Todo bajo control, menos tú Capítulo 1
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Todo bajo control, menos tú

Todo bajo control, menos tú

Por Megan Maxwell

© inepub.com

Capítulo 1

Lena miró a su madre, Clara, que terminaba de preparar en la cocina la cena, y sabía que estaba nerviosa. Clara intentaba disimularlo, pero a Lena no la engañaba. A ella no.

El gesto de Clara era serio. Tenso. Vicente, su marido, llevaba dos días sin aparecer por la casa y, por norma, cuando pasaba eso, o llegaba un ramo de rosas amarillas a modo de arrepentimiento o nada bueno ocurría.

Hacía viento. Muchísimo viento y su sonido era, como poco, intimidante. Las luces parpadearon e hicieron un amago de apagarse, pero resistieron.

Hacía cinco años que a Clara y Vicente les había tocado en la lotería de Navidad un premio de seiscientos mil euros. Algo que les iba a solucionar en parte la vida. Pero Vicente era un hombre autoritario. Un hombre de esos que o haces lo que él quiere o atente a las consecuencias.

Él se empeñó en dejar el piso donde vivía con su madre, su mujer y sus dos hijos en el centro de Ávila y comprar una casa a las afueras. Una preciosa casa cercana a la carretera, pero aislada de los vecinos. Su ilusión.

Eso a Clara no le gustó. Intentó hacerle entender que los niños, su madre y ella tenían otras necesidades. Pero, al final, desistió, o probablemente la acabaría matando a palizas.

La casa, en un principio, fue la alegría de Vicente, pero, con el tiempo y gracias a las malas compañías que comenzó a frecuentar, dejó de ser su alegría para ser su cruz.

Su madre, Juana, que llevaba toda la vida sufriendo su maltrato, intentó ayudar a Clara y los niños.

Con los ahorrillos que tenía y sin que su hijo lo supiera, le daba dinero a su nuera para que nunca faltara ni el medicamento que Andy necesitaba ni comida.

Pero todo se torció el día en que Vicente se enteró.

Saber que su madre tenía ahorrillos lo volvió loco y, tras una paliza que dejó a la pobre Juana magullada, este se hizo con aquel poco dinero y se lo fundió.

Juana, aunque se repuso de aquello, murió de un infarto al año.

Para Clara fue una pérdida terrible, pues se quedaba sola con dos niños.

Y también lo fue para los niños, que adoraban a su amorosa abuela.

Antes de vivir en aquella casa al lado de la carretera, Lena y Andy tenían amigos y una vida relativamente normal a ojos de todo el mundo, aunque, en la intimidad, la convivencia con su padre era un horror. Dependiendo de cómo él llegara, Juana, Clara y Lena lo pagaban.

Clara y su suegra intentaron durante años que todo el mundo creyera que eran una familia normal. Nunca le hablaron a nadie de los malos tratos que sufrían por parte de Vicente. La sola idea de que los demás conocieran la realidad les daba vergüenza.

Cuando Lena les preguntaba de pequeña por los golpes, cardenales o gritos, ellas siempre encontraban una forma de justificarlo. Y le recordaban que, aunque Vicente se enfadaba, luego les traía rosas amarillas para disculparse.

A su manera, Clara necesitaba creer que el hombre del que se enamoró siendo casi una niña, cuando estaba en la casa de acogida, seguía existiendo dentro de aquel que ahora estaba consumido por las adicciones. En cuanto a Juana, quería seguir viendo en él a su amado hijo.

Al principio, la inocencia de Lena hizo que las creyera.

Pero la primera vez que Vicente, sin que la pequeña lo esperara, la agarró por el cuello para asfixiarla y su abuela Juana tuvo que intervenir, el amor que la niña sentía por su padre se acabó como se acabaron su niñez e inocencia.

Y, a partir de ese momento, comenzó a comprender muchas cosas, entre ellas, que las rosas amarillas no eran la solución.

El alcohol y el juego llegaron a nublar a Vicente por completo, y finalmente fue despedido de su empleo.

Eso provocó que Clara empezara a trabajar en todo lo que podía.

Limpiaba casas, cuidaba ancianos, cosía por las noches.

Todo con el único propósito de sacar adelante a sus hijos.

Pero aquella era una batalla imposible de ganar.

Y Andy, al ser pequeño, aterrorizado por él, lo bautizó como «el Coco». El Coco siempre daba miedo.

Las malas compañías lo arrastraron. Ya no solo bebía, se drogaba y se gastaba el dinero en el juego. Ahora también robaba con sus nuevos amigotes.

En un principio fueron pequeños hurtos. Pero esto fue a más, como todo en la vida de Vicente, y llegaron las detenciones, mientras Clara soportaba las miradas y los cuchicheos de los vecinos.

En el pueblo dejaron de ser Clara, Lena y Andy para convertirse en la familia del ladrón. Una etiqueta que pesó en una adolescente Lena más que la pobreza.

En aquel entonces y con catorce años, Lena quiso ayudar a su madre.

Clara se mataba a trabajar. Pero nadie quiso dar trabajo a una niña de esa edad y, finalmente, aunque algunos vecinos los ayudaron en todo lo que pudieron, llegó el desahucio del banco por no poder hacer frente a los pagos de la hipoteca.

Aunque Clara estaba de perfil, su hija, mientras ponía la mesa, no podía apartar la mirada del moratón que su madre tenía en el antebrazo derecho. Desde que tenía uso de razón ese maldito moratón siempre estaba ahí. Nunca desaparecía.

