Todo bajo control, menos tú Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

La cena fue bien. Tranquila. Y cuando acabaron, mientras Lena y Andy jugaban con el zeñor Ozito, Clara fue al escondite secreto donde guardaba lo importante a por el inhalador de Andy.

—Dos puf y después a enjuagarse la boca.

Andy lo hizo sin rechistar. Era asmático y conocía bien su rutina.

Cuando el pequeño terminó, Clara volvió a guardar en el escondite secreto el inhalador. Luego los tres se acercaron a la ventana, y Clara, como cada noche, a pesar de la tormenta, empezó a narrarles las historias que las estrellas contaban.

Lena y Andy escuchaban embobados a su madre hablarles de cómo la reina Casiopea, la madre de Andrómeda, se jactó de ser más bella que las nereidas, las ninfas del mar, haciendo enfadar a Poseidón, que la condenó duramente.

Clara y Andy bromeaban sobre aquello, mientras Lena sonreía, cuando de pronto oyeron un golpe seco. La puerta de entrada de la casa había dado contra la silla que ponían ante ella. Era un mecanismo de defensa. La manera de saber que Vicente llegaba a casa.

Los tres se miraron en silencio. No hacía falta decir quién había llegado. Lo sabían.

El gesto de Andy cambió. Dejó de sonreír y se acercó todo lo que pudo a su hermana en busca de cobijo. Le tenía miedo al Coco, como Lena se lo tuvo y se lo seguía teniendo.

—¡Claraaaaaaaa, ¿dónde estásssssss?!

El sonido del viento se intensificó y la voz de Vicente hizo que el vello del cuerpo de Lena se erizara. El olor a sudor, a su rancia colonia y a alcohol llegó hasta ellos antes que él.

—Iros a la habitación —les ordenó Clara. Lena negó con la cabeza. Agarró a su madre con la mano, pero ella insistió—: Ve y quédate con Andy.

—Pero, mamá...

—Lena —le cortó con sequedad—. Hazme caso, por favor.

—No, mamá. No vayas —imploró.

Ambas sabían lo que iba a pasar. La mujer, resignada y consciente de que el vecino más cercano estaba demasiado lejos, musitó:

—Cariño, por favor, haz lo que te pido.

Instantes después, Clara, sin pensárselo, desapareció de la cocina y de inmediato se oyó la voz de Vicente exigir:

—¿Hiciste lo que te dije?

Clara miró al hombre al que un día había querido, y aun sabiendo lo que iba a pasar, negó con la cabeza. Vicente le había ordenado robar dinero y joyas en la casa de la anciana a la que cuidaba.

—Escucha, Vicente... —empezó.

No pudo continuar. El guantazo que su marido le dio por no haber obedecido la tiró de bruces al suelo.

—Si vas a decir que no, mujer inútil, ¡ahorra saliva! —siseó él, mirándola.

Aquel sonido seco y atroz llegó a los oídos de Lena, que cerró los ojos y los puños.

Los nervios la atenazaban. Aquellas situaciones de tanta tensión le producían unos terribles dolores de cabeza, pero, al oír a Andy llorar, abrió los ojos.

El niño, por desgracia, también sabía lo que había ocurrido.

—Quédate aquí, ¿vale? —le pidió, después de tomar aire.

—No, Yuls.

—Bichito...

—Tengo susto del Coco, Yuls.

—Te prometo que todo va a ir bien. No te asustes, cielo. Ahora vuelvo.

Andy negó con la cabeza. No quería quedarse solo.

Pero al oír otro golpe y el jadeo de su madre, Lena supo que ella la necesitaba, y salió de la cocina.

Las luces parpadeaban a causa de la tormenta.

Al entrar en el salón vio a su madre en el suelo con su padre encima, ahogándola. Directamente se tiró contra él.

Vicente perdió el equilibrio y cayó. Eso hizo que Clara pudiera respirar, pero él cogió por el cuello a Lena y la comenzó a estrangular.

—Maldita niñita... —siseó.

Se miraron a los ojos. Los de él estaban vidriosos, llenos de rabia. Clara, sin dudarlo, se lanzó contra él para liberar a su hija, lo que provocó que Vicente cambiara de presa. Agarró a su mujer y empezó a darle golpes en la cabeza.

Lena boqueaba. Apenas podía respirar. Intentaba coger aire como podía para ayudar de nuevo a su madre cuando de pronto vio a Andy en la puerta observándolos. Estaba quieto. Pálido. Asustado.

—¡Ve a la habitación ya! —le ordenó, con la voz entrecortada.

—No...

—Tienes que ir, por favor.

—Mamááááá —lloraba el niño desconsolado al ver la escena.

Agobiada por todo, Lena se acercó a su hermano. Rápidamente lo llevó a la cocina para que no viera lo que no tenía que ver. Notaba que su cabeza empezaba a dolerle a causa de la tensión.

—Ve a la habitación.

—El Coco es malo.

Lena asintió. Negarle eso era una tontería.

—Te prometo que iré a por ti. Te sacaré de aquí y nos iremos lejos del Coco. Te lo prometo.

Andy se tocó los ojos llorosos.

—¿Lo prometes? —murmuró.

Atacada de los nervios, pues no quería que su padre lo agarrara a él y lo golpeara, afirmó.

—Sí, bichito. Lo prometo. Pero ahora obedéceme. ¡Por favor!

Asustado, Andy finalmente hizo lo que ella le pedía y entonces Lena regresó al oscuro comedor. Volvió a lanzarse sobre aquel mal hombre con todas sus fuerzas, y tras darle un puñetazo consiguió que soltara a su madre.

