Todo bajo control, menos tú Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—¡Vicente! Por favor, Vicente, abre la puerta —gritó Clara entre toses a causa del humo—. Los niños... los niños tienen que salir.

Él no respondió.

—Maldito borracho de mierda, ¡abre la puerta, cabrón! —gritó Lena, dispuesta a enfadarlo para que regresara.

Pero no volvió.

Se había marchado y, aunque por su estado muy lejos no podía estar, estaba claro que deseaba que se quemaran vivos. Lena miró a su madre, angustiada, mientras el fuego y el humo las rodeaba.

Todas las ventanas de la casa estaban cerradas por un sistema de seguridad especial.

Buscar la llave era imposible en esos momentos, y Lena cogió con rabia la plancha y la tiró contra la ventana.

Eso hizo que cientos de cristales saltaran por todos los lados y que, al entrar el aire del exterior, se avivara el fuego.

—Yulssssss... Yulsssss... mamááááá.

—¡Andyyyyyy! —gritó Clara.

—Bichito, tranquilo, ¡voy a por ti! ¡Ya voy! —avisó la joven para que su hermano la oyera, y mirando a su madre indicó, alterada—: Sal por la ventana, mamá. Iré a buscar a Andy.

Clara se negó. De allí no salía sin sus hijos.

Lena se retiró con la mano la sangre que notó que resbalaba por su frente y, mirando a su madre, insistió:

—Tu brazo está roto. Mamá, por favor, tú no puedes ir a por Andy. Iré yo y...

En ese instante, un rugido extraño invadió la casa y el fuego se propagó por todo el techo del pasillo en décimas de segundo. Temblaron. Gritaron. Pero Lena, agarrando la mano de su madre, gritó:

—Mamá, por favor, ¡sal! Yo iré a por Andy. ¡No podemos perder tiempo!

Pero Clara no hizo caso. Se deshizo de la mano de su hija mayor y corrió hacia el pasillo lleno de humo y fuego sujetándose el brazo. Sin dudarlo, la joven fue tras ella mientras los ojos le lloraban por el humo y notaba cómo el calor de las llamas se acercaba a su piel.

Al llegar a la habitación donde dormían los tres, Clara abrió la puerta y Andy las recibió con un llanto desesperado unido a una tos desgarradora. Los tres se abrazaron. Necesitaban ese contacto.

—Tengo miedo, Yuls —dijo el crío, con la cara llena de hollín.

—Ya estoy aquí. Ya estoy aquí.

El crepitar del fuego y el calor que este desprendía estaban cada vez más cerca.

—Papá es malo. Muy malo. Os ha hecho sangre. Hay fuego y hace mucho calor —sollozó Andy.

—Tranquilo, bichito, te voy a sacar de aquí.

Lena, viendo a su hermano y a su madre malherida, era consciente de que no podían regresar por el pasillo.

—¡Hay que romper el cristal de la ventana! —gritó. Su cabeza estaba a punto de estallar, pero trató de ignorar aquel dolor.

Clara, sin fuerzas para sostenerse en pie, abrazó al niño, que tosía mucho. Demasiado.

—Necesita el inhalador.

Lena asintió. Lo sabía.

—Es imposible ir a por él, mamá —respondió, mirando hacia al pasillo en donde las llamas crepitaban—. Habrá ardido en el salón.

Clara, entendiendo lo que su hija decía, puso su mano en la boca de Andy para que tragara menos humo. Lena miró a su alrededor en busca de algo con lo que romper el cristal de la ventana.

Pero al no ver nada con contundencia, desesperada, decidió utilizar su puño. Le había prometido a Andy que lo sacaría de allí, y así sería.

Con fuerza apretó los dientes y descargó un puñetazo contra el cristal.

No se rompió. Volvió a golpearlo con más fuerza.

Con más rabia. Esta vez el vidrio estalló en una lluvia de fragmentos afilados que le desgarraron los nudillos.

Inmediatamente la sangre comenzó a resbalarle por la muñeca, pero del estrés ni sentía dolor.

—¡Vamos, salid!

Clara intentó levantarse, pero apenas dio un paso volvió a desplomarse. No tenía fuerzas. El humo cada vez era más denso. Más invasivo. Era una nube espesa que quemaba los ojos y abrasaba los pulmones.

Pero Lena, que hizo un esfuerzo sobrehumano, consiguió sacar a su hermano y después a su madre.

Y cuando fue a salir ella, vio en el suelo al zeñor Ozito comenzando a arder y olvidándose de la prudencia fue a buscarlo.

