta noche le voy a pedir matrimonio a Vanessa, aunque a mi abuela no le encante.
No entraba en mis planes casarme ni con ella ni con nadie, pero he de hacerlo por la mujer que me ha criado y a la que adoro con todo mi ser.
Una vez que me case con ella, mi abuela se relajará.
El médico de toda la vida, don Nicanor, me dijo hace dos meses que la salud de mi abuela de pronto había empeorado.
Siempre ha sido asmática y actualmente su asma, unida a sus ochenta y un años, lo ha complicado todo convirtiéndola en una mujer pálida y ojerosa.
Su mayor ilusión siempre ha sido asistir a mi boda.
En el caso de mi hermana, aunque se haya casado dos veces, solo fue a la primera.
La abuela siempre ha querido verme felizmente casado por amor.
Por lo que una noche en la que hablábamos en su habitación, amedrentado por sus ojeras y su débil vocecita, y para hacerla sonreír, me inventé que estaba saliendo con una mujer de la que me había enamorado locamente.
Todavía no sé cómo terminé prometiéndole que me casaría con ella antes de que el mes de febrero acabara.
Apurado por el lío en el que yo solo me he metido, y con el que mi hermana, si se enterara, se partiría de risa, meto el anillo en la caja de terciopelo azul y lo guardo en el bolsillo de mi pantalón.
Con seguridad, abro la puerta del aseo, salgo y miro a mi secretaria.
—¿Por qué cojea, Diana? —le pregunto cuando me acerco a mi mesa para cerrar mi ordenador.
—Porque ayer me torcí el tobillo al correr para coger el autobús —responde, sonriendo—. Una tontería de nada.
Asiento, sin darle mayor importancia.
—¿Solucionada la hora del pádel para mañana? —quiero saber.
—Sí.
—¿Diez en punto?
—Sí, señor Dávila. Hablé con el señor Martínez y le confirmé que tienen pista a las diez en punto en el club social de Aravaca.
—¿Los billetes de avión para mi viaje por Europa ya los tiene? —vuelvo a interrogar al tiempo que coloco unos bolígrafos que hay sobre mi mesa.
—Sí, señor Dávila. Su primer vuelo sale el 28 de febrero a las tres de la tarde.
Asiento. Tengo que viajar durante tres semanas por negocios por distintas capitales de Europa. Me acuerdo entonces de un asunto.
—¿Ha hablado con el señor Dupuart?
—Sí. He programado una cena con él, en el restaurante Bersia, para el día 14 de mayo a las nueve de la noche.
Aquel coleccionista de arte es un excelente cliente para el que suelo comprar obras.
—¿Qué sabemos de la reunión con la señora Figueiras? —continúo con mi batería de preguntas.
—Será el día 3, a las cuatro de la tarde, en la sala dos.
—Pásela a la sala seis. Es más amplia.
—Sí, señor.
—Asegúrese de que haya suficiente agua en la nevera de la sala. Ya sabe que la señora Figueiras no para de beber agua.
—No se preocupe, señor Dávila.
—¿La reserva para la cena de esta noche en El Arte del Sushi es a las ocho y media?
—A la hora que usted me dijo, señor.
Hago un gesto afirmativo con la cabeza. Me gusta tenerlo todo bajo control. No me gustan los imprevistos ni nada que pueda salirse de lo que para mí es el guion de mi vida. Cojo mi abrigo oscuro y me despido.
—Váyase a casa, Diana, y cuídese ese tobillo. Buenas noches.
—Buenas noches, señor Dávila.
Al salir del despacho me encamino hacia los ascensores de mi empresa y, tras montarme en uno y darle al botón de la planta baja, desbloqueo mi teléfono móvil y hago una llamada. Un timbrazo. Dos.
—Dime, amor.
Es Vanessa.
—Voy a recogerte —indico—. Cuando esté en el coche te mandaré un wasap para decirte lo que tardaré en llegar.
—De acuerdo.
Tras cortar la llamada, suspiro. ¿Será acertado pedirle matrimonio?
Cuando llego a la planta baja del edificio de oficinas y salgo del ascensor el vigilante jurado ya me está abriendo la puerta de calle de la empresa.
—Buenas noches, señor Dávila.
—Buenas noches —respondo con agrado.
Veo a José Luis, mi chófer. Un hombre que trabajó para mi abuela, y ahora lo hace para mí, hasta que se jubile. Con él tengo una relación maravillosa, pues me conoce desde que soy un niño.
—Según el GPS, tardaremos en llegar a casa de la señorita Smith diecisiete minutos —me informa, abriéndome la puerta.
—¡Perfecto!
Ya acomodado en el coche le escribo a Vanessa. Le indico lo que tardaré en llegar a recogerla.
—Oliver, ¿música o noticias? —me pregunta José Luis, ocupando su puesto al volante.
—Noticias.