Todo bajo control, menos tú Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

Lena lo observaba, pero no lo oía. Todo lo que le decía se desdibujaba en algo que se convertía en un murmullo lejano mientras en su cabeza resonaba una y otra vez la frase «Andy ha muerto». «Andy ha muerto».

En shock, pidió ver a su hermano, y aunque el doctor en un principio se mostró reticente, pues consideraba aquello algo muy duro para una niña de su edad, Mar volvió a intervenir por ella. Sabía que necesitaba despedirse del pequeño para asumir aquella pérdida.

Tras unos segundos el médico cedió por fin, y Lena, con el corazón en un puño, los acompañó hasta una habitación.

Al entrar, vio a su hermano inmóvil sobre una cama. Tenía el rostro sereno y parecía dormido. Se acercó lentamente a él, le tocó el pelo y se lo retiró de la frente. Aquel flequillo rebelde de Andy con el que siempre se metía. Luego le tocó la mejilla y, agachándose, lo abrazó.

Durante un buen rato lloró sin consuelo abrazada a él.

—Lo siento, bichito..., lo siento —repetía con insistencia.

Pero la culpa la mataba porque le había prometido que todo saldría bien. Le había prometido que lo sacaría de allí y, aunque había podido liberarlo de las llamas, no había podido salvarle la vida.

Cuando un buen rato después la separaron de él y la llevaron a la habitación en donde instalarían a su madre una vez que saliera del quirófano, Lena no tenía fuerzas. Solo miraba al suelo intentando entender lo que había pasado.

Llevaba un buen rato en silencio cuando se fijó en una pequeña bolsa de plástico que había sobre la mesita.

Sin pensar, la cogió y la abrió. Dentro había un papel doblado.

Al desplegarlo sintió que el mundo se movía bajo sus pies.

Era el dibujo que Andy llevaba en el bolsillo de su pantalón.

El regalo que pensaba darle el día de su cumpleaños.

Con las manos temblorosas y los ojos llenos de lágrimas miró aquel dibujo.

En él se veía a su madre, a ella y a él, sentados en el suelo mirando las estrellas, y con letras torcidas e infantiles ponía: «Felicidades, Yuls. Sonríe. Te quiero, Andy».

El llanto arreció. ¿Cómo iba a sonreír sin tenerlo a él a su lado?

Ocho horas después, su madre salió del quirófano. Y cuando despertó y le dieron la noticia de la muerte de Andy, su grito desgarrador llenó toda la habitación. Aquel era un dolor imposible de sobrellevar. ¿Cómo le podía haber pasado eso a su niño?

A Lena ya no le quedaban lágrimas que derramar.

Miraba a su madre con el corazón hecho trizas.

Pero tenía claras varias cosas. La primera: tenía que cuidar a su madre.

La segunda: debía sonreír porque Andy se lo había pedido.

Y la tercera: ella no tenía padre y Vicente debía pagar por lo que había hecho y pudrirse en el infierno.

Tres días después, acompañada por Mar, Lena asistió al entierro de su hermano. Lo sepultaron al lado de la abuela Juana. Lena estaba devastada.

Veinte días después, Clara salió del hospital y, aconsejada por el abogado de oficio, fue con Lena a la comisaría para presentar las denuncias correspondientes contra Vicente. Por su culpa, Andy había muerto y eso no se lo iba a perdonar.

Mar las acogió en su casa. Durante un año, aquella maravillosa vecina les dio el apoyo y el cariño que necesitaban para remontar y sacar la cabeza del agujero en el que estaban metidas desde lo ocurrido.

Aunque, como siempre, hubo personas no tan amables como Mar, quienes, al verlas, se apartaban de ellas como si tuvieran la peste.

Añoraban a Andy cada segundo del día, pero Clara, sabiendo que tenía que ser fuerte por su hija, le hizo entender a Lena que, por el bichito, ambas debían continuar adelante. Andy no las querría ver infelices. Querría verlas sonreír como en su dibujo y tenían que conseguirlo.

El juicio por las denuncias presentadas llegó un año y tres meses después.

Lena y su madre testificaron en contra de aquel maldito ser, y Vicente fue condenado por el homicidio del pequeño Andy.

También por tentativa de asesinato de Lena y Clara, y se añadió violencia de género.

En total le cayeron veinticinco años de prisión.

Algo que a madre e hija les pareció poco por lo de Andy, pero ante lo que no podían luchar. La ley, les gustara o no, era así.

El día que encerraron a Vicente en el centro penitenciario de Ávila, Lena y su madre fueron a verlo entrar en ella. Agarradas a la valla, pues no podían pasar, lo llamaron «asesino malnacido», y él, al verlas, les hizo saber que las buscaría para hacerles pagar su ingreso en prisión.

Meses después de aquello, Clara y Lena, agobiadas al ser la comidilla de algunas personas poco amables, decidieron marcharse a vivir a Barcelona. Necesitaban sanar y comenzar.

Pero, para su desgracia, Vicente se la tenía jurada y, a partir de ese momento, fueran adonde fuesen, siempre acababa por encontrarlas e intimidarlas, ya fuese por teléfono o a través de notas que les hacía llegar por algún intermediario.

Las quería muertas y prometió vengarse. Eso las obligó a empezar un periplo de mudanzas y viajes en busca de libertad.