Durante un rato los tres forcejearon. Lena y Clara tenían todas las de perder. Enfrentarse a un tipo ebrio y agresivo de cien kilos no era fácil, pero lo intentaban. A su alrededor todo caía por los suelos.

En un momento dado, Lena oyó un crujido que provenía del brazo de su madre. Vino acompañado de un alarido de dolor.

—¿Por qué no me haces caso? —gritaba el que se hacía llamar padre—. Eres una inútil, ¡no sirves para nada!

—Papááá, ¡suéltala!

Vicente, al oírla, miró a su hija.

—¿Soltar a esta perra que no sirve ni para robar? —Y sonriendo siseó a su mujer—: Pues ya que no le has robado a esa vieja que está podrida de dinero, me vas a dar el dinero que has ganado hoy limpiándole el culo.

—Papá, nooooo.

—Ahorra saliva, niñita.

Clara aullaba. El dolor de su brazo era insoportable. De improviso, aquel bestia, tras coger un trozo puntiagudo de loza que había en el suelo, lo puso sobre la frente de Lena.

—Esto es por el puñetazo que me has dado, maldita niñita —bramó, clavándoselo.

Al notar cómo la carne de la frente se le abría, Lena gritó de dolor. Aquel mal hombre le puso sus manos en el cuello y, privándola del aire, miró a su mujer.

—Puta —soltó—. O me dices dónde está el dinero que has ganado estos días o me cargo primero a tu niñita y luego a tu niñito.

«Niñita y niñito». Lena odiaba esos términos que utilizaba para referirse a ella y a su hermano.

Clara miró horrorizada cómo a su hija la sangre le corría por el rostro mientras se asfixiaba, y en ese momento, olvidando su dolor, le dijo lo que quería saber. Dónde estaba el escondite secreto.

Vicente soltó a la joven con desprecio, y al hacerlo Lena volvió a respirar. Clara, apenas sin fuerzas por el dolor que sentía en el brazo, fue hasta ella para auxiliarla mientras aquel ser horrible, tambaleándose, se encaminó hasta donde ella le había dicho.

Tras abrir el cajón del mueble, Vicente cogió los billetes. Los contó. Apenas había setenta euros.

—Mierda de dinero —escupió—. No vales ni para limpiar. Eres un fracaso en todos los sentidos. No sé qué vi en ti cuando decidí casarme contigo.

Acto seguido, Vicente vio un paquete de velas de cera cuadradas. Las cogió y también el inhalador de Andy. Se acercó con todo aquello hasta Clara, y asiéndola del cabello le soltó un puñetazo en el estómago que la dobló en dos.

—Es imposible que solo tengas este dinero, ¡maldita puta! —le gritó—. ¿Dónde hay más...?

—¡No hay más! —gritó Lena con la voz quebrada.

Vicente, con chulería, la miró. Luego sacó una de aquellas velas cuadradas del paquete. La encendió con el mechero y la tiró sobre el sofá de cuero, que rápidamente comenzó a arder.

—Veamos si hay más o no.

Clara, tirada en el suelo, no podía respirar. Aquel último golpe la había dejado sin fuerzas, sin aliento. Vicente tiró el inhalador de Andy y encendió otra vela. La llevó hasta las cortinas, que instantáneamente comenzaron a prender.

—O me dices dónde hay más dinero o arderéis los tres como estas cortinas.

Durante unos segundos, Lena se quedó inmóvil, paralizada por el terror. La frase de su padre retumbaba en su cabeza. «Arderéis los tres». ¿En serio?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo mientras, aún jadeante por los golpes recibidos, lo veía encender velas y repartirlas por la casa con una tranquilidad que resultaba aterradora.

Ensangrentada y con el corazón encogido, gritó:

—Papá, ¿qué estás haciendo?

—Librarme de vosotros.

—Papáááá...

—Ahorra saliva, niñita.

Una columna de oscuro humo negro comenzó a reptar por el techo mientras el aire se volvía irrespirable. Aterrorizada, Lena buscó a su madre con la mirada. Tenían que salir de allí.

—Mirad lo que me obligáis a hacer. Por vuestra culpa todo tiene que acabar así —afirmó Vicente con una escalofriante satisfacción mientras el fuego se propagaba.

Sin mirarlas, se dirigió hacia la puerta de entrada. La abrió. Y, antes de marcharse, se volvió un instante y dijo:

—Por fin me voy a librar de vosotros. De aquí no saldréis.

Y sin más, sin la menor duda, sin importarle las vidas de Clara, Lena y Andy, salió por la puerta y se marchó.

Lena, sin poder creer lo que estaba viviendo, casi no podía respirar mientras un terrible dolor de cabeza apenas le permitía razonar.

Las llamas empezaron a devorar la estancia, extendiéndose al pasillo.

El humo descendía desde el techo, envolviéndolo todo.

Entonces Lena reaccionó. Y arrastrándose por el suelo llegó hasta su madre.

Clara tosía y tosía. Tenía sangre en el rostro y cada respiración que daba parecía que le iba a quitar la vida.

A duras penas, Lena ayudó a su madre a incorporarse, pero era inútil. Apenas podía moverse. Estaba muy malherida.

Angustiada, vio cómo el fuego se extendía y solo entendía que tenían que salir de allí. Debían salir de allí.

Como pudo, consiguió levantar a su madre del suelo y tosiendo por el humo alcanzaron la puerta de entrada. Tenía que sacarla de la casa para luego ir a por Andy. Pero la puerta no se abrió y eso solo podía ser porque aquel desgraciado la había cerrado desde fuera.

—No... no... no... —murmuró horrorizada.

La joven miró a su alrededor en busca de una salida.