—Como hoy hace aire y no podremos salir, ¿qué os parece si luego observamos las estrellas desde la ventana y os cuento una historia?

La propuesta de Clara hizo sonreír a Lena.

Por las noches, a su madre le gustaba mirar el cielo para ver las estrellas.

Desde pequeña, Clara siempre le había contado increíbles historias sobre estrellas y constelaciones, como Casiopea y Andrómeda, o la Vía Láctea, entre otras.

Su pasión era la astronomía. Siempre quiso ser astrónoma, pero cuando conoció a Vicente y se quedó embarazada de Lena, todo aquel sueño se esfumó.

Y solo le quedó el consuelo de poder contarles a sus hijos historias y leyendas que la fascinaban.

—¡Guay, mamá! —exclamó Lena.

Tenían la radio puesta y sonaba música. Al acabar una canción y empezar otra, Lena miró a su madre.

—Mamá, suena tu canción preferida —dijo.

Clara sonrió. Sabor, sabor , de la cantante Rosario, siempre había sido una canción que le había encantado. Se acercó a su hija y ambas la comenzaron a cantar mientras bailaban.

Andy, el pequeño de la casa, llegó corriendo hasta ellas y colgándose de su madre y de su hermana cantó aquella canción que los tres se sabían a la perfección mientras disfrutaban de aquel momento. Su momento.

Cuando la canción se acabó, los tres, riendo, se miraron.

—¿Quién quiere patatitas fritas? —preguntó Clara.

—Yo, mamiiiiii —gritó Andy.

Lena sonrió. Clara también. El pequeño Andy se merecía todas sus sonrisas. Y, cuando el niño se sentó en una silla junto a su hermana mayor, murmuró:

—Yuls...

—Cariño —sonrió Clara—. Tu hermana se llama Lena, no Yuls.

—Pero yo quiero que se llame Yuls, ¡mola más! —insistió.

—Andyyyy.

—Mami, es más bonito que Lena, y a ella le gusta —insistió.

—Me gusta muchoooooo, bichito. ¡Es mi nombre preferido! —afirmó la joven.

—¿Lo ves, mamá? ¡Le gustaaaaaa!

Clara resopló.

—Querida Yuls, pon servilletas sobre la mesa —claudicó, moviendo la cabeza con resignación.

—¿Lo ves, mami? ¡A ti también te gusta llamarla Yuls! —rio el pequeño.

—Mira que eres zalamero —se rio Clara.

Los tres sonrieron con complicidad. Entonces Andy se tocó el bolsillo del pantalón y miró a su hermana.

—Mañana es tu cumple y tengo un regalito para ti —cuchicheó.

—¿Para mí?

—Sí —afirmó el pequeño, emocionado.

La joven asintió, cumpliría quince años. Y, bromeando con su hermano, fue a tocarle el bolsillo del pantalón.

—No, Yuls —la rechazó él—. No. Es un regalito para mañana.

—Oh, perdone usted, señor —asintió ella, divertida—. Aguantaré hasta mañana.

—Mami, ¿mañana tendremos tarta? —preguntó el pequeño.

—Por supuesto que sí —afirmó Clara.

Escuchar eso no sorprendió a Lena. Conociendo a su madre, haría lo imposible para que ella tuviera su tartita.

—Me gustan los cumples —dijo Andy, feliz.

—¿Por la tarta?

—Y por los regalitos —completó el niño—. Además, el día del cumple es un día muyyyyy feliz en el que siempre siempre siempre hay que sonreír. —Un ruido en el tejado provocado por el aire hizo encogerse al pequeño, que cuchicheó—: Eso me da susto.

—¿Por qué?

—El aire hace demasiado ruido.

Andy tenía razón. El sonido del viento era aterrador. Pero Lena, haciéndose la valiente para que su hermano pequeño viera en ella a una chica fuerte, colocó sus dedos en la comisura de los labios del pequeño, que no pudo evitar una gran sonrisa.

—Sonríe, bichito —dijo Lena—. No dejaremos que el aire entre en la casa.

—Por supuesto que no —la apoyó su madre.

Andy sonrió. Las creía. Ellas dos eran su mundo.

—El zeñor Ozito tiene muuucha hambre —indicó.

—¡Qué comilónnnn!

Con siete años, Andy era un niño sonriente y vivaracho, pero Clara y Lena se percataban de cómo esa sonrisa, en ciertas ocasiones, se apagaba.

Andy, aunque era pequeño, veía y oía, como vio y oyó en su momento su hermana mayor. Lena y Clara intentaban protegerlo de Vicente, como había hecho Clara con su hija mayor, pero cada vez era más complicado. Más difícil. Vicente lo ponía muy difícil.

—Vaya... vaya, he oído que el zeñor Ozito tiene mucha hambre —bromeó Clara, repartiendo la tortilla francesa y las patatas fritas que había cocinado.

—Sí. Y dice que quiere muuuuchas patatitas fritas —asintió Andy con ingenuidad.

—¡El zeñor Ozito sí que sabe! —sonrió Lena, consciente de la precariedad.

Con amor, Clara partió en dos trozos el poco pan que tenían, entregándoles un pedazo a Lena y otro a Andy.

Luego repartió las patatas y la tortilla.

El pequeño, hambriento, comenzó a devorar la cena, pero Lena hizo lo de siempre.

Su trozo de pan lo dividió en dos e igualó su plato al de su madre.

Cuando Clara se percató de aquello protestó.

—O comemos las dos por igual o yo no como —se plantó Lena, mirándola.

Clara lo aceptó. Luchar contra la cabezonería de su hija era imposible.