Andy lo necesitaría. Ya con él en sus manos, salió por la ventana a punto del colapso y, con las últimas fuerzas que le quedaban, agarró a su hermano y a su madre y los arrastró unos metros para retirarlos de aquella casa en llamas que había sido su hogar.

Alejados del fuego, se abrazaron mientras la casa era pasto de las llamas. Lena era consciente de que su padre había querido que ardieran en ella. Eso hizo que su odio hacia él fuera tan intenso como las llamas que tenía ante ella.

Súbitamente, Andy dejó de toser y se desvaneció entre sus brazos.

—¡Andy! ¡Andy! —gritó, asustada.

Desesperada, trató de reanimarlo mientras su madre, paralizada, lloraba y gritaba. La situación era insostenible. Aterradora. Y cuando estaba a punto de echar a correr en busca de ayuda, unos faros la deslumbraron y un coche se detuvo bruscamente junto a ellos.

Una familia que viajaba en el coche, al ver el incendio desde la carretera, se había desviado para ver si alguien necesitaba ayuda.

Ellos llamaron por teléfono a la policía y a los bomberos, que llegaron seguidos por una ambulancia. Al ver el estado de los tres, los condujeron a toda velocidad al hospital de Ávila, Nuestra Señora de Sonsoles.

A Clara, tras pasar por urgencias, la llevaron a quirófano. No solo tenía el brazo roto y contusiones en la cabeza, sino que otro de los golpes le había destrozado el bazo. A Andy lo ingresaron directamente en la UCI pediátrica. Apenas respondía.

Asustada y desorientada, Lena no sabía qué hacer, cuando de pronto le pareció ver una cara amiga. Era Mar, una vecina del piso en donde habían vivido hacía años, que era médico de urgencias. A partir de ese momento, Mar se ocupó de ella y ya no la dejó sola.

Mar condujo a Lena a un box para que le cosieran la brecha de la frente y le curaran la herida de la mano que se había hecho al romper el cristal de la ventana. También le dieron medicación para calmar el dolor. La chica no soltó en ningún momento al zeñor Ozito.

De madrugada, vino la policía. Le preguntaron a la joven si había algún familiar al que pudieran avisar y rápidamente Mar respondió que ella se ocuparía. Sabía que no tenía a nadie.

Los polis, tras hacerle algunas preguntas sobre lo ocurrido, le indicaron que habían detenido a Vicente. Saber eso alegró a Lena. Quería que fuera a la cárcel. Que respondiera ante la justicia por los golpes, el miedo y el haber intentado quemarlos vivos.

Aunque su madre, por miedo, nunca lo había denunciado ni se lo había permitido a ella, Lena ahora no se iba a callar.

Esta vez no la iba a parar. Deseaba que pagara por todo lo que había hecho.

Uno de los policías le entregó un cuaderno al que llamó «cuaderno de sucesos».

Le indicó que apuntara en él cualquier cosa que recordara y pudiera ayudar, y, por supuesto, le explicó cómo podía denunciar.

Cuando la policía se fue, Mar la llevó a su pequeño despacho. Mientras esperaba, Lena se sentó en el borde de una silla y miró el reloj que había frente a ella. Eran las cinco y veinte de la madrugada. Entonces recordó que era su cumpleaños. Cumplía quince años el peor día de su vida.

Cuando Mar regresó, venía acompañada de otro médico. Se sentaron frente a ella y le indicaron que su madre seguía en el quirófano. Que todo iba bien y que cuando saliera la avisarían. Lena, hecha un mar de nervios, asintió, pero, mirándolos, supo que algo no encajaba.

Desde pequeña había aprendido a leer el rostro de sus padres y aquellas miradas cargadas de compasión le helaron la sangre.

—¿Qué pasa? Pasa algo más, ¿verdad? —preguntó.

Mar, con cariño, le tomó las manos.

—Lena... —murmuró, con la voz quebrada—. Lo siento mucho, pero Andy no lo ha podido superar y nos ha dejado. —La joven parpadeó, sin entender muy bien qué quería decir. Mar ahogó un sollozo—. Andy ha muerto.

Para Lena el mundo se detuvo en ese instante. Negó con la cabeza. Era imposible aquello que Mar decía.

—No... eso no es verdad... —musitó.

—Lena...

—Nooooo —gritó desesperada.

Horrorizada, Lena lloró. Gritó. Pataleó.

Andy. Su bichito. Solo tenía siete años. ¿Cómo podía haberse ido? ¿Por qué había tenido que pasar algo así?

Mar, con cariño y paciencia, la consoló mientras el médico, con infinita delicadeza, intentaba explicarle lo ocurrido. La crisis asmática, agravada por el humo y los gases inhalados, había obstruido por completo sus vías respiratorias.